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sábado, 13 de enero de 2024

Comentarios a las Lecturas del II Domingo del Tiempo Ordinario 14 de enero 2024

Comenzamos el llamado Tiempo Ordinario, que comprende las más de treinta semanas del año litúrgico que no están comprendidas en los tiempos fuertes de Adviento-Navidad y Cuaresma-Pascua. Merece toda nuestra atención pues, como no está enfocado hacia alguna fiesta especial, tiene por objeto celebrar y alimentar la vida cristiana en cuanto centrada en la fe en Cristo muerto y resucitado.


En este tiempo litúrgico hemos de poner todo nuestro empeño en la celebración del domingo, el día del Señor, que es como un símbolo de la vida cristiana, pues, en él, recordamos a Cristo muerto y resucitado que se hace presente en la Palabra y en el Sacramento de la misa dominical.

Es un día distinto de los demás y nos advierte que nuestra condición de cristianos debe dejar un sello especial a nuestra presencia en el mundo.

Las lecturas de hoy nos pueden ayudar a descubrir el factor cristiano que debe marcar nuestra vida. San Pablo se dirige a la comunidad de Corinto, muy tentada de dejarse llevar por el libertinaje de aquella ciudad portuaria, y escribe una frase que nos da una clave importante para nuestra tarea: "No os poseéis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio por vosotros".

La lectura evangélica describe la escena entrañable y programática de la primera llamada que hace Jesús a sus futuros discípulos. En resumen, es el itinerario de todo encuentro con Cristo.

Puede ser provechoso que recorramos, en una actitud de oración, la sugerente serie de verbos que se acumulan en el diálogo entre Jesús y aquellos hombres: "Qué buscáis?... Maestro, dónde vives?... Venid y lo veréis".

 

En la primera lectura del Libro primero de Samuel (1 Sam 3, 3b-10. 19), se nos proclama la bella historia de Samuel y  nuestra necesidad de estar disponibles a la llamada del Señor: "El Señor llamó a Samuel y él respondió: Aquí estoy..." (1 S 3, 4).

Los dos libros de Samuel, en realidad dos partes de una misma obra, nos describen la formación de Israel como Estado, etapa de dura gestación con grandes reformas políticas y religiosas. Samuel es el gran protagonista de esta transición política: es el último juez, y de gran autoridad entre la gente, y a la vez el instaurador de la monarquía. Como juez es el último representante de esas figuras carismáticas, capaces de reunir a las diversas tribus en momentos difíciles para su subsistencia política o religiosa. Pero Samuel es consciente de que para hacer frente a la terrible amenaza filistea, para obtener la unidad de las tribus..., se hace necesario el instaurar la monarquía en su pueblo, al igual que lo han hecho los pueblos vecinos.

El texto de hoy está entresacada de la historia de la juventud de Samuel (cap. 1-3): nacimiento, consagración en el Santuario de Silo bajo las órdenes de Elí... El momento más importante de esta primera etapa es el de la llamada divina para que Samuel sea su profeta juez y anuncia el castigo a la casa de Elí (3, 1-21).

Los vs. 1-3 preparan la escena de la llamada divina. La palabra divina es muy rara en aquella época (v. 1). Tiempo, pues, triste y difícil en el que sólo se escuchaba el silencio de Dios como en tantas y tantas etapas de la historia en la que los mortales ahogamos el ruido de esta palabra con nuestras sandeces. Samuel vive en el Santuario de Silo, ciudad de Efraim, al N. de Betel. El origen de este santuario es muy oscuro, pero su importancia fue muy grande por aquellos años: allí estaba el arca, símbolo de la presencia divina, allí subían las doce tribus cuando lo aconsejaban las ocasiones... La proclamación, allí, del Libro de la Alianza invitaba a cada una de las tribus a formar un pueblo unido. Es precisamente en este santuario donde el personaje de nuestro relato va a ser interpelado por la palabra.

-vs. 4-10: y en medio de ese denso silencio retumba esta palabra que interpela al hombre. La llamada divina es mal interpretada ya que aún no se le había revelado a Samuel (v. 7). Para poder captar el mensaje divino, para discernir su palabra... se requiere el don de espíritu que sopla donde quiere, cuando quiere y como quiere. Sólo a la cuarta llamada Samuel reconoce al Señor, y el que hasta ahora sólo había escuchado las palabras de Elí de ahora en adelante deberá escuchar la voz divina. La primera misión que se le encomienda no es nada agradable: comunicar la amenaza, el final de la "casa" de su jefe Elí (vs. 11-18; 2, 12 ss.), pero esta es la misión profética. La palabra divina no siempre es de parabién.

-Termina el cap. asegurando que el Señor está con Samuel y su palabra es eficaz. El es el profeta acreditado, en su palabra el pueblo reconoce la voz de Dios (vs. 19-21).

¿Quien era Samuel?. Samuel vivía en el templo de Jerusalén. Su madre, Ana, era estéril y, a fuerza de oraciones y lágrimas, había conseguido de Dios tener hijos. Y ella, agradecida, había consagrado a Dios a Samuel, el primogénito... Y una noche Dios llamó a Samuel. El niño despierta al oír su nombre y acude a la habitación de Helí, el sacerdote y le dice: "Aquí estoy, vengo porque me has llamado". "No te he llamado --responde el anciano--, vuelve a acostarte, hijo mío". Pero Dios sigue llamando por segunda y tercera vez. Hasta ser escuchado. Y es que Dios es un Padre providente y bueno que se preocupa de sus hijos, que tiene un proyecto maravilloso para cada uno de nosotros. Y nos llama para que sigamos el camino concreto que él ha soñado con cariño desde toda la eternidad.

La voz de Dios resuena también en la noche y en las oscuridades de nuestra vida. De mil maneras nos puede llegar la llamada del Señor. Un pensamiento que  resuena en  el alma, un acontecimiento que  conmueve, unas palabras que  afectan especialmente, un ejemplo que  arrastra y suscita preguntas. Cualquier cosa es buena para hacer vibrar en nuestro espíritu la voz de Dios. Llamará y seguirá hablando al corazón, esperando nuestra respuesta.

Y ante la llamada la respuesta:  “¡Samuel, Samuel! Él respondió: Habla, Señor, que tu siervo escucha" (1 S 3, 10). Dios nos conoce por nuestro nombre propio. Para la sociedad, para el Estado, somos unos números, una sigla que ocupa un lugar determinado en unos ficheros, a veces incluso lo somos también en la misma Iglesia. Pero Dios, no. Él nos lleva "escritos en sus manos",  metidos en su corazón... Samuel, el pequeño primogénito de la que fue estéril, responde: "Habla, Señor, que tu siervo escucha". Actitud de entrega sin condiciones, de docilidad y disponibilidad total. Consciente de que lo que Dios diga, es, sin duda alguna, lo mejor.

 

Con el salmo hoy (Salmo 39, 2 y 4ab. 7. 8-9. 10),  expresamos la espera confiada en el Señor. Ël antes  se ha inclinado hasta nosotros y ha escuchado nuestro angustiado clamor, sacándonos de la fosa mortal, del fango cenagoso.

Es el Señor quien pone en nuestra boca un cántico nuevo, un himno de gozo que canta la grandeza y el amor de Dios. En agradecida respuesta nosotros le respondemos: ""Aquí estoy--como está escrito en mi libro--para hacer tu voluntad" .

"Yo esperaba con ansia al Señor..." (Sal 39, 2) Reflexión sobre esos momentos en los que uno entiende que sólo Dios es fuerte, sólo él dice siempre la verdad, sólo él no nos puede fallar, sólo él hace más cortas las palabras prometedoras que los beneficios concedidos.

¿Cuál es nuestra actitud ante el Señor?. "Tú no quieres sacrificios ni ofrendas..." (Sal 39, 7) Pero las palabras no bastan. Y esos sentimientos de gratitud y de gozo, que nos embargan al contemplar la grandeza de Dios, han de traducirse en obras concretas; nuestro agradecimiento y nuestro gozo al sentirnos queridos de Dios, ha de cuajar en una vida concorde con lo que el Señor nos indica como voluntad suya; conscientes de que, además, el único que sale ganando es uno mismo, ya que Dios lo tiene todo y nada necesita, mientras que tú y yo nada tenemos y todo lo necesitamos.

  "Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, --dice el salmo--,y en cambio me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio,: entonces, yo digo: "Aquí estoy--como está escrito en mi libro--para hacer tu voluntad. "Dios mío, lo quiero y llevo tu ley en las entrañas...".

En la segunda lectura de la  primera carta de San Pablo a los Corintios  (1 Cor 6,13c-15a.17-20). Hasta el Domingo Sexto del Tiempo Ordinario vamos a leer fragmentos de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios. Es una obra maravillosa que condensa de manera magistral el pensamiento cristiano y que mantiene su actualidad. Pablo va a tratar de la enseñanza positiva para mejor vivir el cristianismo. En el fragmento de hoy  se resalta la actitud de alabanza al Señor con nuestro comportamiento corporal, el cuerpo rescatado se señala como medio privilegiado de alabanza al Señor.

"¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros del Cuerpo de Cristo?" (1 Cor.  6, 15) El cuerpo es un don que Dios nos ha entregado para poder vivir nuestra vida de hombres. El cuerpo humano no es una cosa mala. Todo lo contrario, es algo bueno. San Pablo nos dice que ese cuerpo nuestro es un miembro del Cuerpo Místico de Cristo. Y más adelante afirmará categóricamente que nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo.

  Esa es la razón fundamental que determina la visión cristiana del cuerpo humano. Visión que implica respeto, cuidado, estima. Respeto para no utilizarlo como instrumento de pecado. Cuidado para mantenerlo siempre en forma para la función que ha de cumplir. Estima para no exponerlo sin un grave motivo a ningún riesgo que pueda mermar su fuerza.

"Glorificad, pues, a Dios en vuestros cuerpos " (1 Co 6, 20) El cuerpo es el instrumento que Dios ha confiado al hombre, para que pueda cumplir su misión en la tierra. Misión que, en último término, se reduce a glorificar a Dios. Para eso tenemos los sentidos, para que al oír, al ver, al tocar, al gustar todo lo bueno y lo bello que tiene la vida nos mostremos agradecidos, felices de tener un Dios que ha sabido darnos un cuerpo tan maravilloso.

Y esto siempre. También cuando ese cuerpo falle, cuando no esté completo, cuando nos duela. Porque siempre, mientras estemos con vida, nos quedará la posibilidad de mirar -aun estando ciegos- con amor y esperanza a nuestro buen Padre Dios.

 

El evangelio nos relato la búsqueda y encuentro con Jesús (Juan, 1, 35-42) "Este es el Cordero de Dios" (Jn 1, 36).  En tiempo de Jesús hubo muchos que pretendieron erigirse en guías salvadores del pueblo, según nos refiere Gamaliel en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Fueron hombres que, aprovechando la situación de desamparo y desconcierto que había en el pueblo, se presentaban como Mesías redentores, capaces de liberar a la gente de las cadenas del imperio romano que les subyugaba.

La lección del relato es muy simple: unos amigos, probablemente Felipe y Andrés (siempre juntos, por lo demás en el Evangelio: Jn 2, 40-45; 6, 5-9; 12, 20-21; Act 1, 13), que son también discípulos del Bautista (v. 35), descubren al Mesías y le siguen. Este es el origen de su vocación apostólica. E inmediatamente previenen a sus hermanos o a sus conocidos (v. 41 y 45) y suscitan otras dos vocaciones apostólicas: Pedro y Natanael. Por consiguiente, tras este relato se encierra toda una teología de la vocación. La red de relaciones humanas puede contribuir al nacimiento de una vocación: amistad, conciudadanía, coparticipación de un mismo ideal en torno al Bautista, fraternidad según la carne, son las circunstancias de la vocación de cuatro discípulos. La vocación no es, pues, un llamamiento deshumanizado; adquiere consistencia en las relaciones humanas más naturales y más ordinarias. Y, sin embargo, la vocación es claramente llamamiento de Dios y de Cristo: la autoridad con la que Cristo cambia el nombre de Simón (v. 42b), la mirada que Jesús fija en Pedro y que dice muchas cosas (v. 42a), el conocimiento misterioso que Jesús tiene de Natanael (v. 48) y, sobre todo, el misterioso atractivo que ejerce el Señor sobre los dos discípulos de Juan Bautista (v. 38) ponen claramente de manifiesto que, por muy arraigada que esté en lo humano, la vocación es iniciativa de Dios. Así, la vocación, que es a la vez llamamiento divino y atractivo humano, prolonga en la vida de cada "llamado" el misterio del Hombre-Dios.

Por encima de esta escena tan sencilla de la vocación de los primeros apóstoles, Juan invita a su lector a desarrollos doctrinales importantes y válidos para todos los discípulos de Cristo. El relato gira en torno a unas palabras-clave: dos actitudes del discípulo: seguir y buscar (v. 37-38), y una triple recompensa: encontrar, ver y permanecer (v. 39 y 41). Para Juan, "seguir a Cristo" tiene una resonancia más escatológica que en los demás evangelistas: supone poner los medios requeridos para llegar un día allí donde " permanece" Cristo (cf. Jn 12, 26; 10, 9-10). Ahora bien, Cristo vive en una gloria adquirida por medio de la Cruz; es, pues, normal que el discípulo se abrace a su vez a esa cruz para seguir a Cristo

Apenas aparece Jesús por las riberas del Jordán, el Bautista le señala sin titubeos: ·"Este es el Cordero de Dios". Ante sus palabras algunos de sus discípulos van tras el nuevo Rabí. La impresión del primer encuentro fue tan profunda, que dejan al antiguo Maestro y siguen a Jesús el Nazareno.

Juan es intermediario para encontrar a Jesús. Es a lo que nos llama muchas veces el Señor: presentarlo a los demás.

Juan presenta a Jesús  con el título de Cordero de Dios, este es un título que en aquel tiempo tenía un sentido que implicaba realeza y poderío.

Ese título cristológico está bíblicamente relacionado con el cordero pascual con cuya sangre, según el libro del Éxodo, fueron señalados los dinteles de las casas israelitas, librando así de la muerte a sus moradores, cuando el ángel exterminador pasó ejecutando el castigo de Yahvé. Esta figura deriva de los poemas de Isaías sobre el Siervo paciente de Yahvé, que marcha al sacrificio sin protestar, lo mismo que un cordero hacia el matadero. De esa forma aparece el Siervo paciente de Yahvé, que con su muerte redime al pueblo y es constituido como Rey de Israel y de todo el universo,

 

Para nuestra vida.

Hoy  las lecturas tienen tres núcleos: Llamada, discernimiento y respuesta.

Una vez que sentimos con cierta seguridad que Dios nos llama entra en juego la respuesta por parte del hombre/mujer. Las respuestas de Samuel y de los dos discípulos fueron modélicas: "Habla, Señor, que tu siervo escucha", Dios nos invita a experimentar su vida y a gozar de los dones que nos regala. "Fueron, vieron y se quedaron" .¡Qué generosidad y que amor demostraron! No sabían bien lo que implicaba su decisión, pero se han dejado seducir, se han enamorado de Dios. Andrés, uno de los discípulos comunica su alegría a su hermano Simón: "Hemos encontrado al Mesías" y lo llevó a Jesús. La felicidad que da el sentir la gracia de la llamada y el vivir de cerca la experiencia de Jesucristo te lleva a comunicarlo. Nosotros, que seguimos a Jesús, también debemos mostrarlo a los demás. No tengamos miedo el Señor nos dará a conocer la misión que nos encomienda, como a Pedro, y nos dará la fuerza para realizarla.

Llamada. La llamada es pura gracia, don que Dios da. Él se fija en cada uno de nosotros  y nos  llama por nuestro nombre como a Samuel. Te está diciendo primero que te ama; después, que cuenta contigo; al fin, pide tu colaboración para que trabajes por el Reino, que seas instrumento de paz, que hagas de tu profesión un servicio, que proclames con tu vida la Buena Noticia e incluso que lo dejes todo por El.

Dios no llama sólo una vez en la vida. Su llamada se mantiene a lo largo de toda tu vida. Te puede llamar también a través de las mediaciones que Dios utiliza para darnos a conocer su voluntad. Como en el Evangelio después de la llamada está el "Ven y verás". Ellos fueron y vieron donde vivía y se quedaron con él. Otro paso en el camino de la intimidad con el Señor. Desde esa intimidad iremos profundizando en el conocimiento de la voluntad del Señor.

 Discernimiento. Tras la llamada hay un discernimiento para aclarar mejor por dónde tenemos que ir. Como Samuel necesitamos alguien que nos acompañe. Samuel fue a ver a Elí. Los dos discípulos acudieron a Juan, que les mostró a Jesús "que pasaba". El paso de Jesús por nuestra propia historia personal no es fácil de apreciar. Muchos como Herodes y el joven rico también se cruzaron con él, pero no fueron capaces de escucharle y de seguirle.

Dios sigue llamando, pero no sabemos escucharle porque hay mucho ruido a nuestro alrededor. No siempre percibimos la Palabra con claridad. En toda vida humana hay mucho de búsqueda, pero en muchas ocasiones Dios nos da la luz a través de experiencias y de personas que nos iluminan.

 Respuesta. Una vez que sentimos con cierta seguridad que Dios nos llama entra en juego la respuesta por parte nuestra. Las respuestas de Samuel y de los dos discípulos fueron modélicas: "Habla, Señor, que tu siervo escucha", "Fueron, vieron y se quedaron".

 

¿Cómo es nuestra respuesta?. ¿Cómo hacemos  nuestro descernimiento? ¿Que grado de fidelidad ponemos en nuestra respuesta?.

 

La primera lectura nos presenta la disponibilidad de Samuel a la llamada de Dios. “Habla, Señor, que tu siervo escucha. El niño Samuel no conocía al Señor, hasta que el sacerdote Elí le enseñó a reconocer la voz del Señor. Si el sacerdote Elí no hubiera enseñado al niño Samuel a reconocer la voz de Dios no habría descubierto su vocación de profeta, no hubiera llegado a ser el profeta Samuel, el primer profeta yahvista de Israel. Esta debe ser nuestra actitud ante la voz del Señor que nos habla a través de nuestra conciencia. Saber discernir la verdadera voz de Dios a través de nuestra conciencia es algo importantísimo en nuestra vida. Lo más importante para una persona es acertar con su vocación, con la vocación que Dios le ha dado. Para conseguir esto es necesario saber escuchar, estar siempre en actitud de escucha, no dejar que nuestros egoísmos y nuestras pasiones nos confundan. Aprender a descubrir y realizar en la vida nuestra verdadera vocación depende en parte de que nos dejemos enseñar por nuestros padres, o educadores, o libros piadosos, o sacerdotes, o acontecimientos de la vida, o la naturaleza, o todas aquellas personas y cosas que influyen en nuestra vida. Dejemos que Dios nos guíe, que Dios nos conduzca todos los días de nuestra vida. Aprendamos a escuchar la voz del Señor y digámosle, con palabras del salmo 39: aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Samuel será el gran confidente de Dios, el destinatario de su palabra en medio del pueblo. Veamos, pues, cinco enseñanzas de esta primera lectura.

1) La apertura y la prontitud en escuchar al Señor tiene sus raíces en una actitud de apertura y prontitud humana: "Aquí estoy", dice Samuel a Elí, el sacerdote. Si no estamos atentos los unos a los otros (si no nos acostumbramos a salir de nosotros mismos, del círculo cerrado de nuestros intereses y nuestras comodidades), ¿cómo discerniremos la llamada del Señor?

2) Reconocer la voz de Dios no se puede hacer sin entrenamiento, por decirlo así; al principio, Samuel todavía no sabía reconocerla.

3) Fue Elí quien "comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho": incluso en el terreno tan íntimo e intransferible de nuestra relación con Dios, los demás tienen (o pueden tener) un lugar: pueden introducirnos en él; pueden ayudarnos a discernir que, efectivamente, es el Señor quien nos llama.

4) La apertura, la acogida, es la respuesta del creyente, a la llamada de Dios, desde Abrahám hasta María ("Hágase en mí según tu palabra": Lc 1,38) e incluso Jesús (Hb 4,4-10 le aplica las palabras del salmo 39).

5) A pesar de la ruptura que implica, la apertura a la fe está en continuidad con la apertura a los demás.

 

El salmo de hoy es de acción de gracias. Un grito de plegaria en una situación dramática, luego acción de gracias por ser escuchado. Pero no está todo terminado: nueva súplica en medio de nuevas desgracias.

Algunas imágenes maravillosas

-"estaba en el fondo de un abismo de pantano...".

-"Se inclinó hacia mí... para escuchar mi grito".

-"afirmó mi pie sobre la roca".

-"me puso en la boca un canto nuevo".

-"abriste mis oídos... para que escuchara tu voluntad".

-"llevo tu ley en mis entrañas... mira, no guardo silencio".

-"Se me echan encima mis culpas y no puedo huir..."

"lo admirable, lo misterioso (una profecía para el futuro): el orante acaba de ofrecer un sacrificio "ritual" en el templo, rodeado por una gran muchedumbre... pero ¿dónde está la víctima?" se preguntan. La respuesta es inaudita: Dios no quiere ya sacrificios de animales... Io que agrada a Dios es la docilidad de cada instante a su voluntad... El "don de sí por amor".

 

En la segunda lectura San Pablo nos recuerda:¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo? Por tanto, glorificad a Dios con vuestro cuerpo. Sabido es que los corintios estimaban la sabiduría humana y se tenían por «sabios». Imbuidos de ideas dualistas, se servían paradójicamente del desprecio del cuerpo para dedicarse a sus desenfrenadas orgías y escándalos, mostrándose escépticos sobre la resurrección de la carne. Si el cuerpo vive en dualismo con el alma, ésta no podría verse contaminada por las manchas del cuerpo. La consecuencia fue la vía libre al libertinaje. Pablo quiere corregir semejantes criterios teóricos y abusos prácticos. Principio fundamental es que el cuerpo pertenece al Señor. En la encarnación nos da Cristo a entender la dignidad del cuerpo. Y si murió y resucitó, quiere decir que la encamación no tenía sólo por objeto la salvación del alma, sino también la del cuerpo como parte integrante que es de la persona humana. El que se hace miembro de Cristo por el bautismo excluye el uso de su cuerpo para fines pecaminosos. También la sexualidad pertenece a Cristo que ha redimido el cuerpo. Si el ser humano es un ser sexuado, no significa por ello que toda la actividad humana esté orientada a la sexualidad. Se necesita comer para vivir, pero la vida no está orientada a la comida. De igual manera, las funciones sexuales tienen una finalidad concreta dentro del plan del creador, pero la vida entera no está orientada a ellas. El cuerpo pertenece a Cristo y es por tanto sagrado. El cristiano debe velar contra ese proceso de desacralización que afecta y rebaja la dignidad del cuerpo humano.

Las personas somos cuerpos encarnados. Nuestro cuerpo es parte esencial de nuestro ser personal. Los pecados de nuestro cuerpo son pecados nuestros y las virtudes que practicamos a través del cuerpo son virtudes totalmente humanas. Nuestra misión como cristianos es vivir unidos espiritualmente al Espíritu de Cristo, formar con el Espíritu de Cristo un solo espíritu, ser miembros de Cristo.

Estas palabras que escribió san Pablo a los primeros cristianos de Corinto, con motivo de algunos pecados públicos de fornicación, son palabras que debemos aplicárnoslas siempre a nosotros mismos. El hombre es un animal sexual y debe dirigir su vida sexual de acuerdo con su espíritu; no podemos dividirnos en cuerpo y espíritu, como si fueran cosas siempre opuestas. El cuerpo y el espíritu deben caminar siempre juntos y bien avenidos. No somos ni sólo ángeles, ni sólo bestias; somos personas humanas en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu. Glorifiquemos, pues, a Dios también con nuestro cuerpo.

 

El evangelio de hoy nos presenta una pregunta que cada generación debe tener el valor de preguntarse en forma total y absolutamente nueva quién es realmente Jesús de Nazaret, qué es el cristianismo, qué es la Iglesia y qué debería o podría ser; qué es lo que cambió en el pasado y qué es lo que ha de cambiar. Debe ponerse en marcha para buscar siempre de nuevo a Jesús, a su propio Jesús de hoy.

Y debe también tener el valor de dejarse preguntar a su vez por Jesús: ¿Qué buscáis? Aunque la respuesta pueda sonar de primeras bastante imprecisa y vaga y quede muy lejos del encorsetado formalismo eclesial: "Maestro ¿dónde vives?" Merece atención que el Jesús joánico no responda a la pregunta dando una dirección precisa y fija, no responda con un formulario teológico ni con un catálogo de dogmas, sino que apela a la experiencia personal: ¡venid y lo veréis! Venid y vedlo por vosotros mismos, recordad vuestras propias experiencias, vuestra propia vida, que os es perfectamente conocida; no os alejéis de esas experiencias, sobre todo de las incómodas y desagradables; poneos en movimiento, comprometeos; usad vuestros propios ojos, vuestros oídos, vuestras propia razón y vuestra sana razón humana; no os dejéis manipular; examinad la realidad tal como es. “¡Venid y veréis!”.

Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Le preguntaron: Maestro, ¿dónde vives? Jesús les dijo: Venid y lo veréis. Formar en los niños y en los jóvenes una buena conciencia, una conciencia cristiana y recta, es una tarea importantísima que tienen los padres, educadores, catequistas y evangelizadores. La mayor parte de nosotros nos guiamos, o creemos y queremos guiarnos, por nuestra conciencia, no por nuestros egoísmos y por nuestras tendencias pasionales. Un niño, o un joven, que se deja guiar por sus impulsos y pasiones terminará siendo una persona pervertida y peligrosa para la sociedad. Los cristianos debemos dejarnos guiar siempre por las palabras y por la persona de Jesús. Esto es lo que hicieron los dos discípulos que acompañaban a Juan el Bautista y esto es lo que hizo Simón Pedro, aconsejado por su hermano Andrés. Jesús quiso siempre que sus discípulos le siguieran, no sólo que le oyeran, y que aprendieran de él a través de la palabra, del ejemplo y de la vida. Las palabras mueven, decimos, los ejemplos arrastran. Los educadores y predicadores de este momento es algo que debemos tener muy en cuenta: educar con las palabras, acompañadas siempre de un ejemplo coherente y de acuerdo con lo que decimos y predicamos. Nuestra Iglesia, nos han dicho repetidamente los Papas, necesita hoy más de testigos que de predicadores, o, dicho de otro modo, necesita de predicadores del evangelio que, a su vez, sean testigos vivos del evangelio que predican. Nuestros jóvenes escuchan con dificultad sermones, pero se fijan mucho en el comportamiento de los que les hablan y tratan de enseñarles. Llevemos a los jóvenes a Jesús, como hizo Andrés con Simón Pedro. Seamos catequistas y evangelizadores de palabra y de obra, como quiso siempre hacer Jesús con sus discípulos.

Más que de encontrar a Jesús, se trata de dejarse encontrar por él. Y la mejor disposición es una actitud de búsqueda sincera del bien y la verdad. Si nosotros nos mantenemos abiertos al bien y a la verdad, podemos esperar que Jesús, a través de su Espíritu, no dejará de hacerse presente en nuestra vida en forma de paz, de gozo, de fortaleza, de capacidad para amar y perdonar... Y podemos esperar también que, en más de una ocasión, en la fe, nos hará experimentar la certeza de su presencia, la certeza de que aquellos dones nos vienen de él. Y escuchar su voz significará discernir en cada situación, bajo la acción del Espíritu, lo que es más conforme al evangelio, a las opciones mayores del Reino, como son la confianza en el Padre del cielo, el respeto y el amor incondicional a los demás, la opción por los pobres, la paz, la solidaridad, etc.

Y no podemos despreciar las diversas mediaciones de este encuentro. Porque, si bien es cierto que el Espíritu de Dios sopla cuando y donde quiere, también es cierto que hay unas mediaciones ordinarias que nos permiten experimentar más fácilmente la presencia del Señor y ver más claramente su voluntad. Por citar algunas, el silencio y la plegaria, la lectura del evangelio, los encuentros eclesiales, la celebración de la Eucaristía y de los sacramentos.

Ocupémonos personalmente de ese Jesús y atendamos a lo que tiene que decirnos. Tomemos su palabra como una palabra humana clara y simple; juzguemos nuestra propia dirección humana y pensemos lo que podemos iniciar con ella. Así empieza un encuentro auténtico con Jesús, y no solo con los principios doctrinales del catecismo "que hay que tener por verdaderos". Sólo desde la propia experiencia vital y en diálogo con quienes van a la búsqueda de la fe y se preguntan personalmente por Jesús puede surgir la fe.

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

 

domingo, 17 de febrero de 2019

Lecturas del VI Domingo del Tiempo Ordinario 17 de febrero de 2019


VI Domingo del Tiempo Ordinario
17 de febrero de 2019

Lecturas


PRIMERA LECTURA
LECTURA DEL LIBRO DE JEREMÍAS 17, 5-8
Esto dice el Señor:
«Maldito quien confía en el hombre, y busca el apoyo de las criaturas, apartando su corazón del Señor.
Será como un cardo en la estepa, que nunca recibe la lluvia; habitará en un árido desierto, tierra salobre e inhóspita.
Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza.
Será un árbol plantado junto al agua, que alarga a la corriente sus raíces; no teme la llegada del estío. su follaje siempre esta verde; en año de sequía no se inquieta, no dejará por eso de dar fruto».
Palabra de Dios



SALMO RESPONSORIAL
Salmo 1, 1-2. 3. 4 y 6
R. DICHOSO EL HOMBRE QUE HA PUESTO SU CONFIANZA EN EL SEÑOR
Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche. R.

Será como un árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto en su sazón
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin. R.

No así los impíos, no así;
serán paja que arrebata el viento.
Porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal. R.



SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS CORINTIOS 15, 12. 16-20
Hermanos:
Si se anuncia que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo dicen algunos de entre vosotros que no hay resurrección de muertos?
Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; y, si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís estando en vuestros pecados; de modo que incluso los que murieron en Cristo han perecido.
Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solo en esta vida, somos los más desgraciados de toda la humanidad.
Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto.
Palabra de Dios



ALELUYA Lc 6, 23ab
Alegraos y saltad de gozo - dice el Señor -, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.



EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 6, 17. 20-26
En aquel tiempo, Jesús bajó del monte con los Doce, se paró en una llanura con un grupo grande de discípulos y una gran muchedumbre del pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.
Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les decía:
«Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.
Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.
Image result for bienaventuranzasBienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis.
Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas.
Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya habéis recibido vuestro consuelo.
¡Ay de vosotros, los que estáis saciados!, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis!
¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que vuestros padres hacían con los falsos profetas».
Palabra del Señor

viernes, 2 de noviembre de 2018

Comentario a las lecturas del Domingo XXXI del Tiempo Ordinario 4 de noviembre 2018


Comentario a las lecturas del Domingo XXXI del Tiempo Ordinario  4 de noviembre 2018

La primera lectura es del libro del Deuteronomio  (Dt 6, 2-6) Este es uno de los textos centrales del Antiguo Testamento. Muchos otros pasajes de los libros sagrados, especialmente los salmos y los profetas, especialmente Os y Jr, suponen el hecho del amor a Dios, pero sólo Dt lo llega a formular con tanta vehemencia, y convirtiéndolo además en un mandamiento explícito. Pero, ¿cómo puede ser objeto de precepto el más libre de todos los actos humanos, el amor? ¿puede recibir el nombre de amor un amor imperado? Precisamente el Deuteronomio, el más parenético o exhortativo de los libros de la Ley, es el que ha expuesto de modo más sentido y conmovedor el gran amor que Dios tiene para con su pueblo; por ello puede exigir del pueblo que corresponda con amor al amor, y que por amor se aplique al cumplimiento de la Ley. En ello encontrará la "vida", la felicidad y la posesión del país, tres promesas que a lo largo de los siglos espiritualizarán progresivamente su contenido, bajo la dura pedagogía de las calamidades.
El contexto  del texto es el recuerdo de las vivencias del pueblo en el pasado y las exhortaciones para ser fieles al Señor que se mezclan a lo largo de todo el Deuteronomio. Usando el recurso de la ficción literaria se sitúa al pueblo en las estepas de Moab dispuesto a entrar en la tierra que Dios prometió a los padres. Después de narrar la alianza de Dios con el pueblo que escucha a Moisés en el Horeb (cap. 5), el autor exhorta a los lectores a cumplir el mandamiento principal como requisito indispensable para entrar en la tierra de promisión.
Vs. 1-3: exhortación a cumplir los mandatos y preceptos del Señor. Esta exhortación va dirigida a todos, y las motivaciones son las clásicas del A. T.: crecer en número, irte bien...
La palabra "temer" no se identifica con nuestro concepto de temor sino que puede ser sustituido -con ciertos diferencias de matiz- con nuestros conceptos de amar, seguir, obedecer, adherirse a Dios...
Al don de la tierra (obra del amor de Dios) le debe corresponder el amor humano traducido en el cumplimiento de sus deberes. Además los preceptos y leyes no son asépticos, sino motivados. Vs. 4-5: mandamiento principal
Con la expresión "Escucha Israel" (fórmula estereotipada en el Dt.: cfr. 5, 1: 9,1; 20, 3; 27, 9...) el predicador invita al pueblo a cumplir el mandamiento más importante: el amor a Dios.
La acción divina en la historia del pueblo (puro amor) entraña una correspondencia también de amor por parte de Israel. Sólo Yavhé es el Dios de Israel (v. 4; cfr. 5, 6). Esta afirmación monoteísta,  lleva consigo la exigencia de que Dios debe ser amado de forma exclusiva y total: "con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas". Esta frase es muy típica de la obra del Dt. (Dt. 4, 29; 10, 12: 11, 13: Jos. 22, 5; 23, 14; II Ry. 23, 3.25...), y así la correspondencia de amor expresada en términos jurídicos adquiere una emotiva profundidad. Vs. 6-9
Este precepto de amor que abarca todos los demás debe estar grabado en la memoria y estar presente en todas las esferas de nuestra vida; ocupará un lugar importante en la catequesis familiar para mantener, de edad en edad, esta actitud de amor y fidelidad al Señor. Los tatuajes y las inscripciones en las puertas -vieja costumbre oriental- son signos de pertenencia al Señor. "Escucha Israel: Yahvé, nuestro Dios, es Yahvé único". Estos versículos son el credo de los judíos, que lo suelen rezar diariamente. Jesús se refiere a este texto cuando le preguntan sobre el mandamiento más importante. "Amarás a Yahvé con todo su corazón". En esos tiempos lejanos, el amor de Dios no era totalmente desinteresado. Israel sabe que, al responder al amor de Dios que lo eligió, va por buen camino, y Dios le premiará con la paz y la prosperidad material.
"Graba en tu corazón estos mandamientos": tenlos presentes en tu mente para ordenar tus pensamientos y para que puedas juzgar de todo conforme a estos criterios.
"Repíteselos a tus hijos": sabiendo que eres responsable de la fe de ellos. "Grábalos en tu mano", es decir, que guíen tus actos. "Póntelos en la frente", para no acordarte de ellos cuando ya sea tarde y solamente puedas reconocer tus errores. "Escríbelos a la entrada de tus ciudades", a fin de que rijan la vida económica y social. Porque Yahvé es un Dios celoso. Y esto, a diferencia de los dioses de otros pueblos que aceptan divinidades rivales o abrir tiendas a su lado o dar satisfacciones a peticiones que ellos mismos no pueden atender ("si Dios no me escucha en esta iglesia, iré a pedir en otra"). Y son dioses para la gente interesada que ve en la religión el medio de conseguir sanaciones y beneficios. Yahvé, en cambio, no está al servicio de Israel; somos nosotros los que servimos a Dios.
Así, pues, "no te olvides de Yahvé cuando hayas comido...". La civilización moderna ha entrado en este olvido. El hombre se siente dueño de la ciencia, de la técnica y del mundo. Más grave aún: se conforma con dominar el universo y se pierde a sí mismo.

El responsorial es el Salmo 17 (Sal 17, 23a. 3bc-4. 47 y 51ab). Este salmo fue compuesto con toda seguridad después del exilio, por consiguiente, en una época en que ya no había reyes... Más admirable aún, en una época en que Israel lejos de ser vencedor, está "ocupado" y "oprimido" por los invasores. ¿Se trata de una fábula? No, porque mediante este "Midrash" esta "parábola" de David vencedor (¡los judíos no eran víctimas del genero literario, épico, lírico, que empleaban! )...
La arremetida del salmo, verdaderamente insólita y extraña: «Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza» (v. 2). Es una de esas frases sorprendentes que hay que masticar miles de veces sin llegar nunca a terminar con su sabor. Por otra parte todo el salmo está surcado por un siniestro ruido de armas y de intervenciones de Dios, que se manifiesta con toda su fuerza, pero sobre todo en la delicadeza de su amor por el protegido.
Así comenta San Agustín este salmo: “3. [v. 3] Señor mi sostén, y mi refugio y mi libertador: Señor, que me sostuviste porque me guarecí a tu lado, y me guarecí porque me liberaste. Mi Dios es mi ayuda y en él esperaré:Dios mío, que primero me otorgaste la ayuda de tu llamada para poder esperar en ti. Mi protector y cuerno de mi salvación y mi redentor: eres mi protector, puesto que no he presumido de mí como alzando contra ti el cuerno de mi orgullo; al contrario, te encontré a ti como cuerno, es decir, hallé la cumbre inexpugnable de la salvación, y para que la encontrara me redimiste.
4. [v. 4] Invocaré al Señor alabándole y me veré salvo de mis enemigos: al no buscar mi gloria, sino la del Señor, le invocaré y no habrá forma de que me hagan daño los errores de la impiedad.
47. [v. 47] Vive el Señor y bendito sea mi Dios: vivir según la carne es muerte20, pues vive el Señor y mi Dios es bendito. Y sea ensalzado el Dios de mi salvación: que no piense sobre el Dios de mi salvación conforme a la costumbre terrena. Y que ni siquiera espere de él la salud terrenal, sino la de arriba.
48. [v. 48] Dios que me vengas y me sometes 1os pueblos: Dios que eres mi vengador sometiéndome los pueblos. El que me libra de mis iracundos enemigos, de los judíos, que gritaban:¡Crucifícalo, crucifícalo!21
49. [v. 49] Me levantarás sobre los que se alzan contra mí: me levantarás en mi resurrección frente a los judíos que se alzaron contra mí en mi pasión. Del varón malvado me salvarás: me librarás de su reino malvado.
50. [v. 50] Por eso te confesaré entre las naciones, Señor: por eso, Señor, las naciones te confesarán a través de mí. Y salmodiaré en honor de tu nombre: y con mis buenas obras te darás a conocer mucho más.
51. [v. 51] E1 que engrandece la salud del rey mismo. el Dios que engrandece para hacer que sea admirable la salvación que su Hijo da a los creyentes. Y el que hace misericordia a su Ungido: Dios que hace misericordia a su Cristo. A David y a su linaje por siempre: Al liberador mismo de mano poderosa que ha vencido este mundo, y a aquellos a los que, al creer en el evangelio, engendró para siempre. Todo cuanto se ha dicho en este salmo que no se ajusta con propiedad al Señor mismo, esto es, a la Cabeza de la Iglesia, hay que referirlo a la Iglesia. Aquí habla el Cristo entero, en el que están incluidos todos los miembros “. (San Agustín. Comentario al Salmo 17).

La segunda lectura es de la carta a los hebreos  (Heb 7, 23-28) Hoy se prosigue la enseñanza sobre el sacerdocio que comenzó el domingo anterior. En ella se nos presenta el sacerdocio de Cristo como el único sacerdocio.
El texto de hoy  está casi en el centro de Hebreos. Está en la sección central del escrito y de las cinco partes de que consta esta sección, en la segunda. Esto no es una pura curiosidad, sino indica -dado el carácter del escrito y lo reflexionado de su composición- la importancia del tema de "sumo sacerdote según el orden de Melquisedec" aplicado a Cristo.
Único, porque la muerte impide a los demás sacerdotes permanecer en su cargo; Cristo, permanece para siempre y posee un sacerdocio que no pasa. El vive siempre y por eso intercede siempre por nosotros.
Pero es sacerdote único también por otros motivos: es santo, sin mancha; no necesita ofrecer sacrificios por sus propios pecados, y después por los del pueblo. Por los del pueblo, lo hizo de una vez por todas, ofreciéndose a sí mismo. En la ley de Moisés, los sumos sacerdotes están llenos de debilidades. En la Nueva Alianza, el Hijo, llevado hasta su perfección, es designado por el Padre único y verdadero Sumo Sacerdote.
Al comparar el sacerdocio de la antigua alianza con el sacerdocio de Jesús, el autor de la carta a los Hebreos muestra en qué consiste la salvaci_n que tenemos en él, que es definitiva, mientras que la de la antigua alianza no lo era. La primera diferencia es que Jesús vive para siempre. Y eso comporta que el que se une a él se mantiene por siempre en esta unión, y vive sin rupturas lo mismo que vive Jesús: la proximidad con Dios.
Y la segunda diferencia es que el sacrificio de Jesús ha realizado plenamente la unión con Dios, que los sacrificios de la antigua alianza realizaban sólo parcialmente. Los sacrificios de la antigua alianza eran intermediarios que querían aproximar los hombres y Dios, pero no eran los hombres los que se acercaban, de modo que la aproximación era necesariamente imperfecta. En cambio, con Jesús, ha sido un hombre quien se ha acercado a Dios totalmente, amando hasta la muerte, de modo que todo hombre que se una a Jesús se une también totalmente a Dios.
Sólo un hombre como Jesús, que a la vez que hombre es el Hijo, podía amar y entregarse así.

 El evangelio  de  San Marcos  (Mc 12, 28b-34). Después de varios domingos de caminar hacia Jerusalén, el texto de hoy nos sitúa en Jerusalén y en el Templo, al que Marcos ha desposeído de su privacidad judía confiriéndole alcance universal (Mc. 11, 15-19). En este marco se suceden después conversaciones al más alto nivel. Hoy interviene un jurista, favorablemente impresionado por las respuestas precedentes de Jesús. San Marcos quita a su intervención cualquier segunda intención. Entre el jurista y Jesús existe coincidencia total de puntos de vista y reconocimiento recíproco de esa coincidencia. El jurista considera las palabras de Jesús ajustadas a verdad; Jesús, por su parte, considera sensatas las palabras del jurista. No se percibe entre ellos el más mínimo atisbo de tensión o de discrepancia. Las palabras finales de Jesús confirman el clima de entendimiento mutuo: no estás lejos del reino de Dios.
Resultado de imagen de maestro de la leyEl evangelio de este domingo deja entender que esta búsqueda del mandamiento máximo, apreciada por los cristianos, no era entonces monopolio de ellos. Judíos y escribas, que habían llegado a las mismas conclusiones, sabían dar al mandamiento del amor una prioridad casi exclusiva. En esto seguían el ejemplo del Deuteronomio, que había afirmado la sencillez de las exigencias contenidas en la palabra de Dios: "La Palabra está bien cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón para que la pongas en práctica" (30, 11-14). Esta preocupación tradicional se prolongaba en los cristianos; con mayor razón se explica el elogio hecho al escriba, de no encontrarse lejos del Reino.
Antes de insistir de nuevo en esta apreciación elogiosa formulada por Jesús, señalemos que el letrado la mereció por dos motivos; tiene un sentido muy exacto de la moral evangélica: primero es el mandamiento del amor, no hay nada mayor que él; y sitúa correctamente el precepto del amor respecto de las prácticas del culto.
Es muy digno de atención este judío; en puntos esenciales supo adoptar las mismas posiciones originales que parece haber adoptado y defendido Jesús. En varias ocasiones recordó Jesús que el precepto sabático era secundario con relación al del amor (Mc 3, 4 s.; Lc 13, 16), y su crítica del comportamiento de los judíos en el Templo, debió de inspirarse en la frase de Oseas, citada dos veces por Mateo (9, 13; 12, 7): "Misericordia quiero, que no sacrificio", parecida a la observación hecha por el letrado.
El texto  finaliza, con un elogio a este judío fiel; por haber sabido dar al amor el primer lugar, Jesús le considera cercano al Reino. No se debe echar en saco rato este elogio, otorgado a uno de aquellos escribas a los que ordinariamente el Evangelio juzga con severidad. Esta alabanza invita a matizar el cuadro de los interlocutores de Jesús, que los autores nos han transmitido. Y sobre todo, recuerda a los discípulos de Jesús que no tienen ellos el monopolio del Reino. Por caminos inesperados, se acercan a él otros, de los que se había pensado que estaban lejos.
Se nos muestra además que gente que no oyó la predicación evangélica, sin embargo sabe abrir su vida a un amor auténticamente evangélico. Elocuente elección para quienes, habiendo oído esta predicación, quizá no alcanzaron el mismo nivel.

Para nuestra vida.
En la primera lectura Moisés, quiere prevenir a su pueblo contra la idolatría. Le dice a su pueblo que si quiere crecer y multiplicarse debe obedecer a su Dios, a Yahveh, como al único Dios. “ Escucha, Israel: amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas tus fuerzas”. Yahveh es el único Dios y no tolera que su pueblo entregue su corazón a otros dioses. La idolatría fue siempre el gran peligro del antiguo Israel, rodeado como estaba de pueblos idólatras. También nosotros, hoy día, sufrimos el peligro constante de la idolatría; son muchos los ídolos que quieren dominar nuestro corazón, como pueden ser el dinero, el poder, el placer, la ciencia atea. Jesús sigue diciéndonos hoy a nosotros, a través de su evangelio, que sólo Dios merece nuestra obediencia y nuestra entrega total y que debemos manifestar nuestro amor a Dios amando a nuestro prójimo como el mismo Cristo nos amó. El Dios encarnado en Cristo es nuestro único Dios y a él debemos escuchar y obedecer. Sabiendo que para Jesús el amor a Dios y al prójimo van siempre unidos.
El texto  expone una  profesión de fe que todo israelita recitaba diariamente, que todo buen israelita aprendía de memoria de pequeño y no dejaba de decir ningún día de su vida.
Son una palabra bien formulada, vigorosa, que a buen seguro formaban parte de la intimidad más profunda de todo creyente de la antigua alianza. A Jesús, que era un buen israelita y que por tanto se las sabía de memoria y las recitaba diariamente, le saldrá con toda facilidad utilizarlas como respuesta al doctor de la Ley y acoplarles la "ampliación" del segundo mandamiento.
Este hecho, nos podría llevar hoy a valorar también las fórmulas de fe que nosotros sabemos de memoria, y a valorar el hecho de recitarlas cada día, para que formen parte inseparable de nuestra alma. El padrenuestro es la fundamental de estas fórmulas, para el cristiano. Ningún día tendríamos que dejar de recitarlo, en algún momento u otro. Y de vez en cuando, tendríamos que detenernos a reflexionar sus frases.

La respuesta al salmo de hoy -"yo te amo, señor; tu eres mi fortaleza"-concentra en pocas palabras lo que las lecturas (primera y evangelio) anuncian como propuesta y nosotros vivimos y celebramos: el amor a Dios "con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser", y el amor "al prójimo" . Es una oportunidad muy buena para gozar de la oración, que no siempre ha de ser de petición o de acción de gracias. Sencillamente decirle al Señor que le amamos. Y decirlo una y otra vez. En la celebración se lo diremos las pocas veces que requiere el salmo responsorial. Pero puede ser la oración que cada uno se lleve a su casa y vaya repitiendo en el corazón a lo largo de la jornada, en medio de la tarea cotidiana. Así nos daremos más cuenta de que "con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser" quiere decir que el amor de Dios invade todos lo ámbitos de nuestra vida: todos los lugares, todos los momentos, todo el pensamiento, todas las palabras, todas las acciones, todas las relaciones... y nuestra respuesta amorosa también hemos de darla en todas las ocasiones.
Los judíos celebraban no tal o cual victoria histórica, sino la "victoria escatológica", la victoria final de dios por su mesías: el "rey" que habla aquí, es este "rey del futuro" que establecerá el "reino de dios". el salmista, no conoció anticipadamente a jesús de nazareth, su muerte y su resurrección, pero era a "el" a quien esperaba. recitando este salmo, nosotros cristianos, somos fieles al pensamiento profundo del salmista. de hecho, este salmo recapitula todos los beneficios de dios en favor de su pueblo. en la figura de david vencedor, se celebra la victoria de la humanidad del mañana contra el mal mediante la ayuda del enviado de dios.
Cuántas veces se ha acusado al Cristianismo de ser una religión de débiles, un consuelo barato, un remedio para someter a los espíritus inseguros, cargándoles de miedo y de culpa. Ciertamente, para los creyentes, la fe en Dios es un consuelo, una fuente de fortaleza y de energía que nos anima en las horas más bajas.
Los versos de este salmo exultan de alegría porque quien canta se siente fuerte, seguro, protegido y bendecido. Sobre todo, se siente amado.
El autor del salmo reconoce la pequeñez humana. Quien pronuncia estos versos hace suya aquella frase de San Pablo: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta». Con Dios, el más débil y quebradizo se hace fuerte. Dios es una auténtica fortaleza, un baluarte, una roca que no falla.
A lo largo de la historia, y con el vertiginoso progreso técnico y científico que ha experimentado Occidente, los humanos nos hemos creído poderosos e invencibles. Liberarse de Dios era un paso más en la emancipación y madurez de la especie humana. Ya no necesitamos una fortaleza ni un escudo protector. Nos bastamos a nosotros mismos.
Los avatares de la historia y el existencialismo nos han mostrado, sin embargo, que la vida desarraigada de Dios se convierte en un absurdo abismal. Sin el apoyo de esa Roca somos hojas secas llevadas por el viento. El vacío y el azar nunca podrán saciar nuestra hambre de plenitud.
Volver a Dios, buscar su refugio, no es crearse un consuelo artificial. Sentirse amparado en Dios es la experiencia del que abre su corazón, su mente y su espíritu, y regresa al verdadero hogar del hombre, el corazón del Padre, que es puro Amor. Quien recupera esas raíces profundas del ser, anclado en Dios, experimenta la protección, la bendición, y se ve imbuido de una fuerza que, paradójicamente, supera en mucho sus limitadas capacidades humanas.
Las palabras de este salmo son una bella oración para pronunciar cada día, o siempre que nos sintamos acosados por el miedo o las dificultades. ¡No desfallezcamos! Tenemos un Defensor al que nada, ni nadie, puede abatir.

El autor de la segunda lectura, tomada de la carta a los Hebreos nos presenta a  Cristo como sumo y eterno sacerdote.
Esta lectura constituye el final de la demostración de la superioridad del sacerdocio de Cristo sobre el sacerdocio levítico; subraya, de manera particular, que Jesús no depende de Leví, sino que pertenece al orden de Melquisedec (Sal 109/110), que su sacerdocio se apoya en su calidad de Hijo y de Señor (Sal 2, 7) y que está de conformidad con el "juramento de Dios" (vv. 20-22).
Esta idea de juramento interviene también en los versículos que preceden a la perícopa litúrgica (vv. 20-22). El autor descubre este juramento no ya en las promesas hechas a Abraham (Heb 7, 6-7), sino en la promesa del Sal 109/110, 4, citado por cuarta vez en Heb 7 (cf. v. 21 y alusiones en los vv. 24 y 28). Pero, por primera vez, esta cita del Sal 109/110 se halla recortada, y ya no se hace mención de Melquisedec. El énfasis no recae ya sobre este personaje, sino sobre el juramento: el Señor ha jurado (v. 21).
Esta es la argumentación del autor :
1. Un sacerdocio garantizado por un juramento divino es prenda de una alianza mejor que la antigua, sobre la que no incidía ningún juramento de Dios (vv. 20-22).
2. Un sacerdocio sobre el que incide un juramento así tiene que ser necesariamente eterno (cf. Sal 109/110, 4; vv. 23-25; repetición de los vv. 15-17). La duración perpetua del "resucitado" garantiza la eternidad de su sacerdocio (v. 24) frente a la caducidad del sacerdocio antiguo. Como eterno que es, el sacerdocio de Cristo está siempre en acción, interpelando continuamente por nosotros.
3. El sacerdocio nuevo es el de Cristo en la gloria (vv. 26-28), el mismo del Hijo (v. 26). Hijo sublimado para siempre, Cristo es, pues, sacerdote para la eternidad, y lo es de una vez para siempre.
Los hombres no son capaces de abrirse un camino hasta Dios. Organizar un culto es, por tanto, una tarea irreal y sin fruto en la que no se opera ningún encuentro verdadero ni purificación alguna profunda del pecado del hombre. Pero Cristo logra que la humanidad llegue a una comunión real con Dios, puesto que su naturaleza humana se ha visto introducida realmente en la intimidad divina mediante su ascensión y su entronización como Señor. Esta penetración de Cristo en la vida divina se ha efectuado en el corazón mismo de su inevitable muerte y de la ofrenda de toda su existencia. Cuando celebra la Eucaristía, que es memoria de esa ofrenda, y cuando lo hace bajo la presidencia de ministros que dan autenticidad a la relación de esa Eucaristía con la muerte y con la entronización del Señor, el cristiano asegura a su vez a su propia vida su valor sacerdotal y consigue mantener con Dios un encuentro auténtico y transformante.
Esta es la síntesis del texto: Cristo “no necesita ofrecer sacrificios cada día, porque lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo”. Cristo en la cruz se ofreció a sí mismo al Padre, como sacrificio de expiación por nuestros pecados. De este sacerdocio de Cristo participamos todos los cristianos, mediante nuestro bautismo. Todos los cristianos somos, pues, sacerdotes, porque participamos del sacerdocio de Cristo. Es lo que se llama el sacerdocio común, que adquirimos todos los cristianos cuando nos bautizan. Por eso, también cada uno de nosotros debemos ofrecer nuestras vidas a Dios, unidas a la vida de Cristo, como sacrificio de expiación por nuestros pecados y por los pecados del mundo. La vida del cristiano debe ser siempre una vida que salve y redima; somos sacerdotes llenos de debilidades, pero cuando unimos nuestro sacrificio al sacrificio de Cristo participamos de la santidad e inocencia de Cristo, nuestro único y eterno sacerdote.

En el evangelio, el  escriba que se acercó a Jesús a preguntarle cuál era el primer mandamiento de todos, sabía muy bien, porque lo recitaba todos los días de memoria, que amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente y con todo el ser era el primer mandamiento. Sabía también que amar al prójimo era un mandato de la Ley. Pero la respuesta de Jesús, poniendo el mandamiento del amor al prójimo al lado mismo del amor a Dios le pareció muy bien al escriba y así se lo dijo con sinceridad a Jesús. Jesús le responde que está cerca del reino de Dios. No es tan fácil entender esto, ni mucho menos practicarlo. Porque en nuestra vida diaria decimos, y lo decimos con verdad, que nuestra bondad se demuestra haciendo obras buenas: obras son amores y no buenas razones. El árbol bueno da frutos buenos y el árbol malo, frutos malos. Por sus frutos se conocen los árboles. Yo creo que lo importante aquí es entender qué es lo que hace buena a una obra. Y lo que aquí nos dice Jesús es que es siempre el amor a Dios y al prójimo el que determina la bondad de nuestras obras buenas. Es decir, que una obra legalmente buena no es moralmente buena si no está inspirada directamente en el amor a Dios y al prójimo. Podemos rezar mucho, y hacer muchas limosnas, y cumplir fielmente los mandamientos; si no es el amor a Dios y al prójimo el que inspira y motiva nuestras “buenas” acciones, estas acciones no son moralmente buenas, no nos salvan. Los fariseos se fijaban sobre todo en el cumplimiento legal y externo de las obras que estaban mandadas en la Ley; Jesús prefiere que nos fijemos en el amor con que hacemos estas obras. Porque al final, como nos repetirá frecuentemente San Pablo, sólo nos salvará el amor, el amor a Dios y al prójimo.
El escriba que aparece en el texto tiene buena voluntad. Jesús ha comprendido que su pregunta es sincera y por eso no tiene ninguna dificultad en responder directa y claramente.
La unión del primer mandamiento con el segundo había sido ya hecha en el seno del judaísmo; pero el sentido universal del "prójimo" no parece que fuera corriente en la teología hebrea: "prójimo" era el que pertenecía al pueblo elegido o al menos un prosélito que aceptaba las reglas del juego.
El escriba añade una cosa muy querida a nuestro evangelista: el culto no tiene valor en sí si no está estrechamente vinculado con el amor al prójimo. Jesús finalmente reconoce que también entre los escribas había algunos que no estaban lejos del reino de Dios.
A lo largo del cristianismo quedará siempre viva la polémica sobre la rivalidad entre el primero y el segundo mandamiento. Sobre todo, nosotros los occidentales no logramos captar toda la dialéctica que une inseparablemente ambos mandamientos.
Hablamos de verticalismo (hacia Dios) y de horizontalismo (hacia el prójimo), de antropocentrismo versus teocentrismo, sin comprender que lo más esencial del cristianismo es precisamente la combinación dialéctica entre Dios y el prójimo.
El verticalismo teocéntrico nos lleva a un tipo de piedad introvertida, que huye del "mundo" y se refugia para siempre en lugares solitarios.
Sin embargo, la discusión sigue teniendo gran validez. Hoy ha sido muy frecuente que los hombres "religiosos" -o sea, practicadores de ciertos ritos venerables- sean los más alejados de una sensibilidad frente al prójimo de turno.
Por otra parte, el horizontalismo antropocéntrico ha subrayado excesivamente la dimensión del hombre a costa de la búsqueda de algo mayor que el hombre. Y en un primer momento ha logrado algo positivo: la desaparición del "dios" opresor que impedía al hombre realizarse y plenificarse, pero, al confundir este "dios" con "Dios", ha sido causa de que por la parte trasera volvieran otros dioses "vestidos de paisano".
Actualmente en la crisis del mundo católico y protestante es fácil observar que el militante cristiano que descubre al hombre -a través de una lucha política de liberación- se cree obligado maniqueamente a abandonar su fe cristiana, dejando así libre el campo a los adversarios, que manipulan esta fe para sus fines egoístas y para ello financian suntuosamente el aspecto "vertical" del cristianismo, detrás del cual ocultan sus inconfesados intereses.
Meditemos las palabras finales del evangelio: “Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.
Jesús, viendo que había respondido sensatamente le dijo:
-No estás lejos del Reino de Dios.”
La respuesta "Muy bien, Maestro", y la repetición y reafirmación que a continuación el mismo escriba hace de lo que ha dicho Jesús, denotan que aquel hombre había asumido personalmente los mismos criterios de Jesús: no es sólo considerar acertado lo que dice Jesús, es asumirlo personalmente.
Y en eso consiste, al fin y al cabo, la fe y el seguimiento de Jesús.

Rafael Pla Calatayud.
rafael@betaniajerusale.com