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viernes, 1 de mayo de 2020

Comentario de las lecturas del III Domingo de Pascua 25 de abril de 2020


Comentario de las lecturas del III Domingo de Pascua 25 de abril de 2020

En este domingo III de Pascua las lecturas nos iluminaran acerca del Plan  misterioso de Dios , con el que nos salva de nuestros propios pecados y poder del maligno. Todo estaba previsto. Algunos detalles  se anunciaron desde hacía mucho tiempo y  se cumplieron en el instante determinado por Dios. De momento todo parecía absurdo, extraño, incomprensible. Pero al final todo se vería claro, se comprendería el porqué de muchas cosas que antes no se podían explicar. El Hijo de Dios es condenado a muerte, y la muerte se ejecuta de modo terrible e implacable. El que venía a librar a la Humanidad de sus ataduras es maniatado, el que venía a dar la vida a los hombres pasa por la humillación de morir abandonado. Pero Dios lo resucitó.
En este ciclo A las lecturas nos ayudan a vivir la Pascua en tres grandes líneas: a) la persona de Cristo Resucitado, b) la comunidad eclesial que da testimonio de él, y c) la vida pascual de cada creyente.
Así hoy se nos proclama: «Vosotros le matasteis, pero Dios le resucitó rompiendo las ataduras de la muerte» ( 1ª lectura), «Dios le resucitó y le dio gloria» (segunda), «es verdad: ha resucitado el Señor y se ha aparecido» (evangelio).
Este año, dentro de la comunidad apostólica que creyó en Cristo y dio testimonio de él, destaca la figura de Pedro, que se convierte en el principal predicador de Cristo, según los Hechos en sus primeros capítulos, y también en la carta que leemos y que lleva su nombre.

La primera lectura  del Libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,14.22-33) , es un fragmento del primer discurso pronunciado por Pedro el día de Pentecostés.
Las predicaciones que encontramos en el libro de los Hechos son la proclamación del evangelio al mundo y manifiestan el sentido cristiano de la historia de salvación. Nos encontramos pues, en la predicación inaugural del cristianismo.
Pedro, después de haber considerado Pentecostés como un signo de la acción de Dios en el último período de la historia (2,14-21), se dirige ahora a los que formarán en seguida la primera comunidad mesiánica del NT (2,22-40). Pentecostés se nos aparece, en su riqueza interior, como principio de vida y de acción del reciente pueblo de Dios.
Nos encontramos
*primero con un resumen del ministerio público de Jesús de Nazaret (versículo 22),
*después con el relato de las circunstancias de su muerte, a propósito de lo cual evoca Pedro la responsabilidad de los habitantes de Jerusalén (versículo 23) y
*finalmente la proclamación (v. 24).
El centro de la predicación es Jesús, el Mesías, a quien «Dios ha constituido Señor y Cristo». Su presentación se hace en dos fases: primeramente, el servicio de la palabra y la muerte (22-25); en segundo lugar, la exaltación mesiánica, que culmina en Pentecostés (32-35). Entre estas dos fases, Pedro cita el Sal 16,8-11 y lo interpreta cristianamente (25-31).
Las referencias bíblicas que presenta el texto, ponen de relieve que los primeros cristianos leían el Antiguo Testamento para encontrar en él el anuncio de la muerte y de la resurrección de Jesús .
El primer texto citado es el salmo 15/16, 10, es probablemente uno de los más importantes sobre el que se apoyaron los apóstoles para justificar la resurrección propiamente dicha(vv. 25-28).
En el v. 24, Pedro menciona el salmo 17/18, 6, sin duda a causa de la palabra-clave hades, común a las dos citas sálmicas. El salmista daba gracias a Dios por haberle permitido liberarse de la muerte: esta oración parecía, pues, perfectamente indicada para expresar los sentimientos de Cristo ante la suya.
En el v. 30 Pedro recurre al salmo 132/133, 11, que recuerda la promesa mesiánica, la fe en la resurrección se elabora a partir de esa esperanza.
En el v. 33 Pedro alude también al Sal 117/118, 16 (según la versión de los Setenta) que da a la resurrección el significado de una entronización (cf. también Act 5, 31).
Los vv. 34-35 hacen referencia finalmente al Sal 109/110, en el que Dios invita a su Mesías a sentarse a su diestra. Pedro supone, pues, que ese Mesías ha recuperado su cuerpo.
Refiriéndose a los salmos de la esperanza mesiánica y davídica, San Pedro desentraña el significado teológico de los acontecimientos de la resurrección: la Pascua de Jesús ha sido la fiesta de su entronización mesiánica. Así, la muerte del Mesías no ha puesto fin a su misión, sino todo lo contrario; se amplía, y prueba de ello es que los cristianos viven un cúmulo de circunstancias (milagros, ágapes, liberación de la cárcel, etc) que son otros tantos signos de la era mesiánica.
Está claro que los argumentos escriturísticos no constituyen pruebas de la resurrección (como si la Escritura la hubiera anunciado de antemano). El apóstol no se preocupa, pues, por "probar" la resurrección partiendo de la Escritura: para hacerlo, ahí están los testimonios (v. 32), pero se sirve de la Biblia para desentrañar su significado.
San Pedro hablaba a personas que ya tienen la fe y están abiertos a una iniciativa mesiánica de Dios. No olvidemos que la resurrección no se revela más que a hombres que, a falta de esperanza mesiánica, comparten, al menos, las esperanzas humanas y tratan de corresponder a ellas mediante el rechazo de toda suficiencia.
San Pedro termina su discurso con la afirmación de que Dios ha hecho a Jesús Señor (cf. Sal 109/110) y Cristo (cf. Sal 131/132), y de ese modo formula las conclusiones teológicas de su argumentación escriturística: toda la esperanza mesiánica y davídica del pueblo elegido se realiza en el misterio pascual de Jesús, misterio de su entronización como Mesías.
San Pedro intenta aclarar la condición celestial y trascendente del Mesías: las reivindicaciones mesiánicas formuladas por Jesús durante su vida terrestre están "acreditadas" (v. 22) con milagros y prodigios. Su resurrección está confirmada por el testimonio de quienes le han visto (v. 32) y su existencia celestial de Mesías está certificada por los dones espirituales derramados sobre la tierra, como todo el mundo puede comprobar (v. 33).
En apoyo de esta última prueba Pedro cita el Sal 67/68, 19, que figuraba en la liturgia judía de Pentecostés y Jl 3, 1-2, mencionado ya el comienzo de su discurso. Los profetas habían prometido, en efecto, que el reino del Mesías podría ser reconocido en la efusión del Espíritu de Dios.
San Juan Crisóstomo comenta esta actitud de San Pedro:
«¡Admirad la armonía que reina entre los Apóstoles! ¡Cómo ceden a Pedro la carga de tomar la palabra en nombre de todos! Pedro eleva su voz y habla a la muchedumbre con intrépida confianza. Tal es el coraje del hombre instrumento del Espíritu Santo... Igual que un carbón encendido, lejos de perder su ardor al caer sobre un montón de paja, encuentra allí la ocasión de sacar su calor, así Pedro, en contacto con el Espíritu Santo que le anima, extiende a su alrededor el fuego que le devora»(San Juan Crisóstomo Homilía sobre los Hechos 4).

El responsorial es el salmo 15 (Sal 15,1-2a.5-.7.8.9.10.11)  Este salmo se clasifica en la categoría de los "Salmos del huésped de Yahveh". El hombre que ora aquí, vive en un mundo materialista, en que los cultos paganos han invadido la sociedad "tras los ídolos van corriendo".. se someten a sus "libaciones sangrientas". En esa época se inmolaban niños a Moloc. El autor denuncia esta increíble propagación del paganismo, sus prácticas y sus devastaciones.
Tentado, turbado, por el mundo circundante el salmista pide a Dios ilumine el sentido de su existencia como "pueblo separado", "pueblo elegido". Siente en el fondo de su corazón la seguridad de "tener la mejor parte". Su opción de creyente y practicante, lejos de ser un peso, una obligación onerosa, es para él fuente pura de dicha incomprensible para los paganos, y describe su vida de intimidad con Dios. Entonces todo el vocabulario de dicha aflora a sus labios: "mi refugio"... "mi dicha"... "mi heredad"... "mi copa embriagadora"... "mi destino"... "suerte maravillosa"... "mi herencia primorosa" "mi alegría"... "mi fiesta"...
Salmo de abandono confiado en el Señor desencadena una multitud de problemas llenos de dificultades y hace enloquecer la pluma de los estudiosos. Nos ayuda a «entrar» en el sufrimiento y en la alegría de un hombre.
(v. 1-2) “ Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti; yo digo al Señor: «Tú eres mi bien»”.  
¿Quién es el personaje del salmo? Parece que un sacerdote al servicio del templo. De sus labios brota un esplendido canto de confianza y de paz, de alguien que ha apostado todo por Dios. Se ha «jugado» hasta su vida por él.
No se limita a gritarnos su propia alegría. Nos da también la clave de ella. Vuelto hacia el Señor puede decir: «Tú eres mi bien» (v. 2).
(v. 5). “ El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano” (v. 5). “No se para a hacer inventario de lo que está en manos de los demás. El tesoro que le espera está en buenas manos
Ocupado en descubrir la belleza de lo que el Señor le ha regalado, no se dedica a repasar la lista de las cosas que le faltan, a las que ha renunciado.
Los versículos 5 y 6 hacen alusión al hecho de que la tribu de Leví (aquellos que servían a Dios en el templo), en el momento de la división de Palestina, hecha por suerte, no recibieron territorio: su parte, su heredad, era Yahveh. (/Nm/18/20, Deuteronomio 10,9, Sirac, el sabio 45,22). En esta forma la "vida de los levitas", que vivían en el templo, se convirtió en un símbolo de intimidad con Dios: la tierra de Canaán, dominio sagrado de Dios, dado a su pueblo... la casa de Dios, dominio sagrado al que introdujo a sus huéspedes... anuncios proféticos de la "era mesiánica" en que Dios "morará con los suyos y ellos con El".
(v. 6)  Agradecido dice el salmista «me ha tocado un lote hermoso» y a gritar que «me encanta mi heredad»
Es un lote que exteriormente puede parecer modesto y limitado. Pero me sobra. Es suficiente. Tengo mi cruz. Y también la de muchos otros. Puedo cultivar mis esperanzas y mis alegrías. Pero también las esperanzas y alegrías de los demás. Contiene mis afanes. Pero también las penas, los sufrimientos y las angustias de tantos otros hermanos. En definitiva estoy seguro de no mentir cuando exclamo:
Sin embargo, no es presuntuoso. Sabe a quién dirigirse. Sabe orar para descubrir los planes de Dios para él: «Bendeciré al Señor que me aconseja» (v. 7).
Ha aprendido un «ejercicio de piedad» fundamental: «Tengo siempre presente al Señor» (v. 8). Los resultados de este «ejercicio piadoso» son evidentes:
(v. 8-9) “Con él a mi derecha no vacilaré.
Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena
 
(v. 10-11) “ Porque no me entregarás a la muerte
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.
Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha
“.
Nos queda la expresión final:
Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha
”.  (v. 11).

La segunda lectura  de la Primera carta de Pedro  (1 Pe 1,17-21). El escrito que iniciamos hoy, la llamada primera carta de Pedro, se inscribe en el género epistolar por su encabezamiento y por la despedida final. Por lo demás, podría ser considerado como un conjunto de exhortaciones basadas en motivos cristológicos. Pues bien: esa estructura que combina el motivo cristológico con la exhortación se encuentra perfectamente delimitada en el fragmento que acabamos de leer: tras el encabezamiento y el saludo (1-2) aparece una larga sección que describe y define la vida cristiana como un nacimiento a la esperanza (3-12). Finalmente se nos exhorta a que vivamos nuestra esperanza en obediencia y temor (13-21). homilía sobre la lectura de Ex 12. Esta homilía se extiende del v. 13 al v. 21 y va seguida inmediatamente de una exhortación a los recién bautizados (vv. 22-23).
El texto  contiene un comentario cristiano del ritual de la Pascua judía que desacraliza a este último en beneficio de las actitudes de fe y de conversión a la persona viva de Jesucristo sacrificado.
Lo mismo que los hebreos en el banquete pascual, los cristianos tienen que ceñirse los lomos (1 Pe 1, 13; cf. Ex 12, 11), pero han de ser los "lomos del espíritu". Lo mismo que los primeros debían velar toda la noche, los segundos tienen que estar "vigilantes" (1 Pe 1, 13; cf. Ex 12, 8). Los hebreos se vieron libres de la esclavitud de Egipto por la sangre de un cordero "corruptible"; los cristianos son salvados por una sangre "preciosa", la del mismo Cristo (v. 19). Y el autor lo prueba así: más aún que el cordero pascual, Cristo está libre de mancha (Ex 12, 5) y, sobre todo, ha sido "elegido de antemano" (v. 20).
En los versículos 19-20, hace alusión al ritual que establecía que el cordero pascual debía ser escogido ya en el décimo día del mes para ser sacrificado el día decimocuarto (Ex 12, 3). Como la tradición judía aseguraba, por otro lado, que el carnero que sustituyó a Isaac en la hoguera (Gén 22, 13) era realmente un cordero "elegido de antemano" por Dios, quienes escuchaban la homilía de 1 Pe estaban hechos a la idea de un cordero elegido previamente por Dios para la liberación del pueblo.
La muerte y la liberación de Cristo se presentaban, como un misterio del amor de Dios para con nosotros: recibir el bautismo es ser admitido a ese misterio y profesar su fe el él (v. 21).
El bautismo se convierte entonces en un nuevo nacimiento. La tradición cristiana hablará de nuevo nacimiento en el Espíritu (Jn 3, 11) o por la Palabra (v. 23). Lo que importa es hacer depender la propia salvación de Dios dejando de contar con la "carne" o lo "corruptible" (v. 23).
Se trata, pues, de dar un giro completo a la existencia, de ahora en adelante nuestra vida estará en dependencia de Dios (la obediencia a la verdad: v. 22), y centrada en un amor a los hermanos que sólo Dios puede inspirar (vv. 21-22).

El evangelio hoy es de San Lucas  (Lc 24,13-35) . La narración parte de Jerusalén (v. 13) y termina en Jerusalén (v. 33).. Un mismo itinerario inversamente recorrido: de Jerusalén a Emaús (vv.13-32) y de Emaús a Jerusalén (vv. 33-35). Para San Lucas, Jerusalén es el lugar donde están los once y los demás. Jerusalén es el grupo creyente.
El relato de la aparición a los discípulos de Emaús nos presenta la experiencia de dos discípulos el día de Pascua. Son dos seguidores de Jesús -uno de ellos se llamaba Cleofás (v 18) y no pertenecía al grupo de los once.
Los dos de Emaús han abandonado el grupo. El camino que hacen los dos discípulos es exactamente el contrario del que habían hecho antes siguiendo a Jesús. Contrario en geografía, porque se marchan de Jerusalén; contrario sobre todo en motivación, porque el camino que ahora hacen es el de la desesperanza. "Nosotros teníamos la esperanza de que él fuera el libertador de Israel". (v. 21).
El relato transmite una experiencia humana única, en la que advertimos tanto el abatimiento y la desolación por lo que había acontecido a Jesús de Nazaret como el renacimiento de la esperanza gracias a una manifestación del resucitado. El encuentro (13-16) y el diálogo (17-27) permiten ver los límites de la fe que aquellos discípulos tenían puesta en Jesús. Veían en él a «un hombre y profeta poderoso» (19) que hubiera podido redimir a Israel como un nuevo Moisés -también llamado profeta poderoso en Hch 7,22-35-, pero no habían descubierto todavía que Jesús redimiría a Israel precisamente a través de su muerte y resurrección. Habían oído los rumores de las apariciones de los ángeles a las mujeres, afirmando que «Jesús estaba vivo» (v. 23), pero no las habían creído. Haciendo camino (vv.25-27), Jesús les interpreta las profecías del AT, que anunciaban el sufrimiento del Mesías . Así les ayuda a aceptar que la pasión de Jesús era su camino hacia la gloria (v. 26).
La escena en la que culmina la narración es -como en todas las apariciones del resucitado- la del reconocimiento: «se les abrieron los ojos y lo reconocieron» (v. 31) Eso ocurría cuando Jesús, al ser convidado a casa de uno de ellos, tomó la iniciativa de bendecir, partir y darles el pan. Jesús quiere que le reconozcan al principio de la cena, mientras él, bendiciendo el pan, cumple la función de cabeza de familia. Al descubrirlo los dos, se les hace invisible, porque su presencia gloriosa no es ya la misma que la de su vida terrena.
Cuando retornan se encuentran con un grupo que ya cree en Jesús resucitado (v. 34). No son, pues, los dos de Emaús los que hacen que el grupo sea creyente. Este dato es importante a la hora de determinar el sentido del relato: éste no va en línea apologética (demostrar la resurrección de Jesús), sino en línea catequética (mostrar las vías de acceso a Jesús resucitado, cómo encontrarse con Jesús resucitado). Los destinatarios del relato no son los que rechazan la resurrección de Jesús, sino los cristianos que no han tenido el tipo de acceso que tuvieron los testigos presenciales. En los dos de Emaús estamos tipificados todos los cristianos que no hemos tenido el tipo de acceso a Jesús que tuvieron los testigos presenciales.
¿Cuáles son nuestras vías de acceso a Jesús? En primer lugar, la lectura profundizada del A.T. (vv. 25-27). En segundo lugar, y como culminación de la anterior, la celebración de la Eucaristía.
Es en esta celebración donde finalmente se abren nuestros ojos para reconocer a Jesús (v. 31). El encuentro interpersonal, dicen los psicólogos, sólo se da en la medida en que nos situamos en una realidad que nos trasciende a todos, al mismo tiempo que nos constituye. Esta realidad es la celebración eucarística en su doble vertiente de Palabra y de Comida.
Fijémonos en el versículo 34: "Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón". Es una exclamación entusiasta. Pero en esta exclamación puede distinguirse un doble momento: "El Señor ha resucitado". Es decir, el v. 34 reproduce en pequeño lo que el lector ha podido ver desarrollado en los vv. 13-32. La creencia en Jesús resucitado descansa en unos testigos presenciales en nada predispuestos a tal creencia. La fe en la resurrección tiene una base pericial suficiente para generar una certeza histórica. La estructuración global del relato y la particular del v. 34 están al servicio de esta certeza. Lucas viene a decir lo siguiente: la fe en la resurrección de Jesús está fundamentada en criterios de autenticidad histórica.

Para nuestra vida.
El tiempo de Pascua hace más propicia, más profunda nuestra conversión. Y también que con la mirada del corazón puesta en estas escenas del tiempo posterior a la Resurrección podemos incrementar nuestra fe y nuestra esperanza.
En este tiempo pascual repetimos hasta la saciedad que Jesús ha resucitado y que está en medio de nosotros. Efectivamente, esta afirmación es el centro de nuestra fe, tal como se predicó desde un comienzo.
Sin embargo, hoy nos seguimos preguntando: ¿Cómo ver a Jesús? ¿Dónde verlo? La liturgia de este domingo gira sobre esta gran preocupación de todos los creyentes: encontrarse con Jesús y comprenderlo.
Muy valiosas las enseñanzas de San Pedro en la primera y segunda lectura. El relato de los Hechos de los Apóstoles da la misma doctrina que la Carta de Pedro y, en su contenido, parecen --casi-- el mismo texto. En ambas lecturas San Pedro trata de profundizar sobre la muerte y resurrección de Jesús en un contexto histórico determinado, para al superar dicho contexto testimoniar la fuerza de Dios y el poder de su Hijo.
Nuestro reencuentro con Cristo resucitado debe dar sentido evangélico a toda nuestra vida. En la medida en que seamos conscientes de nuestra unión responsable con Cristo, el Señor, estaremos en actitud de ser testigos de su obra redentora en medio de los hombres, con nuestras palabras, pero sobre todo con nuestra vida.
El evangelio de este tercer domingo de Pascua nos muestra a dos discípulos que, bajo el signo de la derrota que les entristece, vuelven a su antigua vida sin descubrir a Cristo que camina con ellos... Hoy nosotros nos preguntaremos si esta comunidad avanza con aquellos dos discípulos de Emaús, o si vivimos con la convicción de que, aunque invisible, se ha hecho visible en la misma realidad de nuestra vida.

En la primera lectura resuenan palabras de alegría en boca de San Pedro: " Por eso se me alegra el corazón, exulta mi lengua y mi carne descansa esperanzada. Porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Estas palabras del apóstol Pedro, citando las Escrituras, son palabras que también nosotros podemos y debemos decir hoy nosotros con alegría pascual. Nuestro corazón está alegre y la esperanza llena nuestra vida, porque la muerte, nuestra muerte corporal, no será el final de nuestro existir, sino el paso necesario de este mundo material a un cielo nuevo, donde viviremos para siempre con Dios, nuestro Padre, gracias a os méritos de nuestro Señor Jesucristo. Desde esta lectura proclamada se nos invita a los cristianos a ser personas espiritualmente alegres, porque vivimos con el corazón lleno de esperanza. Las tristezas y los desasosiegos de este mundo nunca deben robarnos la alegría y la paz del alma. Vivamos para los demás, como Cristo vivió para nosotros, siendo mensajeros de la alegría y de la paz que Cristo nos ha regalado con su vida, muerte y resurrección. Cristo nos ha enseñado el camino de la vida; el mismo se proclama " Camino, Verdad y Vida". 
Esta alegría nace de la rotunda afirmación creída y proclamada por San Pedro "Dios lo resucitó". Es este el gran anuncio de Pedro el día de Pentecostés. Esta certeza transforma la vida de los discípulos. Así nace la comunidad cristiana, así nace la Iglesia. Sus características son: la cercanía a la realidad de las personas --la acogida-- como punto de partida; es Jesús y la Palabra de Dios como centro de la predicación; es el compartir la vida y los dones como base del compromiso para transformar este mundo según los valores del Reino. La catequesis, que debe estar presente siempre como proceso de formación en la fe de todas las edades, parte también de la experiencia de vida y del encuentro con Jesús "el desconocido caminante" que camina a nuestro lado. Jesús llena el vacío de nuestra vida. No celebramos la Eucaristía para cumplir una obligación que nos han impuesto. Participamos en la Eucaristía porque tenemos necesidad de Jesús, porque sólo El sacia nuestros anhelos y nuestra sed de felicidad. Pero busquémosle donde se le puede encontrar: en la Palabra de Dios, en el compartir el Pan de la Eucaristía y en la Comunidad de hermanos.
El salmo responsorial: nos invita a expresar esta confianza  alegre: " se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena" .
El presenta a un hombre tentado por el mundo circundante, por "los ídolos del país, sus dioses que tanto amé". Convertido al verdadero Dios, está turbado por el éxito y la prosperidad aparente de las grandes naciones paganas. El materialismo sin Dios es atractivo: "tras ellos van corriendo"... hay que armarse de valor para enfrentarse a una corriente de opinión. La gran tentación en todos los tiempos, ha sido el "sincretismo": esto es, juntar una pequeña dosis de "fe y una gran dosis de "materialismo"... algo de verdadera religión y algo de ídolos... un poco de Dios y mucho del dios Mamon, el dinero...
El salmo es para todos. Porque la alegría, la paz, la seguridad afectan a todos. El salmo 15 nos propone un test para la verificación de nuestra alegría.
El «refugiarse» descrito por el salmo, no es una evasión, una solución cómoda impuesta por el miedo. Es simplemente la «verdad» de quien puede gritar la propia alegría de ser verdadero.
Yo digo al Señor: «Tu eres mi bien» (v. 2).

En la segunda lectura San Pedro habla a la coherencia de vida: " Puesto que podéis llamar Padre al que juzga imparcialmente según las obras, de cada uno, comportaos con temor durante el tiempo de vuestra peregrinación, pues ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta inútil" . El juicio de Dios siempre será un juicio misericordioso, porque su justicia es una justicia misericordiosa, pero nunca será un juicio indiscriminado. Dios quiere que también cada uno de nosotros pasemos por la vida haciendo el bien, como lo hizo el propio Jesús. No es lo mismo que hagamos obras buenas que obras malas, porque el que actúa con el espíritu de Jesús siempre debe intentar hacer las obras de Jesús y estas fueron obras buenas. Tomemos en serio nuestra vida de cristianos, de discípulos de Cristo, y vivámosla según el espíritu de Cristo. Los frutos del espíritu son distintos de los frutos de la carne, como nos dice san Pablo en más de una ocasión. Que nuestras obras sean fruto del espíritu, no de la carne, porque si vivimos con Cristo y por Cristo, resucitaremos con él.
Este texto da una excelente referencia a la creación de nuestra fe. Dice: "Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza".

En el evangelio meditamos sobre lo ocurrido a los discípulos de Emaús. El texto responde a una pregunta que los cristianos nos hacemos, y que habiendo sido contestada, nos la volvemos a hacer, porque demasiadas veces olvidamos la respuesta: ¿Cómo podemos reconocer a Jesús?.
El Señor camina a nuestro lado y no lo reconocemos. Muchas veces nos habrá pasado esto. Ver a Jesús, sin verlo, en cualquier episodio de nuestra vida. Y luego, al recapacitar un poco, descubriríamos que nos ardía el corazón en torno a ese hermano nuestro que sufría y nos necesitaba. Sin duda, era Jesús, pero no sabíamos verlo.
Los de Emaús, caminaban sumidos en tristes pensamientos , mientras otro caminante se les acerca y les pregunta por la causa de su tristeza. Cuando le explican lo ocurrido, aquel desconocido les hace comprender que todo aquello estaba previsto en las Escrituras santas, era parte de los planes de Dios. Poco a poco iban entendiendo el sentido misterioso de aquella tragedia, se les disipaban gradualmente las tinieblas que les inundaban ahogándolos en un mar de tristeza. Les ardía el corazón al escucharlo, sin darse cuenta de quién era. Pero ellos le convencen para que se quede, pues ya es tarde y se echa encima la noche. Y él se queda, se sienta con ellos a la mesa y les parte el pan...
Fue entonces cuando lo reconocieron. ¡Era Jesús, el Maestro! ¡Estaba vivo! De improviso desapareció. Quedan atónitos. No podían quedarse allí. Se olvidan de que la noche ha llegado, y se vuelven corriendo a Jerusalén. El Señor ha resucitado, dicen enardecidos. Sí, le contestan, también Pedro lo ha visto. Desde ese momento el anuncio pascual se repite cada año, y despierta en nuestros corazones la alegría de saber que Cristo ha vencido a la muerte. La cruz no fue el final desastroso sino el comienzo feliz de esta historia que se inició en la Pascua y terminará al final de los tiempos, la historia de nuestra salvación.
A estos  dos discípulos de Emaús la fe en la resurrección de Jesús les cambió la vida. Cuando se les había nublado la fe, se les había nublado la alegría y la esperanza: nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves, hace dos días que sucedió todo esto. A los discípulos de Emaús les pasó lo mismo que les había pasado a los demás discípulos de Jesús: antes de ver al resucitado andaban tristes y acobardados; después de verlo recobraron la alegría, la valentía y las ganas de vivir y predicar. También en nuestro tiempo, la fe o la no fe en la resurrección de Jesús nos cambia la vida, con todo lo que esto conlleva. Creer en la Resurrección es creer en la vida inmortal, una vida en la que viviremos para siempre, según el juicio misericordioso que Dios haga de cada uno de nosotros. No creer en la resurrección es creer que todo se acaba definitivamente para la persona cuando ésta muere corporalmente. Y, naturalmente, creer que esta vida mortal es todo lo que tenemos, o creer que esta vida temporal es sólo camino para otra vida inmortal, condiciona mucho nuestro actual estilo de vida.
El evangelio, es pues un magnífico ejemplo también de catequesis cristocéntrica, nos ayuda a entender dónde y cómo podemos experimentar nosotros, después de dos mil años, la presencia misteriosa pero real de Cristo en nuestra vida. Lucas organiza la respuesta, en clave histórico-catequética, en tres direcciones.
Los que no le hemos conocido en persona, podemos descubrir a Cristo presente:
*a) en la Palabra. «Les explicó las Escrituras... ¿no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba?
*b) en la Eucaristía: «Se les abrieron los ojos y lo reconocieron... y contaron cómo le habían reconocido al partir el pan»,
*c) en la comunidad: «Y se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once con sus compañeros, que estaban diciendo: es verdad, ha resucitado el Señor».
Los destinatarios del relato son los cristianos que no han tenido el tipo de acceso que tuvieron los testigos presenciales.
El paradigma de estos cristianos son los dos de Emaús. Ellos experimentan el desencanto y la duda. El símbolo de esta experiencia es el camino de Emaús (cfr. vs. 13-14. 21-24). Es un camino de retirada, de falta de visibilidad (v. 16). ¿Por qué asustarnos si hacemos esta misma experiencia? Teniendo a la vista esta experiencia y en respuesta a la misma compone Lucas el relato. Una primera vía de acceso a Jesús resucitado es la lectura profundizada del Antiguo Testamento (vs.25-27). “¿No ardía nuestro corazón mientras nos explicaba las Escrituras?” (v. 32). Una segunda vía, culminación de la anterior, es la fracción del pan (v. 30), término técnico para designar la Eucaristía (cfr. Hech. 2, 42; 20, 7). Es aquí donde finalmente "se les abrieron los ojos y lo reconocieron" (v. 31). En la Palabra y la Cena (las dos partes de la Misa) es donde nos encontraremos también nosotros con Jesús resucitado. Este encuentro del mismo tipo (tipo de encuentro, no tipo de acceso; no hay, pues, contradicción con lo escrito anteriormente) al vivido por los primeros testigos. Ellos garantizan un encuentro por el tipo de acceso que tuvieron a él, pero no son los únicos en poder vivir el encuentro con el resucitado; también nosotros podemos vivirlo si escuchamos la Palabra e insistimos en hospedar al que viene tan desapercibidamente que puede confundírsele con unas raciones de pan y vino.
La conversación del camino a Emaús se concluye con una invitación a compartir la mesa del atardecer. El compañero todavía desconocido, que había impresionado a los dos discípulos por la autoridad y conocimiento con que hablaba de las Escrituras, bendijo, partió y dio el pan. La Palabra se hizo comida, sacramento, y el amigo hasta entonces visible se hace invisible desde este momento. Los que habían visto sin conocer, ahora conocen sin ver. No son los ojos de la cara, sino los de la fe los que permiten ver resucitado a Cristo.
Se levantaron y desanduvieron el camino para ir al encuentro de los demás y comunicarles que habían reconocido a Jesús en el gozo de la fracción del pan. Solamente desde la experiencia pascual se puede entender la Palabra que se cumple en la Eucaristía.
El camino a Emaús es el camino de la fe a partir de la vida y acción :"¿eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?" (v. 18), el camino del reconocimiento, el camino de experimentar como se van abriendo los ojos (te son abiertos y no sabes cómo), escuchando la Palabra de Dios y participando de la fracción del pan, alrededor del Resucitado (un ausente presente).
Vivamos agradecidos de esta manera la relación entre Palabra y Eucaristía.


Rafael Pla Calatayud.
rafael@betaniajerusalen.com

lunes, 13 de abril de 2020

Comentario a las lecturas del Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor 12 de abril 2020


Es el domingo por excelencia. Es el día en el que se expresó su poder soberano venciendo la muerte y que, en consecuencia, es motivo de gozo y alegría para todos los cristianos.

En su discurso, Pedro proclama que se le ha encomendado el anunciar y predicar la Resurrección de Cristo. Los apóstoles son los testigos que han visto al Resucitado, han comido y bebido con Él. Ellos han recibido el encargo de predicar que Cristo resucitado ha sido constituido juez de vivos y muertos (1ªlectura).
 La fe en la Resurrección del Señor es el tema fundamental de este día. “Este es el día en el que actuó el Señor” canta el Salmo 117.
San Pablo subraya, de modo especial, que la Resurrección del Señor instaura una nueva vida en el bautizado. El cristiano es aquel que ha muerto con Cristo y ha resucitado con Él a una vida nueva. La fe en la Resurrección es la roca firme para san Pablo, el lugar donde se asienta todo su dinamismo apostólico.(2ª lectura).
Entre la segunda lectura y el Evangelio se intercala la bella Secuencia de Pascua "Victimae paschali laudes..." de Vipone (+1048). Uno de los textos más bellos y sugestivos de la liturgia latina, cargado de nostalgia y de profesión gozosa de la fe.
Actualmente le falta una estrofa que decía así: "Credendum est magis soli Mariaeveraci quam turbae iudeorum fallac": "Es mejor creer a María que dice la verdad que a la multitud de los judíos que proclaman la mentira." En la celebración litúrgica del Domingo de Resurrección merecen un relieve especial las Vísperas como celebración vespertina de la presencia de Cristo en la Iglesia y de la gloria del Resucitado, Luz gozosa de la santa gloria del Padre.
El Evangelio nos muestra a Pedro y Juan que, entrando en el sepulcro, “ven y creen”. El sepulcro vacío es para ellos el inicio de una meditación que los conduce a la fe en Cristo resucitado.

La primera lectura es del libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 10,34a.37-43) presenta varios versículos del cap. 10, se narra la predicación de Pedro ante un prosélito romano: el centurión Cornelio en Cesarea. Es la primera vez que el mensaje cristiano sale del círculo estrictamente judío en sus diferentes grupos religiosos. Pedro se centra en el anuncio kerigmático típico de los múltiples discursos del libro de los Hechos: 1 / Cristo ha muerto y ha resucitado;
2 / la Escritura, los profetas en este caso, ya lo anunciaban;
3/ nosotros somos testigos de todo lo sucedido;
 4 / cambiad de vida, aceptad la fe en Cristo y bautizaos.
Dios es protagonista absoluto: ha guiado a Jesús con su Espíritu, lo ha resucitado, ha dejado que lo vieran aquellos que él ha querido, y ha encargado a los discípulos la predicación de su mensaje. La resurrección de Cristo es, pues, don de Dios para el pueblo, empezando por los judíos e incluyendo a los paganos.
Lucas no ha inventado el hecho, aunque lo ha enriquecido y acomodado. Del relato que circulaba en la comunidad, Lucas deduce dos conclusiones fundamentales:
1ª. Dios ha mostrado que hay que admitir a los paganos sin imponerles la ley mosaica;
2ª. Pedro, por voluntad de Dios, acepta la hospitalidad de un incircunciso-pagano.
En el trasfondo está la problemática de las relaciones entre judío-cristianos y pagano-cristianos. La interpretación de la visión había hecho comprender a Pedro que no debía preocuparse por la impureza legal (Hech 10, 10-16).
Este quinto discurso de Pedro en Hechos es, en sus detalles, estructura y estilo una composición de Lucas, pero presenta los temas básicos de la predicación cristiana primitiva, del "kerigma" como suele decirse.
En este anuncio lo esencial es el acontecimiento pascual, aunque "la cosa haya empezado en Galilea". La referencia rápida a la vida de Jesús sirve para introducir y razonar el acontecimiento central. No se puede separar la muerte de Jesús de toda su vida anterior, como si fuera algo mágico o inesperado, sino provocado por la misión de Jesús contra los poderes del mal encarnados en los personajes concretos de su tiempo. Los oprimidos que Jesús ayuda no son sólo victimas del "diablo", sino del mal producido por los hombres, simbolizado en esa figura, pero que no ha de despistar al lector.
A Jesús lo matan los hombres (nótese el "lo mataron" del v. 39) y, en contraposición Dios lo resucita. Es decir, le da la razón y se la quita a los poderosos que lo han ejecutado. La resurrección es el Sí de Dios a la forma de vivir de Jesús en favor de los oprimidos y contra los opresores.
No es sólo algo positivo para Jesús, sino para todos los hombres. Ni sólo una esperanza, sino un juicio sobre la situación del mundo. Ni del mundo sólo de entonces. Una forma de "quitarle hierro" a la resurrección es referirla sólo a los judíos, contra los que se yergue el Resucitado. En realidad es condena de toda opresión y mal humanos. Y un grito de esperanza liberadora para todos los que ahora viven.
Lucas quiere dejar muy claro que acoger a los paganos en la Iglesia, sin las obligaciones de la ley judía, no es obra ni de Pablo, ni de Pedro sino de Dios. Obra de Dios como la resurrección, obra plena de la liberación humana.

El responsorial es el salmo 117 (Sal 117,1-2.16ab-17.22-23), salmo pascual por excelencia, el texto sálmico más expresivo de la acción de gracias por la victoria pascual del Señor.
Este salmo fue utilizado por primera vez el año 444 Antes de Jesucristo, en la fiesta de los Tabernáculos (Nehemías 8,13-18). Hace parte del ritual actual de esta fiesta. La fiesta de los Tabernáculos era la más popular: el "patio de las mujeres" en la explanada del Templo, permanecía iluminado toda la noche...
Procesionalmente se iba a buscar el "agua viva" a la piscina de Siloé... Y durante siete días consecutivos, se vivía en chozas de ramaje en recuerdo de los años de la larga peregrinación liberadora en el desierto... En el Templo la alegría se expresaba mediante una "danza" alrededor del altar: en una mano se agitaba un ramo verde; la otra se apoyaba en el hombro del vecino, en una especie de ronda... se giraba alrededor del altar balanceándose rítmicamente y cantando "¡Hosanna! ¡Bendito sea el que viene en nombre del Señor!"
 Este espléndido himno bíblico está incluido en la pequeña colección de salmos, del 112 al 117, llamada el "Hallel pascual", es decir, la alabanza sálmica usada en el culto judío para la Pascua y también para las principales solemnidades del Año litúrgico. Puede considerarse que el hilo conductor del salmo 117 es el rito procesional, marcado tal vez por cantos para el solista y para el coro, que tiene como telón de fondo la ciudad santa y su templo. Una hermosa antífona abre y cierra el texto:  "Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia" (vv. 1 y 29).
En el domingo de hoy cuando se renuevan los misterios y la gracia del día que ha hecho el Señor, nuestro corazón podría desbordar de alegría porque en él pasamos del exilio a la Patria, somos liberados de la esclavitud del Demonio y entramos en posesión de la herencia gloriosa que Dios reserva a sus hijos. Transcurrirá el tiempo en la tierra y, sin embargo, permanecerá este gran Domingo eterno en el cual confluyen -como ríos en la mar- los días de la historia humana.
La Iglesia utiliza este salmo con particular frecuencia y eficacia en el Tiempo Pascual durante el cual conmemora la Resurrección de Cristo. Celebramos el día de la Creación, pero, sobre todo, el Domingo de la Resurrección, cuando la humanidad, perdida por el pecado, es hallada de nuevo en el paraíso de la gracia.
En este Domingo señala para el género humano el inicio de una nueva era y la Iglesia, en la noche de la Vigilia pascual y a lo largo de toda la Octava, saluda el nacimiento de ese día glorioso con el canto solemne de este salmo.
No he de morir, viviré. Cristo ya no morirá más. Vive según la fuerza de una vida indestructible.
 Ahora «viviré» (v. 17), ya que en los días de aflicción no vivía, agonizaba: mi existencia era un morir viviendo o un vivir muriendo, porque mi alma agonizaba en la fosa de la tristeza; ni podía respirar, la angustia tenía paralizados mis pulmones. Era la muerte. «no he de morir» (v. 17), «viviré» para transformar mis días en un himno de gloria para mi Dios, «para contar las hazañas del Señor» (v. 17).
No he de morir, viviré: "Es una profecía de la Resurrección; en realidad, es como decir: la muerte ya no será más la muerte. Me castigó, me castigó el Señor, pero no me entregó a la muerte: Es Cristo quien da gracias al Padre no sólo por haber sido liberado, sino incluso por haber sufrido la Pasión."[1]
El coro retorna la palabra para comentar, conmovido, los acontecimientos de liberación (vv. 22-25): resulta que aquél que nuestros ojos lo contemplaron pisoteado bajo los pies de sus enemigos, herido por el aguijón de las lenguas venenosas, despreciado con frecuencia, y siempre el último, resulta que ahora ha sido constituido en la piedra angular y viga maestra del edificio (v. 22).
Es un «milagro patente» (v. 23), todo ha sido obra del Señor. Sucedió que el Señor irrumpió en el escenario de la historia, hizo proezas increíbles, sacó prodigios de la nada y dejó mudas a las naciones.
 Jesús es piedra angular de una nueva construcción. Los versículos describen la obra salvífica maravillosa de Dios mediante un proverbio: la liberación de la muerte ha sido tan extraordinaria como si una piedra, desechada como inservible por los canteros, se convirtiera en piedra clave para la edificación.
Así resalta San Agustín la bondad manifestada en el Resucitado: "Nada más grande que esta pequeña alabanza: porque es bueno. Ciertamente, el ser bueno es tan propio de Dios que, cuando su mismo Hijo oye decir 'Maestro bueno' a cierto joven que, contemplando su Carne y no viendo su Divinidad, pensaba que El era tan sólo un hombre, le respondió: '¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios'. Con esta contestación quería decir: Si quieres llamarme bueno, comprende, entonces, que Yo soy Dios."[2]
Este es el día en el que la diestra del Señor se revela como verdaderamente excelsa y poderosa, exaltando a Cristo de la muerte a la gloria. A partir de él, la piedra desechada por los arquitectos es colocada sobre la tierra como piedra angular, porque sobre ella se podrá levantar la construcción de la nueva humanidad, que se alza hasta formar una sola ciudad santa en la que Dios habita con los hombres.

La segunda lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (Col 3,1-4) presenta cuatro versículos de la carta a los de Colosas situados entre la parte de la carta en polémica con las falsas doctrinas -de la que sería al final- y la exhortación a lo que debe ser realmente la vida cristiana.
El pasaje está colocado en una de las secciones exhortativas que se alternan con las secciones dogmáticas de la carta a los Colosenses. Previamente el Apóstol ha ratificado nuestra pertenencia a Cristo por el bautismo (2,11-13a), un tema que retomará más adelante (3,5-11). De este modo el tema del bautismo funge de marco al pasaje propuesto para este domingo de Resurrección, en cuanto que por el bautismo participamos en el misterio pascual de Cristo: pasión, muerte y Resurrección.
San Pablo nos define primeramente al cristiano como aquel que, al bajar a las aguas bautismales "murió", y salió de ellas "resucitado con Cristo" a una nueva vida. Si ésta es la realidad fundamental del creyente, todo su modo de pensar y de actuar debe acomodarse a ello: "buscad los bienes de allá arriba". El bautismo, la unión con Cristo resucitado, marca para el cristiano la orientación fundamental de su vida. Y se trata de una vida que camina hacia una plenitud y que está llamada a crecer continuamente.
Este texto aparece en el contexto de la nueva vida en Cristo. Es insistir una vez más en la fuente de donde ella brota y en las consecuencias que tiene. Subraya la dimensión salvadora de la Resurrección, porque no otra cosa es la vida que Cristo resucitado nos da a quienes estamos unidos con él.
Por un lado, se hace la afirmación fuerte de lo ya sucedido a quien por la fe y el bautismo, la vida en la iglesia, ha establecido relación íntima y total con Cristo. Unión que es también, y sobre todo, por el amor a El y a los hombres. El autor de Colosenses llega a afirmar una resurrección del cambio que produce en la vida esta unión con el resucitado. De ahí surge la motivación de cualquier conducta del cristiano.
En primer lugar san Pablo revela que el bautismo no consiste en una piadosa ceremonia, sino que es un gran misterio y, como anteriormente ha indicado, lo más importante que puede acontecer en la vida del creyente. El motivo reside en que en el bautismo participamos plenamente del misterio pascual, de modo que un hombre viejo muere y es resucitado un hombre nuevo "juntamente con Cristo". De esta realidad acontecida en el bautismo, deriva la consecuencia inmediata del cambio de mirada interna que debe caracterizar la vida del cristiano. Ya no puede tenerla fija en las cosas de abajo, sino que tiene que dirigirla resueltamente hacia "arriba" (v.1). Allá está el nuevo centro donde deben converger los deseos de la comunidad cristiana y de cada uno de los cristianos: Cristo, que desde su ascensión a los cielos está enaltecido a la derecha de Dios. El que busca a Cristo allí le encuentra.
Juntamente con este nuevo horizonte que dirige nuestro caminar por esta tierra y hacia donde debemos elevar nuestra mirada, san Pablo recomienda encarecidamente a "aspirar" a las cosas de arriba (v.2). De este modo su exhortación se especifica aún más invitándonos a elevar nuestros juicios, pensamientos y anhelos al "cielo" (es decir, a nuestro Señor Jesucristo glorificado, en quien ya se ha renovado toda la creación), no a las cosas terrenas. Esto significa, sin duda, una radical transmutación de todos los valores y exige del cristiano un desprendimiento creciente de las cosas terrenas. Pero esto no quiere decir que el cristiano pueda descuidar sus obligaciones y tareas terrenas, pero no debe extraviarse en ellas, como si tuvieran un valor definitivo y supremo. El cristiano cumple sus obligaciones terrenas dirigiendo sin ruido su mirada a Cristo, su Señor y su esperanza.
(v.3) "habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios", san Pablo apoya su exigencia precedente de dirigir resueltamente la mirada hacia arriba, en la indicación de que ya hemos "muerto" en el bautismo. Pero también se nos ha dado en Él la nueva vida, la participación en la vida de Cristo resucitado (2,13), que ahora está sentado en el trono de la gloria celestial. Esta vida se sustrae por ahora a la mirada terrena, como el Señor glorificado, está "oculta, juntamente con Cristo, en Dios". Con estas palabras, el Apóstol no quiere decir que el cristiano tenga una doble existencia, una impropia en la tierra y otra propia en el cielo. Lo que se sustrae a la mirada terrena es la misteriosa conexión vital del bautizado con Cristo, manantial de su vida oculta: porque ésta es el mismo Cristo (v. 4). El cristiano vive del misterio que se llama Cristo. Por eso, su mirada también tiene que estar dirigida a Él.

El evangelio según San Juan (Jn 20,1-9) presenta los relatos pascuales con notables diferencias respecto a los evangelios sinópticos, si bien es probable que parta de tradiciones comunes, que, no obstante, han pasado por la criba de la teología propia del círculo juánico.
Es el texto que todos los años se proclama en este día de la Pascua, nos propone acompañar a María Magdalena al sepulcro, que es todo un símbolo de la muerte y de su silencio humano; nos insinúa el asombro y la perplejidad de que el Señor no está en el sepulcro; no puede estar allí quien ha entregado la vida para siempre. En el sepulcro no hay vida, y Él se había presentado como la resurrección y la vida (Jn 11,25).
María Magdalena descubre la resurrección, pero no la puede interpretar todavía. En San Juan esto es caprichoso, por el simbolismo de ofrecer una primacía al "discípulo amado" y a Pedro. Pero no olvidemos que ella recibirá en el mismo texto de Jn 20,11ss una misión extraordinaria, aunque pasando por un proceso de no “ver” ya a Jesús resucitado como el Jesús que había conocido, sino “reconociéndolo” de otra manera más íntima y personal. Pero esta mujer, desde luego, es testigo de la resurrección.
María hace una constatación en el sepulcro y comunica su interpretación a dos discípulos (vs, 1-2).
En las palabras de María Magdalena resuena probablemente la controversia con la sinagoga judía, que acusaban a los discípulos de haber robado el cuerpo de Jesús para así poder afirmar su resurrección. Los discípulos no se han llevado el cuerpo de Jesús. Más aún, al encontrar doblados y en su sitio la sábana y el sudario, queda claro que no ha habido robo. María va al sepulcro poseída por la falsa concepción de la muerte; cree que la muerte ha triunfado; busca a Jesús como un cadáver. Su reacción, al llegar, es de alarma y va a avisar a Simón Pedro (símbolo de la autoridad) y al discípulo a quien quería Jesús (símbolo de la comunidad). Las dos veces que hasta ahora han aparecido juntos ambos (cfr. Jn. 13, 23-25; 18, 15-18), el autor ha establecido una oposición entre ellos dando la ventaja al segundo. Es lo mismo que vuelve a hacer en este relato y que volverá a hacer en 21, 7. El discípulo amado llega antes (v. 4) y cree (v. 8); Pedro, en cambio, llega más tarde (v. 6) y de él no dice que creyera. Correr más de prisa es imagen plástica para significar tener experiencia del amor de Jesús.
Pedro no concibe aún la muerte como muestra de amor y fuente de vida. En el atrio del sumo sacerdote había fracasado en su seguimiento de Jesús (cfr. Jn. 18, 17. 25-27); el otro discípulo, en cambio, siguió a Jesús (cfr. Jn. 19, 26). De esta manera, puede ahora marcar el camino a la autoridad en la tarea, común a ambas, de discernir a Jesús y encontrarse con él; corriendo tras la comunidad es como podrá la autoridad alcanzar su meta. Ambas, autoridad (Pedro) y la comunidad (discípulo amado) habían partido de la misma no-inteligencia, de la misma obscuridad, del mismo sepulcro. Ni Pedro ni el otro discípulo habían entendido, cuando partieron, el texto de Is. 26, 19-21. Pero el otro discípulo, al ver, creyó, captó el sentido del texto: la muerte física no podía interrumpir la vida de Jesús, cuyo amor hasta el final ha manifestado la fuerza de Dios.
La carrera de los dos discípulos puede hacer pensar en un cierto enfrentamiento, en un problema de competencia entre ambos. Los dos discípulos inspeccionan por separado el sepulcro, llegando a conclusiones distintas (vs, 3-8). Se nota un cierto tira y afloja: "El otro discípulo" llega antes que Pedro al sepulcro, pero le cede la prioridad de entrar. Pedro entra y ve la situación, pero es el otro discípulo quien "ve y cree".
Seguramente que "el otro discípulo" es "aquel que Jesús amaba", que el evangelio de Juan presenta como modelo del verdadero creyente. De hecho, este discípulo, contrariamente a lo que hará Tomás, cree sin haber visto a Jesús. Sólo lo poco que ha visto en el sepulcro le permite entender lo que anunciaban las Escrituras: que Jesús no sería vencido por la muerte.
La figura simbólica y fascinante del "discípulo amado", es verdaderamente clave en la teología del cuarto evangelio. Éste corre con Pedro, corre incluso más que éste, tras recibir la noticia de la resurrección. Es, ante todo, "discípulo", y por eso es conveniente no identificarlo, sin más, con un personaje histórico concreto, como suele hacerse; él espera hasta que el desconcierto de Pedro pasa y, desde la intimidad que ha conseguido con el Señor por medio de la fe, nos hace comprender que la resurrección es como el infinito; que las vendas que ceñían a Jesús ya no lo pueden atar a este mundo, a esta historia. Que su presencia entre nosotros debe ser de otra manera absolutamente distinta y renovada.
Así comenta San Agustín este texto: “Hoy se ha leído la resurrección del Señor según el evangelio de San Juan y hemos escuchado que los discípulos buscaron al Señor y no lo encontraron en el sepulcro, cosa que ya habían anunciado las mujeres, creyendo, no que hubiera resucitado, sino que había sido robado de allí. Llegaron dos discípulos, el mismo Juan evangelista -se sobreentiende que era aquel a quien amaba Jesús- y Pedro con él; entraron, vieron solamente las vendas, pero ningún cuerpo. ¿Qué está escrito de Juan mismo? Si lo habéis advertido, dice: Entró, vio y creyó (Jn 20,8). Oísteis que creyó, pero no se alaba esta fe; en efecto, se pueden creer tanto cosas verdaderas como falsas. Pues si se hubiese alabado el que creyó en este caso o se hubiera recomendado la fe en el hecho de ver y creer, no continuaría la Escritura con estas palabras: Aún no conocía las Escrituras, según las cuales convenía que Cristo resucitara de entre los muertos (Jn 20,9). Así, pues, vio y creyó. ¿Qué creyó? ¿Qué, sino lo que había dicho la mujer, a saber, que habían llevado al Señor del sepulcro? Ella había dicho: Han llevado al Señor del sepulcro y no sé dónde lo han puesto (Jn 20,2).

Corrieron ellos, entraron, vieron solamente las vendas, pero no el cuerpo y creyeron que había desaparecido, no que hubiese resucitado. Al verlo ausente del sepulcro, creyeron que lo habían sustraído y se fueron. La mujer se quedó allí y comenzó a buscar el cuerpo de Jesús con lágrimas y a llorar junto al sepulcro. Ellos, más fuertes por su sexo, pero con menor amor, se preocuparon menos. La mujer buscaba más insistentemente a Jesús, porque ella fue la primera en perderlo en el paraíso; como por ella había entrado la muerte, por eso buscaba más la Vida. Y ¿cómo la buscaba? Buscaba el cuerpo de un muerto, no la incorrupción del Dios vivo, pues tampoco ella creía que la causa de no estar el cuerpo en el sepulcro era que había resucitado el Señor. Entrando dentro vio unos ángeles. Observad que los ángeles no se hicieron presentes a Pedro y a Juan y sí, en cambio, a esta mujer. Esto, amadísimos, se pone de relieve, porque el sexo más débil buscó con más ahínco lo que había sido el primero en perder. Los ángeles la ven y le dicen: No está aquí, ha resucitado (Mt 28,6). Todavía se mantiene en pie llorando; aún no cree; pensaba que el Señor había desaparecido del sepulcro. Vio también a Jesús, pero no lo toma por quien era, sino por el hortelano; todavía reclama el cuerpo de un muerto. Le dice: «Si tú le has llevado, dime dónde le has puesto, y yo lo llevaré (Jn 20,15). ¿Qué necesidad tienes de lo que no amas? Dámelo». La que así le buscaba muerto, ¿cómo creyó que estaba vivo? A continuación el Señor la llama por su nombre. María reconoció la voz y volvió su mirada al Salvador y le respondió sabiendo ya quien era: Rabi, que quiere decir «Maestro» (Jn 20,16)”. ( San Agustín. Sermón 229 L,1).
Para nuestra vida

En el tiempo de Pascua vivimos los acontecimientos fundacionales de nuestra vida cristiana. Así, ser un signo de la Pascua de Cristo para nuestros hermanos debe llevarnos no sólo a invocar a Dios como Padre nuestro en la celebración Eucarística, sentándonos a su mesa junto con nuestros hermanos; sino que nos debe llevar a sentar también nosotros, a nuestra mesa, a todos aquellos que necesitan el pan de cada día, o que necesitan vestir su cuerpo, o tener una vivienda digna, o ser asistidos en sus enfermedades y sacados de sus marginaciones. Si muchos han proclamado el Evangelio de la gracia a los demás dejando sus hogares, no pudieron llegar a ellos sólo para cumplir con una misión de unos días en que no tenían otra cosa que hacer, sino que deben haber iniciado un nuevo compromiso para estar cercanos a aquellos que necesitan el consuelo constante en sus desgracias, o una luz que los guíe y ayude a salir de sus pecados. El Señor espera de su Iglesia un auténtico compromiso de fe para hacer llegar el amor, la paz, la misericordia y la alegría a todos aquellos que viven oprimidos por el mal, por el pecado o por la pobreza. Al paso de los días no podemos dejar que se diluya nuestro amor por aquellos con quienes vivimos intensamente estos días pascuales; los hemos de seguir amando y hemos de volver a ellos para continuar recorriendo juntos el camino de fe, e impulsando hacia una vida más plena a quienes amamos como Cristo los ama y como Cristo nos ama a nosotros.
Meditemos más desde las lecturas proclamadas.

En la primera lectura nos encontramos ante uno de los varios discursos, construidos por Lucas, para presentar el anuncio de la primitiva Iglesia. Reproduce los puntos fundamentales del anuncio, pero están construidos libremente por Lucas.
Este testimonio de Pedro es un modelo de predicación kerigmática, centrada en el anuncio de la salvación que nos viene de Cristo, el que encarnó entre nosotros la presencia de Dios, el que estaba ungido por el Espíritu, el que pasó como un meteoro de luz y alegría, el que fue apagado por los hombres, pero Dios lo devolvió a la luz y se ha convertido en la estrella viva de la mañana.
En este párrafo destaca: 1) la realidad terrestre de Jesús, la referencia a El como base de lo demás. Aunque se nos escapen detalles de esa historia, es imprescindible para apoyar todo el resto; 2) anuncio de la muerte, también histórica y real del propio Jesús. Hay una alusión a los actores de esa muerte, no mítica o casual, sino provocada por su actividad anterior; 3) sobre todo el anuncio de la Resurrección de Cristo, atestiguada por los propios apóstoles. Es el acontecimiento sobre el que se basa el anuncio y la verdad de Jesucristo para nosotros; 4) dimensión salvadora de todos estos hechos. No son puro recuerdo de algo pasado, sino ofrecimiento y realidad de la salvación de Dios, de su comunicación con el hombre que se abre a esta acción de Dios en la historia. La muerte y la resurrección nos constituyen, si nos abrimos a ella, en una relación diferente con Dios que recibe el nombre de salvación que es más que el mero perdón de pecados. Es la vida total de Dios en nosotros. Vida que nos corresponde vivir y testimoniar a nosotros como creyentes en este siglo XXI

En el salmo 117, experimentamos una emoción particular. Encontramos en este himno, de intensa índole litúrgica, una frase que resonará dentro del Nuevo Testamento con una nueva tonalidad. (v 22)  "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular". Jesús cita esta frase, aplicándola a su misión de muerte y de gloria, después de narrar la parábola de los viñadores homicidas (cf. Mt 21, 42). También la recoge san Pedro en los Hechos de los Apóstoles:  "Este Jesús es la piedra que vosotros, los constructores, habéis desechado y que se ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos" (Hch 4, 11-12). San Cirilo de Jerusalén comenta:  "Afirmamos que el Señor Jesucristo es uno solo, para que la filiación sea única; afirmamos que es uno solo, para que no pienses que existe otro (...). En efecto, le llamamos piedra, no inanimada ni cortada por manos humanas, sino piedra angular, porque quien crea en ella no quedará defraudado" (Le Catechesi, Roma 1993, pp. 312-313).
Este salmo nos estimula a los cristianos a reconocer en el evento pascual de Jesús "el día en que actuó el Señor", en el que "la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular". Así pues, con el salmo pueden cantar llenos de gratitud:  "el Señor es mi fuerza y mi energía, él es mi salvación" (v. 14). "Este es el día en que actuó el Señor:  sea nuestra alegría y nuestro gozo" (v. 24).
Demos gracias a Dios porque su Misericordia es eterna. Él nos libró de la mano de nuestros enemigos con su diestra poderosa. Envió a su propio Hijo para rescatarnos del pecado y de la muerte y para que, reconciliados con Él, nos hiciera hijos suyos. Aquel que no tenía ya aspecto atrayente, y que más que un hombre parecía un gusano cualquiera, por su actitud reverente y por su obediencia incondicional y fiel a su Padre, ha sido elevado en gloria para reinar eternamente. Quienes unimos a Él nuestra vida participamos de su Victoria y somos hechos hijos de Dios. Pero ser hijo de Dios no es sólo una dignidad, es todo un compromiso para dar testimonio de que nuestras esclavitudes al pecado y a la muerte han quedado atrás. Ya no continuemos en la muerte; dejemos que Cristo nos levante de nuestras miserias y vivamos para contar las hazañas del Señor con una vida recta, que hable de que en verdad Dios está en nosotros y nosotros en Él.

El texto de la segunda lectura es una catequesis bautismal. Todo bautizado muere y resucita con Cristo. Por eso, debe empezar a vivir una vida nueva, una vida resucitada. Hay que buscar "los bienes de arriba", no los de la tierra; los valores auténticos, no los del consumo. Hay que alzar la puntería, porque Cristo está arriba.
Vida nueva. En la noche bautismal de Pascua todo era nuevo: el fuego, la luz, el agua, los vestidos, la levadura. Empezamos una vida nueva.
El texto abre la parte parenética de la carta y es como el fundamento de la ética o comportamiento cristiano. Contrapone las cosas de arriba a las de abajo. La diferencia sustancial entre el anuncio de la filosofía y el del evangelio radica en la relación histórica que determina el fundamento de la ética cristiana. A la concepción dualista del mundo no contrapone una metafísica cristiana sino una realidad histórica: Cristo crucificado, resucitado y glorificado. Hay una identidad total entre el Cristo glorificado y el Cristo crucificado.
Por tanto el paso de lo de "abajo" a lo de "arriba" no se realiza por prácticas ascéticas, gnosis o misterios, sino por la confesión de fe en Cristo Jesús.
La contraposición entre las cosas de arriba y las de abajo ha influido fuertemente en la teología y en la piedad cristiana, y ha dejado a un lado con frecuencia la realidad de la vida. Basta recordar algunos textos de oraciones, incluso litúrgicas. Buscar las cosas de arriba no significa despreciar los bienes de la tierra para poder amar los del cielo. La responsabilidad del progreso material no se puede separar de la moral cristiana.
La unión con Cristo lleva necesariamente consigo una forma de vivir acorde con eso que se es. Por otro lado, también hay un recuerdo del "todavía no". La vida poseída está escondida. Aún no se vive en todas sus consecuencias de gozo, seguridad, imposibilidad de perderla. También por ello cabe la esperanza. Pero en algo que ya se tiene, no en algo sólo futuro.
San Pablo concluye este pasaje de la carta señalando el último fin de la vida del creyente y de la historia: "Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él" (v.4). Cristo se manifestará al fin del mundo. Entonces saldrá de su retiro celestial y se mostrará como el verdadero Señor del mundo, con miras al cual todas las cosas fueron creadas (1,16), y en quien están "recapituladas" todas las cosas de los cielos y de la tierra (Ef 1,10).

El evangelio de hoy nos sitúa ante el  inicio del cristianismo y de la Iglesia. De los acontecimientos pascuales arrancará la propagación de la fe al mundo entero. Porque la Vida ha vuelto a la vida. Cristo resucitado es la clave de todas nuestras certezas. Como dirá San Pablo más tarde: “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana es vuestra fe; aún estáis en vuestros pecados… Pero no. Cristo ha resucitado de entre los muertos como primicia de los que duermen” (I Cor 15, 14.17.20). En Él toda nuestra vida adquiere un nuevo sentido, un nuevo rumbo, una nueva dimensión: la eterna.
La fe en la resurrección, nos propone un estilo de vida, que nada tiene que ver con la búsqueda que se hace entre nosotros con propuestas de tipo social y económico. Se trata de una calidad teológicamente íntima que nos lleva más allá de toda miseria y de toda muerte absurda. La muerte no debería ser absurda, pero si lo es para alguien, entonces se nos propone, desde la fe más profunda, que Dios nos ha destinado a vivir con El. Rechazar esta dinámica de resurrección sería como negarse a vivir para siempre. No solamente sería rechazar el misterio del Dios que nos dio la vida, sino del Dios que ha de mejorar su creación en una vida nueva para cada uno de nosotros.
Creer en la resurrección, es creer en el Dios de la vida. Y no solamente eso, es creer también en nosotros mismos y en la verdadera posibilidad que tenemos de ser algo en Dios. Porque aquí, no hemos sido todavía nada, mejor, casi nada, para lo que nos espera más allá de este mundo. No es posible engañarse: aquí nadie puede realizarse plenamente en ninguna dimensión de la nuestra propia existencia. Más allá está la vida verdadera; la resurrección de Jesús es la primicia de que en la muerte se nace ya para siempre. No es una fantasía de nostalgias irrealizadas. El deseo ardiente del corazón de vivir y vivir siempre tiene en la resurrección de Jesús la respuesta adecuada por parte de Dios. La muerte ha sido vencida, está consumada, ha sido transformada en vida por medio del Dios que Jesús defendió hasta la muerte.
No siempre resulta fácil creer en Cristo resucitado, aunque nos parezca una paradoja. Una de las cosas que más me llaman la atención de los pasajes evangélicos de la Pascua es, precisamente, la gran resistencia de todos los discípulos para creer en la resurrección de su Señor. Nadie da crédito a lo que ven sus ojos: ni las mujeres, ni María Magdalena, ni los apóstoles –a pesar de que se les aparece en diversas ocasiones después de resucitar de entre los muertos—, ni Tomás, ni los discípulos de Emaús. Y nuestro Señor tendrá que echarles en cara su incredulidad y dureza de corazón. El único que parece abrirse a la fe es el apóstol Juan, tal como nos lo narra el Evangelio de hoy.
Ahí, en esa tesitura estamos nosotros, creyentes y seguidores del resucitado, en este siglo XXI.
Esta experiencia de fe ha de llevarnos paulatinamente a una transformación interior de nuestro ser a la luz de Cristo resucitado. El mensaje redentor de Pascua no es otra cosa que la purificación total del hombre, la liberación de sus egoísmos, de su sensualidad, de sus complejos; purificación que, aunque implica una fase de limpieza y saneamiento interior –por medio de los sacramentos— sin embargo, se realiza de manera positiva, con dones de plenitud, como es la iluminación del Espíritu, la vitalización del ser por una vida nueva, que desborda gozo y paz, suma de todos los bienes mesiánicos; en una palabra, la presencia del Señor resucitado”.

Rafael Pla Calatayud.
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[1] .- San Juan Crisostomo, Expositiones in psalmos, 117, PG 55.
[2].- San Agustin, Enarrationes in psalmos, 117, 1.