Mostrando entradas con la etiqueta Tierra Santa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tierra Santa. Mostrar todas las entradas

lunes, 21 de diciembre de 2015

sábado, 24 de octubre de 2015

Comentarios a las lecturas del XXX Domingo del Tiempo Ordinario 25 de octubre de 2015

Comentarios a las lecturas del  XXX Domingo del Tiempo Ordinario 25 de octubre de 2015

La primera lectura tomada del libro de Jeremías (Jr. 31, 7-9) es una invitación al jubilo y la alegría. El libro de la Consolación del profeta Jeremías es un canto a la esperanza. El pueblo en el exilio recibe el anuncio de que se acerca su liberación: una gran multitud retorna: cojos, ciegos, preñadas y paridas.... El Señor es fiel a su pueblo, es un padre para Israel.
"Esto dice el Señor: Gritad de alegría por Jacob, regocijaos por el mejor de los pueblos, alabad y bendecid: el Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel" (Jr 31, 7). En este pasaje su alma profeta de los lamentos, se derrama en exclamaciones de gozo. Ante su mirada clarividente de profeta se despliega el espectáculo maravilloso de la Redención. Ese pueblo que ha sido destrozado, ese pueblo que tuvo que abandonar la tierra, y caminar hacia países lejanos bajo el yugo del extranjero, ese pueblo deportado a un exilio deprimente, ha sido salvado, ha recobrado la libertad.
Todo parecía perdido. Como si Dios hubiera desatado totalmente su ira y el castigo fuera el aniquilamiento definitivo. Pero no, Dios no podía olvidarse de su pueblo. Le amaba demasiado. Y a pesar de sus mil traiciones, le perdona, le vuelve a recoger de entre la dispersión en donde vivían y morían...
"Se marcharon llorando, los guiaré entre consuelos; los llevaré a torrentes de agua, por un camino llano que no tropezarán" (Jr 31, 9). Caminar por una ruta retorcida, dura y empinada. Dejando el hogar cada vez más lejos, los rincones que nos vieron crecer, los recuerdos de los momentos decisivos, las alegrías y las penas, la tierra donde la vida propia echó sus raíces y sus ramas, sus flores y sus frutos. Marchar. Teniendo por delante un horizonte desconocido, un paisaje envuelto en el azul difuso de las distancias, con unas personas diferentes, entreviendo situaciones difíciles, con la inquietante duda de lo que se ignora. Una caravana que avanza perezosamente entre cantos de nostalgias, en el silencio de las lágrimas.
Pero Dios nos traerá nuevamente hasta nuestra buena tierra. Nos guiará entre consuelos. Y las lágrimas se cambiarán en risas, los lamentos en canciones alegres. Dios nos devolverá el gozo del corazón. Nos colocará junto al torrente de las aguas, nos llevará por un camino ancho y llano, en el que no hay posible tropiezo.

El salmo responsorial de (Sal 125)
R.- EL SEÑOR HA ESTADO GRANDE CON NOSOTROS, Y ESTAMOS ALEGRES.
Cuando cambia la suerte – Es una acción de gracias pensando en el regreso del destierro, del desierto. El versito 4 nos hace pensar que ha sucedido una nueva desgracia y, entonces, hay que recordar con confianza el retorno del destierro, el regreso desde Babilonia. El recuerdo es primordial en la historia de los pueblos y en la vida personal; hay que sacar fuerza de nuestro pasado, porque nuestro pasado está grávido de la presencia misericordiosa de Dios.
El recuerdo de la liberación es intenso: aquella alegría inesperada se hace presente. En la liberación reveló el Señor su grandeza, de modo que hasta los gentiles pudieron reconocerla; y esta revelación activa es fuente de gozo para el pueblo, incluso en el recuerdo. La experiencia histórica se transforma en la imagen serena de la vida agrícola: sembrar para

La segunda lectura de la Carta a los hebreos  (Hb. 5, 1-6) nos sitúa ante la figura de Cristo Sumo sacerdote "Todo sumo sacerdote, escogido entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados".
 El sumo sacerdote, por supuesto, es Cristo, y, según nos dice el autor de esta carta a los Hebreos, vivió y tuvo que hacer frente a las debilidades humanas; por eso, puede comprender nuestras muchas debilidades y ayudarnos a vencerlas. Además, todos los cristianos, por el bautismo, participamos del sacerdocio de Cristo y deberemos ofrecer dones y sacrificios al Padre para que perdone nuestros pecados y los pecados del mundo. Cristo no pidió al Padre que sacara a sus discípulos del mundo, sino que los librara del mal del mundo. Tener fe cristiana es tener fe en la salvación propia y en la salvación del mundo. Cristo, con su vida, pasión, muerte y resurrección, nos ganó, para todos, esta gracia, la gracia de nuestra propia salvación y la gracia de la salvación del mundo entero. Ofrezcamos nosotros al Padre nuestro deseo y nuestro propósito de ser humildes y entusiastas corredentores con Cristo.

Hoy la lectura proclamada del Evangelio de San Marcos  (Mc. 10, 46-52) nos sitúa ante el ciego Bartimeo. Bartimeo era un pobre ciego que pedía limosna al borde del camino que, procedente de Jerusalén, llega a Jericó. En la sociedad de su tiempo no había seguros sociales, ni ayudas a personas minusválidas o impedidas. Un ciego al que su familia no pudiera ayudarle, estaba obligado a buscarse la vida fuera, a pedir limosna fuera, al borde del camino.
 Un día pasó Jesús cerca de él. Al principio, el ciego sólo percibía el rumor de la gente que pasaba, más bulliciosa que de costumbre. Extrañado ante aquel alboroto preguntó que ocurría: Es Jesús de Nazaret que pasa, le dijeron. Entonces la oscuridad que le envolvía se tornó luminosa y clara por la fuerza de su fe, y lleno de esperanza comenzó a gritar con todas las fuerzas: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí..."
La voz del ciego se alzaba sobre el bullicio de la gente, tanto que era una nota discordante y estridente, molesta para todos. Cállate ya, le decían. Pero él gritaba aún más. Jesús no quiso hacerle esperar y llevado de su inmensa compasión llamó a Bartimeo. Cuando el mendigo escuchó que el Maestro lo llamaba, arrojó su manto, loco de contento, dio un salto y se acercó con dificultad  a Jesús.
Hemos visto como Jesús le pregunta a Bartimeo , lo mismo que les preguntó en el evangelio del domingo pasado a los hijos de Zebedeo: "¿Qué quieres que haga por ti?". Pero la actitud del ciego es mucho más auténtica que la de Santiago y Juan. Simplemente quiere curarse, quiere ver. Y Jesús le cura porque tiene mucha fe: "Anda, tu fe te ha curado". El ciego ha puesto de su parte, no se ha resignado a quedarse allí quieto, "dio un salto y se acercó a Jesús".
Resumimos el mensaje de hoy de las lecturas proclamadas.
Experiencia de exilio: La referencia del profeta Jeremías: “Yo os traeré del país del norte”. “Entre ellos hay ciegos”. La imagen del ciego “sentado”, “al borde del camino”, “pidiendo limosna”, revela marginalidad, pobreza y hasta posible tentación de desesperanza.
Actitud de escucha: El ciego está atento: “al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, ten piedad de mí»”. Condición necesaria para salir de la crisis, del hundimiento y no perder la relación posible con Dios.
Conciencia de llamada: “Nadie puede arrogarse este honor: Dios es quien llama”. “Llamadlo”. “Ánimo, levántate, que te llama”. El inicio de toda salvación se funda en la llamada de Dios, que tiene repercusiones físicas y espirituales.
Obediencia a la llamada: El ciego “dio un salto y se acercó a Jesús”. La rapidez y prontitud con la que reacciona, y sobre todo el gesto que señala san Marcos: “soltó el manto”, para decir que abandonaba su identidad anterior, son las claves de la respuesta adecuada.
Don y gracia: “¿Qué quieres que haga por ti?” La pregunta de Jesús es directa, concreta, sin evasión posible, comprometida, abierta. El ciego responde: “Maestro, que pueda ver”. Y el regalo sorprendente de ver, que los exegetas interpretan en sentido teologal como el don de la fe. “Anda, tu fe te ha curado”.
Seguimiento: La consecuencia de todo el proceso es ponerse en camino, ir detrás de Jesús, seguirlo de cerca. “Y lo seguía por el camino”. Además, se halla en un enclave inmediato a la Pasión de Jesús en Jerusalén.
Alegría: La consecuencia de todo el proceso no es otra que la alegría interior y exterior: “Gritad de alegría” (Jer 31, 7). “Al ir iban llorando, llevando la semilla, al volver, vuelven cantando, trayendo sus gavilla” (Sal 125). Señal de cumplir la voluntad de Dios.

Para nuestra vida.
La realidad  que describe el profeta Jeremías, se sigue repitiendo sin cesar, debe mantenernos en la confianza en el amor de Dios. Nunca es tarde, nunca es mucho, nunca es demasiado. Nada puede apagar nuestra esperanza. Nada ni nadie puede cerrarnos al amor. La capacidad infinita de perdón que tiene Dios, su actitud permanente de brazos abiertos, pide y provoca espontáneamente una correspondencia generosa, un sí decidido y constante a cada exigencia de nuestra condición de hijos de Dios.
Necesitamos que Dios mire nuestra vida afincada, muchas veces en  destierros estériles. Necesitamos la ayuda del Señor porque caminamos en una tierra extraña y triste. Necesitamos sentir la ayuda del Señor, que este  cercano.
La carta  a los hebreos nos recuerda a los cristianos  que también  estamos llamados a ser corredentores de los pecados del mundo entero y que toda nuestra vida debe ser, además de un sacrificio de alabanza al Padre, un sacrificio de súplica por la redención del mundo.
El evangelio con la historia del ciego Bartimeo, nos actualiza también a nosotros la vida y la situación de tantos miles de refugiados que se están viendo obligados ahora, en nuestras días, a dejar su patria huyendo del hambre o de una muerte segura por causa de su religión o de su cultura. Quedan al margen de los caminos de la sociedad esperando la ayuda de quienes mas tenemos.
El relato del ciego Bartimeo nos sitúa ante nuestra propia realidad. También nosotros somos muchas veces pobres ciegos sentados a la orilla del camino, pordioseando a unos y otros un poco de luz y de amor para nuestra vida oscura y fría. Sumidos como Bartimeo en las tinieblas de nuestro egoísmo o de nuestra sensualidad. Quizá escuchamos el rumor de quienes acompañan a Jesús, pero no aprovechamos su cercanía y seguimos sentados e indolentes, tranquilos en nuestra soledad y apagamiento. Es preciso reaccionar, es necesario recurrir a Jesucristo, nuestro Mesías y Salvador. Gritarle una y otra vez que tenga compasión de nosotros.
Como a Bartimeo, también a nosotros nos llama Cristo para preguntarnos como a Bartimeo: "¿Qué quieres que haga yo por ti?”. Bartimeo no dudó ni un momento en suplicar: "Maestro, que pueda ver". Jesús tampoco retarda su respuesta: "Anda, tu fe te ha curado". Y al instante la oscuridad del ciego se disipa bajo una luz que le permite contemplar extasiado cuanto le rodea, ese espectáculo único que es la vida misma.
Vamos a seguir clamando con la misma plegaria en el fondo de nuestra alma, sin cansarnos jamás: Señor, que yo vea. Señor, que pueda contemplar tu grandeza divina en las mil minucias humanas y materiales que nos circundan, que tu luz mantenga encendido nuestro amor y brillante nuestra esperanza, en medio de esta sociedad donde aún existe demasiada maldad y ceguera.
Estamos a punto de culminar el Sínodo de la Familia en Roma. Y, en algunas de las conclusiones de los tres apartados del instrumento de trabajo, se venía a decir algo que es verdad: “La familia ha dejado de ser transmisora de la fe”. Es verdad. Hoy la familia cristiana no ve ni siente, en sus entrañas, lo que luego quiere o pretende que sus hijos crean y vivan el día de mañana. ¿Ya quieren ver con los ojos de Cristo? ¿Ya quieren sentir, nuestras familias que se dicen cristianas, con el corazón de Jesús? ¿Ya se rigen, nuestras familias, con los criterios del Evangelio?
Gran reto el que las familias descubran por dentro la belleza de la fe. Sólo entonces, como el ciego Bartimeo, podrá decir con toda su verdad y fuerza: ¡Señor que pueda ver!. Mientras tanto, nuestras familias verán lo que quieran ver y, especialmente, lo que el mundo le presente en la pluralidad relativista de nuestras sociedades .
Oremos por todas las familias.

Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org

sábado, 12 de septiembre de 2015

Comentario a las lecturas del XXIV Domingo del Tiempo Ordinario 13 de septiembre de 2015.

La liturgia de este domingo  nos da una respuesta a la pregunta de Jesús, que enmarca la Palabra de hoy ¿Quién dice la gente que soy yo?”.. Cuando la primera lectura, del Libro de Isaías, nos ofrece el texto del Varón de Dolores, la profecía que narra con gran exactitud, va a definir, también con toda exactitud, como iba a ser la misión del Mesías: “El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días”. Así lo expresa claramente Jesús a sus discípulos, aunque ellos no lo entendieran, porque no concebían a un Mesías derrotado y humillado
-La primera lectura tomada del libro de Isaías (Is. 50, 5-9a) nos presenta al Siervo de Yavé, que a pesar de todas las dificultades confía en que “el Señor me ayuda”. El pueblo exiliado en Babilonia no cree ya en su liberación; piensa que Dios le ha abandonado como el esposo que repudia a su mujer o como un mal padre que vende a su hijo como esclavo. Pero lo que ha ocurrido es muy distinto: han sido los hijos de Israel los que han abandonado a Yahvé; por lo cual han caído bajo el poder de Babilonia y padecen ahora el exilio y la esclavitud. El Siervo de Yahvé, que ha recibido buenos oídos para escuchar la palabra de Dios no ha dejado de predicar la salvación de este pueblo cerril. En este ambiente hostil, la fidelidad del Siervo de Yahvé y el valor con que cumple su misión despierta el enojo y la violencia de sus propios paisanos. Pero él lo aguanta todo, hasta los golpes y las acciones más débiles con que el populacho se ensaña contra su persona. El Siervo de Yahvé no se vuelve atrás ni cejará en su empeño. Contra todos los ataques tiene el mejor defensor; contra todas las falsas acusaciones, el mejor abogado. El Siervo de Yahvé confía salir victorioso de todos sus enemigos, porque Dios está con él. "Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido, por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado" (Is 50, 7). La fuerza de Dios. Ahí está el secreto de ese vigor extraordinario, de ese cambio imprevisto.
El salmo de hoy es el  114

R.- CAMINARÉ EN PRESENCIA DEL SEÑOR, EN EL PAIS DE LA VIDA
Este es un salmo de consuelo y aliento. La frase que se canta como respuesta: Caminaré en presencia del Señor, podría ser un hermoso lema para cada día. No es lo mismo vivir ignorando a Dios, inmersos en las preocupaciones de la vida cotidiana, que ser consciente de que cada paso que damos, cada segundo de nuestra vida que se desliza, transcurre ante la mirada de Alguien que nos contempla con amor.
El salmo relata una serie de circunstancias adversas. Ya sea por acontecimientos externos, o porque dentro de nosotros mismos descubrimos abismos tenebrosos, ¿quién no se ha sentido atrapado, angustiado, caído y envuelto “en redes de muerte”?
El salmo 114 es una llamada a la esperanza y a confiar en Dios, teniéndolo siempre presente en nuestra vida. Vivir conscientes de la presencia del Señor ha sido una constante en la vida de muchos santos. Y ese “país de la vida” es una hermosa expresión que no significa otra cosa que una existencia densa y llena de sentido, porque sabemos que Dios la ha querido y la ama.
 
Hoy la segunda lectura tomada de la carta de Santiago (Sant. 2, 14-18) trata de mostrar la íntima y necesaria vinculación entre la fe autentica y las obras. Parece ser que entre los posibles lectores había quienes se gloriaban mucho de su ortodoxia y descuidaban, en cambio, la buena conducta. El autor de esta carta no hace otra cosa que recordar las palabras de Jesús: "No todo el que dice ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre". La fe es un principio de vida. Cuando carece de obras no da señales de vida; es una fe muerta. La fe no es simple adhesión teórica a unas verdades prácticas. El que sólo cree con la cabeza, no cree. Las obras son las únicas señales que acreditan la autenticad de la fe delante de los hombres. Los cristianos no podemos permanecer pasivos ante la llegada a nuestros países más ricos de oleadas de personas humanas huyendo del horror de la guerra. Como alguien ha dicho hay que pasar de la compasión a la acción. En Alemania hay familias que acogen en sus casas a estas personas. Esta es la fe auténtica que se demuestra con las obras.
 
El evangelio de Marcos (Mc. 8, 27-35) presenta la famosa “confesión de San Pedro” y la respuesta de Jesús a tal confesión de fe. El suceso se sitúa en Cesarea de Filipo, región pagana en el antiguo territorio de Palestina, como una previsión de que la misión de Pedro y los apóstoles no se quedará limitada a su propio país. Deben estar dispuestos a alcanzar las regiones paganas y seguir al Maestro donde quiera llevarles.
Vemos a Jesús que recorre las regiones norteñas de Palestina. Aquellas caminatas eran ocasión propicia para estar solos y hablar de las enseñanzas que el Maestro quería transmitir a sus discípulos. Eran instantes de intimidad en los que Jesús abría los tesoros de su corazón. A menudo les hace unas preguntas intencionadas que despiertan la curiosidad de aquellos hombres sencillos. Jesús comienza con una pregunta impersonal ¿Quién dice la gente que soy yo?”. A esto responden los discípulos: “Unos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías, Jeremías o uno de los profetas.” Lo evidente es que la gente percibe a Jesús como un hombre santo, en línea con los profetas. En este momento crítico de la historia de la salvación judía, le ven como portavoz de Dios. La pregunta de Jesús no quiere quedarse en una simple información- Se dirige directamente  sus discípulos: “Y vosotros ¿Quién decís que soy yo?”. "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.” Así respondió Pedro, hablando por sí mismo y por los demás apóstoles. Es una profesión de fe de más alcance que la expresada por la gente. Jesús no es un mero profeta; es mucho más. Es el Mesías largamente esperado. ¿En qué clase de Mesías creían los discípulos? . En un principio creían en un Mesías triunfante y arrollador, que instauraría un reino de Dios en el que ellos serían los primeros. Y cuando Jesús les dice que no va a ser así, sino que el Mesías tendría que padecer mucho, ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días, Pedro le increpa seriamente y trata de corregirle. Jesús responde a Pedro airadamente y le increpa: “¡Quítate de mí vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios”! ¡“El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”!
 
Para nuestra vida.
Como el profeta Isaías, también los cristianos debemos saber sufrir las adversidades de esta vida con valentía y esperanza cristiana: el Señor nos ayudará. A Cristo los cristianos le identificamos muchas veces con el siervo de Yahvé del Antiguo Testamento: el que no se echó atrás ante el sufrimiento, sino que precisamente el sufrimiento le ayudó a fortalecer más su fe en Dios. Muchos cristianos son perseguidos hoy día por seguir a Jesucristo y dan su vida por él. Nosotros, que nos venimos abajo ante la primera dificultad, tenemos en el Siervo de Yahvé, que representa a Cristo ultrajado y condenado a muerte, el mejor ejemplo para seguir adelante apoyados en nuestro “defensor”.
¡Dichosos nosotros si sabemos aceptar el sufrimiento con la misma actitud y confianza del siervo de Yahvé! Cristo así lo hizo y nosotros, si queremos de verdad seguir a Cristo, así deberemos hacerlo.
 
El salmo de hoy nos recuerda como es en esos momentos cuando podemos rebelarnos contra Dios o bien pedir su auxilio. El salmo dice que “el Señor guarda a los sencillos”. Ante las dificultades de la vida, la persona orgullosa puede optar por afrontarlas sola, o bien por renegar de un Dios que permite tanto mal. Pero el sencillo de corazón, el que se siente pequeño y necesitado, pide ayuda. ¡Esa será su salvación! Porque Dios nunca ignora una súplica sincera. ¿Cómo podemos pensar que los males que azotan el mundo son voluntad suya? Es su ausencia la que causa dolor y desgracia en el mundo. Allí donde Dios es rechazado, cunde el dolor y la barbarie.
 
Fiarse de Dios y también como actuar es a veces el dilema de nuestra vida. El ejemplo que pone  hoy el apóstol Santiago es muy clarificador: si un pobre que necesita de verdad mi ayuda me pide que le ayude, la única respuesta verdaderamente cristiana es ayudarle. Cuando Pablo les decía a los primeros cristianos que lo que les salvaba era la fe en Cristo y no las obras, se refería, casi siempre, a las obras de la ley judía. Después de la vida, pasión y resurrección de Cristo, lo que les salvaba, también a los judíos, no eran ya las obras de la ley mosaica, sino la fe en Cristo. Pero la fe en Cristo supone siempre el seguimiento de Cristo y Cristo fue siempre una persona misericordiosa y que predicó las obras de misericordia. Así lo hizo él y así quiere que lo hagamos sus seguidores.
 
¿En quién creemos?. La misma pregunta que hace Jesús a lis discípulos, nos la hace Jesús a cada uno de nosotros: ¿Y tú, quién dices que soy yo? No se trata de contestar con palabras bonitas aprendidas del catecismo, se trata de responder con la vida. ¿En tu comportamiento en el trabajo, en casa, en la vida pública, tienes presente lo que Jesús espera de ti? ¿Estás dispuesto a seguir a Jesús? Si tienes este propósito, no te equivocarás, pues aunque aparentemente pierdas tu vida, encontrarás la vida de verdad, la que Él te ofrece. Entonces podrás experimentar la grata seguridad de que "El Señor te ayuda", como Isaías , teniendo la seguridad de que  " escucha mi voz suplicante; porque inclina su oído hacia mí, el día que lo invoco ", como nos dice el autor del Salmo 114.
La experiencia equivocada del Mesías la tuvieron los discípulos y también nosotros, en muchas ocasiones, tendemos a pensar como Pedro: que Cristo está ahí para resolvernos los posibles problemas que tengamos, sea la salud, o el trabajo, o la familia…etc. Esto es algo bastante normal entre nosotros, pero debemos pensar en la respuesta que Cristo dio a Pedro: “él quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga”. Esto no quiere decir que Cristo no sepa premiar las obras buenas de los que le siguen y que sólo prometa cruz y dolor. La religión cristiana no puede ni debe ser una religión victimista; también Cristo ha prometido a los que le siguen obtener en esta vida cien veces más y, después, la vida eterna. Debemos saber que, como Cristo, también nosotros tendremos en esta vida nuestra propia pasión, pero no debemos dudar que el final será siempre la resurrección gloriosa.
Muchos de nosotros, tras transcurrir más de dos mil años, tampoco entendemos bien ese sufrimiento del Maestro, aunque lo admitamos y nos conmueva cada vez que lo evoquemos. Pero, claro, estamos donde estaba Pedro y nos seguimos preguntado: ¿hubiera sido posible la Redención de otra manera? Es probable que, como en el mismo caso de Pedro, la respuesta de Jesús a nosotros sería tan dura como la que recibió el. Y, naturalmente, motivada por lo mismo: pensamos como hombres, no como Dios. Y el intento humano de que Dios piense como nosotros es una constante permanente. De hecho, el deseo de construirnos un Dios a la medida permanece, a pesar de que Dios aprovecha cualquier circunstancia para decirnos lo contrario.

lunes, 4 de mayo de 2015

Lecturas del V Domingo de Pascua 3 de mayo de 2015


PRIMERA LECTURA
LECTURA DEL LIBRO DE LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES 9, 26-31
En aquellos días, llegado Pablo a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos, porque no se fiaba
de que fuera realmente discípulo. Entonces Bernabé se lo presentó a los apóstoles.
Saulo les contó como había visto al Señor en el camino, lo que le había dicho y como en Damasco había predicado públicamente el nombre de Jesús.
Saulo se quedó con ellos y se movía libremente en Jerusalén predicando públicamente el nombre del Señor. Hablaba y discutía también con los judíos de lengua griega, que se propusieron suprimirlo. Al enterarse los hermanos lo bajaron a Cesaréa y le hicieron embarcarse para Tarso.
Entre tanto la Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaria. Se iba construyendo y progresaba en la fidelidad y se multiplicaba animada por el Espíritu Santo.
Palabra de Dios



SALMO RESPONSORIAL
SALMO 21
R.- EL SEÑOR ES MI ALABANZA EN LA GRAN ASAMBLEA.
Cumpliré mis votos delante de sus fieles.
Los desvalidos comerán hasta saciarse,
alabarán al Señor los que le buscan:
viva su corazón por siempre. R.-

Lo recordarán y volverán al señor
hasta de los confines de la tierra;
en su presencia se postrarán
las familias de los pueblos.
Ante él se postraran las cenizas de la tumba,
ante él se inclinaran los que bajan al polvo. R.-

Me hará vivir para él, mi descendencia le servirá,
hablaran del Señor a la generación futura,
contarán su justicia al pueblo que ha de nacer:
todo lo que hizo el Señor. R.-



SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DEL APÓSTOL SAN JUAN 3, 18-24
Hijos míos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad. En esto conoceremos que somos de la verdad, y tranquilizaremos nuestra conciencia ante Él, en caso de que condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo. Queridos, si la conciencia no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios; y cuanto pidamos lo recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada.
Y este es su mandamiento que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y que nos amemos unos a otros tal como nos lo mandó. Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio.
Palabra de Dios



ALELUYA Jn 15, 4.5b
Permaneced en mí y yo en vosotros, dice el Señor, el que permanece en mí da fruto abundante.



EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 15, 1-8
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
-- Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo poda
para que dé mas fruto. Vosotros estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mi y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí, lo tiran fuera, como al sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.
Palabra del Señor

sábado, 11 de abril de 2015

Lecturas. II Domingo de Pascua 12 de abril de 2015


PRIMERA LECTURA
LECTURA DE LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES 4, 32-35
En el grupo de los creyentes, todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenían. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor.
Y Dios los miraba a todos con mucho agrado. Ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego, se distribuía según lo que necesitaba cada uno.
Palabra de Dios



SALMO RESPONSORIAL
SALMO 117
R.- DAD GRACIAS AL SEÑOR PORQUE ES BUENO, PORQUE ES ETERNA SU MISERICORDIA. (o, Aleluya)

Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
Diga la casa de Aarón:
eterna es su misericordia.
Digan los fieles del Señor:
eterna es su misericordia. R.-

La diestra del señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa.
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor.
Me castigo, me castigo el Señor,
pero no me entregó a la muerte. R.-

La piedra que desecharon los arquitectos,
es ahora la piedra angular.
Es el señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Este es el día que actuó el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.-



SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DEL APÓSTOL SAN JUAN 5, 1-6
Queridos hermanos:
Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama a Aquel que da el ser, ama también al que ha nacido de Él. En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos.
Pues en esto consiste el amor a Dios: que guardamos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo.
Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Este es el que vino con agua y con sangre: Jesucristo. No solo con agua, sino con agua y con sangre: y el Espíritu es quien da testimonio, porque el espíritu es la verdad.
Palabra de Dios



ALELUYA Jn 20,29
Porque me has visto, Tomás, has creído, dice el Señor. Dichosos los que creen sin haber visto.



EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 20, 19- 31
Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
--Paz a vosotros.
Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
--Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y dicho esto exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
--Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos.

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
--Hemos visto al Señor.
Pero él les contestó:
-- Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.
A los ocho días estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
--Paz a vosotros.
Luego dijo a Tomás:
--Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
Contestó Tomás:
--¡Señor mío y Dios mío!
Jesús le dijo:
--¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.
Muchos otros signos que no están escritos en este libro hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre.
Palabra del Señor

domingo, 15 de marzo de 2015

Comentario a las lecturas del IV Domingo de Cuaresma 15 de marzo de 2015

En este cuarto domingo de la Cuaresma, un domingo más, la Palabra de Dios, nos invita a ser conscientes del amor que Dios nos tiene. Vino en Belén para alegrarnos la vida y subirá al calvario para darnos otra, sin fecha de caducidad. ¿Se puede esperar más del amor de Dios?

En la primera lectura (Segundo Libro de la Crónicas, 36, 14-16. 19-23), se nos muestra la
benignidad de Dios. "Yahvé, Dios de sus padres, les envió continuos mensajeros, porque quería salvar a su pueblo y a su templo ".Yahvé había estado siempre al lado de su pueblo, defendiéndolo, conservándolo, multiplicándolo. Era el Dios de los antepasados, el que los padres habían mostrado a sus hijos, el que las madres hebreas habían puesto en el corazón y en los labios de sus pequeños... El Dios de nuestros padres, ese que en nuestra tierra se ha reverenciado durante siglos, ese que nos ha dado a su Hijo como hermano y a María, la más agraciada mujer, como Madre.
A lo largo de toda su historia fueron llegando quienes daban los consejos de Dios. Venían cargados con palabras bellas, encendidas palabras que animaban y llenaban el espíritu de paz, con deseos de ser mejores. Dios quería salvar a su pueblo. El peligro acechaba a la vuelta de cualquier esquina. Los enemigos se habían conjurado, tenían planes de aniquilación, ansias de reducir el gran templo en un montón de escombros.
El pueblo de Israel había pecado y había despreciado los buenos consejos que Yahvé, su Dios, le había enviado por medio de sus profetas. Yahvé les abandona, el pueblo de Israel es llevado al destierro; el templo es incendiado y Jerusalén es destruido. Todos los días el pueblo clama a Yahvé para que les envíe algún caudillo que les rescate y les lleve de nuevo a su patria. Y Dios escoge a Ciro, rey de Persia, un rey pagano, no judío, para que les libere de la cautividad. Ciro es un rey magnánimo y tolerante, que permite a los israelitas volver a Jerusalén y les ayuda a reconstruir el templo. Así habla Ciro, rey de Persia: el Señor, rey de los cielos, me ha dado todos los reinos de la Tierra Quien de vosotros pertenezca a su pueblo, ¡sea su Dios con él y suba!. Es este un buen ejemplo para convencernos de que Dios no hace distinciones y juzga a cada uno según sus obras, sea de la nación o religión que sea. El que hace obras buenas y practica la justicia misericordiosa es bueno y agrada a Dios, sea de donde sea. No estaría nada mal que nos fijáramos hoy en el rey Ciro, como ejemplo de rey justo y tolerante en lo político y en lo religioso. Dios nos juzgará por nuestras obras, no por nuestro carné de identidad político, o religioso.

El Salmo de hoy (Salmo 136), con una expresión fuerte nos invita a recordar las obras de Dios,
QUE SE ME PEGUE LA LENGUA AL PALADAR SI NO ME ACUERDO DE TI.
Junto a los canales de Babilonia
nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión;
en los sauces de sus orillas
colgábamos nuestras cítaras. 
Allí los que nos deportaron nos invitaban a cantar;
nuestros opresores, a divertirlos:
«Cantadnos un cantar de Sión.»

En la segunda lectura (Efesios, 2, 4-10),nos dispone a entrar en la obra salvadora de Dios, “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con el que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, no ha hecho vivir con Cristo –por pura gracia estáis salvados”-. El estar salvados por pura gracia sólo quiere decir, en san Pablo, que no es la Ley la que nos salva, sino el amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús. Las buenas obras son consecuencia necesaria de estar salvados, puesto que Dios nos ha creado en Cristo Jesús para que nos dediquemos a las buenas obras, que Él determinó que las practicásemos. En el Himno al amor, que escribió san Pablo en su primera carta a los Corintios, nos pide que seamos comprensivos, humildes, sacrificados, siempre verdaderos y misericordiosos. Porque el amor es la definición permanente de nuestra relación esencial con Dios y con el prójimo. Por pura gracia estamos salvados y esto lo demostraremos practicando siempre obras de amor, porque creemos en un Dios que nos salva por amor.


El Evangelio de hoy, también de San Juan (Jn3, 14- 21), se nos proclama la obra de salvación de Dios, a través de su Hijo Jesucristo.” El Evangelio de Juan nos habla de una charla de Jesús con Nicodemo. Aparece en escena este personaje singular, miembro del Sanedrín, convertido a Cristo y que fue, junto con José de Arimatea, quien fue a pedir al Gobernador Pilato el cuerpo de Jesús, ya muerto. La escena descrita es de los primeros momentos en los que Nicodemo se acercaba a Jesús y lo visitaba por la noche para no ser visto. En el silencio de la noche, oculto en la oscuridad de las altas horas, Nicodemo que desciende desde la cima de su posición social -formaba parte del Sanedrín-, pregunta y escucha las palabras de aquel aldeano, el hijo de José el carpintero. Después, y ante su muerte y con la dispersión de los discípulos más cercanos, sería él quien diera la cara ante las autoridades, lo cual, sin duda, fue un peligro para él.
“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”. Esta es la esencia del mensaje cristiano: que Dios es amor y salva por amor. Dios padre envió a su Hijo al mundo para salvar al mundo, no para condenarlo, porque es un Dios amor. Creer en Cristo supone creer en un Dios amor, en un Dios que quiere salvar, no condenar. Naturalmente, esto no quiere decir que todos estemos salvados, independientemente de las obras que hagamos. Para que Dios pueda salvarnos, nosotros debemos creer en el Dios amor y, guiados por la luz de este Dios amor, hacer obras de amor. Es el mismo Cristo el que nos dice que, si detestamos la luz y nuestras obras son malas, Dios no podrá salvarnos, porque serán nuestras malas obras las que nos condenen. Creer en Cristo es dejarse guiar por su luz, es decir tratar de vivir como él vivió, haciendo obras buenas, obras de amor. La vida de un cristiano será verdaderamente cristiana si hace obras buenas, obras de amor. El cristianismo es seguir a una persona, a Cristo, caminar en su luz, tratar de vivir como él vivió. Donde no hay amor no hay cristianismo y donde hay auténtico amor hay auténtico cristianismo. Creer en Cristo no es una simple afirmación teórica, es un compromiso de vida, un propósito continuo de vivir dirigidos por la luz de Cristo, de vivir en el amor de Cristo, practicando obras de amor. Y ya sabemos que el amor de Cristo se verifica en el amor al prójimo, porque si decimos que amamos a Dios, pero no amamos al prójimo, somos unos mentirosos. En este sentido, es verdadera la frase tantas veces repetida, y cantada, de que, al atardecer de la vida, Dios nos examinará en el amor, en nuestras obras de amor.

Las lecturas hoy nos han recordado que Jesús de Nazaret, es la señal visible, el amor de Dios en forma de carne. Es el amor de Dios para que el hombre encuentre un horizonte de alegría, de paz y seguridad en su vida.
Quien mira, frente a frente a Jesús, se topa con el amor de Dios. Uno siente el vértigo de la eternidad, pero vértigo en positivo, cuando piensa, medita y se asombra ante una persona que es estandarte y altavoz de la bondad de Dios.
Es muy clara la primera lectura de hoy para determinar que, muchas veces, los planes de Dios no coinciden con los del ser humano. Por el contrario, muchos de nosotros, alguna vez, hemos intentado que Dios se ponga de nuestra parte y que nos ayude a sacar adelante cuestiones que, probablemente, no tienen la idoneidad que el Señor busca para nosotros. Y así en el Segundo Libro de las Crónicas se habla con un rey extranjero, Ciro será el elegido para reconstruir el Templo de Jerusalén y dar nuevos bríos al culto que el Dios quiere. Las continuas traiciones del pueblo de Israel crean esa nueva situación. Es posible que muchos judíos, incluso de buena voluntad, no entendiesen ese giro que el Señor estaba dando a la historia, les parecería inconcebible por sentirse pueblo elegido de Dios.
San Pablo en su carta a los Efesios destaca el renacer a la nueva vida por efecto de la gracia de Jesucristo. Se muere al pecado para resucitar a una vida más limpia, más entregada, más luminosa. El bautismo es nuestra entrada en la gracia de Jesucristo, pero el seguimiento del Maestro produce de manera sensible y consciente los beneficios que San Pablo nos cuenta. Las palabras del apóstol dan idea de una nueva creación, de una nueva naturaleza del género humano gracias al sacrificio de Cristo. Y si recapacitamos un poco en ello veremos que hay pruebas objetivas en nosotros mismos de esa renacer a una nueva vida. Quien ha descubierto el camino se seguimiento de Jesús se siente transformado, renacido. Los viejos tiempos ya no cuentan y una nueva vida se abre ante los ojos de los creyentes.
Jesús ante Nicodemo despliega la catequesis del hombre nuevo. La de renacer a una vida de luz, alejada de la tiniebla. Jesús enseña a Nicodemo que el episodio de la Cruz es necesario y que forma parte de una realidad salvadora como lo fue la serpiente de bronce que Moisés se construyó para salvar al pueblo errante en el desierto de las mordeduras venenosas de las serpientes. Una vez elevado en la Cruz, una simple mirada servirá para salvarse. Y es cierto –nadie lo puede negar—que una mirada angustiada dirigida a un crucifijo ha traído la salvación y la paz a muchos a lo largo de más de dos mil años de historia. La profecía de Jesús sigue funcionando. No sabemos lo que Nicodemo dijo a Jesús. Tal vez, le recomendaba moderación y paciencia frente a sus enemigos del Templo y del Sanedrín. Sería el consejo lógico de alguien de tanta altura. Sin embargo, Jesús, una vez más, y como ocurrió con Pedro, no acepta variación alguna en su misión. Y explica que es necesario el sacrificio de la Cruz para que sus hermanos no mueran por las picaduras venenosas del Mal. La revelación de Jesús sobre el Padre modifica la concepción de Dios que los hombres tenían. No su realidad intrínseca, porque Jesús viene a mostrar la verdadera cara de Dios Padre, la misma de siempre, pero que los humanos habían modificado en función de sus intereses.
El mensaje es claro, por nuestra salvación, Dios, es capaz de cualquier cosa.
La historia se repite y, Dios en la próxima Pascua pretende salvarnos a todos. Y lo hace en la dirección contraria a las soluciones falseadas o maquilladas que nos ofrecen los ilusorios salvadores de nuestra sociedad: el amor es la fuente de la felicidad y no el indagar caminos cortos que, entre otras cosas, producen ansiedad y no serenidad.
¿Qué dificultades existen para creer y aceptar todo esto? Que la realidad sensual del mundo es incapaz de considerar, gustar y definirse por una amistad tan limpia y tan original como la del Señor: se nos excita en conquistas de amores a coste barato. Se confunde amor con placer. Gratuidad con interés. Y así nos va. La felicidad del hombre hace tiempo que está pendiente de un peligroso hilo: el sálvese quien pueda.

sábado, 28 de febrero de 2015

Comentarios a las lecturas del II Domingo de Cuaresma. 1 de marzo de 2015

Hoy podríamos decir que el hilo conductor tiene un tema reiterativo: la montaña y el ascenso. de la primera lectura el monte Moria. Años después David escogió el monte Moria para edificar su palacio y Salomón allí elevó el templo que lleva su nombre. Si se trata del mismo sitio, estaríamos refiriéndonos al espacio que ocupaba el santuario y que hoy lo hace la “domo de la roca” mal llamada mezquita de Omar. Para conseguir una gran explanada donde acotar el templo central de la Fe hebrea, fue necesario levantar unos grandes muros que abarcaban la superficie necesaria para albergar todo el complejo de culto judío.
El otro monte el Tabor, hoy luce con todo su esplendor.
Del ascenso cada uno de nosotros vivimos el ascenso al calvario con nuestras cruces. Revivimos las promesas del tabor a través de la vida litúrgica de la iglesia, que nos permite tener la Fe de Abraham y la vida plena de Cristo: el muerto-resucitado.

La primera lectura (Génesis, 22, 1-2.9-13.15-18), nos presenta el sacrificio de Isaac.
Las horas que pasarían Abraham y Sara serían realmente terribles. Eso no lo puede pedir ni Dios. Ni necesita pruebas de este tipo… Pero la historia que cuenta el Génesis es no sólo hermosa, sino profunda y paradigmática. Se inspira en la costumbre de ciertas religiones primitivas. Abraham pudo llegar a sentir esa exigencia. El patriarca, camino del monte, es un modelo de obediencia y de fe. Abraham con el cuchillo alzado es un paradigma de la fe.
La escena de Abrahán dispuesto a sacrificar a su propio hijo Isaac, en el monte Moria, la hemos interpretado siempre como una muestra suprema de la fe de Abrahán y de su fidelidad y confianza en Dios. Y, junto a esta actitud está la actuación de Dios que le prometió una larga descendencia por su heroica fidelidad.  "Juro por mí mismo --oráculo del Señor--: Por haber hecho eso, por no haberte reservado tu hijo, tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistaran las puertas de las ciudades enemigas. Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido."
Aquí se ganó de verdad esa paternidad de todos los creyentes. Si hubiese retenido al hijo, su semilla hubiera terminado agotándose. Al desprenderse de él, se lo devuelven con una bendición que traspasa los siglos, con una promesa de infinitud.

El Salmo de hoy (115). es una expresión de la voluntad de cómo queremos caminar:
"CAMINARÉ EN LA PRESENCIA DEL SEÑOR, EN EL PAÍS DE LA VIDA".
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.
Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.

Cumpliré al Señor mis votos,
en presencia de todo el pueblo;
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti Jerusalén.

En la segunda lectura (Romanos, 8, 31b-34), San Pablo nos fortalece con sus palabras testimoniales. Ningún misterio, ningún desconcierto, ni el dolor ni la muerte, deben hacernos dudar del amor incondicional de Dios. Quien es capaz de morir literalmente por nosotros tiene derecho a nuestra confianza. "El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros, ¿cómo no nos dará todo con Él?". Nuestra ley, nuestra ciencia y nuestra fuerza, son una persona: Cristo Crucificado. Él es el contenido de nuestra espiritualidad, de toda nuestra vida.
"Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?". Estas palabras son como un desafío, un reto audaz que San Pablo lanza a la cara de sus enemigos. Un grito  de victoria. "¿Quién nos separará del amor de Cristo? -se pregunta-. ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada...?".
Y sin embargo, se siente seguro, tranquilo, sereno, decidido, audaz, y feliz. Él sabe que vive entregado a la muerte cada día, todo el día. Pero él dice: "En todas estas cosas vencemos por aquél que nos amó. Porque persuadido estoy de que ni la muerte, ni la vida, ni poder alguno por grande que sea, podrá separarnos del amor que Dios nos tiene y que nos ha manifestado en Cristo Jesús".
Toda esta esperanza se fundamenta en el amor incondicional de Dios, que no perdono ni a su propio Hijo. "Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por el amado". Y Dios entregó su vida por los hombres. El Padre Eterno no escuchó la súplica del Hijo que pedía, con lágrimas y sudor de sangre, que pasara su cáliz y dolorosa pasión.

Hoy el evangelio (Marcos, 9, 2, 10), nos proclama el relato de la  TRANSFIGURACIÓN.-
Jesús se retira con los más íntimos a la montaña, al Tabor, alta colina que destaca en las planicies de Galilea, atalaya desde la que se divisa a lo lejos el reflejo azul del lago de
Genesaret y el valle de Yiztreel. El lugar, invita a los visitantes a la contemplación: Allí el espíritu se eleva y Dios parece estar más cerca. Es lugar propicio para la oración, para comunicarse con el Creador, esplendido en la altura, visible casi en la grandeza majestuosa de los hondos abismos y de las escarpadas rocas.
La grandiosidad de la cima del Tabor se llenó con la luz que Cristo irradiaba. Toda la gloria que se ocultaba tras los velos de la humanidad se dejó ver por unos instantes. Fue tanto el resplandor de aquella transformación que los apóstoles quedaron extasiados, como fuera de sí, sin saber con certeza lo que pasaba. Un gozo inefable les colmaba por dentro, y a Pedro sólo se le ocurre decir que allí se estaba muy bien, y que lo mejor era hacer tres tiendas. Y no moverse de aquel lugar. Estaban en la antesala del Cielo, recibían una primicia de la visión beatífica. El recuerdo de aquello es siempre un estímulo para los momentos oscuros, cuando la esperanza haya muerto y necesitemos que florezca de nuevo.
Moisés y Elías acompañaban a Jesús glorioso y hablaban acerca de su pasión, muerte y resurrección. La escena narrada, con sus luces y sombras hace entrever el duro combate que había de librar Jesús , y también su gran victoria sobre la muerte y el dolor, su definitivo triunfo que alcanzaría a quienes siguieran sus pisos... La voz del Padre resuena desde la nube: "Este es mi Hijo amado, escuchadle. El Amado, el Unigénito", la impronta radiante del Padre Eterno. Con razón se admiraba San Juan del gran amor que Dios tiene al mundo, cuando por él entregó a su mismo Hijo, aun sabiendo que lo clavarían en la Cruz. Pero aquella fue la inmolación que nos trajo la salvación y remisión de nuestros pecados.

¡Hermosas y sugerentes las enseñanzas  de las lecturas de hoy para nuestra vida!.
En la primera lectura nos encontramos con la fe ejemplar de Abraham: a Dios no se le discute ni regatea nada. Es verdad que le pide todo su amor y su esperanza; pero Isaac, el hijo de la promesa es más de Dios que suyo; y si Dios le ha dado un hijo en su vejez, puede seguir multiplicando su semilla.  
¡Cuantas veces Dios nos pide bastante menos que a Abraham y nosotros le damos la callada por respuesta, preferimos nuestras efímeras seguridades terrenales!.
La lección que queda para nosotros, es clara. debemos ser fieles a Dios, en medio de las mayores dificultades, pero Dios no quiere que nuestra fidelidad a él vaya en contra de la vida de ninguna persona inocente. Matar a una persona en nombre de Dios es una ofensa gravísima a Dios. Esta voluntad del Dios de Abraham, es plenamente válida, cuando hoy  grupos islámicos apelan a Ala (el mismo Dios de Abraham), para infringir la muerte.
El testimonio de San Pablo, nos es de gran valor para nosotros cristianos en el siglo XXI. Él es consciente de las dificultades que hay en su vida (también en muchos cristianos, contemporáneos nuestros), de las persecuciones que sufre, de las calumnias que han propagado contra él, de la incomprensión de los que podían y debían haberle comprendido. Él sabe que hay muchos que desean su muerte, está seguro de que terminará sus días en la cárcel, condenado injustamente a muerte, a una muerte violenta, al martirio.
Ante los constatados hechos del amor de Dios, constatados por San Pablo, ¿cómo podemos permanecer insensibles, cómo podemos caminar de espaldas a Dios, cómo podemos vivir una vida tan mediocre y aburguesada, cómo podemos olvidar a quien tanto nos ama?.
Del relato del Evangelio, ¿cómo no escuchar la voz de quien tanto nos amó?, ¿cómo no atender las palabras de quien murió por salvarnos?. Oír su doctrina luminosa, escenificada en el Tabor, hacerla vida de nuestra vida. Subir a la montaña escarpada de nuestros deberes de cada día, grandes o pequeños; escalar con ilusión los caminos tortuosos de cada día de nuestra vida, con la esperanza cierta de llegar a la cumbre y contemplar extasiados la gloria del Señor.
La Transfiguración del Señor fue un momento esplendido, de felicidad plena, pero ¡que pronto llegó la nube!, y los  apóstoles tuvieron que bajar a la áspera y complicada vida de cada día. ¿Es que la visión del Cristo transfigurado no les sirvió para nada a los apóstoles? Sí, y mucho, pero en clave de esperanza. Jesús acababa de anunciarles la inminencia de su muerte y del duro camino que les aguardaba en la subida hacia Jerusalén. Pedro –siempre tan espontáneo y hasta temerario- le criticó entonces a Jesús duramente. Jesús le dijo entonces a Pedro que hablaba como Satanás, porque pretendía suprimir el dolor del camino de su vida. El Tabor definitivo, la resurrección gloriosa, llegaría a su tiempo, paro antes tendrían aún que subir al monte del Calvario. Y en esa historia estamos nosotros, creyentes del siglo XXI.
Hoy, con el evangelio en la mano, podríamos preguntarnos si en algún momento (ante los amigos, enemigos, cercanos o lejanos) hemos dado firme testimonio de nuestra fe. O si, tal vez, por miedo al rechazo preferimos esconder la fe.