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domingo, 7 de julio de 2019

Comentarios a las lecturas del Domingo XIV del Tiempo Ordinario 7 de julio de 2019


Comentarios a las lecturas del Domingo XIV del Tiempo Ordinario 7 de julio de 2019

Dios nos llama a ser testigos humildes de la ternura y consuelo de Dios y poseídos de la fuerza del Espíritu que viene en ayuda de la debilidad humana.
Los textos de este domingo están en la clave del camino de Jesús hacia Jerusalén para cumplir su misión mesiánica. El camino de Jesús es el camino de los cristianos. Por eso él, que era el Enviado de Dios, envía a setenta y dos discípulos. Este número tiene su importancia, pues debe ser interpretado como explícita significación de universalidad. Según el modo de pensar de los antiguos setenta y dos eran los pueblos que habitaban la tierra. El envío de Jesús es universal, el anuncio de su Reino es para todos, su salvación alcanza a la humanidad entera. Todo cristiano es enviado al mundo para predicar el Evangelio no solo con palabras, sino con los gestos y las actitudes que dan credibilidad: la pobreza, el desinterés, la renuncia, que más que virtudes son signos de la disponibilidad hacia el don de la salvación que Dios ofrece a todos y que debemos traspasar a los demás.
Lo primero que hay que comunicar es la paz. En un mundo crispado, en una sociedad agresiva, en un ambiente violento la oferta de paz es siempre válida y actual. El hombre pacífico es el más valiente, porque crea una convivencia más estable y transforma el interior violento de las personas. La principal tentación del cristiano es abandonar su misión pacificadora, ya que no ve frutos inmediatos ni resultados notorios en la sociedad que tiene otra escala de valores y otra moral.
Las lecturas de hoy nos muestran la diferencia entre los que aceptan el mensaje de Dios y los que lo rechazan. El profeta Isaías ofrece paz, concordia y felicidad para los últimos tiempos. En su profecía de hoy nos presenta a una Jerusalén como centro de un gran acontecimiento pacífico y feliz. San Pablo en el final la Epístola a los Gálatas narra, también, otro final en una concreción de toda su doctrina. El Apóstol solo se enorgullece de la Cruz de Cristo y de su efecto en él mismo y en el resto de los fieles. La comunión de Pablo con Jesús hace que presuma, incluso, de llevar sus marcas. El Evangelio contiene uno de los episodios más interesantes de la narración de la Buena Noticia. Manda a setenta y dos a evangelizar.

En la primera lectura, del profeta Isaías (Is 66,10-14c). El texto, nos presenta las palabras del profeta que quiere animar a los fieles, verdaderos servidores de Dios a gozar y alegrarse en una Jerusalén renovada. Es una invitación a la alegría, fruto característico de la salvación. Debemos alegrarnos porque es grande la «gloria» (salvación) de Jerusalén, su paz; porque Dios la consuela como una madre a su hijo. La presencia de Yahvé, causa de tanta alegría, tiene repercusiones incluso en el mundo físico.
El autor levanta el corazón del pueblo apelando a Is III proclama ante los escépticos y desilusionados israelitas un mensaje de consuelo y de esperanza. Is. 66, 7-14 (leed el texto íntegro y no recortado como hace la liturgia) habla del renacer de un nuevo pueblo mediante la imagen de un parto inesperado. La tierra de Judá que tenía a sus hijos en el destierro (=muertos) han vuelto (=renacer). El parto ha sido milagroso, el pueblo nace antes de que la madre sienta los espasmos del parto (=sin guerras, sin revoluciones...): vs. 7.8b.
El inesperado y gozoso acontecimiento provoca la sorpresa de todos: "¿quién he oído tal cosa...?" "¿se engendra todo un país en un solo día...?" (v. 8a). El escepticismo aflora entre los que han vuelto de Babilonia y viven la dura realidad de la ciudad en ruinas, corroída por la envidia. ¿Será posible? Y el poeta sale al paso de todas estas objeciones: "abro yo la matriz, ¿y no haré que dé a luz?" (v. 9). ¿No será capaz de completar su obra el Dios que hizo posible la vuelta del destierro? El actuar de Dios en el pasado hace surgir la esperanza en el presente: espera esperanzadora.
Y el poeta se siente tan seguro de esta realidad rebosante de esperanza que invita ya al pueblo al gozo y a la alegría (vs. 10-11). El parto inesperado y milagroso de la nueva ciudad debe transformar los sentimientos de sus hijos: el luto se convierte en alegría, los huesos áridos y calcinados florecen como el prado (v. 14).
Jerusalén madre de ubres abundantes, será capaz de saciar todos los deseos, hasta ahora insatisfechos, de los que volvieron del destierro. Madre no sólo fecunda sino también tierna, femenina (v.13), que lleva a sus hijos en brazos y acaricia a los hambrientos de consuelo y de liberación.
Esta ternura divina es capaz de convertir lo árido, la angustia, la desolación, en verdor, gozo y esperanza.
Con este nuevo re-nacer brota la paz y la abundancia. Paz como culmen del progreso, del desarrollo. El sufrimiento del pueblo debe desembocar en alegría, en resurrección, en progreso (v. 12; cfr. 60,5s. 13: 61,6). Esta es la auténtica esperanza. Quedarse en el dolor y regodearse en el mismo es puro "opio".
La Jerusalén futura, a la que compara a una madre de "ubres abundantes" que da de mamar a sus hijos, los sacia y los consuela. Porque a esa ciudad bienhadada afluirán las riquezas de todas las naciones .
Los hijos e hijas de Jerusalén, las criaturas hoy dispersas y alejadas en el exilio, serán traídos en brazos y devueltos cariñosamente a su madre por los mismos pueblos que ahora los retienen . Y en todo esto experimentarán el favor de Dios, que es en definitiva el que consuela de verdad a su pueblo.
Volverá la alegría al corazón de los justos, y los que habían quedado en los huesos verán que su carne florece como un campo de primavera, después del invierno. La era de la salvación, el día en que se manifieste el Señor a los que le sirven, será el tiempo de la abundancia de todos los bienes: justicia, gozo, consuelo, paz... Siendo la palabra de Dios una gran promesa, la esperanza  sigue siendo la fuerza que impulsa la historia de nuestra salvación.
El responsorial de hoy es el salmo 65 ( Sal 65,1-7.16.20) . Como en muchos salmos de acción de gracias, se trata aquí de una oración ante todo "colectiva". En las siete primeras estrofas aparece el "nosotros": Israel recuerda las maravillas del Éxodo, en particular "el paso del agua", "la Pascua del Mar Rojo y del Jordán: obstáculos superados por la gracia de Dios... Pero ésta es también una oración "individual " De pronto se pasa al «yo" a partir de la estrofa 8: los actos "liberadores" que Dios hizo en la historia de Israel son "significativos" de todas las situaciones de prueba aun individuales en que Dios es siempre el mismo, el que libera.
Desde el punto de vista poético, admiremos las imágenes tan elocuentes:
-la imagen del crisol en que se purifica el metal... de igual manera, el sufrimiento purifica al hombre.
-La imagen de la trampa, del peso sobre las espaldas... El sufrimiento es terrible, capaz de bloquear todo y detener el aliento.
-La imagen de las calamidades del agua, del fuego... ante las cuales el hombre está a menudo desprovisto, y que sin embargo hay que "atravesar"! hay que "¡pasar a través de"!
Esplendida la estrofa del salmo de hoy: "Aclamad al Señor, tierra entera" 

En la segunda lectura  de la carta a los Gálatas: Gal 6,14-18. El texto es el final de la carta a los gálatas, escrito seguramente por el mismo Pablo, en vez de dictarlo, como ocurre en el resto. Para entender toda la intención de este fragmento hay que recordar el tema central de la carta (primacía de la gracia sobre la ley) y el tema aludido en los versículos inmediatamente anteriores: unos falsos hermanos que quieren obligar a los gálatas a circuncidarse, aparentemente como signo de fidelidad a la ley, pero en realidad -puesto que ni ellos mismos la cumplen esta ley- por la vanidad de haber hecho entrar a los gálatas dentro de su camarilla (vv. 12-13).
Estos se gloriarían de la carne de los gálatas, es decir, de su cuerpo circuncidado, y quieren evitar la persecución a causa de la cruz de Cristo (vv. 13 y 12). Pablo, por el contrario, no quiere gloriarse más que en la cruz de Cristo, y se abraza a ella hasta sentirse crucificado junto con él (v. 14). La cruz de Cristo es un misterio de muerte y de vida, que hemos de ir repitiendo, y no sólo místicamente, cada uno de los cristianos.
San Pablo murió a la ley, como superioridad acumulada delante de Dios y de los hombres, «crucificó» el mundo, como poder al que uno se adapta para valer algo, y automáticamente el mundo le consideró como un crucificado. Cargó con los estigmas (no meramente simbólicos) de Cristo crucificado: podemos comprender que cuando dice que Cristo crucificado ha sido "presentado ante vuestros ojos" se refiere a su aspecto desgraciado en el momento en que se presentó ante ellos.
A través de esta muerte, de este estar crucificado con Cristo, San Pablo recibía -para sí y para presentes y futuros cristianos- una vida capaz de convertir en nulo cualquier otro valor. Puede gloriarse en la cruz de Cristo, porque para él la cruz no es un símbolo elegante, sino una realidad viva y eficaz, salvadora del mundo: ha llevado la cruz más que muchos otros, pero también ha visto -más que muchos otros- cómo le crecían en sus manos los frutos de la redención.
San Pablo había recibido la circuncisión, pero si debe gloriarse de una señal física no va a ser de ésta, sino más bien de las marcas que le han quedado de las persecuciones y malos tratos por la predicación del Evangelio, y por eso dice que lleva en su cuerpo las marcas ("estigmas") de Jesús (v.17), como una participación de su pasión.
El texto es como una especia de resumen de temas importantes en la carta. Sobre todo dos.
La figura del Señor Jesús está en el centro. Es el único sentido de la vida de Pablo y lo que, en cambio, da sentido a todo lo demás. Su identificación con El pretende ser total. "Las marcas" pueden tratarse de alguna señal física de cualquier tipo o también de marcas morales, porque "cuerpo" no se contrapone a "alma", sino significa normalmente el "yo". En todo caso se trata de una señal de la unión con Cristo.
El otro tema es la situación del hombre, San Pablo en este caso, en Cristo. La "criatura nueva" (v. 15) es la forma de designar este modo de ser. Indica la radicalidad de tal situación, comparable a la primera creación. Será necesario insistir sobre este punto, por sabido casi pasado por encima. Por carecer de punto de comparación anterior, en un estado de la vida en Cristo no fuera conocido, resulta difícil para muchos apreciar toda la aportación que el "ser en Cristo" supone para la existencia humana. Sería preciso caer en la cuenta de cómo ante este ser nuevo todo lo demás pasa a segundo término, por importante que sea. Ni lo religioso ni lo humano cuentan separadamente de Cristo.

           
En el evangelio de hoy (Lc 10,1-12.17-20 ), nos encontramos con un completo relato de envío e invitación a dar a conocer el evangelio. 
Los mensajeros, a los que Lucas no denomina discípulos, van por parejas. Tal vez haya que explicar esta circunstancia por la noción de testimonio. Según el derecho judío, en efecto, para la validez de un testimonio se requería la declaración de al menos dos testigos. La embajada de Jesús la forman, pues, treinta y seis parejas.
-"Designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó por delante, de dos en dos...": Jesús, en su camino hacia Jerusalén, envía un grupo de discípulos para prepararlo . Ya antes había enviado a los doce en el contexto del ministerio en Galilea. El número de 72 discípulos no está claro si es un dato que tiene un simbolismo parecido al de los 12. Algunos comentaristas han apuntado hacia 72 pueblos nombrados en Gn 10, 2-31, según la versión griega: se trataría de una referencia a la futura evangelización de los gentiles. La misión de dos en dos refleja la práctica de la primera comunidad, pero esto no significa negar que Jesús preparó a los discípulos para predicar la irrupción del Reino.
-"La mies es abundante y los obreros son pocos... Mirad que os mando como corderos en medio de lobos": En las instrucciones de Jesús, se detecta urgencia, prisa y la constatación de la hostilidad en el horizonte. El anuncio del reino no admite dilaciones, estorbos ni entretenimientos, por eso deben ir ligeros, deben evitar quedar atrapados por las formalidades sociales ("no os detengáis a saludar a nadie por el camino").
Dada, sin embargo, la multiplicidad de lugares por visitar, el número resulta insuficiente: la mies es abundante, los obreros pocos.
Image result for envio discipulosLa embajada no será fácil (os mando como corderos en medio de lobos) y deberá ser llevada a cabo con prontitud, sin detenimientos superfluos o innecesarios (no llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino).
Continua con otra serie de recomendaciones(vs. 5-12)  cuyo denominador común es la importancia del momento. Por dos veces resuena la frase: Está cerca el Reino de Dios.
No debe perderse el tiempo buscando alojamiento confortable o comidas bien preparadas. El anuncio del Reino no permite distracciones, es la urgencia de una cosecha que está a punto y debe evitarse que se pudra. Las acciones de los discípulos se concretan en predicar, curar a los enfermos y rezar, ya que no todo depende de su esfuerzo (Dios es el amo de la mies).
-"Cuando entréis en un pueblo y no os reciban...": El anuncio del reino no siempre hallará acogida, pero esto no debe provocar el silencio ni el desánimo. El enviado ya sabe que hallará oposición, como el mismo Jesús. La amenaza sobre aquellos que rechazan el ofrecimiento del Reino, se piensa concretamente en la actitud de Nazaret y en la de la aldea de los samaritanos que no han acogido el paso de Jesús.
La segunda parte de la lectura presenta el regreso de los discípulos después de su misión llenos de euforia y el comentario de Jesús que consta de tres partes:
A la vuelta de las treinta y seis parejas retornando a Jesús " Los setenta y dos volvieron muy contentos..." (vs. 17.20), el ambiente es festivo y feliz. Jesús es el Señor. Las fuerzas del mal, personificadas en demonios, serpientes y escorpiones, están desarmadas. El propio Satanás, jefe de la corte celeste, ha caído en desgracia y es fulgurantemente depuesto de su función. En esta misma corte celeste aparece el libro de registro de los pertenecientes al pueblo santo de Dios.
a) "Veía a Satanás caer del cielo como un rayo": No se trata de ninguna visión extática, sino de una expresión simbólica que resume los efectos de la acción que han llevado a cabo los discípulos: ha sido una victoria sobre el poder de Satanás que atenazaba a los hombres. Frente a la actuación de Jesús y de los discípulos, Satanás deja de ejercer su función acusadora.
b) "Y no os hará daño alguno": El mal y sus manifestaciones ha sido sometido a la autoridad que procede de Jesús.
c) " Estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo": Pero el gozo de los discípulos no sólo proviene de que han vencido al mal, sino porque Dios los ha inscrito en el libro de los salvados (idea del AT: libro de registro de los que pertenecen al pueblo santo de Dios). No todo está en sus manos, es Dios quien tiene la última palabra de salvación.
Para nuestra vida.
El tema la semana pasada fue la vocación: Jesús nos llama a todos a dejar atrás el pecado y seguirle.
Hoy el tema es la misión.

La primera lectura es una invitación a la alegría, fruto característico de la salvación. Debemos alegrarnos porque es grande la «gloria» (salvación) de Jerusalén, su paz; porque Dios la consuela como una madre a su hijo. La presencia de Yahvé, causa de tanta alegría, tiene repercusiones incluso en el mundo físico.
Se nos proclama la paz y bondad que Dios dará a su pueblo si son fieles a la Alianza, pero ellos son responsables si se alejan de Dios. He aquí, dice el Señor, que voy a derramar sobre Jerusalén la paz como un río, la gloria de las naciones como un torrente desbordado. Dios llenará de consuelo a cuantos se encuentren en el recinto de la Iglesia. Como cuando a uno le consuela su madre, dice el Señor, así os consolaré yo a vosotros. Como consuela una madre. No pudo el Señor buscar una comparación más entrañable, más cercana al corazón huérfano del hombre. Como una madre, de la misma forma, con la misma ternura, con el mismo cariño.
La alegría del pueblo de Israel cuando contempla su renacer después de todas las amarguras del destierro la muestra el tercer Isaías con la figura del parto y los hijos recién nacidos que necesitan de la madre para mamar de sus pechos y recibir sus consuelos, los llevaran en sus brazos y sobre las rodillas los acariciarán. Están en la mano del Señor y como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo.     
La figura de Dios Madre es muy querida para los profetas. Sin duda la experiencia familiar del padre, de la madre y de los hijos, es quizás la más admirable y comprensible para todos, cuando se quiere hablar del amor de Dios.
Cuando la Biblia habla de Dios Padre, ciertamente no está determinando el género masculino de la divinidad. Es cierto que esta denominación y esta traducción están condicionadas sociológicamente y sancionadas por una sociedad de carácter varonil. Pero, realmente, a Dios no se le quiere concebir simplemente como a un varón. Sobre todo en los profetas, Dios presenta rasgos femeninos maternales. La noción de Padre aplicada a Dios, debe interpretarse simbólica­mente. Padre es un símbolo patriarcal -con rasgos maternales-, de una realidad transhumana y transexual que es la primera y la última de todas.
Esa ternura del amor de Dios queda expresada de manera inigua­lable en la figura de la madre: ¿Puede una madre olvidarse de su criatura, dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré (Is 49,15). Como a un niño a quien su madre consuela, así los consolaré yo (Is 66,13).
  Realmente el pueblo se sentía hijo de Yahveh. Desde la primera experiencia salvífica de Dios en la salida de Egipto, el Señor ordenó a Moisés decir al Faraón: Así dice el Señor. Israel es mi hijo primogénito, y yo te ordeno que dejes salir a mi hijo para que me sirva (Ex 4,23). Y esa seguridad que la experiencia de Dios-Padre daba a los israelitas no les permitía sentirse huérfanos porque, si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me recogerá (Sal 27, 10).

El responsorial de hoy  es el salmo 65. Se trata de un salmo cuya primera parte es un himno de alabanza y luego, a partir del versículo 13 continúa con una acción de gracias.
Los motivos de la alabanza son el poder soberano de Dios en favor de la humanidad, los prodigios que vivió el pueblo a la salida de Egipto, el paso del Mar Rojo y como se fueron rindiendo los enemigos.
Se invita a todos los pueblos a alabar al Señor, ya no por las acciones pasadas sino por los beneficios a la comunidad del salmista que se convierten entonces en motivos para la acción de gracias, peligros y pruebas ante las cuales la comunidad acude al Señor quien los escucha.
Todo el salmo es una invitación a los oyentes: la tierra entera, el pueblo de Israel, y los fieles a Dios, para alabar al Señor y dar gracias, porque Dios nos salva y nos protege aunque nos haga pasar por fuertes pruebas.
Ya vimos cómo Israel vivió este salmo. Releámoslo ahora poniéndolo en la boca de Jesús, que pasó de la muerte a la vida por su Resurrección. Jesús es el nuevo Israel, el hombre universal; así como el pueblo judío tuvo que atravesar el Mar Rojo y el Jordán, así también Jesús fue "purificado en el crisol de la Pasión". Nadie mejor que El ofreció un "sacrificio de acción de gracias". Nadie mejor que El invitó a todo el universo a asociarse a su eucaristía.
Sobre el valor purificador del sufrimiento, Jesús tuvo palabras que expresaron el secreto de su alma valerosa: ¡"toda rama que produce fruto mi padre la poda y limpia para que dé más"! (Jn 15,2).

San Pablo en la segunda lectura, nos recuerda rasgos fundamentales de la fe cristiana. Comienza expresando que él se gloria solamente en la cruz de Jesucristo. ¿Para qué ser bien vistos por los humano si no puedo gloriarme en la cruz de Cristo?.
En la despedida de su carta a los Gálatas, Pablo de manera muy sintética reafirma dos de sus temas preferidos. La salvación no se da por la ley, y el hombre en Cristo es una nueva criatura.
La circuncisión era una muestra clara del cumplimiento de la Ley, pero Pablo les dice a los Gálatas que la salvación no proviene de la ley sino de Cristo. Y se apoya en la Cruz, signo de ignominia para los romanos, los paganos y los judíos, que ahora es el signo de la victoria y de la salvación, y por eso Pablo se gloría en ella, como también todos los cristianos, porque de ella brota la vida.
Circuncidarse o no circuncidarse no es lo importante. Lo importante es renacer como nueva criatura. El mundo de la ley ha muerto. Ya no hay diferencia entre judíos y paganos. Ya no hay circuncisos e incircuncisos, lo único que cuenta es el hombre nuevo, el hombre que es capaz de superar la tragedia del pecado y realizar el proceso de la resurrección de Jesús, para vivir como un hombre nuevo.
Somos criaturas nuevas. Pablo da ejemplo del cristiano que sabe que la cosa más importante y clave en la vida es Jesucristo. Todas las otras cosas del mundo merecen, en comparación, indiferencia. Al rechazar el evangelio nos engañamos a nosotros mismos. No es Dios quien nos condena, somos nosotros mismos. Por eso, en la sociedad de hoy, los cristianos tienen que estar preparados para no dejarse engañar por los que rechazan el evangelio.
Esta carta es la única en la que la palabra hermanos sirve para el saludo final. Hay, sin duda, en ello una intención y una llamada. Que la fraternidad vuelva a ser algo propio y querido de los gálatas y que dimane de una sola fuente: la gracia del Señor Jesús. Querer construir una sociedad más pacífica y justa al precio de un comportamiento injusto con los que vivimos cada día es construir castillos en el aire.

En el evangelio oímos las palabras de Jesús " La mies es abundante y los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies",   palabras que siguen teniendo vigencia, porque también  hoy es mucha la mies y pocos los obreros.
Por segunda vez en el evangelio de Lucas, Jesús envía a sus discípulos a la misión. Ahora la época de la cosecha ha llegado y es necesario muchos obreros para recoger la mies; son setenta y dos, un número que evoca la traducción de los Setenta en Génesis 10, en donde aparecen setenta y dos naciones paganas. Jesús va camino hacia Jerusalén, el camino que debe ser modelo del camino de la Iglesia futura. Salen de dos en dos para que el testimonio tenga valor jurídico según la ley judía (cfr. Dt 17,6; 19,15).
La misión no será fácil debe llevarse a cabo en medio de la pobreza, sin alforjas ni provisiones. La misión es urgente y nada puede estorbarla, por eso no pueden detenerse a saludar durante el camino; tampoco los discípulos deben forzar a nadie para que los escuchen pero sí es el deber anunciar la proximidad del Reino.
Este modelo de evangelización es siempre actual. Ciertamente es una tarea difícil si se quiere ser fieles al evangelio de Jesús. Muchas veces por una falsa comprensión de la inculturación se hacen concesiones que van contra la esencia del evangelio.
Cuando los discípulos regresan de la misión están llenos de alegría. Hay una expresión que merece un poco de atención: Hasta los demonios se nos someten en tu nombre. ¿Qué significado tienen los demonios? Una breve explicación del término se dará al final.
Jesús manifiesta su alegría porque se han vencido las fuerzas del mal, porque él rechaza cualquier forma de dominio, y exhorta a sus discípulos a no vanagloriarse por las cosas de este mundo. Lo importante es tener el nombre inscrito en el cielo, es decir participar de las exigencias del Reino y vivir de acuerdo con ellas. (cfr. Ex 32,32).
Hay otro motivo de alegría para bendecir la Padre. Sus discípulos son una muestra de que el Reino se revela a los sencillos y humildes. No son los conocimientos lo que permite la experiencia del Reino. Es esa experiencia de Dios por medio del contacto íntimo con Jesús y su seguimiento.
Todos los discípulos de Jesús tenemos vocación misionera, es decir, que estamos llamados a predicar y anunciar el evangelio de Jesús, esto es  algo evidente para todos los cristianos.
Hay que reconocer que en el mundo que vivimos es mucha la tarea y escaso el número de los que son responsables, con seriedad, en esta tarea de anunciar el evangelio y con ello colaborar con la obra de Dios de transformar el mundo. De ahí que hayamos de rogar, una y otra vez, al dueño de la mies para que envíe obreros a su mies, para que despierte la conciencia dormida de tantos como se dicen cristianos.
Importantes los consejos de Jesús para realizar esta tarea; "Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias… Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. No caigamos en la tentación de querer imponer nuestro cristianismo por la fuerza, o con prepotencia u ostentación, o con orgullo. Debemos mostrarnos siempre ante los demás con mansedumbre, con humildad, con deseo de servir, no de dominar. Jesucristo, cuando, después de su resurrección, se presentaba a sus discípulos, lo primero que les decía era: “la paz esté con vosotros”. Seamos nosotros, como seguidores de Jesús, hombres de paz, pacíficos y pacificadores. Ya decía san Francisco de Sales que se atraían más moscas con una gota de miel, que con cien barriles de vinagre. La frase de Jesús: “Como corderos en medio de lobos”, debemos aplicárnosla a nosotros mismos, antes que pensar que todos los demás son lobos.
En el texto del evangelio vemos la reacción de los  setenta y dos enviados. Volvieron contentos y dijeron: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre". Más de una vez nos ha invadido este tipo de alegría. Jesús nos dice: "No estéis alegres porque se os sometan los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo". Es un buen aliento para cuando nos sentimos fracasados. No debemos olvidarnos nunca de que somos "instrumento" en sus manos. Evangelizar no es la tarea exclusiva de los pastores del pueblo de Dios, ni monopolio de los misioneros de vanguardia. Toda la comunidad eclesial es misionera siempre y en todo lugar. Evangelizar es su misión y su dicha. Con tal de que estemos evangelizados nosotros mismos, todos los cristianos podemos y debemos ser evangelizadores, pues por los sacramentos de la vida cristiana participamos de la misión profética de Cristo. Hoy, más que de conquista se habla experiencia y de testimonio. Es este testimonio de los cristianos lo que mejor puede llamar la atención del hombre de hoy, harto de propaganda, palabrería y falsos mesianismos. Hoy como ayer, lo que más necesita es el evangelio vivido. Es verdad que hemos de emplear todos los medios a nuestro alcance para difundir la fe, con tal que se avengan con las instrucciones de Jesús en el evangelio de hoy: pobreza y solidaridad, y no avasallamiento y poder.
Nuestra misión, hoy como en los tiempos de Jesús,  es ser mensajeros de la paz y la alegría. Los auténticos seguidores de Jesús seremos capaces de, en su nombre, lograr la transformación de la vida de las personas y de las realidades sociales en las que vivimos. El Evangelio no es intimismo, no es buscar el solo bienestar interior sino que es una llamada a salir de nosotros mismos para llevar a los demás la alegría que tenemos en el corazón. Es una propuesta maravillosa, que no se impone por la fuerza.
A estas alturas de la reflexión una pregunta: ¿Te sientes enviado por Jesús?.No olvidemos que nos envía con la fuerza del espíritu.
"Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo". 
¡Cuántas serpientes y escorpiones en nuestro mundo, destruyéndonos impunemente!: Los demonios de la lujuria, de todo tipo de adicción, de la mentira, el robo, la violencia...  todos los pecados son serpientes y escorpiones.  ¡Si creyéramos en el poder de Jesús para liberarnos y ayudar a liberar a nuestros hermanos!
Jesús envía a los suyos a anunciar que está cerca el Reino de Dios. Cuando hablamos del Reino de Dios no es algo abstracto sino muy real y presente: es la presencia y cercanía de Dios a nuestra vida cotidiana. Dios que nos ama, quiere estar cerca de nuestra vida.
Jesús envía y para que los enviados no vayan con las “manos vacías”, les da su paz para que la ofrezcan y la dejen a cuantos les aceptan; les pide que curen a los enfermos como signo y presencia del Reino.
Algunos siempre piensan que “eso del Reino” es algo “espiritual”, que afecta “al más allá”. No es así en Jesús: el Reino se hace presente en formas tangibles y concretas: salud, bienestar, cercanía, solidaridad, fraternidad…
Esta es la Buena Noticia.
No hay razón de temer. Es Jesús quien nos envía con el poder de su Espíritu que nos acompaña siempre. El nos corrige, enseña y protege en el camino. ¡Demos pues el paso de fe!

Rafael Pla Calatayud.
rafael@betaniajerusalen.com

sábado, 9 de junio de 2018

Comentario de las lecturas del X Domingo del Tiempo Ordinario 10 de junio 2018.

Comentario de las lecturas del X Domingo del Tiempo Ordinario 10 de junio 2018.

En este domingo X, se comienza la recuperación de los domingos del tiempo ordinario. La Constitución Sacrosanctum Concilium tiene un texto bellísimo, con una cita del Concilio de Trento: "Desde entonces, la Iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el Misterio Pascual: leyendo cuanto a él se refiere en toda la Escritura (Lc 24,27), celebrando la Eucaristía, en la cual "se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de su muerte" y dando gracias al mismo tiempo a Dios por el don inefable (2 Cor 9, 15) en Cristo Jesús, para alabar su gloria (Ef. 1, 12), por la fuerza del Espíritu Santo" (n.6).
El tiempo Ordinario, Constituyen la mayor parte del año litúrgico -34 semanas- y su liturgia de la palabra se caracteriza por una lectura continuada de los evangelios. En el actual Ciclo B, estamos leyendo el evangelio de san Marcos.
Cada domingo nos encontramos con un pasaje evangélico y una lectura del Antiguo Testamento que ha sido escogida en función del tema principal de aquel.
El tema de este domingo, aunque lo queramos esquivar, va de Satanás. Cualquiera que sea la interpretación que se le quiera dar es una realidad que los textos bíblicos presentan como perteneciente a la Historia de la Salvación y presente en la vida de los hombres.
Efectivamente, la lectura del Génesis, al describir el drama del pecado, presenta a Satanás como el promotor del mismo, pero también anuncia que un descendiente de mujer le aplastará la cabeza. La tradición de la Iglesia nos dice que se trata de Cristo, que con su muerte y resurrección, ha decapitado la fuerza del mal para hacer posible que el hombre salga victorioso del combate. Este tema nos acerca a la lectura de San Marcos en la que presenta a Jesús con tal poder sobre Satanás que sus adversarios, no pudiendo negar lo evidente, le atacan diciendo: "Tiene dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios".

La  primera lectura es del libro del génesis ( Gn. 3, 9-15) Estos versículos del Génesis forman parte del relato yahvista de la creación (2, 4b-3, 260: creado el hombre en una tierra desierta es trasladado por el Señor a un terreno muy fértil, al jardín del Edén, donde crecen toda clase de árboles.
Un mandato impone Dios a Adán y Eva, si lo cumplen vivirán felices en esta tierra paradisíaca..., pero éstos desobedecen y son expulsados del Edén. Este es el esbozo descarnado de todo este relato que nos evoca la historia vivida por todo el pueblo de Israel: del desierto es sacado y conducido a una tierra paradisíaca donde se le impone una serie de mandatos. Si Israel cumple le irá bien, pero la desobediencia le acarreará muchas veces la expulsión de este territorio. Así aunque no se diga explícitamente, este relato del Génesis es un esquema de alianza.
El mal en Israel siempre ha nacido de la ruptura del pacto por el pueblo. Y la meditación de esta experiencia continuamente vivida lleva al autor sagrado a interpretar el origen del mal en este mundo bueno, creado por el Señor, como acto libre del hombre. Los hombres son los únicos responsables de la ruptura de las relaciones con Dios y entre ellos.
"Después que Adán comió del árbol, el Señor llamó al hombre...." (v. 3,9): El hombre, comiendo del árbol, ha tomado una opción libre en la que Dios no ha intervenido. Ahora, esta opción aparece con toda su fuerza negativa: el encuentro con Dios la manifiesta como "pecado".
Este encuentro se nos presenta a través de una narración imaginativa y antropomórfica, y toma el carácter de juicio con interrogatorio y sentencia. "¿Dónde estás?": la pregunta no es sólo de localización, sino también sobre el estado del hombre. Y éste se presenta dominado por el miedo. Así se ve cómo la relación entre el hombre y su Creador ha sufrido una profunda perturbación a causa del pecado. "¿Es que has comido del árbol...?: Y vemos cómo esta perturbación también ha distorsionado las relaciones en el interior de la humanidad y las realidades creadas: el hombre acusa a la mujer y la mujer a la serpiente.
 "El Señor Dios dijo a la serpiente:... establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya, ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón" (v. 15). Después del interrogatorio viene el desenlace del juicio, del que sólo leemos hoy la parte de la sentencia dirigida a la serpiente. La condena intenta explicar, en primer lugar, la constitución de la serpiente, que se arrastra por tierra como si comiera polvo, y también su carácter de animal maldito, del que huyen tanto el hombre como los demás animales: un ser inquietante como el mal mismo. Por eso el paso es fácil: entre el hombre y la serpiente habrá un combate sin fin. Propiamente el texto indica un combate sin ninguna esperanza de solución. Pero la diferencia que existe entre el ataque a la cabeza por parte de la humanidad y el ataque al talón por parte de la serpiente, fue leída en la literatura targúmica -y sobre todo por la Iglesia antigua-, como el anuncio velado de la victoria de la descendencia de la mujer: del linaje de Eva saldrá el Mesías que triunfará definitivamente sobre el mal, el pecado y la muerte.

El salmo responsorial es el salmo 129, (Sal 129, 1b-2. 3-4. 5-7ab. 7cd-8).
Este salmo de "Súplica" era utilizado por Israel en las ceremonias penitenciales comunitarias, particularmente en la fiesta de las Expiaciones: antes de renovar la Alianza, se ofrecían "sacrificios de expiación" en reparación por los pecados.
Lo que llama la atención es que el "grito" del pecador no tiene por objeto confesar su pecado en forma circunstanciada y detallada: no se sabe de "qué" pecado se trata. Este salmo es ante todo un "grito de esperanza", "el más hermoso canto de esperanza que jamás haya salido quizá del corazón del hombre" (M. Mannati).
El plan de este poema relieva la sutil dialéctica del diálogo interior. Es un "movimiento" del alma, que va alternativamente del hombre a Dios, luego vuelve al hombre y pasa enseguida, nuevamente a Dios:
Primera estrofa: disposiciones del "que ora"... Grito; escucha mi clamor... Segunda estrofa: disposiciones de "Dios"... Tú eres grande... cerca de Ti, el perdón... Las dos líneas centrales, que indican el núcleo del tema, la esperanza, la espera... Tercera estrofa: disposiciones del "que ora"... Aguardo, acecho, espero... Cuarta estrofa: disposiciones de "Dios"... Tú eres bueno... Cerca de Ti, el amor. Este salmo hacía parte de los salmos de Subida o salmos graduales. Para admirar el estilo "en eco", con la repetición de palabras, que parecen avanzar en una especie de peregrinación: Señor (8 veces), aguardar (3 veces), esperar, acechar (2 veces), y luego el "grito", "el llamado", "la oración" (4 veces), y al comienzo y al final "la falta"... Finalmente, se nombra dos veces a Israel, el pueblo escogido.
Una observación más, señalar el paso del "yo" al "nosotros" en las dos últimas estrofas. En persona de "un" pecador está todo "Israel" pecador: dimensión colectiva y comunitaria del perdón.
El breve salmo 129 tiene tan sólo 8 versículos. Y los podemos dividir fácilmente en dos apartados:
vv. 1-4: Oración confiada.
vv. 5-8: Certeza del perdón.
La liturgia de hoy hace una selección de estos versículos, destacando lo más importante.
La oración del salmo es confiada. La palabra que más resuena en él es la de la confianza humilde y cierta.
El salmista consciente de su debilidad se siente como envuelto por la injusticia, el desencanto, la culpabilidad. La angustia y el remordimiento le aparecen como el barro o las aguas que le sumergen distanciado de Dios: "desde lo hondo a ti grito, Señor".
Pero este hombre derrotado es un creyente. Y un hombre que, a pesar de sus pecados, ama a Dios. Y en un momento de sinceridad y de fe, contemplando su propia miseria, acude a Dios. Levanta sus ojos al cielo: "estén tus oídos atentos...".
En su experiencia de creyente ha llegado a conocer el corazón de Dios, "lento a la ira, pronto a la misericordia". Le pasa como al hijo pródigo. Se acuerda de su padre y se dirige a él. Con toda humildad. Con toda confianza.
"Pero de ti procede el perdón,.."
Se dirige al Dios del perdón, y encontrando siempre en él la mejor de las disposiciones de perdón y de misericordia.
Y este perdón le infundirá un respeto agradecido. Este perdón será una ayuda para corregirse y superarse. Lo servirá con una mayor fidelidad.
Por esto, humilde y confiado, con el ánimo dispuesto a recomenzar una nueva vida o a emprender un nuevo camino, levanta su corazón a lo alto. Y esto mismo es ya un salir del abismo. Dios le acogerá: "de ti procede el perdón".
Si el salmista acude a Dios es porque está del todo cierto de su perdón generoso. El lo dice y lo repite. Reafirma su convicción de que la bondad del Señor le librará de su angustia.
Y para ayudarse en su propósito pone la comparación del centinela que aguarda la aurora. La noche es fría y peligrosa. Pero la aurora todo lo cambia. Su luz hace que el temor disminuya y que se recobren los ánimos. Y si ésta es la certeza del centinela que hace su guardia de noche ésta es también la certeza de este corazón que sabe esperar en la luz del perdón.
"Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra".
Es la palabra de la revelación divina que forma parte del universo religioso del salmista.
Los profetas han hablado de la infinita bondad de Dios y en los libros de Moisés hay estupendos pasajes que hablan de la misericordia divina. El salmista recuerda estas palabras de vida. Cree en estas palabras. Espera en ellas. Y esto le salva.
Y entonces él, que ha tenido esta experiencia de fe y de liberación, exhorta a su pueblo a confiar en el Señor. Y pone de nuevo la misma comparación del centinela que aguarda la aurora: "aguarda Israel al Señor como el centinela la aurora".
También para Israel llegará esta aurora del perdón, de la redención. El Dios de su fe es el que sabe convertir el desierto en vergeles y la roca en fuentes de agua. Así será su liberación, su nueva vida. Porque el Señor "le redimirá de todos sus delitos".
Así es la vida iluminada por la esperanza. Es la vida que resucita, la vida que, en realidad, nunca está muerta. Aunque esté en el abismo, tiene siempre un hálito de esperanza. Su pulso no se ha parado.
Es el gran mensaje que nos da nuestro salmo "De profundis".

La segunda lectura es de la segunda carta del apóstol san pablo a los corintios ( 2 Cor. 4, 13 - 5,1). El texto forma parte de  la exposición dedicada al ministerio apostólico (capts. 3-7 en términos reales). En ella Pablo expone diversos aspectos del ministerio.
En este párrafo, aparece, en primer lugar el puesto fundamental de la fe para la predicación. Es algo evidente: no se puede hablar de Cristo y de lo de Cristo sin creer en él. Ahora bien, como siempre en Pablo, el hablar no es algo separado del ser. Por ello se habla de Cristo porque se está en Cristo, se ha muerto con El, se está unido a El y se espera la resurrección.
Esta experiencia no es algo individual. También como punto base en Pablo, no se puede hablar de individuos solamente, sino de comunidad. El mismo apóstol no es algo separado de sus oyentes.
Todos forman algo. Diferente modo de ver del más moderno en que el predicador se contrapone muchas veces a sus oyentes y sólo forma comunidad con ellos de nombre o desde arriba.
El apostolado conlleva un desgaste real del (vv. 16-18). No conviene minimizar. El predicar a Cristo es duro y puede costar un precio muy alto. A San Pablo le costó y a muchos seguidores y predicadores de otros tiempos, también.
Esta vivencia va unida a la esperanza. No cabe el escapismo o menosprecio de la realidad, como podría entenderse algo del v. 16, sino que la esperanza en la obra de Dios que supera cualquier limitación, llena nuestra vida.
La confianza que tiene San Pablo en el poder de Dios, que resucitó a Cristo, y la esperanza en que este mismo poder se manifieste abundantemente en la gloria eterna de los creyentes, le hacen considerar en poco las tribulaciones de hoy, que bien pueden soportarse con paciencia. La esperanza se funda en el espíritu de fe, es decir, en aquella fe que causa el Espíritu " Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: «Creí, por eso hablé», también nosotros creemos y por eso hablamos; " . Esa esperanza que late ya en nuestro interior como una primicia de todo lo que esperamos se apoya en la fe en la resurrección de Cristo y tiende hacia la vida eterna de todos los creyentes.

El evangelio  de  san marcos (Mc. 3, 20-35) La escena trascurre alrededor del Lago de Tiberíades. Por un tiempo vive en Cafarnaún, “su pueblo”. Vemos que “fue a casa”. Posiblemente se trata de la casa de Pedro en Cafarnaún. El texto griego dice que aparecen "los suyos", una expresión que puede referirse efectivamente a la familia de Jesús, pero también a sus discípulos.
El tema esencial de este Evangelio es el combate entre los dos espíritus. Para la tradición judía, explotada ya en la doctrina de Qumrán, el mundo está entregado a merced del espíritu del mal por voluntad de los hombres que le siguen. Pero los últimos tiempos verán la aparición del Espíritu de bondad, que orienta al hombre hacia el bien y le abre el camino hacia el reino. El hecho de que Cristo arroje a los demonios es señal de que ese Espíritu de bondad está ya actuando en el mundo (Mt 12, 28).
Los escribas no niegan que Jesús arroje a los espíritus malos, sino que, en lugar de ver en ello la presencia del Espíritu bueno, se inventan una explicación de lo más peregrina: que seguramente es en nombre del jefe de los demonios como Jesús expulsa a los demonios subalternos " «Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios»." (v. 22).
Para Jesús, esta interpretación equivale a blasfemar contra el Espíritu Santo, negando su presencia en el mundo y negándole la capacidad de reconstruir un mundo nuevo. Este pecado no tiene perdón, porque quien comparte una afirmación así no puede formar parte del Reino, puesto que niega precisamente la misión del Espíritu, que es el único que puede instaurar el Reino " En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; 29 pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre». 30 Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo."  (vv. 28-30).
La frase "la blasfemia contra el Esp. Sto." y el "pecado eterno" (v.29), pone en claro que la vida humana no es un juego de canicas. El hombre es capaz de rebeldías que desencadenan su desdicha.
La manifestación de Jesús deja a la gente asombrada y desconcertada y suscita un grupo de discípulos dispuestos a seguirle. Esta misma manifestación suscita la incomprensión de los parientes y la reacción contraria de los escribas. En un texto anterior (2, 1-3) ya hemos visto la oposición de los fariseos, los practicantes; ahora se trata de los escribas, los teólogos.
El caso es que existen los dos espíritus y el combate que libra Cristo es justamente el del "más fuerte" contra el "fuerte" (versículo 27). Los fieles toman parte en ese combate optando por el uno o por el otro: ahora bien, optar por el espíritu de Dios es escuchar su Palabra y ponerla en práctica (vv. 33-35) adquiriendo el compromiso de practicar todas las rupturas necesarias -aun cuando sean familiares- para llevar a feliz término este proyecto.
Después de haber instituido a los Doce (Mc 3, 13-20), Cristo encuentra a su familia (vv. 31-35). La oposición entre los apóstoles y la familia de Jesús es frecuente en los Evangelios,
eco sin duda de las querellas que separaron a unos de otros sobre la sucesión del Mesías . De hecho, esta oposición entre los "hermanos de Jesús" y sus "apóstoles" ilustra la cuestión de la fe. Los paisanos  de Jesús, y especialmente su familia, no comprenden su enseñanza . Ni la vista de los milagros, ni las victorias de Jesús sobre Satanás les hacen cambiar de parecer. Jesús no puede desde entonces más que fundar una nueva familia; la pertenencia a esta es cuestión de libertad y no de lazos naturales, de escucha de la Palabra y no de sentimentalismo. " Quiénes son mi madre y mis hermanos” Y paseando la mirada por el corro, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi hermana” (vv.34-35)
Al ver a Jesús asediado por la gente, hasta el punto de que "ni siquiera podía comer", sus parientes creyeron que había perdido su sano juicio, que "se había vuelto loco". Y fueron a buscarlo para llevárselo a casa. Pero ¿por qué sus parientes lo toman por loco? No comprenden su tremenda actividad, su predicación a todos, su disponibilidad incondicionada. Los hombres no acaban de comprender las absolutas exigencias de Dios.
Además la fama que empieza a formarse en torno a él va creando problemas; y esos problemas afectan a toda la familia, empiezan a causarle disgustos. "¡Ha perdido la cabeza! ¡Está fuera de sí!": una forma muy frecuente de desacreditar las manifestaciones de Dios y tomar distancias frente a ellas. Dios debería permanecer encerrado dentro de nuestro concepto de orden y de sentido común, debería ahorrarse energías y efusiones de amor, debería entregarse con un poco más de prudencia. Decimos que carece de sentido todo lo que nos supera, todo lo que nos sorprende y nos desconcierta.

Para nuestra vida.
Como en otras muchas ocasiones, en este domingo, la relación entre la primera lectura y el evangelio se da… y con mucho acierto. En el fragmento del Libro del Génesis que acabamos de escuchar y, asimismo, los versos del capítulo tercero del evangelio de San Marcos aparece el diablo, el malo, el demonio… Es el mismo tentador de la pareja de Paraíso Terrenal… Y también parte de la catequesis de Jesús de Nazaret, cuando sus enemigos quieren adjudicar su fuerza sanadora y milagrosa a Belzebú, el llamado príncipe de los demonios. Jesús dice que si eso fuera así el reino del mal estaría en guerra civil y, por tanto, a punto de desaparecer… Pero no. Jesús pertenece a otro Reino. El maligno sigue fuerte y poderoso. Hoy mismo, junto a nosotros, intenta modificar la realidad para acercarla al mal absoluto.
La figura del tentador ha sido negada por muchos y algunos le han convertido en un personaje ridículo, vestido de rojo, con cuernos y rabo. La negación de la existencia del demonio ha sido protagonizada por personajes más o menos notables de la religión, filosofía o ciencia… La cada vez más extendida increencia niega la existencia del diablo, como niega al propio Jesús de Nazaret incluso en su presencia histórica en la tierra. Hace unos años dos teólogos de enorme peso e influencia fueron los más citados como “negadores” de la realidad del demonio. Pero la Iglesia se ha mantenido fiel  para que no se niegue u olvide la figura del tentador. Ya en los años del posconcilio, el beato  Pablo VI dijo “son rodeos que el demonio es una realidad personal que actúa en la historia funesta de la humanidad”.

La liturgia de este domingo décimo del tiempo ordinario nos propone como primera lectura el relato de la primera tentación del paraíso, narrada en el capítulo tercero del Génesis.
Así la primera lectura nos habla del pecado. Pecar es alejarse de la presencia de Dios, es vivir en la oscuridad y la tristeza. El hombre se siente desnudo en la presencia de Dios que le pregunta si ha comido del árbol prohibido. Adán echa la culpa a Eva, su mujer. Dios dice a Eva por qué ha incitado a su marido y ella echa la culpa la serpiente.
"Después que Adán comió del árbol, el Señor llamó al hombre....": El hombre, comiendo del árbol, ha tomado una opción libre en la que Dios no ha intervenido. Ahora, esta opción aparece con toda su fuerza negativa: el encuentro con Dios la manifiesta como "pecado".
Este encuentro se nos presenta a través de una narración imaginativa y antropomórfica, y toma el carácter de juicio con interrogatorio y sentencia. "¿Dónde estás?": la pregunta no es sólo de localización, sino también sobre el estado del hombre. Y éste se presenta dominado por el miedo. Así se ve cómo la relación entre el hombre y su Creador ha sufrido una profunda perturbación a causa del pecado. "¿Es que has comido del árbol...?: Y vemos cómo esta perturbación también ha distorsionado las relaciones en el interior de la humanidad y las realidades creadas: el hombre acusa a la mujer y la mujer a la serpiente.
El hombre no puede esconderse de la presencia de Dios, aunque lo intenta siempre cuando peca. Dios lo interroga y el hombre, una vez más, trata de huir de su culpa echándosela en cara al mismo Dios: "La mujer que tú me has dado...". Sin embargo, el miedo del hombre que le impulsa a la huida es ya la señal que le descubre su propio pecado. Tampoco la mujer acepta su responsabilidad: también ella huye en vano de su culpa, tratando de echársela a la serpiente. No obstante, Dios, que maldice a la serpiente sin haberla escuchado antes, no maldice a Adán y Eva. La serpiente es como la expresión objetiva de toda la fuerza seductora del mal.
-"El Señor Dios dijo a la serpiente:... establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya, ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón": Después del interrogatorio viene el desenlace del juicio, del que sólo leemos hoy la parte de la sentencia dirigida a la serpiente. La condena intenta explicar, en primer lugar, la constitución de la serpiente, que se arrastra por tierra como si comiera polvo, y también su carácter de animal maldito, del que huyen tanto el hombre como los demás animales: un ser inquietante como el mal mismo. Por eso el paso es fácil: entre el hombre y la serpiente habrá un combate sin fin. Propiamente el texto indica un combate sin ninguna esperanza de solución. Pero la diferencia que existe entre el ataque a la cabeza por parte de la humanidad y el ataque al talón por parte de la serpiente, fue leída en la literatura targúmica -y sobre todo por la Iglesia antigua-, como el anuncio velado de la victoria de la descendencia de la mujer: del linaje de Eva saldrá el Mesías que triunfará definitivamente sobre el mal, el pecado y la muerte.
Esta lucha que se inicia en el paraíso entre la mujer y su descendencia contra toda la fuerza seductora del mal, continuará después en la historia de la humanidad. Los hijos de la mujer, los hombres, sufrirán más de una derrota; pero al fin habrá una victoria definitiva. De la mujer -de otra mujer, pero de la mujer al fin y al cabo- nacerá "el más fuerte", que aplastará la cabeza de la serpiente. El pecado puede ser vencido, porque Dios nos regala su perdón con su misericordia.

Los versos del salmo 129 que hemos proclamado hoy son un canto al arrepentimiento y a la paz. Hay tres de ellos que, en lenguaje moderno diríamos que son muy fuertes:
Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón, y así infundes temor.
Es obvio que también se pide, mediante el arrepentimiento, el regreso a Dios y a su Bien. No estaría bien releer en cualquier momento lo que hemos orado hoy del salmo 129 y que sea nuestro oficio “rápido” de demanda de perdón a Dios nuestro Padre.
La estrofa repetida marca el sentido del salmo de hoy: " Del señor viene la misericordia, la redención copiosa."
Dios es Amor, Dios ama a todos los hombres. El mundo de hoy, lleno de espíritus ateos y agnósticos, es un mundo "huérfano". En un mundo "sin Dios", el mal ya no tiene sentido, se convierte en "fatalidad" implacable contra la cual una sola actitud es posible: la rebelión. Pero seamos claros, esta rebelión es radicalmente estéril, ya que el "mal" de la muerte lo superará. La ola de incredulidad del mundo occidental corresponde al "malestar existencial", a una profunda desesperación, a un frenesí de gozo inmediato (¿no es esto también un embrutecimiento estéril?) el condenado a muerte "se divierte" como puede, para no pensar en el fatal desenlace.
Para el creyente, al contrario, el "grito" del hombre tiene una respuesta... El mal no es fatal... La muerte no es el último acto... El pecado no es una situación "sin salida". Cuando el hombre está en el fondo del abismo, se siente solo, abandonado, condenado a quedarse en su "hoya". Ahora bien, justamente al fondo de este abismo viene a buscarnos el amor de Jesús. Desde la profundidad, de la cual pedimos socorro... hay una salida, vertical, por la cruz de quien nos ama. No, el grito del hombre que sufre, no cae en un cielo "vacío", como dicen los ateos... Yo sé que mi Salvador está vivo, que está junto a mí cuando toco el fondo del abismo, que escucha mi llamado y que su oído está atento... Hay que repetirlo: el único "porvenir" posible para el hombre no está en un hombre-cerrado-sobre-sí- mismo, sino en un hombre-abierto-sobre-la-trascendencia. Si Dios "no existe", sólo queda una cosa segura: tampoco "existe" el hombre.
Como un vigilante que ansía la aurora. ¡He ahí el creyente! ¡Un vigilante! En este mundo que duerme pensando que la noche es definitiva, El, despierto, espera el despuntar de la aurora. El oficio del "vigilante nocturno" es muy evocador. Mientras la caravana duerme en el desierto, una persona vigila, un centinela protege el campamento. No es extraño ser "centinela" en plena guerra rodeado de enemigos: soledad, frío, tinieblas, ruidos sospechosos, riesgo de dormirse, de tensión nerviosa ante el enemigo que ronda. Los minutos son largos, la noche se hace interminable. Pero el centinela "sabe" que la aurora vendrá ciertamente. ¡Con qué impaciencia, el vigilante, acecha los primeros rayos, los primeros signos de la aurora! Ahora bien, lo que espera el creyente, es Dios. "Mi alma espera al Señor más que un centinela a la aurora". Jamás se dio una mejor definición de la esperanza. La dilación de la noche es temporal. Pero la humanidad camina hacia el mañana.
Solidarios, todos pecadores, todos salvados. Pasemos del "yo" al "nosotros" y oremos con este salmo no solamente por nuestros pecados individuales o nuestra muerte individual... sino en nombre de todos.

En la segunda lectura, San Pablo nos va a dar una receta que ayuda a superar las dificultades. Dice en unos de los párrafos que se han leído hoy de su carta a los Corintios: “Pues la leve tribulación presente nos proporciona una inmensa e incalculable carga de gloria, ya que no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve; en efecto, lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno”. Realmente, lo que vemos con nuestros ojos de la cara es transitorio y poco firme. Y lo que no vemos, pero sabemos por la doctrina de la Iglesia que existe, es camino de eternidad. Y cuanto al fin último, a lo que será nuestra vida en el cielo, señala que “sabemos que, si se destruye esta nuestra morada terrena, tenemos un sólido edificio que viene de Dios, una morada que no ha sido construida por manos humanas es eterna y está en los cielos”.
La meditación sobre la efímera condición de esta vida ha sido una constante de la sabiduría cristiana de siempre. La presencia activa de la muerte en la vida es continua, sin faltar un momento, y se pone de manifiesto en la «decadencia de nuestro exterior, mientras nuestro interior se renueva de día en día» (4,16). La doctrina cristiana, como es bien sabido, lleva a ver la muerte no como el fin de todo, sino como un paso, el último y definitivo, que abre al hombre las puertas de la mansión celeste y eterna. Por otro lado, esta manera de ver la muerte no se presenta como una ilusión para continuar viviendo en este mundo a pesar de las dificultades de todo tipo, sino más bien como la meta final de la existencia humana fijada por el propio Dios (cf. 5,5). A pesar de vivir y morir, ni la vida ni la muerte pertenecen a quien vive o muere. Existe, en efecto, un Señor de la vida y de la muerte, de cada vida y de cada muerte, que ha sembrado y alimenta en lo íntimo de los creyentes la aspiración a las metas "verdaderamente últimas", aquellas "que no se ven y son eternas" (v 18).
El anhelo del ser humano es estar con el Señor y verlo. De ahí que sienta esta vida como un exilio, donde contempla en lejanía el cumplimiento de su deseo. La fe esperanzada llega a ser la condición de los exiliados, de los que, sin habérselo buscado, se encuentran en la necesidad de vivir lejos de la patria anhelada. Con todo, su sueño íntimo sería el de dejar esta existencia e irse con el Señor (5,8). Pero el cumplimiento de tal deseo no está en las manos de ninguno. Por eso se le presenta al creyente la pregunta: ¿qué hago entre tanto? ¿Qué he de hacer de mí mismo y de mi vida? La toma de conciencia de la propia condición mortal, como un misterio que está en las manos del Señor, llega a ser liberadora para el hombre, en tanto lo descarga de las preocupaciones de algo que no está en su mano ni depende de él. De este modo queda enfrentado únicamente con sus propias posibilidades: tratar de hacer ahora lo que juzga digno del Señor, despreocupándose de todo lo demás.

El evangelio nos presenta a Jesús quien ya  ha comenzado su vida pública, después del Bautismo, predicando la Buena Noticia y curando a varios enfermos.
El Evangelio de este domingo nos resulta insólito y chocante, porque se lee pocas veces: de hecho, en los dieciocho años que llevo en la parroquia, aún no había salido en la Misa Dominical, pues por estas fechas aún solemos estar en el Tiempo Pascual o en el rosario de fiestas con las que la Pascua se resiste a ceder el paso al Tiempo Ordinario, y que continúan casi hasta el inicio del verano... pero es que -además- narra una escena curiosa: los escribas y la familia de Jesús reaccionan fatal a su proyecto, porque ellos ('los-de-casa-de-toda-la-vida') se veían "con todos los derechos -reservados"- a su Reino.
Pronto Jesús les dirá a los suyos -y a nosotros- con toda claridad que, ni ellos ni nadie tenemos derechos sobre Él y su Iglesia y que -si no lo entendemos así- es porque aún nos queda un gran trecho que recorrer. Pero aquí viene este evangelio "molesto": a ponernos en nuestro lugar, el de María de Betania, la hermana de Marta y Lázaro, "que, sentada a los pies de Jesús, le escuchaba" (Lc 10, 39). ¡Ojalá aprendamos en la escuela de Betania, la sabiduría y la fuerza de la Cruz, pues "lo necio y lo débil de Dios, es más sabio y más fuerte que los hombres!"
La escena trascurre alrededor del Lago de Tiberíades. Por un tiempo vive en Cafarnaún, “su pueblo”. Vemos que “fue a casa”. Posiblemente se trata de la casa de Pedro en Cafarnaún. El texto griego dice que aparecen "los suyos", una expresión que puede referirse efectivamente a la familia de Jesús, pero también a sus discípulos. No obstante, puesto que los discípulos ya se encuentran con Jesús, parece más probable que éstos que lo buscan ahora sean sus familiares. Están preocupados por la salud de Jesús, bien sea que ellos mismos piensen que está "fuera de sí", o que han oído decir que éste es el rumor de la gente. Hay que pensar que "los suyos" miran también por la buena fama de toda la familia. El celo de Jesús por cumplir su misión ni siquiera fue comprendido por los de su casa, sus familiares. La presión de la familia, nacida ciertamente de la incomprensión, pero no ejercida con mala voluntad, es secundada ahora por la malicia de estos escribas, quizás en misión oficial del sanedrín, que tratan conscientemente de tergiversar la actividad de Jesús, para desprestigiarlo ante el pueblo. El odio entra en acción con todos sus recursos. No pueden negar el poder de Jesús, pero le dan una interpretación malévola: "Jesús es un aliado de Satanás".
Jesús expulsaba a los demonios, al mal, con el poder del espíritu que le había dado su Padre, Dios, es decir, con el poder del Espíritu Santo. Jesús luchaba contra el mal, contra los malos espíritus, por amor a las personas, porque no podía ver sufrir a las personas sin hacer nada para liberarlas del sufrimiento y del dolor. Y esto es lo que tenemos que hacer los cristianos: ayudar a los enfermos, a los pecadores, a los marginados, a los que pasan hambre, defender la vida siempre y defender a los que la pierden injustamente; en definitiva, defender y ayudar a cualquier persona que sufre por culpa de la injusticia humana. Esto naturalmente nunca sale gratis, porque las personas a las que ayudamos son personas, en su mayor parte, que sufren por culpa de otras personas que se quieren aprovechar de ellas, que salen ganando, aprovechándose de su debilidad y vulnerabilidad. Hay pobres porque hay ricos injustos, hay marginados porque hay personas orgullosas y soberbias, hay miles de enfermos que padecen enfermedad, hay muertes injustas precisamente porque los que tienen el poder y el dinero no hacen nada para remediarlo, hay personas que pasan hambre y sed porque a muchas personas y a muchos Estados les interesa más gastar el dinero en provecho propio, que en remediar el hambre, la sed, la enfermedad, el mal, la muerte injusta, que podían combatir y remediar, al menos en gran parte. Esto debemos analizarlo a nivel de Estados, de empresas, y también de personas particulares. Cada uno de nosotros debemos analizar nuestra conducta y ver si realmente también nosotros estamos contribuyendo a aumentar el mal en el mundo en el que vivimos, o no hacemos todo los que podemos hacer para remediarlo. Jesús nunca se quedó indiferente ante el mal y la vida; tampoco los cristianos podemos, ni debemos hacerlo.
 Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”. Jesús vivió en familia muchos años de su vida, mientras crecía en gracia y santidad. Nunca despreció a su familia natural. Pero cuando le llegó el momento de dedicar toda su actividad y su vida a predicar el Reino, la Buena Nueva, abandonó su casa materna y a sus padres; su única casa y su única familia pasaron a ser desde entonces todos los que querían seguirle, todos los que querían hacer y cumplir la voluntad de Dios. Nosotros, los que queremos seguir a Cristo y hacer su voluntad, somos familia de Cristo, familia de Dios.
Es evidente que debemos seguir amando a nuestra familia natural, pero, en el orden espiritual nuestra única familia es Cristo y todos los que hacen la voluntad de Dios. Esto no sólo es aplicable a las personas consagradas, sino a todos los cristianos seglares comprometidos con la defensa del Reino de Dios en este mundo.
La familia auténtica de Jesús somos nosotros. Lo somos cuando escuchamos y cumplimos la Palabra de Dios. Esto es lo único que Jesús pide, que le sigamos. Somos ahora “su madre y sus hermanos”, tal como indica San Agustín en sus sermones:
Por tanto, amadísimos hermanos, atended a vosotros mismos: también vosotros sois miembros de Cristo, cuerpo de Cristo. Así lo afirma el Señor, de manera equivalente, cuando dice: Éstos son mi madre y mis hermanos. ¿Cómo seréis madre de Cristo? El que escucha y cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre. Podemos entender lo que significa aquí el calificativo que nos da Cristo de «hermanos» y «hermanas»: la herencia celestial es única, y, por tanto, Cristo, que siendo único no quiso estar solo, quiso que fuéramos herederos del Padre y coherederos suyos. SAN AGUSTIN (Sermón 25, 7-8).
Desde  este texto podemos entender la realidad del hombre, que ha sido creado para responder, mediante la fidelidad, a la iniciativa amorosa de Dios. Y como libre que es puede ser infiel y traicionar su vocación. Eso es el pecado. Pero la experiencia que el hombre saca de ese pecado es la de una especie de solidaridad que es anterior a cada uno de nosotros, una solidaridad que puede abarcar incluso a otras criaturas distintas del hombre: los demonios y la misma Naturaleza. Pecar es introducirse conscientemente en esa solidaridad casi cósmica.
Pero el hombre ha sido creado libre; y no puede, por tanto, ser juguete de otras criaturas, ni siquiera espirituales. Esto es lo que ha venido a revelar Cristo liberándose de la solidaridad cósmica que le rodeaba en cuanto hombre y liberando a sus hermanos de los lazos de los poderes demoníacos. Y no fueron precisamente sus exorcismos los que hicieron efectiva esa liberación, sino, más fundamentalmente, su obediencia victoriosa de la tentación y de la muerte.
Mientras espera la manifestación clara de esta victoria, los cristianos nos encontramos entre dos fuerzas contradictorias: o sucumbimos al pecado y nos  hundimos  en la primera, o escuchamos  la Palabra y la obedecemos, con lo que nos unimos a la solidaridad del Reino nuevo.
Esta escucha de la Palabra toma cuerpo en la liturgia de la Palabra y su realización en la obediencia constituye el contenido del sacrificio espiritual ofrecido en la Eucaristía.

Rafael Pla Calatayud.
rafael@betaniajerusalen.com