Llamados a la intimidad con el Señor.: Felicitación Navideña.: Hoy nos ha nacido un Salvador “Hoy, en la ciudad de David, nos ha nacido un Salvador: El Mesías, el Señor. La ciudad de que a...
La escucha de la Palabra nos lleva a un encuentro vital con Cristo - Palabra hecha carne-. En nuestras reflexiones seguimos básicamente la antigua y siempre válida tradición de la ·Lectio divina", la cual nos permite encontrar en el texto bíblico la palabra viva que interpela, orienta y modela la existencia. Nos alimentarnos de la Palabra para ser «servidores de la Palabra» en el compromiso de la evangelización e Iconos de la Misericordia de Dios en lo cotidiano de la vida.
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lunes, 21 de diciembre de 2015
sábado, 24 de octubre de 2015
Comentarios a las lecturas del XXX Domingo del Tiempo Ordinario 25 de octubre de 2015
Comentarios a las lecturas del XXX Domingo del Tiempo Ordinario 25 de octubre de 2015
La primera
lectura tomada del libro de Jeremías (Jr. 31, 7-9) es una invitación al jubilo y la alegría. El
libro de la Consolación del profeta Jeremías es un canto a la esperanza. El
pueblo en el exilio recibe el anuncio de que se acerca su liberación: una gran
multitud retorna: cojos, ciegos, preñadas y paridas.... El Señor es fiel a su
pueblo, es un padre para Israel.
"Esto
dice el Señor: Gritad de alegría por Jacob, regocijaos por el mejor de los
pueblos, alabad y bendecid: el Señor ha salvado a su pueblo, al resto de
Israel" (Jr 31, 7). En este
pasaje su alma profeta de los lamentos, se derrama en exclamaciones de gozo.
Ante su mirada clarividente de profeta se despliega el espectáculo maravilloso
de la Redención. Ese pueblo que ha sido destrozado, ese pueblo que tuvo que
abandonar la tierra, y caminar hacia países lejanos bajo el yugo del
extranjero, ese pueblo deportado a un exilio deprimente, ha sido salvado, ha
recobrado la libertad.
Todo parecía
perdido. Como si Dios hubiera desatado totalmente su ira y el castigo fuera el
aniquilamiento definitivo. Pero no, Dios no podía olvidarse de su pueblo. Le
amaba demasiado. Y a pesar de sus mil traiciones, le perdona, le vuelve a
recoger de entre la dispersión en donde vivían y morían...
"Se
marcharon llorando, los guiaré entre consuelos; los llevaré a torrentes de
agua, por un camino llano que no tropezarán" (Jr
31, 9).
Caminar por una ruta retorcida, dura y empinada. Dejando el hogar cada vez más
lejos, los rincones que nos vieron crecer, los recuerdos de los momentos
decisivos, las alegrías y las penas, la tierra donde la vida propia echó sus
raíces y sus ramas, sus flores y sus frutos. Marchar. Teniendo por delante un
horizonte desconocido, un paisaje envuelto en el azul difuso de las distancias,
con unas personas diferentes, entreviendo situaciones difíciles, con la
inquietante duda de lo que se ignora. Una caravana que avanza perezosamente
entre cantos de nostalgias, en el silencio de las lágrimas.
Pero Dios nos
traerá nuevamente hasta nuestra buena tierra. Nos guiará entre consuelos. Y las
lágrimas se cambiarán en risas, los lamentos en canciones alegres. Dios nos
devolverá el gozo del corazón. Nos colocará junto al torrente de las aguas, nos
llevará por un camino ancho y llano, en el que no hay posible tropiezo.
El salmo responsorial de (Sal 125)
R.- EL SEÑOR HA ESTADO GRANDE CON NOSOTROS, Y ESTAMOS
ALEGRES.
Cuando cambia la suerte – Es una acción de gracias pensando en el regreso
del destierro, del desierto. El versito 4 nos hace pensar que ha sucedido una
nueva desgracia y, entonces, hay que recordar con confianza el retorno del
destierro, el regreso desde Babilonia. El recuerdo es primordial en la historia
de los pueblos y en la vida personal; hay que sacar fuerza de nuestro pasado,
porque nuestro pasado está grávido de la presencia misericordiosa de Dios.
El recuerdo de la liberación es intenso: aquella alegría inesperada se hace
presente. En la liberación reveló el Señor su grandeza, de modo que hasta los
gentiles pudieron reconocerla; y esta revelación activa es fuente de gozo para
el pueblo, incluso en el recuerdo. La experiencia histórica se transforma en la
imagen serena de la vida agrícola: sembrar para
La segunda
lectura de la Carta a los hebreos (Hb. 5, 1-6) nos sitúa ante la figura de Cristo Sumo
sacerdote "Todo
sumo sacerdote, escogido entre los hombres, está puesto para representar a los
hombres en el culto a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados".
El sumo sacerdote, por supuesto, es Cristo, y,
según nos dice el autor de esta carta a los Hebreos, vivió y tuvo que hacer
frente a las debilidades humanas; por eso, puede comprender nuestras muchas
debilidades y ayudarnos a vencerlas. Además, todos los cristianos, por el
bautismo, participamos del sacerdocio de Cristo y deberemos ofrecer dones y
sacrificios al Padre para que perdone nuestros pecados y los pecados del mundo.
Cristo no pidió al Padre que sacara a sus discípulos del mundo, sino que los
librara del mal del mundo. Tener fe cristiana es tener fe en la salvación
propia y en la salvación del mundo. Cristo, con su vida, pasión, muerte y
resurrección, nos ganó, para todos, esta gracia, la gracia de nuestra propia
salvación y la gracia de la salvación del mundo entero. Ofrezcamos nosotros al
Padre nuestro deseo y nuestro propósito de ser humildes y entusiastas
corredentores con Cristo.
Hoy la lectura
proclamada del Evangelio de San Marcos (Mc.
10, 46-52) nos sitúa ante el ciego Bartimeo. Bartimeo era
un pobre ciego que pedía limosna al borde del camino que, procedente de Jerusalén,
llega a Jericó. En la sociedad de su tiempo no había seguros sociales, ni
ayudas a personas minusválidas o impedidas. Un ciego al que su familia no
pudiera ayudarle, estaba obligado a buscarse la vida fuera, a pedir limosna
fuera, al borde del camino.
Un día pasó Jesús cerca de él. Al principio,
el ciego sólo percibía el rumor de la gente que pasaba, más bulliciosa que de
costumbre. Extrañado ante aquel alboroto preguntó que ocurría: Es Jesús de
Nazaret que pasa, le dijeron. Entonces la oscuridad que le envolvía se tornó
luminosa y clara por la fuerza de su fe, y lleno de esperanza comenzó a gritar
con todas las fuerzas: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí..."
La voz del
ciego se alzaba sobre el bullicio de la gente, tanto que era una nota
discordante y estridente, molesta para todos. Cállate ya, le decían. Pero él
gritaba aún más. Jesús no quiso hacerle esperar y llevado de su inmensa
compasión llamó a Bartimeo. Cuando el mendigo escuchó que el Maestro lo
llamaba, arrojó su manto, loco de contento, dio un salto y se acercó con
dificultad a Jesús.
Hemos visto
como Jesús le pregunta a Bartimeo , lo mismo que les preguntó en el evangelio
del domingo pasado a los hijos de Zebedeo: "¿Qué quieres que haga por
ti?". Pero la actitud del ciego es mucho más auténtica que la de Santiago
y Juan. Simplemente quiere curarse, quiere ver. Y Jesús le cura porque tiene
mucha fe: "Anda, tu fe te ha curado". El ciego ha puesto de su parte,
no se ha resignado a quedarse allí quieto, "dio un salto y se acercó a
Jesús".
Resumimos el mensaje de hoy de las lecturas proclamadas.
Experiencia de
exilio: La referencia del profeta Jeremías: “Yo os traeré del
país del norte”. “Entre ellos hay ciegos”. La imagen del ciego “sentado”, “al
borde del camino”, “pidiendo limosna”, revela marginalidad, pobreza y hasta
posible tentación de desesperanza.
Actitud de
escucha: El ciego está atento: “al oír que era Jesús
Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, ten piedad de mí»”. Condición
necesaria para salir de la crisis, del hundimiento y no perder la relación
posible con Dios.
Conciencia de
llamada: “Nadie puede arrogarse este honor: Dios es quien
llama”. “Llamadlo”. “Ánimo, levántate, que te llama”. El inicio de toda
salvación se funda en la llamada de Dios, que tiene repercusiones físicas y
espirituales.
Obediencia a
la llamada: El ciego “dio un salto y se acercó a Jesús”. La
rapidez y prontitud con la que reacciona, y sobre todo el gesto que señala san
Marcos: “soltó el manto”, para decir que abandonaba su identidad anterior, son
las claves de la respuesta adecuada.
Don y gracia: “¿Qué quieres que haga por ti?” La pregunta de Jesús es directa, concreta,
sin evasión posible, comprometida, abierta. El ciego responde: “Maestro, que
pueda ver”. Y el regalo sorprendente de ver, que los exegetas interpretan en
sentido teologal como el don de la fe. “Anda, tu fe te ha curado”.
Seguimiento: La consecuencia de todo el proceso es ponerse en camino, ir detrás de
Jesús, seguirlo de cerca. “Y lo seguía por el camino”. Además, se halla en un
enclave inmediato a la Pasión de Jesús en Jerusalén.
Alegría: La consecuencia de todo el proceso no es otra que la alegría interior y
exterior: “Gritad de alegría” (Jer 31, 7). “Al ir
iban llorando, llevando la semilla, al volver, vuelven cantando, trayendo sus
gavilla” (Sal 125). Señal de cumplir la voluntad de Dios.
Para nuestra
vida.
La realidad que describe el profeta Jeremías, se sigue
repitiendo sin cesar, debe mantenernos en la confianza en el amor de Dios.
Nunca es tarde, nunca es mucho, nunca es demasiado. Nada puede apagar nuestra
esperanza. Nada ni nadie puede cerrarnos al amor. La capacidad infinita de
perdón que tiene Dios, su actitud permanente de brazos abiertos, pide y provoca
espontáneamente una correspondencia generosa, un sí decidido y constante a cada
exigencia de nuestra condición de hijos de Dios.
Necesitamos
que Dios mire nuestra vida afincada, muchas veces en destierros estériles. Necesitamos la ayuda del
Señor porque caminamos en una tierra extraña y triste. Necesitamos sentir la
ayuda del Señor, que este cercano.
La carta a los hebreos nos recuerda a los cristianos que también
estamos llamados a ser corredentores de los pecados del mundo entero y
que toda nuestra vida debe ser, además de un sacrificio de alabanza al Padre,
un sacrificio de súplica por la redención del mundo.
El evangelio
con la historia del ciego Bartimeo, nos actualiza también a nosotros la vida y la
situación de tantos miles de refugiados que se están viendo obligados ahora, en
nuestras días, a dejar su patria huyendo del hambre o de una muerte segura por
causa de su religión o de su cultura. Quedan al margen de los caminos de la
sociedad esperando la ayuda de quienes mas tenemos.
El relato del
ciego Bartimeo nos sitúa ante nuestra propia realidad. También nosotros somos
muchas veces pobres ciegos sentados a la orilla del camino, pordioseando a unos
y otros un poco de luz y de amor para nuestra vida oscura y fría. Sumidos como
Bartimeo en las tinieblas de nuestro egoísmo o de nuestra sensualidad. Quizá
escuchamos el rumor de quienes acompañan a Jesús, pero no aprovechamos su cercanía
y seguimos sentados e indolentes, tranquilos en nuestra soledad y apagamiento.
Es preciso reaccionar, es necesario recurrir a Jesucristo, nuestro Mesías y
Salvador. Gritarle una y otra vez que tenga compasión de nosotros.
Como a
Bartimeo, también a nosotros nos llama Cristo para preguntarnos como a
Bartimeo: "¿Qué quieres que haga yo por ti?”. Bartimeo no dudó ni un
momento en suplicar: "Maestro, que pueda ver". Jesús tampoco retarda
su respuesta: "Anda, tu fe te ha curado". Y al instante la oscuridad
del ciego se disipa bajo una luz que le permite contemplar extasiado cuanto le
rodea, ese espectáculo único que es la vida misma.
Vamos a seguir
clamando con la misma plegaria en el fondo de nuestra alma, sin cansarnos
jamás: Señor, que yo vea. Señor, que pueda contemplar tu grandeza divina en las
mil minucias humanas y materiales que nos circundan, que tu luz mantenga
encendido nuestro amor y brillante nuestra esperanza, en medio de esta sociedad
donde aún existe demasiada maldad y ceguera.
Estamos a
punto de culminar el Sínodo de la Familia en Roma. Y, en algunas de las
conclusiones de los tres apartados del instrumento de trabajo, se venía a decir
algo que es verdad: “La familia ha dejado de ser transmisora de la fe”. Es
verdad. Hoy la familia cristiana no ve ni siente, en sus entrañas, lo que luego
quiere o pretende que sus hijos crean y vivan el día de mañana. ¿Ya quieren ver
con los ojos de Cristo? ¿Ya quieren sentir, nuestras familias que se dicen cristianas,
con el corazón de Jesús? ¿Ya se rigen, nuestras familias, con los criterios del
Evangelio?
Gran reto el que
las familias descubran por dentro la belleza de la fe. Sólo entonces, como el
ciego Bartimeo, podrá decir con toda su verdad y fuerza: ¡Señor que pueda ver!.
Mientras tanto, nuestras familias verán lo que quieran ver y, especialmente, lo
que el mundo le presente en la pluralidad relativista de nuestras sociedades .
Oremos por
todas las familias.
Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org
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Tierra Santa
sábado, 12 de septiembre de 2015
Comentario a las lecturas del XXIV Domingo del Tiempo Ordinario 13 de septiembre de 2015.
La liturgia de
este domingo nos da una respuesta a la
pregunta de Jesús, que enmarca la Palabra de hoy ¿Quién dice la gente que soy yo?”.. Cuando la primera lectura, del
Libro de Isaías, nos ofrece el texto del Varón de Dolores, la profecía que
narra con gran exactitud, va a definir, también con toda exactitud, como iba a
ser la misión del Mesías: “El Hijo del
Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores,
sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días”.
Así lo expresa claramente Jesús a sus discípulos, aunque ellos no lo
entendieran, porque no concebían a un Mesías derrotado y humillado
-La primera lectura tomada del
libro de Isaías (Is. 50, 5-9a) nos presenta al
Siervo de Yavé, que a pesar de todas las dificultades
confía en que “el Señor me ayuda”. El pueblo exiliado en Babilonia no
cree ya en su liberación; piensa que Dios le ha abandonado como el esposo que
repudia a su mujer o como un mal padre que vende a su hijo como esclavo. Pero
lo que ha ocurrido es muy distinto: han sido los hijos de Israel los que han
abandonado a Yahvé; por lo cual han caído bajo el poder de Babilonia y padecen
ahora el exilio y la esclavitud. El Siervo de Yahvé, que ha recibido buenos
oídos para escuchar la palabra de Dios no ha dejado de predicar la salvación de
este pueblo cerril. En este ambiente hostil, la fidelidad del Siervo de Yahvé y
el valor con que cumple su misión despierta el enojo y la violencia de sus
propios paisanos. Pero él lo aguanta todo, hasta los golpes y las acciones más
débiles con que el populacho se ensaña contra su persona. El Siervo de Yahvé no
se vuelve atrás ni cejará en su empeño. Contra todos los ataques tiene el mejor
defensor; contra todas las falsas acusaciones, el mejor abogado. El Siervo de Yahvé
confía salir victorioso de todos sus enemigos, porque Dios está con él. "Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba
confundido, por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré
avergonzado" (Is 50, 7). La fuerza de Dios.
Ahí está el secreto de ese vigor extraordinario, de ese cambio imprevisto.
R.- CAMINARÉ EN PRESENCIA
DEL SEÑOR, EN EL PAIS DE LA VIDA
Este es un salmo de consuelo y aliento. La frase que se canta como respuesta: Caminaré en presencia del Señor, podría ser un hermoso lema para cada día. No es lo mismo vivir ignorando a Dios, inmersos en las preocupaciones de la vida cotidiana, que ser consciente de que cada paso que damos, cada segundo de nuestra vida que se desliza, transcurre ante la mirada de Alguien que nos contempla con amor.
Este es un salmo de consuelo y aliento. La frase que se canta como respuesta: Caminaré en presencia del Señor, podría ser un hermoso lema para cada día. No es lo mismo vivir ignorando a Dios, inmersos en las preocupaciones de la vida cotidiana, que ser consciente de que cada paso que damos, cada segundo de nuestra vida que se desliza, transcurre ante la mirada de Alguien que nos contempla con amor.
El salmo relata una
serie de circunstancias adversas. Ya sea por acontecimientos externos, o porque
dentro de nosotros mismos descubrimos abismos tenebrosos, ¿quién no se ha
sentido atrapado, angustiado, caído y envuelto “en redes de muerte”?
El salmo 114 es una
llamada a la esperanza y a confiar en Dios, teniéndolo siempre presente en
nuestra vida. Vivir conscientes de la presencia del Señor ha sido una constante
en la vida de muchos santos. Y ese “país de la vida” es una hermosa expresión
que no significa otra cosa que una existencia densa y llena de sentido, porque
sabemos que Dios la ha querido y la ama.
Hoy la segunda lectura tomada de la carta de Santiago
(Sant. 2, 14-18) trata
de mostrar la íntima y necesaria vinculación entre la fe autentica y las obras.
Parece ser que entre los posibles lectores había quienes se gloriaban mucho de
su ortodoxia y descuidaban, en cambio, la buena conducta. El autor de esta
carta no hace otra cosa que recordar las palabras de Jesús: "No todo el
que dice ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la
voluntad de mi Padre". La fe es un principio de vida. Cuando carece de
obras no da señales de vida; es una fe muerta. La fe no es simple adhesión
teórica a unas verdades prácticas. El que sólo cree con la cabeza, no cree. Las
obras son las únicas señales que acreditan la autenticad de la fe delante de
los hombres. Los cristianos no podemos permanecer pasivos ante la llegada a
nuestros países más ricos de oleadas de personas humanas huyendo del horror de
la guerra. Como alguien ha dicho hay que pasar de la compasión a la acción. En
Alemania hay familias que acogen en sus casas a estas personas. Esta es la fe
auténtica que se demuestra con las obras.
El evangelio
de Marcos (Mc. 8,
27-35) presenta la famosa “confesión de San Pedro” y la respuesta
de Jesús a tal confesión de fe. El suceso se sitúa en Cesarea de Filipo, región pagana en el antiguo territorio
de Palestina, como una previsión de que la misión de Pedro y los apóstoles no
se quedará limitada a su propio país. Deben estar dispuestos a alcanzar las
regiones paganas y seguir al Maestro donde quiera llevarles.
Vemos
a Jesús que recorre las regiones norteñas de Palestina. Aquellas caminatas eran
ocasión propicia para estar solos y hablar de las enseñanzas que el Maestro
quería transmitir a sus discípulos. Eran instantes de intimidad en los que
Jesús abría los tesoros de su corazón. A menudo les hace unas preguntas
intencionadas que despiertan la curiosidad de aquellos hombres sencillos. Jesús
comienza con una pregunta impersonal ¿Quién
dice la gente que soy yo?”. A esto responden los discípulos: “Unos dicen que Juan el Bautista, otros que
Elías, Jeremías o uno de los profetas.” Lo evidente es que la gente percibe
a Jesús como un hombre santo, en línea con los profetas. En este momento
crítico de la historia de la salvación judía, le ven como portavoz de Dios. La
pregunta de Jesús no quiere quedarse en una simple información- Se dirige
directamente sus discípulos: “Y vosotros ¿Quién decís que soy yo?”.
"Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios
vivo.” Así respondió Pedro, hablando por sí mismo y por los demás
apóstoles. Es una profesión de fe de más alcance que la expresada por la gente.
Jesús no es un mero profeta; es mucho más. Es el Mesías largamente esperado. ¿En
qué clase de Mesías creían los discípulos? . En un principio creían en un
Mesías triunfante y arrollador, que instauraría un reino de Dios en el que
ellos serían los primeros. Y cuando Jesús les dice que no va a ser así, sino
que el Mesías tendría que padecer mucho, ser condenado por los ancianos, sumos
sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días, Pedro le
increpa seriamente y trata de corregirle. Jesús responde a Pedro airadamente y
le increpa: “¡Quítate de mí vista,
Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios”! ¡“El que quiera venirse
conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”!
Para
nuestra vida.
Como
el profeta Isaías, también los cristianos debemos saber sufrir las adversidades
de esta vida con valentía y esperanza cristiana: el Señor nos ayudará. A Cristo
los cristianos le identificamos muchas veces con el siervo de Yahvé del Antiguo
Testamento: el que no se echó atrás ante el sufrimiento, sino que precisamente
el sufrimiento le ayudó a fortalecer más su fe en Dios. Muchos cristianos son
perseguidos hoy día por seguir a Jesucristo y dan su vida por él. Nosotros, que
nos venimos abajo ante la primera dificultad, tenemos en el Siervo de Yahvé,
que representa a Cristo ultrajado y condenado a muerte, el mejor ejemplo para
seguir adelante apoyados en nuestro “defensor”.
¡Dichosos nosotros si sabemos aceptar
el sufrimiento con la misma actitud y confianza del siervo
de Yahvé! Cristo así lo hizo y nosotros, si queremos de verdad seguir a Cristo,
así deberemos hacerlo.
El salmo de hoy nos recuerda
como es en esos momentos cuando podemos rebelarnos contra Dios o bien pedir su
auxilio. El salmo dice que “el Señor guarda a los sencillos”. Ante las
dificultades de la vida, la persona orgullosa puede optar por afrontarlas sola,
o bien por renegar de un Dios que permite tanto mal. Pero el sencillo de
corazón, el que se siente pequeño y necesitado, pide ayuda. ¡Esa será su
salvación! Porque Dios nunca ignora una súplica sincera. ¿Cómo podemos pensar
que los males que azotan el mundo son voluntad suya? Es su ausencia la que
causa dolor y desgracia en el mundo. Allí donde Dios es rechazado, cunde el
dolor y la barbarie.
Fiarse de Dios y también como actuar
es a veces el dilema de nuestra vida. El ejemplo que pone hoy el apóstol Santiago es muy clarificador:
si un pobre que necesita de verdad mi ayuda me pide que le ayude, la única
respuesta verdaderamente cristiana es ayudarle. Cuando Pablo les decía a los
primeros cristianos que lo que les salvaba era la fe en Cristo y no las obras,
se refería, casi siempre, a las obras de la ley judía. Después de la vida,
pasión y resurrección de Cristo, lo que les salvaba, también a los judíos, no
eran ya las obras de la ley mosaica, sino la fe en Cristo. Pero la fe en Cristo
supone siempre el seguimiento de Cristo y Cristo fue siempre una persona
misericordiosa y que predicó las obras de misericordia. Así lo hizo él y así
quiere que lo hagamos sus seguidores.
¿En quién creemos?. La misma pregunta que
hace Jesús a lis discípulos, nos la hace Jesús a cada uno de nosotros: ¿Y tú,
quién dices que soy yo? No se trata de contestar con palabras bonitas
aprendidas del catecismo, se trata de responder con la vida. ¿En tu
comportamiento en el trabajo, en casa, en la vida pública, tienes presente lo
que Jesús espera de ti? ¿Estás dispuesto a seguir a Jesús? Si tienes este
propósito, no te equivocarás, pues aunque aparentemente pierdas tu vida,
encontrarás la vida de verdad, la que Él te ofrece. Entonces podrás
experimentar la grata seguridad de que "El Señor te ayuda", como Isaías
, teniendo la seguridad de que " escucha mi
voz suplicante; porque inclina su oído hacia mí, el día que lo invoco ",
como nos dice el autor del Salmo 114.
La experiencia equivocada del Mesías
la tuvieron los discípulos y también nosotros, en muchas ocasiones, tendemos a
pensar como Pedro: que Cristo está ahí para resolvernos los posibles problemas
que tengamos, sea la salud, o el trabajo, o la familia…etc. Esto es algo
bastante normal entre nosotros, pero debemos pensar en la respuesta que Cristo
dio a Pedro: “él quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue
con su cruz y que me siga”. Esto no quiere decir que Cristo no sepa premiar las
obras buenas de los que le siguen y que sólo prometa cruz y dolor. La religión
cristiana no puede ni debe ser una religión victimista;
también Cristo ha prometido a los que le siguen obtener en esta vida cien veces
más y, después, la vida eterna. Debemos saber que, como Cristo, también
nosotros tendremos en esta vida nuestra propia pasión, pero no debemos dudar
que el final será siempre la resurrección gloriosa.
Muchos
de nosotros, tras transcurrir más de dos mil años, tampoco entendemos bien ese
sufrimiento del Maestro, aunque lo admitamos y nos conmueva cada vez que lo
evoquemos. Pero, claro, estamos donde estaba Pedro y nos seguimos preguntado:
¿hubiera sido posible la Redención de otra manera? Es probable que, como en el
mismo caso de Pedro, la respuesta de Jesús a nosotros sería tan dura como la
que recibió el. Y, naturalmente, motivada por lo mismo: pensamos como hombres,
no como Dios. Y el intento humano de que Dios piense como nosotros es una
constante permanente. De hecho, el deseo de construirnos un Dios a la medida
permanece, a pesar de que Dios aprovecha cualquier circunstancia para decirnos
lo contrario.
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lunes, 4 de mayo de 2015
Lecturas del V Domingo de Pascua 3 de mayo de 2015
PRIMERA LECTURA
LECTURA DEL LIBRO DE LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES 9, 26-31
En aquellos días, llegado Pablo a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos, porque no se fiaba
de que fuera realmente discípulo. Entonces Bernabé se lo presentó a los apóstoles.
Saulo les contó como había visto al Señor en el camino, lo que le había dicho y como en Damasco había predicado públicamente el nombre de Jesús.
Saulo se quedó con ellos y se movía libremente en Jerusalén predicando públicamente el nombre del Señor. Hablaba y discutía también con los judíos de lengua griega, que se propusieron suprimirlo. Al enterarse los hermanos lo bajaron a Cesaréa y le hicieron embarcarse para Tarso.
Entre tanto la Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaria. Se iba construyendo y progresaba en la fidelidad y se multiplicaba animada por el Espíritu Santo.
Palabra de Dios
SALMO RESPONSORIAL
SALMO 21
R.- EL SEÑOR ES MI ALABANZA EN LA GRAN ASAMBLEA.
Cumpliré mis votos delante de sus fieles.
Los desvalidos comerán hasta saciarse,
alabarán al Señor los que le buscan:
viva su corazón por siempre. R.-
Lo recordarán y volverán al señor
hasta de los confines de la tierra;
en su presencia se postrarán
las familias de los pueblos.
Ante él se postraran las cenizas de la tumba,
ante él se inclinaran los que bajan al polvo. R.-
Me hará vivir para él, mi descendencia le servirá,
hablaran del Señor a la generación futura,
contarán su justicia al pueblo que ha de nacer:
todo lo que hizo el Señor. R.-
SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DEL APÓSTOL SAN JUAN 3, 18-24
Hijos míos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad. En esto conoceremos que somos de la verdad, y tranquilizaremos nuestra conciencia ante Él, en caso de que condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo. Queridos, si la conciencia no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios; y cuanto pidamos lo recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada.
Y este es su mandamiento que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y que nos amemos unos a otros tal como nos lo mandó. Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio.
Palabra de Dios
ALELUYA Jn 15, 4.5b
Permaneced en mí y yo en vosotros, dice el Señor, el que permanece en mí da fruto abundante.
EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 15, 1-8
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
-- Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo poda
para que dé mas fruto. Vosotros estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mi y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí, lo tiran fuera, como al sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.
Palabra del Señor
sábado, 11 de abril de 2015
Lecturas. II Domingo de Pascua 12 de abril de 2015
PRIMERA LECTURA
LECTURA DE LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES 4, 32-35
En el grupo de los creyentes, todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenían. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor.
Y Dios los miraba a todos con mucho agrado. Ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego, se distribuía según lo que necesitaba cada uno.
Palabra de Dios
SALMO RESPONSORIAL
SALMO 117
R.- DAD GRACIAS AL SEÑOR PORQUE ES BUENO, PORQUE ES ETERNA SU MISERICORDIA. (o, Aleluya)
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
eterna es su misericordia.
Digan los fieles del Señor:
eterna es su misericordia. R.-
La diestra del señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa.
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor.
Me castigo, me castigo el Señor,
pero no me entregó a la muerte. R.-
La piedra que desecharon los arquitectos,
es ahora la piedra angular.
Es el señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Este es el día que actuó el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.-
SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DEL APÓSTOL SAN JUAN 5, 1-6
Queridos hermanos:
Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama a Aquel que da el ser, ama también al que ha nacido de Él. En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos.
Pues en esto consiste el amor a Dios: que guardamos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo.
Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Este es el que vino con agua y con sangre: Jesucristo. No solo con agua, sino con agua y con sangre: y el Espíritu es quien da testimonio, porque el espíritu es la verdad.
Palabra de Dios
ALELUYA Jn 20,29
Porque me has visto, Tomás, has creído, dice el Señor. Dichosos los que creen sin haber visto.
EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 20, 19- 31
Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
--Paz a vosotros.
Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
--Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y dicho esto exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
--Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos.
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
--Hemos visto al Señor.
Pero él les contestó:
-- Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.
A los ocho días estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
--Paz a vosotros.
Luego dijo a Tomás:
--Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
Contestó Tomás:
--¡Señor mío y Dios mío!
Jesús le dijo:
--¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.
Muchos otros signos que no están escritos en este libro hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre.
Palabra del Señor
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domingo, 15 de marzo de 2015
Comentario a las lecturas del IV Domingo de Cuaresma 15 de marzo de 2015
En
este cuarto domingo de la Cuaresma, un domingo más, la Palabra de Dios, nos
invita a ser conscientes del amor que Dios nos tiene. Vino en Belén para
alegrarnos la vida y subirá al calvario para darnos otra, sin fecha de
caducidad. ¿Se puede esperar más del amor de Dios?
En la primera
lectura (Segundo Libro de la Crónicas, 36, 14-16. 19-23), se nos muestra la
benignidad de Dios. "Yahvé, Dios de sus padres, les envió continuos mensajeros, porque quería salvar a su pueblo y a su templo ".Yahvé había estado siempre al lado de su pueblo, defendiéndolo, conservándolo, multiplicándolo. Era el Dios de los antepasados, el que los padres habían mostrado a sus hijos, el que las madres hebreas habían puesto en el corazón y en los labios de sus pequeños... El Dios de nuestros padres, ese que en nuestra tierra se ha reverenciado durante siglos, ese que nos ha dado a su Hijo como hermano y a María, la más agraciada mujer, como Madre.
benignidad de Dios. "Yahvé, Dios de sus padres, les envió continuos mensajeros, porque quería salvar a su pueblo y a su templo ".Yahvé había estado siempre al lado de su pueblo, defendiéndolo, conservándolo, multiplicándolo. Era el Dios de los antepasados, el que los padres habían mostrado a sus hijos, el que las madres hebreas habían puesto en el corazón y en los labios de sus pequeños... El Dios de nuestros padres, ese que en nuestra tierra se ha reverenciado durante siglos, ese que nos ha dado a su Hijo como hermano y a María, la más agraciada mujer, como Madre.
A
lo largo de toda su historia fueron llegando quienes daban los consejos de
Dios. Venían cargados con palabras bellas, encendidas palabras que animaban y
llenaban el espíritu de paz, con deseos de ser mejores. Dios quería salvar a su
pueblo. El peligro acechaba a la vuelta de cualquier
esquina. Los enemigos se habían conjurado, tenían planes de aniquilación,
ansias de reducir el gran templo en un montón de escombros.
El
pueblo de Israel había pecado y había despreciado los buenos consejos que
Yahvé, su Dios, le había enviado por medio de sus profetas. Yahvé les abandona,
el pueblo de Israel es llevado al destierro; el templo es incendiado y
Jerusalén es destruido. Todos los días el pueblo clama a Yahvé para que les
envíe algún caudillo que les rescate y les lleve de nuevo a su patria. Y Dios
escoge a Ciro, rey de Persia, un rey pagano, no judío, para que les libere de
la cautividad. Ciro es un rey magnánimo y tolerante, que permite a los
israelitas volver a Jerusalén y les ayuda a reconstruir el templo. Así
habla Ciro, rey de Persia: el Señor, rey de los cielos, me ha dado todos los
reinos de la Tierra… Quien de vosotros pertenezca a su pueblo,
¡sea su Dios con él y suba!.
Es este un buen ejemplo para convencernos de que Dios no hace distinciones y
juzga a cada uno según sus obras, sea de la nación o religión que sea. El que
hace obras buenas y practica la justicia misericordiosa es bueno y agrada a
Dios, sea de donde sea. No estaría nada mal que nos fijáramos hoy en el rey
Ciro, como ejemplo de rey justo y tolerante en lo político y en lo religioso.
Dios nos juzgará por nuestras obras, no por nuestro carné de identidad
político, o religioso.
El Salmo de hoy (Salmo 136), con una expresión fuerte
nos invita a recordar las obras de Dios,
QUE SE ME PEGUE LA LENGUA AL PALADAR SI NO ME ACUERDO
DE TI.
Junto a los canales de Babilonia
nos
sentamos a llorar con nostalgia de Sión;
en
los sauces de sus orillas
colgábamos
nuestras cítaras.
Allí los que nos deportaron nos invitaban a cantar;
nuestros
opresores, a divertirlos:
«Cantadnos un cantar de Sión.»
En la segunda lectura (Efesios, 2, 4-10),nos dispone a entrar
en la obra salvadora de Dios, “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con el
que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, no ha hecho vivir con
Cristo –por pura gracia estáis salvados”-. El estar
salvados por pura gracia sólo quiere decir, en san Pablo, que no es la Ley la
que nos salva, sino el amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús. Las buenas
obras son consecuencia necesaria de estar salvados, puesto que Dios nos ha
creado en Cristo Jesús para que nos dediquemos a las buenas obras, que Él
determinó que las practicásemos. En el Himno al amor, que escribió san Pablo en
su primera carta a los Corintios, nos pide que seamos comprensivos, humildes,
sacrificados, siempre verdaderos y misericordiosos. Porque el amor es la definición
permanente de nuestra relación esencial con Dios y con el prójimo. Por pura
gracia estamos salvados y esto lo demostraremos practicando siempre obras de
amor, porque creemos en un Dios que nos salva por amor.
El Evangelio de hoy, también de San Juan (Jn3, 14- 21), se nos proclama la obra de salvación de
Dios, a través de su Hijo Jesucristo.” El Evangelio de Juan nos habla de una
charla de Jesús con Nicodemo. Aparece en escena este personaje singular,
miembro del Sanedrín, convertido a Cristo y que fue, junto con José de Arimatea, quien fue a pedir al Gobernador Pilato el cuerpo de Jesús, ya muerto. La escena descrita es
de los primeros momentos en los que Nicodemo se acercaba a Jesús y lo visitaba
por la noche para no ser visto. En el silencio de la noche, oculto en la
oscuridad de las altas horas, Nicodemo que desciende desde la cima de su
posición social -formaba parte del Sanedrín-, pregunta y escucha las palabras
de aquel aldeano, el hijo de José el carpintero. Después, y ante su muerte y
con la dispersión de los discípulos más cercanos, sería él quien diera la cara
ante las autoridades, lo cual, sin duda, fue un peligro para él.
“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo
único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida
eterna”.
Esta es la esencia del mensaje cristiano: que Dios es amor y salva por amor.
Dios padre envió a su Hijo al mundo para salvar al mundo, no para condenarlo,
porque es un Dios amor. Creer en Cristo supone creer en un Dios amor, en un
Dios que quiere salvar, no condenar. Naturalmente, esto no quiere decir que
todos estemos salvados, independientemente de las obras que hagamos. Para que
Dios pueda salvarnos, nosotros debemos creer en el Dios amor y, guiados por la
luz de este Dios amor, hacer obras de amor. Es el mismo Cristo el que nos dice
que, si detestamos la luz y nuestras obras son malas, Dios no podrá salvarnos,
porque serán nuestras malas obras las que nos condenen. Creer en Cristo es
dejarse guiar por su luz, es decir tratar de vivir como él vivió, haciendo
obras buenas, obras de amor. La vida de un cristiano será verdaderamente
cristiana si hace obras buenas, obras de amor. El cristianismo es seguir a una
persona, a Cristo, caminar en su luz, tratar de vivir como él vivió. Donde no
hay amor no hay cristianismo y donde hay auténtico amor hay auténtico
cristianismo. Creer en Cristo no es una simple afirmación teórica, es un
compromiso de vida, un propósito continuo de vivir dirigidos por la luz de
Cristo, de vivir en el amor de Cristo, practicando obras de amor. Y ya sabemos
que el amor de Cristo se verifica en el amor al prójimo, porque si decimos que
amamos a Dios, pero no amamos al prójimo, somos unos mentirosos. En este
sentido, es verdadera la frase tantas veces repetida, y cantada, de que, al
atardecer de la vida, Dios nos examinará en el amor, en nuestras obras de amor.
Las
lecturas hoy nos han recordado que Jesús de Nazaret, es la señal visible, el
amor de Dios en forma de carne. Es el amor de Dios para que el hombre encuentre
un horizonte de alegría, de paz y seguridad en su vida.
Quien
mira, frente a frente a Jesús, se topa con el amor de Dios. Uno siente el
vértigo de la eternidad, pero vértigo en positivo, cuando piensa, medita y se
asombra ante una persona que es estandarte y altavoz de la bondad de Dios.
Es
muy clara la primera lectura de hoy para determinar que, muchas veces, los
planes de Dios no coinciden con los del ser humano. Por el contrario, muchos de
nosotros, alguna vez, hemos intentado que Dios se ponga de nuestra parte y que
nos ayude a sacar adelante cuestiones que, probablemente, no tienen la
idoneidad que el Señor busca para nosotros. Y así en el Segundo Libro de las
Crónicas se habla con un rey extranjero, Ciro será el elegido para reconstruir
el Templo de Jerusalén y dar nuevos bríos al culto que el Dios quiere. Las
continuas traiciones del pueblo de Israel crean esa nueva situación. Es posible
que muchos judíos, incluso de buena voluntad, no entendiesen ese giro que el
Señor estaba dando a la historia, les parecería inconcebible por sentirse
pueblo elegido de Dios.
San
Pablo en su carta a los Efesios destaca
el renacer a la nueva vida por efecto de la gracia de Jesucristo. Se
muere al pecado para resucitar a una vida más limpia, más entregada, más
luminosa. El bautismo es nuestra entrada en la gracia de Jesucristo, pero el
seguimiento del Maestro produce de manera sensible y consciente los beneficios
que San Pablo nos cuenta. Las palabras del apóstol dan idea de una nueva
creación, de una nueva naturaleza del género humano gracias al sacrificio de
Cristo. Y si recapacitamos un poco en ello veremos que hay pruebas objetivas en
nosotros mismos de esa renacer a una nueva vida. Quien ha descubierto el camino
se seguimiento de Jesús se siente transformado, renacido. Los viejos tiempos ya
no cuentan y una nueva vida se abre ante los ojos de los creyentes.
Jesús
ante Nicodemo despliega la catequesis del hombre nuevo. La de renacer a una
vida de luz, alejada de la tiniebla. Jesús enseña a Nicodemo que el episodio de
la Cruz es necesario y que forma parte de una realidad salvadora como lo fue la
serpiente de bronce que Moisés se construyó para salvar al pueblo errante en el
desierto de las mordeduras venenosas de las serpientes. Una vez elevado en la
Cruz, una simple mirada servirá para salvarse. Y es cierto –nadie lo puede
negar—que una mirada angustiada dirigida a un crucifijo ha traído la salvación
y la paz a muchos a lo largo de más de dos mil años de historia. La profecía de
Jesús sigue funcionando. No sabemos lo que Nicodemo dijo a Jesús. Tal vez, le
recomendaba moderación y paciencia frente a sus enemigos del Templo y del
Sanedrín. Sería el consejo lógico de alguien de tanta altura. Sin embargo,
Jesús, una vez más, y como ocurrió con Pedro, no acepta variación alguna en su
misión. Y explica que es necesario el sacrificio de la Cruz para que sus
hermanos no mueran por las picaduras venenosas del Mal.
La revelación de Jesús sobre el Padre modifica la concepción de Dios que los
hombres tenían. No su realidad intrínseca, porque Jesús viene a mostrar la
verdadera cara de Dios Padre, la misma de siempre, pero que los humanos habían
modificado en función de sus intereses.
El
mensaje es claro, por nuestra salvación, Dios, es capaz de cualquier cosa.
La
historia se repite y, Dios en la próxima
Pascua pretende salvarnos a todos. Y lo hace en la dirección contraria a las
soluciones falseadas o maquilladas que nos ofrecen los ilusorios salvadores de
nuestra sociedad: el amor es la fuente de la felicidad y no el indagar caminos
cortos que, entre otras cosas, producen ansiedad y no serenidad.
¿Qué
dificultades existen para creer y aceptar todo esto? Que la realidad sensual
del mundo es incapaz de considerar, gustar y definirse por una amistad tan
limpia y tan original como la del Señor: se nos excita en conquistas de amores
a coste barato. Se confunde amor con placer. Gratuidad con interés. Y así nos
va. La felicidad del hombre hace tiempo que está pendiente de un peligroso
hilo: el sálvese quien pueda.
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sábado, 28 de febrero de 2015
Comentarios a las lecturas del II Domingo de Cuaresma. 1 de marzo de 2015
Hoy
podríamos decir que el hilo conductor tiene un tema reiterativo: la montaña y el ascenso. de la primera
lectura el monte Moria. Años después David escogió el
monte Moria para edificar su palacio y Salomón allí
elevó el templo que lleva su nombre. Si se trata del mismo sitio, estaríamos
refiriéndonos al espacio que ocupaba el santuario y que hoy lo hace la “domo de
la roca” mal llamada mezquita de Omar. Para conseguir una gran explanada donde
acotar el templo central de la Fe hebrea, fue necesario levantar unos grandes
muros que abarcaban la superficie necesaria para albergar todo el complejo de
culto judío.
El
otro monte el Tabor, hoy luce con todo su esplendor.
Del
ascenso cada uno de nosotros vivimos el ascenso al calvario con nuestras
cruces. Revivimos las promesas del tabor a través de la vida litúrgica de la
iglesia, que nos permite tener la Fe de Abraham y la vida plena de Cristo: el
muerto-resucitado.
La primera
lectura (Génesis, 22,
1-2.9-13.15-18), nos presenta el sacrificio de Isaac.
Las
horas que pasarían Abraham y Sara serían realmente terribles. Eso no lo puede
pedir ni Dios. Ni necesita pruebas de este tipo… Pero la historia que cuenta el
Génesis es no sólo hermosa, sino profunda y paradigmática. Se inspira en la
costumbre de ciertas religiones primitivas. Abraham pudo llegar a sentir esa
exigencia. El patriarca, camino del monte, es un modelo de obediencia y de fe.
Abraham con el cuchillo alzado es un paradigma de la fe.
La escena de Abrahán dispuesto a
sacrificar a su propio hijo Isaac, en el monte Moria,
la hemos interpretado siempre como una muestra suprema de la fe de Abrahán y de
su fidelidad y confianza en Dios. Y, junto a esta actitud está la actuación de
Dios que le prometió una larga descendencia por su heroica fidelidad. "Juro por mí mismo --oráculo del Señor--: Por haber
hecho eso, por no haberte reservado tu hijo, tu hijo único, te bendeciré,
multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena
de la playa. Tus descendientes conquistaran las puertas de las ciudades enemigas.
Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has
obedecido."
Aquí
se ganó de verdad esa paternidad de todos los creyentes. Si hubiese retenido al
hijo, su semilla hubiera terminado agotándose. Al desprenderse de él, se lo
devuelven con una bendición que traspasa los siglos, con una promesa de
infinitud.
El
Salmo de hoy (115). es una expresión de la voluntad de cómo queremos caminar:
"CAMINARÉ
EN LA PRESENCIA DEL SEÑOR, EN EL PAÍS DE LA VIDA".
Señor, yo
soy tu siervo,
siervo tuyo,
hijo de tu esclava:
rompiste mis
cadenas.
Te ofreceré
un sacrificio de alabanza,
invocando tu
nombre, Señor.
Cumpliré al
Señor mis votos,
en presencia
de todo el pueblo;
en el atrio
de la casa del Señor,
en medio de
ti Jerusalén.
En
la segunda lectura (Romanos, 8, 31b-34), San
Pablo nos fortalece con sus palabras testimoniales. Ningún misterio, ningún
desconcierto, ni el dolor ni la muerte, deben hacernos dudar del amor incondicional
de Dios. Quien es capaz de morir literalmente por nosotros tiene derecho a
nuestra confianza. "El que no
perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros, ¿cómo
no nos dará todo con Él?". Nuestra ley, nuestra ciencia y nuestra
fuerza, son una persona: Cristo Crucificado. Él es el contenido de nuestra
espiritualidad, de toda nuestra vida.
"Si Dios está con nosotros, ¿quién estará
contra nosotros?". Estas palabras son como un desafío,
un reto audaz que San Pablo lanza a la cara de sus enemigos. Un grito de victoria. "¿Quién nos separará del amor de Cristo? -se pregunta-. ¿La tribulación, la angustia, la
persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada...?".
Y
sin embargo, se siente seguro, tranquilo, sereno, decidido, audaz, y feliz. Él
sabe que vive entregado a la muerte cada día, todo el día. Pero él dice: "En todas estas cosas vencemos por
aquél que nos amó. Porque persuadido estoy de que ni la muerte, ni la vida, ni
poder alguno por grande que sea, podrá separarnos del amor que Dios nos tiene y
que nos ha manifestado en Cristo Jesús".
Toda
esta esperanza se fundamenta en el amor incondicional de Dios, que no perdono
ni a su propio Hijo. "Nadie tiene
amor más grande que aquel que da la vida por el amado". Y Dios entregó
su vida por los hombres. El Padre Eterno no escuchó la súplica del Hijo que
pedía, con lágrimas y sudor de sangre, que pasara su cáliz y dolorosa pasión.
Hoy
el evangelio (Marcos, 9, 2, 10), nos proclama el relato
de la TRANSFIGURACIÓN.-
Jesús
se retira con los más íntimos a la montaña, al Tabor, alta colina que destaca
en las planicies de Galilea, atalaya desde la que se divisa a lo lejos el
reflejo azul del lago de
Genesaret y el valle de Yiztreel. El lugar, invita a
los visitantes a la contemplación: Allí el espíritu se eleva y Dios parece
estar más cerca. Es lugar propicio para la oración, para comunicarse con el
Creador, esplendido en la altura, visible casi en la grandeza majestuosa de los
hondos abismos y de las escarpadas rocas.
La
grandiosidad de la cima del Tabor se llenó con la luz que Cristo irradiaba.
Toda la gloria que se ocultaba tras los velos de la humanidad se dejó ver por
unos instantes. Fue tanto el resplandor de aquella transformación que los
apóstoles quedaron extasiados, como fuera de sí, sin saber con certeza lo que
pasaba. Un gozo inefable les colmaba por dentro, y a Pedro sólo se le ocurre
decir que allí se estaba muy bien, y que lo mejor era hacer tres tiendas. Y no
moverse de aquel lugar. Estaban en la antesala del Cielo, recibían una primicia
de la visión beatífica. El recuerdo de aquello es siempre un estímulo para los
momentos oscuros, cuando la esperanza haya muerto y necesitemos que florezca de
nuevo.
Moisés
y Elías acompañaban a Jesús glorioso y hablaban acerca de su pasión, muerte y
resurrección. La escena narrada, con sus luces y sombras hace entrever el duro
combate que había de librar Jesús , y también su gran victoria sobre la muerte
y el dolor, su definitivo triunfo que alcanzaría a quienes siguieran sus pisos...
La voz del Padre resuena desde la nube: "Este
es mi Hijo amado, escuchadle. El Amado, el Unigénito", la impronta
radiante del Padre Eterno. Con razón se admiraba San Juan del gran amor que
Dios tiene al mundo, cuando por él entregó a su mismo Hijo, aun sabiendo que lo
clavarían en la Cruz. Pero aquella fue la inmolación que nos trajo la salvación
y remisión de nuestros pecados.
¡Hermosas y
sugerentes las enseñanzas de las
lecturas de hoy para nuestra vida!.
En
la primera lectura nos encontramos con la fe ejemplar de Abraham: a Dios no se
le discute ni regatea nada. Es verdad que le pide todo su amor y su esperanza;
pero Isaac, el hijo de la promesa es más de Dios que suyo; y si Dios le ha dado
un hijo en su vejez, puede seguir multiplicando su semilla.
¡Cuantas veces Dios nos pide bastante menos que a Abraham y
nosotros le damos la callada por respuesta, preferimos nuestras efímeras
seguridades terrenales!.
La
lección que queda para nosotros, es clara. debemos ser fieles a Dios, en medio
de las mayores dificultades, pero Dios no quiere que nuestra fidelidad a él
vaya en contra de la vida de ninguna persona inocente. Matar a una persona en
nombre de Dios es una ofensa gravísima a Dios. Esta voluntad del Dios de
Abraham, es plenamente válida, cuando hoy
grupos islámicos apelan a Ala (el mismo Dios de Abraham), para infringir
la muerte.
El
testimonio de San Pablo, nos es de gran valor para nosotros cristianos en el
siglo XXI. Él es consciente de las dificultades que hay en su vida (también en
muchos cristianos, contemporáneos nuestros), de las persecuciones que sufre, de
las calumnias que han propagado contra él, de la incomprensión de los que
podían y debían haberle comprendido. Él sabe que hay muchos que desean su
muerte, está seguro de que terminará sus días en la cárcel, condenado
injustamente a muerte, a una muerte violenta, al martirio.
Ante
los constatados hechos del amor de Dios, constatados por San Pablo, ¿cómo
podemos permanecer insensibles, cómo podemos caminar de espaldas a Dios, cómo
podemos vivir una vida tan mediocre y aburguesada, cómo podemos olvidar a quien
tanto nos ama?.
Del
relato del Evangelio, ¿cómo no escuchar la voz de quien tanto nos amó?, ¿cómo
no atender las palabras de quien murió por salvarnos?. Oír su doctrina luminosa,
escenificada en el Tabor, hacerla vida de nuestra vida. Subir a la montaña
escarpada de nuestros deberes de cada día, grandes o pequeños; escalar con
ilusión los caminos tortuosos de cada día de nuestra vida, con la esperanza
cierta de llegar a la cumbre y contemplar extasiados la gloria del Señor.
La
Transfiguración del Señor fue un momento esplendido, de felicidad plena, pero
¡que pronto llegó la nube!, y los apóstoles tuvieron que bajar a la áspera y
complicada vida de cada día. ¿Es que la visión del Cristo transfigurado no les
sirvió para nada a los apóstoles? Sí, y mucho, pero en clave de esperanza.
Jesús acababa de anunciarles la inminencia de su muerte y del duro camino que
les aguardaba en la subida hacia Jerusalén. Pedro –siempre tan espontáneo y
hasta temerario- le criticó entonces a Jesús duramente. Jesús le dijo entonces
a Pedro que hablaba como Satanás, porque pretendía suprimir el dolor del camino
de su vida. El Tabor definitivo, la resurrección gloriosa, llegaría a su
tiempo, paro antes tendrían aún que subir al monte del Calvario. Y en esa
historia estamos nosotros, creyentes del siglo XXI.
Hoy,
con el evangelio en la mano, podríamos preguntarnos si en algún momento (ante
los amigos, enemigos, cercanos o lejanos) hemos dado firme testimonio de
nuestra fe. O si, tal vez, por miedo al rechazo preferimos esconder la fe.
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