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sábado, 30 de agosto de 2025

Comentario a las lecturas del Domingo XXII del Tiempo Ordinario. 31 de agosto de 2025.

 

 “Me parece que la humildad es la verdad. No sé si soy humilde, pero sé que veo la verdad en todas las cosas”. (Santa Teresita del Niño Jesús)

En esta época tan utilitarista y materialista, donde cuánto más tienes más vales, donde ser rico y famoso a toda costa se ha convertido en casi una obsesión enfermiza, son muy apropiadas las lecturas de hoy.

La primera lectura y el evangelio nos hablan de la humildad.

Reconocer que hemos recibido todo de Dios, admitir sus límites y deficiencias, eso es la humildad cristiana. Debemos tener un doble comportamiento: con Dios, acción de gracias y confianza en su ayuda; con los otros, respeto por sus diferencias y compartir mutuamente los dones recibidos.

 El Salmo Responsorial como el Evangelio, nos habla de que Dios tiene predilección por los pobres.

La primera lectura es del libro del Eclesiástico (Eclo 3, 17-18. 20. 28-29).

En ella se presenta una unidad en la que la humildad (tapeinôs) y su opuesto, son protagonistas (3,17-29).

El que obra con humildad será amado (v.17), hallará gracia (v.18) y “glorificará a Dios” (v.20). Por el contrario, a los que no reconocen sus propias fuerzas, les espera el descarrío y el extravío (v.24). Teniendo en cuenta que las fuentes de la sabiduría son lo que nos es “encomendado” (v.22), la escucha atenta de las “parábolas” (v.29) se muestra un evidente contraste entre el corazón endurecido (kardía sklêrà) (v.26) y el corazón sabio (kardía sinetou) (v.29).

Es probable que el autor esté escribiendo en conflicto con los pensadores griegos, y a ellos se refiera al aludir a quienes tienen un corazón endurecido, son orgullosos, el pensamiento los excede. En ese caso se estaría refiriendo a ellos en contraste con la sabiduría de Israel. Como se ve, en estos casos el autor no está aludiendo a la humildad como actitud frente a la vida, sino en cuanto al conocimiento, de allí su contraste ante los que los sobre pasa. Esta humildad ya era frecuente en otros textos de la Escritura. La diferencia viene dada por un lado por la humildad del ser humano ante Dios y por otra la actitud soberbia de no reconocer los límites.

El texto  es el resultado de la composición de dos textos del capítulo 3 del Sirácida, en sus vv. 17-18. 20 (19-21) que se refieren a la humildad y la mansedumbre/dulzura, combinados con los vv. 27-28 (30-31) acerca de la sabiduría de la escucha y la miseria del orgulloso.

Los cuatro elementos tienen un denominador común: el de la correcta relación con la propia persona. Humilde es aquel que no pierde la conciencia de sus propios límites y posee una mansedumbre-dulzura característica (cf. Mt 11,29 y 26,45); es una persona que no intenta imponerse con agresividad o violencia. Es sabio quien no presume de saberlo ya todo, consciente de las riquezas que existen más allá de su persona, poniéndose en atenta actitud de escucha: quien sabe escuchar accede desde ya a olvidarse de sí mismo. Prestarle atención a los pobres y necesitados es otra de las maneras de mostrarse atento y abierto, olvidado de la propia persona.

Por el contrario, todo aquel que obra impulsado por el deseo de poner en evidencia las propias riquezas (sean del tipo que sean), enorgulleciéndose, no dejará de suscitar hostilidad y antipatía. Para lograr vencer las resistencias y reticencias con las que tropezará no dejará de recurrir a la agresividad y a la violencia, con su correspondiente cuota de arrogancia. No descubre ninguna necesidad de escuchar a nadie: ¡ni a Dios ni a los seres humanos, ciego para las necesidades de los que lo rodean!

 

El responsorial  es el salmo  67 (Sal 67, 4-5ac. 6-7ab. 10-11(R.: cf. 11b), salmo  de alabanza y reconocimiento de las obras de Dios.

Así comenta San Agustín este salmo y concretamente el texto litúrgico:

4. [v. 4]. Continúa el salmo: Y alégrense los justos y se alborocen en la presencia de Dios y disfruten de alegría. Porque entonces oirán: Venid benditos de mi Padre; recibid el reino14. Regocíjense los que se fatigaron, y alborócense en la presencia de Dios. No será este un regocijo como el de una vana jactancia delante de los hombres, sino un santo alborozo en presencia de Dios, que contempla sin error lo que él ha dado. Disfruten con alegría; ya no alegrándose con temor15, como en este mundo, donde la vida humana sobre la tierra es una tentación16.

5. [vv. 5—6]. A continuación se dirige a los que dio tan gran esperanza, y a los que viven aquí les habla y exhorta diciendo: Cantad a Dios, cantad salmos a su nombre. Ya dije en la exposición del título del salmo, lo que me parecía significar esta expresión. Canta a Dios el que vive para Dios; y canta salmos a su nombre el que obra para gloria de Dios. Así cantando, y así salmodiando, es decir, así viviendo y así obrando: Preparad el camino, dice, al que está sobre el ocaso. Preparad el camino a Cristo, para que por los pies hermosos de los evangelizadores17, se le abran los corazones de los creyentes. Es él quien asciende sobre el ocaso, sea porque ya sólo recibe a aquel que se convirtió a él con una nueva vida, dando muerte a la vieja y renunciando a este mundo, o sea porque sube del ocaso, cuando al resucitar, convirtió en victoria la destrucción de su cuerpo. Su nombre es el Señor. Porque si sus enemigos lo hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de la gloria18.

6. Exultad de gozo en su presencia. Oh vosotros, a quienes se ha dicho: Cantad a Dios, entonad salmos a su nombre, preparad el camino al que anda sobre las nubes del ocaso; y también: Regocijaos en su presencia, como si estuvierais tristes, pero siempre alegres19. Mientras le preparáis el camino, mientras vais preparando por dónde puede venir a tomar posesión de las naciones, vais a sufrir muchas cosas tristes en presencia de los hombres, pero no os desalentéis, al contrario, regocijaos; no en presencia de los hombres, sino en la presencia de Dios. Gozosos en la esperanza, y tolerantes en la tribulación20. Saltad de gozo en su presencia. Aquellos que os hacen sufrir en presencia de los hombres, sentirán el sufrimiento en presencia de Dios, Padre de huérfanos, defensor de viudas. Piensan que están vencidos y desolados aquellos que muchas veces son separados por la espada de la palabra de Dios, como los padres de sus hijos, los maridos de sus esposas21; pero estos abandonados o viudos, tienen la consolación del Padre de los huérfanos y defensor de las viudas; tienen la consolación de aquél a quien le dicen: Aunque mi padre y mi madre me abandonen, el Señor me acogerá22; y los que perseveraron en el Señor, insistiendo en la oración día y noche23, ante cuya mirada se turbarán sus enemigos, al ver que de nada les aprovechó, ya que todo el mundo se va en pos de él24.

7. [v. 7]. De hecho, el Señor, con estos huérfanos y viudas, es decir, con los abandonados por la sociedad de toda esperanza terrena, construye para sí un templo, del que dice a continuación: El Señor está en su lugar santo. Cuál sea este su lugar, lo aclara al decir: Dios, que hace morar en su casa a los de un mismo sentir; es decir, a los que son unánimes y están animados de un mismo sentimiento: este es el lugar santo del Señor. Después de haber dicho: El Señor está en su lugar santo, como si le preguntáramos en qué lugar, ya que él está íntegro en todas partes, y no lo contiene ningún espacio corporal, añade a renglón seguido: no lo busquemos fuera de nosotros; sino más bien en la casa de los que tienen un mismo pensar, y así merezcamos que él también se digne habitar en nosotros. Este es el lugar santo del Señor, que muchos hombres buscan tener, para ser escuchados en su oración. Sean ellos mismos el lugar que buscan; y lo que dicen en sus corazones, es decir, en estos sus aposentos, se sientan contritos25, habitando en la casa de un mismo sentir, para ser morada del Señor de la casa grande, y sean con ellos escuchados en su oración. Porque la casa es grande, y en ella no sólo hay vasos de oro y plata, sino también de madera y arcilla; unos para usos honorables, y otros para usos viles. Pero quienes se hayan purificado de ser vasos viles26, estarán en la casa de la unanimidad, y serán el lugar santo del Señor. Y así como en una casa grande de un hombre, el dueño no descana en cualquier lugar, sino en alguno retirado y más honorable, así tampoco Dios habita en todos los que están en su casa (no habita, ciertamente en los vasos de uso vil). Su templo santo son aquéllos a quienes hace habitar de un modo unánime, o con unas mismas costumbres en su casa. Lo que en griego se dice ?trópoi?, en latín se puede interpretar como "modos" (modi) o "costumbres" (mores). Además el griego no tiene: El que hace habitar (Qui inhabitare facit), sino solamente: Habitare facit ("hace habitar"). El Señor, pues, está en su lugar santo. ¿Qué lugar es este? El mismo Dios se lo construye. Dios, en efecto, hace habitar en su casa a los de unas mismas costumbres: este es su lugar santo.

8. Y para evidenciar que se edifica este lugar por su gracia, y no por los méritos anteriores de aquellos para quienes lo edifica, mira lo que sigue diciendo: Libera a los cautivos con su fortaleza. Efectivamente, rompe las pesadas cadenas de los pecados, que les impedían caminar por el camino de sus preceptos; los libera con su fortaleza, de la que carecían antes de poseer su gracia. Igualmente a los que lo irritan y que habitan en los sepulcros: es decir, a los completamente muertos, y dedicados a las obras muertas. Éstos irritan porque oponen resistencia a la justicia; los prisioneros tal vez quieren caminar y no pueden; suplican a Dios que se lo conceda, y le dicen: Sácame de mis angustias27. Y cuando Dios les ha escuchado, le dan gracias diciendo: Rompiste mis ataduras28. En cambio, los provocadores de la ira de Dios, que habitan en los sepulcros, son de aquella clase de personas, a las que se refiere la Escritura en otro lugar, diciendo: La alabanza de un muerto se desvanece como la de uno que no existe29. De ahí se deduce esta afirmación: El pecador, cuando llega al fondo de la maldad, se hace despectivo30. Porque una cosa es desear la justicia, y otra hacerle resistencia; una cosa es querer librarse del mal, y otra distinta el defenderlo en lugar de confesarlo: a unos y a otros la gracia de Cristo los libra con su fortaleza. ¿Con qué fortaleza, sino con aquélla que les hace luchar contra el pecado hasta derramar su sangre? De una y de otra clase de personas se consiguen hombres idóneos para que se edifique la casa santa de Dios: unos los liberados de sus ataduras, y los otros los que han sido resucitados. Por ejemplo, aquella mujer, a quien Satanás tuvo cautiva durante dieciocho años31, a una orden suya se le soltaron las ataduras, y lo mismo, con una voz venció la muerte de Lázaro32. El que hizo cosas tales en los cuerpos, puede hacer maravillas mayores en las costumbres, y lograr habitar en la casa de los que son unánimes, librando con su fortaleza a los encarcelados, lo mismo que a los que provocaban su ira, y que habitan en los sepulcros.” (San Agustín, Sermón al pueblo. comentario al salmo 67).

 

La segunda lectura es de la carta a los Hebreos (Hb12, 18-19. 22~24a) recoge una serie de reflexiones en las que el autor quiere exhortar a una vida coherente con todo lo que ha señalado anteriormente. Destaca aquí la urgencia de una vida “santa” y en paz (12,14), y presentará en 12,14-29 la santidad, continuara en el cap 13,1-19 reflexionando sobre la vida en paz con el prójimo.

En la reflexión se contrastan dos actitudes en “el monte” (vv. 18-24). En el texto se cita la segunda, esto es- la experiencia salvífica en el monte Sión (vv.22-24) donde alude a la “Jerusalén del cielo” (cf. 11,10.16). Ciertamente el contraste viene dado en el Sinaí, como “emblema” de Israel, y la “Jerusalén celestial” como imagen de la Iglesia; es la ciudad esperada por los patriarcas (11,10), la ciudad de descanso del pueblo definitivo (10,16.19). El clima del Sinaí es de angustia, negativo (e impersonal, ni el pueblo ni Dios aparecen), no hay relaciones humanas, no hubo alianza, de aquí que no hay nada que lamentar en que esa etapa haya sido superada. En la experiencia reseñada, en cambio, todo es encuentro, hay personas, hay Dios, hay fiesta. Dios no es el terrible, sino el cercano, hay reunión pacífica y fraterna (y sororal, acotemos). El clima de fiesta (v.22; cf. Dt 7,10) es de alabanza, asamblea, adoración, de “nueva alianza”. Alianza de una sangre que habla mejor que la del justo Abel (cuya sangre es un clamor que Dios escucha, Gen 4,10).

Teniendo en cuenta las maravillas del AT el autor las toma para destacar la superioridad excelente de las cosas nuevas; una liturgia donde miles de ángeles participan (v.22),

El monte Sión, sobre el que está edificado Jerusalén, es para el pueblo de Israel, y también lo es para los cristianos (Apocalipsis) la figura de la ciudad celestial. Este párrafo dice con imágenes imponentes todo lo que descubre la persona que se convierte a Cristo y entra en la Iglesia. Con el bautismo entra en la familia de Dios, de los santos y de los ángeles. Tiene acceso a ese centro misterioso donde se decide el destino del mundo, y encuentra a Jesús mismo.

En la conversión, uno puede tener la experiencia de esto y casi tocar con las manos estas verdades, pero no debe olvidarlo cuando, después, sobrevengan el cansancio, la desilusión y las pruebas. En el mundo actual es urgente que los cristianos sean testigos ante los hombres de la existencia de ese mundo distinto (nuevo), diverso y joven, bello y pacífico en el que Cristo nos introdujo con su muerte y su resurrección.

Jesús es el que posibilita el acceso a ese mundo nuevo. Para expresar esta novedad, la lengua griega tiene dos adjetivos: uno con que indica un nuevo género de vida y otro que expresa la juventud del ser.

La Nueva Alianza fundamentada en Cristo es a la vez un género nuevo de vida y una formidable irradiación de juventud. El creyente en este Mediador tiene que llenar de “verdad” y de “vida” estas palabras


El evangelio es de San Lucas (Lc. 14, 1. 7-14). En el texto se describe una de las frecuentes comidas de Jesús, propias de Lucas. El texto luego de presentar el marco narrativo (la comida en casa de uno de los jefes de los fariseos) omite el primer debate sobre el sábado y empieza una serie de temas sobre las comidas.

En primer lugar una intervención al notar que los invitados eligen los primeros lugares (v.7) que  finaliza con un frecuente dicho errante (v.11; cf. 18,14; Mt 23,12; cf. Sgo 4,6.10; 1 Pe 5,6). Luego se señala un nuevo dicho (v.12), esta vez dirigido a quien lo había invitado finalizado con una “bienaventuranza” (v.14).

Las diferentes actitudes de Jesús en las comidas –particularmente la importancia que Lucas les da- muestran elementos que deben destacarse de modo importante. Tenemos comidas con “publicanos y pecadores”, en las que lo habitual es la “murmuración” de los testigos, y comidas en casas de fariseos que parecen seguir en cierto modo el esquema del género literario de los simposios (Plutarco). Esto es una comida a la que un personaje importante es invitado y –a partir de algo fuera de lo común que este hace- se desencadena un debate entre los asistentes. En este caso, lo que Jesús –el invitado- hace, es curar en sábado ( esto no aparece en el texto litúrgico). Pero luego de este pequeño diálogo sobre el sábado, encontramos las escenas mencionadas.

Es bueno destacar que en el mundo antiguo habitualmente no se come sino con quien es “como uno”. El esquema visible del “honor” hacía imposible que uno compartiera la mesa con alguien con menor honor ya que eso manifiesta pública y visiblemente que uno se reconoce públicamente como des-honroso. Jesús es invitado porque para los fariseos se trata de alguien de un honor semejante (y por eso escandaliza cuando come con personas de menor honor, como es el caso de los publicanos). Sin embargo, hay algunas ocasiones en las que un banquete incluye gente de los más diversos grados de honor. Es el caso –por ejemplo- de un homenaje a un benefactor, en el que todo el pueblo participa. Sin embargo, los lugares en la mesa son indicio visible y evidente de las diferencias de honor de esos mismos participantes. Junto al agasajado se sientan los principales, y a medida que se van alejando, el honor es menor, terminando con clientes y esclavos. Un indicio de esto es que en la mesa no comen todos lo mismo, y mientras junto al homenajeado se sirven los mejores manjares, en la otra punta la comida es vulgar. Elegir los primeros lugares es –precisamente- una manifestación pública y visible del honor con que una persona se auto-comprende. En este sentido, ir a ubicarse al último lugar es a su vez una manifestación también visible del lugar que uno mismo se asigna. Es estigmatizante, y a su vez es una manifestación pública del honor que uno se asigna ante los demás.

Jesús es invitado a casa de un “jefe” (arjontes) de los fariseos. Los “jefes” suelen ser adversarios de Jesús (23,13.35; 24,20; Hch 3,17; 4,5.8.26; 13,27) pero en este caso parece referir simplemente a un líder del grupo. Pero ya sabemos que estos quieren ponerle una trampa a Jesús en lo que diga (11,53-54) y que se “las dan de justos delante de los hombres” (16,15), por tanto que esta invitación a comer sea un sábado deja abonado el terreno del conflicto.

En este caso Jesús presenta una parábola (aunque no lo sea precisamente), y se trata de una boda. Precisamente una fiesta a la que el pueblo entero está invitado. Es una característica parábola de actitudes contrapuestas (“no te pongas en el primer lugar” / “ve a sentarte en el último puesto”) que parece inspirarse en textos sapienciales (Pr 25,6-7; Sir 3,17-20), a lo que se añade la valorización cultural del “honor”. Ver que “buscan el primer lugar” (prôtoklisias) es algo que Mt 23,6 había señalado y Lucas en su paralelo de 11,43 había omitido, quizás para reservarlo a este momento. El honor (v.10) y la vergüenza (v.9) muestran esta diferencia contrapuesta. Sin embargo, la escena que parecería una estrategia precisamente para visibilizar el honor ante todo el mundo, finaliza con un dicho de Jesús que invita a otra lectura.

 Pues todo el que se ensalce, será humillado y el que se humille, será ensalzado” (v.11). Evidentemente encontramos aquí también una escena contrastante como la de la parábola; sin embargo, lo que llama la atención en este caso es la doble voz pasiva (será humillado / será ensalzado). Como es frecuente en la Biblia –especialmente en el período post-exílico, la voz pasiva es un modo frecuente de aludir a Dios sin nombrarlo (obviamente es algo que se da cuando no es visible quién es el hacedor del verbo). En este caso lo que se afirma es que Dios ensalzará y Dios humillará. Y esto nos cambia el enfoque de la escena. No se trata de ser exaltado / humillado por el que nos ha invitado a la cena, sino por Dios mismo. Esto indica que para Jesús Dios ve nuestra realidad con otros ojos distintos a aquellos con los que la sociedad ve a las personas. Los que son tenidos por valiosos (honor significa “valor” para el mundo antiguo; lo que una persona vale para la sociedad) no necesariamente son valorados por Dios. Mientras la sociedad contemporánea veía a determinadas personas (por su oficio, por su familia, por su trayectoria, por ejemplo) con un honor que los ponía por encima o por debajo de los demás, Jesús nos dice que Dios no lo ve así; la voz pasiva nos indica que Dios lo ve precisamente a la inversa. La sociedad de su tiempo valoraba que una persona se mostrara ante todos como importante, mientras que rechazaba a los que se mostraban humildes; es interesante notar que la “humildad” era habitualmente tenida por defecto, no como virtud por los moralistas griegos;; como algo propio de los esclavos, por ejemplo. El término es propiamente cristiano (recordar que el término, en la primera lectura no se refiere a la humildad como virtud sino en referencia a lo intelectual, al aprendizaje). La inversión de los valores en la dinámica del reino es algo habitual en Lucas: (1,48.52; 3,5; 10,15; 14,11; 18,14; Hch 2,33; 5,31).

En un segundo momento se dirige al que lo había invitado, el jefe de los fariseos. La sociedad antigua era sumamente fastuosa en sus acontecimientos públicos: el homenaje a un benefactor debe ser bien visible por todos: un banquete fastuoso, una estatua o un templo dedicado a una divinidad en su honor; todo debía hacerse a la vista de todos. Pero precisamente por eso, también a la vista de todos debía manifestarse la gratitud por los beneficios recibidos. Si uno era convidado a un banquete importante, debía dar otro banquete a su vez, y éste debía ser más suntuoso, con más invitados, para manifestar la gratitud con aquel que nos ha convocado. No ser suficientemente agradecido era sumamente grave. Jesús, entonces, propone una nueva actitud, nuevamente contracultural. “Cuando des… no invites” (el mismo esquema que en v.8). Lucas varía indistintamente las palabras [cena (v.12), boda (v.8), comida (v.12), recepción (v.13)], y aquí se refiere a una “recepción” (doxê), como la que Leví ofreció a Jesús (5,29). Los cuatro invitados habituales contrastan ahora con cuatro inesperados: pobres, lisiados, cojos, ciegos (los mismos cuatro –por otra parte- que se repetirán en la parábola que viene a continuación (v.21; cf. 7,22 sin “lisiados”); son grupos excluidos del sacerdocio (Lev 21,17-21) y del banquete escatológico:

La referencia en primer lugar a los pobres parece ser inclusiva, y puede leerse: “invita a los pobres, como por ejemplo, a los lisiados, cojos, ciegos...). El contraste –evidentemente- está dado entre los que pueden y los que no pueden “invitar a su vez”, es el modo de ser “compasivos, como es compasivo el Padre” (6,36), como en la escena anterior, Jesús invita a medir con “la medida del reino”..

Pero esto destaca a su vez otros elementos: por un lado, una renuncia no sólo a lo visible y exterior, sino también un reconocimiento de una igualdad explícita que viene dada por la comunión de mesa. Pero esto incluye una renuncia al honor al que se tiene derecho y en el que se manifiesta –siempre visiblemente- la valía que la sociedad reconoce a determinada persona o colectivo. Invitar a los que no tienen honor no es –solamente- un gesto de “caridad”, es una estigmatización social, un aceptar ser –ante todos- de bajo honor en la mesa compartida. Por otro lado, la gratuidad, que es algo propio de la lógica del reino. Éste no se guía con el “do ut des” (te doy y me das) propio de cierta religiosidad, y la lógica mercantil, sino del simple dar, como donación de sí.

Una nueva “voz pasiva” que refiere a Dios concluye la unidad: “(Dios) te recompensará en la resurrección de los justos”. El “banquete” es expresión escatológica (cf. 13,29) y alude, por lo tanto, a la resurrección, la cual –por otra parte- era particularmente creída por los fariseos (cf. Hch 23,6).

 

 

Para nuestra vida

Las lecturas de este domingo hacen un gran elogio de dos virtudes cristianas y humanas sumamente importantes: la humildad y el amor generoso. Cualquier persona que practique y viva estas dos virtudes cristianas es un santo cristiano. La humildad religiosa en primer lugar: saber situarnos ante Dios. Dios es nuestro Padre y nuestro único Señor; nosotros somos hijos de Dios, siervos y empleados de Dios. Todo lo que tenemos y somos, nuestro ser y nuestro obrar, es de Dios. Reconocer la soberanía única de Dios sobre nuestras vidas y sobre nuestras cosas, y actuar en consecuencia, eso es humildad. Somos brazos de Dios y boca de Dios.

A través de nosotros Dios quiere llegar a los demás, con nuestros brazos, con nuestros pies, con nuestras palabras y obras Dios quiere construir entre nosotros su Reino. Humildad religiosa es aceptar que Dios es Dios y que nosotros somos sus humildes siervos. También la humildad social es muy importante: saber situarnos ante los demás. Los demás son nuestro prójimo, nuestros hermanos, hijos de nuestro mismo Padre,

Es muy útil la enseñanza de la primera lectura (Eclesiastico). Con gran facilidad  podemos llegar a envanecernos e inflarnos tanto, que terminamos por invadirlo todo (Cf. 1Cor 1,31), sofocándolo todo y terminando por sofocarnos a nosotros mismos, no permitiéndole a Dios que nos impregne de su Espíritu de sabiduría.

Ella nos permitirá ponernos en plena armonía con Dios, que nos responderá con las efusiones de su gracia y descubriremos que puede que también los demás reaccionen hacia nosotros con idénticas muestras de benevolencia y apertura, colmándonos con una paz que el orgulloso jamás experimentará.

 

El salmo de hoy nos sitúa en la actitud de alabanza. Invitación a la alabanza y motivos. La bondad de Dios se manifiesta en la protección del humilde e indefenso, y en la providencia amorosa sobre el pueblo. Dios mira con verdadera piedad paternal a los pobres y humildes. Lo proclama la experiencia secular de Israel. El Señor Dios merece la alabanza. Cristo ratificará de forma solemne esa imagen de Dios: pobre, humilde, por los pobres y humildes de la tierra.

Es una magnifica reflexión para cada uno de nosotros, en nuestras relaciones sociales, especialmente con los que consideramos inferiores a nosotros.ratamos como ios nos trata y trata a cualquier persona?

Los justos se alegran, gozan en la presencia de Dios, rebosando de alegría”. La confianza auténtica siempre experimenta a Dios como amor, a pesar de que en ocasiones sea difícil intuir el recorrido de su acción. Queda claro que “el Señor guarda a los sencillos» (versículo 6). Por tanto, en la miseria y en el abandono, se puede contar con él, «padre de los huérfanos y tutor de las viudas” (Salmo 67,6).

Si se violan los derechos de los pobres, no se cumple sólo un acto políticamente injusto y moralmente inicuo. Para la Biblia se perpetra también un acto contra Dios, un delito religioso, pues el Señor es el tutor y el defensor de los oprimidos, de las viudas, de los huérfanos (Cfr. Salmo 67, 6), es decir, de quienes no tienen protectores humanos.

El Dios de los “pobres”: “Padre de los huérfanos y defensor de las viudas”, pone todo su poder al servicio de quienes ama con predilección, para disipar a sus enemigos, “como la cera se derrite al fuego”; en cambio, desde su templo santo, a huérfanos y a viudas da su auxilio”.

 

En la segunda lectura la reflexión está centrada en el actuar y hablar de Dios. Dios habló en un tiempo… por los profetas…, en los últimos tiempos habló en el Hijo. Dios habló es la afirmación fundamental. En el Hijo, la novedad transcendental. El Aconteci­miento Cristo, Palabra de Dios, el tema de la obra.

Dios habló y Dios habla: Dios continúa hablando. El autor recurre al entonces de la Antigua Alianza para, por contraste, presentar la hondura y transcendencia de la Nueva Alianza. La comparación de una con otra atraviesa toda la carta.

Dios habló en el Sinaí a Moisés. Fue una teofanía tremenda. Dios habló en el Sinaí. En un monte. Monte alto y apartado. Una masa de tierra tangible. Dios habló sobre la tierra. El lugar era terreno, de este mundo. Dios habló desde el monte. Habló con voz de trueno, de forma espantosa. Los hombres no «podían» oír aquella voz. Pidieron que Dios no les hablara, que les hablara Moisés. En realidad el pue­blo no tuvo acceso a Dios. Aun siendo un monte tangible no se podía tocar. Había amenaza de muerte sobre el que osara acercarse a él. El pueblo no vio a Dios ni entendió sus palabras. Necesitaron del intérprete Moisés. La manifes­tación terrena del Dios Santo se mostró insoportable. Así fue el «hablar» de Dios entonces.

En cambio, el hablar de Dios AHORA es diverso. No es un monte tangible, terreno. Es la Ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, la Asamblea de… Es algo divino. Y con ser divino es al mismo tiempo, bajo otro aspecto, tangi­ble. ¡Tenemos acceso a Dios! Estamos ya dentro. No está castigada con la muerte la entrada a tan sa­grado recinto. Todo lo contrario, la Muerte ame­naza al que se queda fuera. La Voz de Dios, su Hijo, es audible. No espanta, atrae; no aterra, con­suela; no hiere, sana; no mata, salva. La Voz del Hijo nos hace hijos; como la voz del siervo Moisés hacía siervos. Jesús no es un media­dor; es el Mediador. Y la alianza es la eterna Alianza. La Voz de Dios se ha hecho carne nuestra. Jesús no se aver­güenza de llamarnos hermanos. No lo rodea niebla y fuego, sino luz y Espíritu. Por eso, ¡hay que oír su voz!.

Todo esto es el gran regalos de Dios.

 

El evangelio nos presenta las reflexiones de Jesús, con ocasión de la invitación a una comida. Estas  son dos: la primera se refiere a la tendencia casi instintiva que nos empuja a ocupar los primeros puestos en los banquetes, y, la segunda, a la gratuidad que debe regir dichos convites.

Todos buscan ocupar los puestos de honor. Esta actitud tiene como resultado alejar al ser humano de sí mismo (lo ‘aliena’), alejándolo al mismo tiempo de Dios, que habita en las profundidades de su corazón. No se atiende a la propia realidad más profunda sino que se termina por depender de las apreciaciones de los demás. Esto lleva a ‘desperfectos’ en todos los campos (pensemos, para citar un ejemplo, en algún artista que sólo trabajara buscando el éxito), pero sobre todo produce ‘desperfectos’ graves en la vida espiritual.

Hasta se puede llegar a abandonar la fe si esta no asegura los primeros puestos, convirtiendo a la fe en un trampolín para ponerse en evidencia, para ocupar puestos de importancia (aunque fuera sólo a los propios ojos y en secreto), para ser admirados por los demás (baste recordar las enseñanzas de Jesús sobre los fariseos de todos los tiempos que usualmente se hallan entre las personas más ‘religiosas’), pero al proceder de esta forma se destruye la esencia misma de la fe.

En ese contexto Jesús  expresa el conocido dicho, “todo el que se exalta será humillado, y el que se humilla será exaltado”, que nos permite captar el núcleo de la enseñanza evangélica. En presencia de Dios todo ser humano se encuentra situado en el lugar justo y adecuado, y la mano del Señor realiza la elevación de los humildes y la humillación de los soberbios (Ver Sal 113,7 y 1 Pe 5,5-6), tal como lo canta María. Pero es necesario advertir que la humildad es una virtud muy difícil de ser vivida y que además corre el riesgo, si no es correctamente entendida, de suscitar actitudes contrahechas y hasta perversas, generando búsqueda de méritos y terminando por propiciar comportamientos que justamente son los que Jesús condena. Es mejor hablar dehumillación-abajamiento, ya que sólo si aceptamos las humillaciones que provienen de nosotros mismos, de los demás y de Dios, podremos descubrir nuestra propia indigencia y, aceptándola, llegar a atisbar, con verdad, lo que significa la humildad evangélica.

La segunda reflexión!-, la hace Jesús, dirigiéndose a quien lo recibe, le recomienda:” Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos.

El mensaje es claro, si queremos ser sus discípulos, debemos expulsar de nuestras vidas la perversa lógica del ‘intercambio’, de la ‘reciprocidad’, del ‘doy-para-que-me-den’ (Cf. Lc 6,30. 35). La vida de Jesús se desarrolló de acuerdo a dicha ‘lógica-ilógica’, tal y como lo cantan las Bienaventuranzas y el Magníficat y tal como, lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclamó en una ocasión Jesús: te bendigo Padre porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y se las has revelado a los pequeños (Lc 10,21). Por algo Jesús concluye sus recomendaciones con una de sus bienaventuranzas: ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos”.

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusale.com


sábado, 29 de marzo de 2025

Comentarios a las lecturas del IV Domingo de Cuaresma 30 de marzo de 2025

 En esta Cuaresma abunda el mensaje de lo que significa la  "misericordia". La palabra misericordia además del significado de  perdón o  compasión, tiene también otros significados: en la parábola del Buen Samaritano se identifica con lo que hoy llamamos "solidaridad".

El origen etimológico de la palabra revela un sentido más rico y profundo. En hebreo "rahanim" expresa el apego de un ser a otro. Para la mentalidad semita este apego nace en el seno materno o útero, es decir en las entrañas. Nosotros diríamos que significa que una persona está en el corazón de otra: es el cariño, la ternura que se traduce en compasión y perdón ante el fallo de nuestro prójimo.


Hoy celebramos el cuarto domingo de Cuaresma, aquel que se denomina Laetare: domingo de fiesta exultante, que nos invita a vivir contentos. Todas las lecturas nos hablan del amor desbordante de Dios: esa es la fuente de nuestro gozo.

Las lecturas de este domingo son una llamada a confiar en la providencia divina. Siempre dar gracias, siempre esperar, siempre estar tranquilos, serenos, optimistas. Dios proveerá. Estemos plenamente seguros del Señor, de su inmenso amor y de su poder infinito.

La primera lectura nos invita a celebrar la Pascua, nos estimula en nuestro camino hacia la Pascua de la Nueva Alianza.

Para nosotros, los creyentes liberados de la ignominia del pecado (cfr. segunda y tercera lectura), la Pascua es la culminación de las celebraciones del año. La Pascua del Señor nos abre las puertas del paraíso y del Reino, de la tierra prometida.

En la segunda lectura San Pablo nos dice que en Cristo somos una creación nueva.

 

En la primera lectura  (Jos 5,9a.10-12) , En Jos 5 se narran tres acontecimientos diversos: circuncisión (vs. 2-9), celebración de la Pascua (vs. 10-12) y la aparición de un hombre misterioso a Josué (vs. 13-15). Ninguno de los tres relatos guarda relación entre sí.

Vs. 10-12: Celebración de la Pascua. El ritual y el significado de la fiesta se describe en Ex. 12-13: tal vez en su origen pudiera denotar una fiesta de pastores en la que se celebrara la fuerza de la naturaleza que irrumpe con la nueva vegetación de la primavera (primera luna-llena del mes de Abib o de Nisán), pero en el Éxodo Israel le da un nuevo significado como recuerdo o memorial de la liberación de Egipto. Pasada la antigua amargura se requiere celebrar, con alegría, la liberación. En este momento ya no se requiere el maná, alimento providencial en el desierto, sino los nuevos productos de la tierra conquistada y poseída. La promesa de la liberación ya se ha cumplido. 

"Hoy os he despojado del oprobio de Egipto": Estamos en las puertas de la tierra prometida y el texto que precede al de esta lectura, ha explicado la circuncisión a la que han sido sometidos los israelitas antes de entrar en ella. La primera frase de la lectura es la conclusión de la descripción anterior. ¿C6mo debe entenderse? El oprobio de Egipto se referiría a la situación de incircuncisión. En este caso el autor desconoce que también la circuncisión se practicaba en Egipto. Algún comentario lo ha referido a la situación de esclavitud, pero ello no concuerda con el contexto.

"Los israelitas acamparon en Guilgal y celebraron la Pascua": En la primera estancia en la nueva tierra, en Guilgal, Israel celebra la Pascua después del rito de la circuncisión. En el capítulo anterior, Josué hace erigir doce piedras del Jordán, que delimitan un espacio sagrado que perdurará muchos años, y donde se conmemorará el final del camino penoso por el desierto y la entrada en la tierra.

Fijémonos en la etimología del nombre "Guilgal". La raíz indica "girar, remover, quitar de encima"; por la remoción del prepucio (=circuncisión) a los israelitas se les quita de encima el oprobio de Egipto, pasando así de la condición de esclavos a la de ser libres, y perteneciendo ya al Señor. Esta es la nueva vida del pueblo.

-Vs. 10-12: Celebración de la Pascua. El ritual y el significado de la fiesta se describe en Ex. 12-13: tal vez en su origen pudiera denotar una fiesta de pastores en la que se celebrara la fuerza de la naturaleza que irrumpe con la nueva vegetación de la primavera (primera luna-llena del mes de Abib o de Nisán), pero en el Éxodo Israel le da un nuevo significado como recuerdo o memorial de la liberación de Egipto. Pasada la antigua amargura se requiere celebrar, con alegría, la liberación.

 "El día siguiente a la Pascua comieron del fruto de la tierra": La primera Pascua, en Egipto, señaló el fin de la esclavitud y el principio de la libertad; ahora, señala también el comienzo de la posesión de la tierra, de lo que había sido prometido como realización total de la libertad. En este momento ya no se requiere el maná, alimento providencial en el desierto, sino los nuevos productos de la tierra conquistada y poseída. Ya no será necesario el maná, porque se ha pasado del peregrinaje a la fruición del don de la salvación. La promesa de la liberación ya se ha cumplido. 

 

El responsorial de hoy es el salmo 33 (Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7) El Salmo 33 es un canto de acción de gracias. Son muchos los beneficios que el salmista ha recibido del Señor y se ve en la necesidad de agradecérselos. En tantos momentos, especialmente en las pruebas de la vida, ha visto la mano bondadosa de Dios, su fidelidad, su solicitud, que ahora quiere expresar en un canto estupendo toda su gratitud al Dios providente de Israel.

Las pruebas que Dios permite no superan nunca las fuerzas del justo, de modo que las fuerzas del mal no parecen romper el equilibrio de la fidelidad.

El salmista tiene experiencia de esta protección y solicitud de Dios y por eso le agradece su bondad y al mismo tiempo comunica a los demás su vivencia, exhortándolos a la fidelidad y a la confianza, invitándoles incluso a que ellos mismos tengan esa experiencia de la providencia y de la cercanía de Dios.

Por esto este salmo tiene igualmente un cariz sapiencial y exhortativo. Como muchos salmos de tipo sapiencial, el salmo 33 tiene en su original hebreo forma acróstica o alfabética.

La estructura del salmo (dividido en dos partes en la Liturgia de las Horas) la podemos fijar así:

a) Introducción: el salmista se exhorta a sí mismo y a los demás a agradecer y bendecir al Señor: vv. 2-4.

b) Motivación: la bondad y la condescendencia de Dios: vv. 5-8.

c) Invitación a la confianza en Dios: vv. 9-21.

d) Conclusión: resumen de la enseñanza de todo el salmo.

Alabanza y agradecimiento sinceros: el salmista alaba incesantemente, en todo tiempo, al Señor; su alabanza está siempre en sus labios. En Dios tiene puesta su gloria: su orgullo y su felicidad es Yahvé, su todo. Este inicio nos recuerda el comienzo del Magníficat de María: también la Virgen se sentía dichosa y feliz viendo las maravillas del Señor. Salmo: "Bendigo al Señor en todo momento... mi alma se gloría en el Señor..."

El autor invita a los humildes a que le escuchen y se alegren, y también ellos se sumen a su alabanza: "Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre": él se siente insuficiente para aclamar y agradecer al Señor, y por esto recurre a sus fieles para que le acompañen en su alabanza.

La vida interior intensa, la experiencia de Dios se traslucen siempre, se irradian espontáneamente, se comunican. Es como la lámpara que arde e ilumina.

El salmista invocó al Señor, y Dios se inclinó hacia él, le escuchó, y respondiéndole le libró de todas sus ansias, de todos sus males y angustias. "Yo consulté al Señor y me respondió". Su confianza en Yahvé se vio correspondida. Dios no desatiende jamás las súplicas de aquellos que le invocan. Por esto de nuevo el autor exhorta: "Contempladlo y quedaréis radiantes": mirar a Dios es mirar la luz y por tanto, reflejarla. Quien camina en la luz se halla iluminado, irradia él mismo luz, luz de alegría, de confianza, de seguridad. La frente de los justos no tiene de qué avergonzarse, puede ir siempre alta.

 

En la segunda lectura de hoy ( 2 Cor 5,17-21 ) Este capítulo tiene dos partes bien diferenciadas: la primera (vv 1-10) viene a ser el final de la perícopa de ayer, exponiendo la actitud cristiana respecto a los últimos tiempos; la segunda (11-21), profundiza el tema del ministerio apostólico.

En Corinto San Pablo tiene que enfrentarse a personas que comparten su entusiasmo. Aquí tiene que corregir las consecuencias de su propio mensaje, no con los adversarios, sino con sus propios seguidores. Para los corintios el Espíritu era un poder celestial milagroso, que se expresaba hablando en lenguas y con dones extraordinarios y que ya ahora hace que los seres humanos estén en una vida más allá de lo cotidiano. Las vivencias extáticas eran consideradas experiencias-cumbre religiosas.

Quiere mostrar a los corintios que una intensa experiencia de la vida en el Espíritu no es el factor decisivo, pues lo decisivo es cómo la persona dirige la energía del Espíritu para el bien de los hermanos.

En la primera parte, Pablo no puede hablar de experiencias suyas, sino que expresa una comprensión particular del último momento, la parusía. Este tema, tratado ya en la primera carta (1 Cor 15), fue siempre un punto oscuro para la comunidad de Corinto y, probablemente, lo motivó la misma predicación del Apóstol. Siguiendo el pensamiento judío, parece creer en un estado intermedio, de existencia semimaterial, que tendrá lugar después de la muerte y antes del retorno de Cristo.

En la segunda parte, es parte del texto de hoy, encontramos uno de los pasajes más importantes de esta carta: la radical novedad de la existencia humana, que corresponde a la reconciliación del hombre con Dios, operada por Cristo. El pensamiento de Pablo hay que enmarcarlo dentro de la escatología profética que pregona los últimos tiempos en términos de salvación y de nueva creación. Si el realismo de Pablo le obliga, en algunas cartas, a insistir en la necesidad de una tarea a realizar, en ésta encontramos la afirmación de la nueva realidad como una situación ya presente (17) que afecta a todo el universo, pero principalmente al hombre.

Sólo Cristo como gran ministro, ha podido realizar este estado de reconciliación cósmica que implica la justificación para el hombre (21). El ministerio apostólico es siempre una invitación a "reconciliarse con Dios" (20).

"El que es de Cristo es una creatura nueva": La Antigua Alianza ha pasado y, con la resurrección de Cristo, ha empezado algo nuevo transformador de la existencia y de la historia humanas. Esta obra nueva tiene a Dios como autor y unos hombres han sido llamados a colaborar con ella. La obra nueva consiste en una acción de reconciliación desde la misericordia de Dios, manifestada en Jesucristo. Los destinatarios son la humanidad e -indirectamente- toda la creación. Dios se comporta para con el hombre como si no hubiera habido pecado. La misión del apóstol es la de ser un comunicador de esta conducta de Dios.

"En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios": Pablo pasa ahora a la exhortación. El anuncio de la buena noticia de la reconciliación puede quedar estéril si no encuentra acogida en el hombre.

"Al que no había pecado, Dios lo hizo expiación por nuestro pecado": Literalmente dice: "lo hizo pecado". La traducción es un intento de explicación del significado de la expresión. Aquí se sitúa dentro del contexto de la reconciliación. Lo que queda claro es que la frase juega con una doble dimensión: quien no ha cometido pecado alguno ha sufrido por el pecado de los hombres.

San Pablo pide a los cristianos de Corinto que se reconcilien con Dios, viviendo como criaturas nuevas. Sabemos que en la comunidad cristiana de Corinto existían desavenencias y divisiones dentro de la comunidad cristina, precisamente porque, en muchos aspectos, seguían viviendo como criaturas carnales. San Pablo les dice que por el bautismo de Cristo han sido ya hechos criaturas nuevas, espirituales, y que deben vivir como tales, amándose mutuamente y viviendo como auténticos hijos de Dios, no como esclavos del pecado y de los ídolos.

San Pablo no escribe a la iglesia en Corinto como si ésta estuviera recién creada. La comunidad de  Corinto tenía ya varios años de vida. Conforme pasaban los años, la comunidad  había crecido. La componían todo tipo de personas: recién convertidos, hombres y mujeres de muchos años como cristianos, algunos que ya habían nacido en una familia cristiana, gente con grandes recursos económicos, hermanos en pobreza, libres, esclavos. Esto ocasionó –como suele suceder- fricciones y discusiones al interior de la comunidad. Había un problema fundamental: los llamados “entusiastas”.

Se sumaban además las fricciones entre la comunidad y el constante acoso de falsos apóstoles. Corinto se había convertido en una iglesia que importó actitudes y acciones propias del mundo, pero lejanas al espíritu cristiano. Lo “viejo” seguía reinando. Eran muy “espirituales”, consideraban experimentar grandes manifestaciones del Espíritu, pero sus relaciones no habían sido modificadas. Sí, sus pecados habían sido perdonados. Eran justificados por la fe y salvos por gracia, pero queda la pregunta si eran participantes del Reino de Dios o, en lenguaje de Pablo, si ya se encontraban reconciliados con Dios.

La reconciliación con Dios es profunda e intima. El Dios bíblico es el que libera al pueblo de Israel de Egipto, el que denuncia a los falsos pastores, que confronta a ídolos y sacerdotes de cultos contrarios a la justicia. Si Jesucristo nos enseña a amar al enemigo, también somos enseñados a no dejarnos dominar por nadie, pues sólo Dios es el Señor. Si somos impulsados por la misericordia del Nuevo Testamento, también somos confrontados con el celo de justicia en el Señor. Nuestra vida está regida por el Dios del Éxodo, se nos invita a ser libres, quitando a todo faraón de nuestras mentes e historias, para atreverse a contar y crear nuestra propia historia. Se nos exige no juzgar, pero igualmente somos exhortados a denunciar el pecado con sinceridad. Pecado que no es una moralina hipócrita (como señalar los fallos de los demás), sino como lo describe la Biblia: todo aquello que rompe la unidad con Dios, como lo son injusticias, opresión, imposición, desprecio; pecado como todo aquello que atenta en contra del prójimo.

 

El evangelio de este domingo ( Lc 15,1-3.11-32 ) es la parábola del hijo pródigo o "Del Padre misericordioso" porque en realidad es el padre,  el auténtico protagonista.

El contexto de la parábola está rodeada de una realidad social y es la de los fariseos y los escribas que  murmuraban entre ellos: "ese acoge a los pecadores y come con ellos".

Inmediatamente después de esta descripción, San Lucas presenta tres parábolas entrelazadas entre sí por el mismo tema de la misericordia divina: la oveja perdida (Lc 15,4-7), la dracma perdida (Lc 15,8-10), el hijo perdido (Lc 15,11-32). Esta última parábola es el tema del evangelio de hoy.

En la parte central del tercer evangelio hallamos el capítulo 15, el de "las parábolas de la misericordia", una auténtica obra maestra de la literatura cristiana.

La finalidad de estas parábolas (oveja perdida, dracma perdida, hijo pródigo) era contestar a los fariseos su crítica porque Jesús acogía a los pecadores.

De las tres parábolas, la de hoy, la del hijo pródigo, es la más conocida y la más rica en enseñanzas. Hace una descripción psicológica y teológica incomparable sobre el corazón del hombre y el corazón de Dios, sobre la realidad del pecado y de la gracia.

Dos situaciones paralelas configuran la introducción del texto. De una parte, los recaudadores y pecadores escuchando a Jesús; de otra, los fariseos y letrados criticando la condescendencia de Jesús. La parábola que sigue es la respuesta de Jesús a la crítica de los fariseos y letrados.

La parábola tipifica en dos hermanos las conductas de los dos grupos de la introducción. De una parte, el hermano menor: símbolo representativo de los recaudadores y pecadores; de otra, el hermano mayor: símbolo de los fariseos y letrados.

La parábola sigue a otras dos en las que se habla de la alegría de Dios por la conversión de los pecadores. Este ordenamiento de las tres parábolas convierte, a su vez, al padre de la tercera en símbolo representativo de Dios.

En su primera parte la parábola reproduce la conducta del hijo menor, desde su marcha de la casa paterna hasta su retorno a ella. Pieza magistral de realismo y ternura. Ciclo sellado por la alegría festiva del reencuentro y cerrado en lo tocante al hijo menor. En su segunda parte la parábola reproduce la reacción negativa del hijo mayor y los esfuerzos del padre por convencerle a que se sume a la alegría festiva del reencuentro con su hermano. Todo en esta segunda parte es tipo de las situaciones de la introducción.

La alegría festiva es símbolo de la convivencia amigable de Jesús con los recaudadores y pecadores; la negativa del hijo mayor a tomar parte en la fiesta es símbolo de la crítica de los fariseos y letrados a la condescendencia de Jesús.

-"Ese acoge a los pecadores y come con ellos": La introducción del capítulo pone en evidencia el contexto de las parábolas que Jesús pronuncia. Jesús comiendo con los pecadores manifiesta, de una forma palpable y activa, la misericordia de Dios. La crítica de los fariseos a la actuación de Jesús es una crítica al estilo de actuar del mismo Dios. Las tres parábolas del capítulo: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo, pretenden dar una respuesta que ponga en evidencia el profundo contraste que hay entre la opción farisea y la opción de Dios.

"Un hombre tenía dos hijos...": La parábola denominada del "hijo pródigo", ha sido también para algunos denominada la parábola de "los dos hijos"; pero el verdadero protagonista es el padre, que con su amor pasa por encima de la irreflexión del más joven y la mezquindad del mayor. Este amor del padre es el camino que vemos en la actuación de Jesús y que, a través de la parábola, nos indica que se trata de un amor que manifiesta el de Dios, que también es Padre.

"Hijo... deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido...": Todo el dinamismo de la narración lleva hacia la situación conflictiva con el hermano mayor, que ilustra la actitud intransigente de los escribas y fariseos. El hijo mayor no sabe comprender que el amor del padre pasa por encima del pecado y no quiere participar en el banquete... La interpelación es una invitación a reconocer en el hijo pequeño, al hermano. A reconocer en el pecador a tu propio hermano. Sólo desde este descubrimiento se puede sintonizar entonces con Jesús y con el plan de Dios.

Jesús no dirige su parábola a los fariseos y escribas para que estos se fijen en el comportamiento del hijo, sino para que se fijen en el comportamiento del Padre. Por eso, esta parábola debe llamarse con propiedad parábola del Padre pródigo, mejor que llamarla parábola del hijo pródigo. Y no hay duda de que esta parábola refleja mejor aún que ninguna otra la inmensa misericordia de Dios, como padre, hacia todos sus hijos, hacia los que siempre se portaron bien –hijo mayor- y hacia los que se portaron muy mal –hijo menor-. Lo que Jesús quiere decir con esta parábola a los fariseos y escribas que le criticaban es que él está haciendo con los pecadores que se acercaban a él exactamente lo que hace Dios con todos nosotros, justos y pecadores: amarnos pródigamente, es decir, con una generosidad sin límites.

  Fijémonos en la respuesta final del Padre (Lc15,31-32:). Así como el Padre no presta atención a los argumentos del hijo menor, así tampoco presta atención a los argumentos del hijo mayor y dice: " Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ¡ha sido hallado!" ¿Será que el mayor tenía realmente conciencia de estar siempre con el Padre y de encontrar en esta presencia la causa de su alegría? La expresión del Padre "¡Todo lo mío es tuyo!" incluye también al hijo menor que volvió. El mayor no tiene derecho a hacer distinción. Si él quiere ser hijo del Padre, tendrá que aceptarlo así como a él le gustaría que el Padre es. La parábola no dice cuál fue la respuesta final del hermano mayor. Esto le toca al hermano mayor, que somos todos nosotros.

  La acción salvadora de Dios es fuente de alegría: “¡Alégraros conmigo!” (Lc 15,6.9) Y de esta experiencia de la gratuidad de Dios nace el sentido de la fiesta y de la alegría (Lc 15,32). Al final de la parábola, el Padre manda alegrarse y hacer fiesta. La alegría queda amenazada a causa del hijo mayor que no quiere entrar. El piensa que tiene derecho a una alegría sólo con sus amigos y no quiere la alegría con todos los miembros de la misma familia humana. El representa a los que se consideran justos y observantes y piensan que no precisan conversión.

Para nuestra vida.

La liturgia de hoy, ya desde su comienzo, nos invita a la alegría: "Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis...". (antífona de entrada). Y es que ya están próximas las fiestas pascuales y, con ellas, la plena restauración de la comunidad cristiana por la Muerte y Resurrección de Cristo. Por ello pedimos al Señor en la oración colecta que el pueblo cristiano se apresure, con fe viva y entrega generosa, a celebrar las fiestas pascuales. A lo largo de estas semanas hemos tomado conciencia de que somos pecadores. Y, como el hijo pródigo, hemos emprendido el itinerario penitencial para volver a la casa del padre. El camino de la penitencia será auténtico en la medida en que sepamos abrir comprensivamente nuestro corazón a los demás, perdonándolos y evitando cualquier actitud de superioridad o soberbia espiritual.

Así entramos en los sentimientos del corazón de Dios que nos dice hoy: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado (evangelio).

No participaremos en todo este misterio de salvación sino iluminados por la claridad que la fe y la gracia bautismal encendieron un día en nuestro espíritu. En el camino cuaresmal de conversión vamos renovando esa gracia bautismal y, peregrinos en un camino oscuro, vamos recuperando el esplendor de la fe. Todo ello se traducirá, en la práctica, en aprender a amar a Dios de todo corazón (cf. oración después de la comunión). Por toda esta luz experimentaremos hoy una especial alegría.

 

En la primera lectura nos presenta un texto del libro de Josué, este libro  empalma directamente con el Éxodo.

En la lectura de hoy se nos describe el paso del Jordán. La finalidad de este relato es darnos un paralelismo con el paso del Mar Rojo al comienzo del Éxodo, haciéndonos comprender la entrada en la tierra prometida como un acto de culto y de fe en la fidelidad de Yahvé, que les daba la tierra.

Ya han llegado a la tierra prometida, y lo mismo que la fiesta de la Pascua acompañó el Éxodo, también ahora la celebran los israelitas al acampar en esa tierra. La fiesta de la Pascua cierra y conmemora la salvación de Yahvé en los días del desierto desde Egipto a Palestina. Se cierra también el paréntesis del maná; ahora cambia el estilo de vida: los frutos de la tierra serán en adelante la riqueza y el alimento del pueblo en la patria que Dios les ha dado.

El pueblo ha llegado a la tierra prometida. Atrás quedaron los largos años de caminar con rumbo perdido por el desierto. También, en el lejano horizonte del tiempo, se perdió la esclavitud y la opresión. Ahora ha cesado su vida de judío errante, ahora el pueblo descansará en la posesión de esa tierra que Dios les ha dado. En la estepa de Jericó, en Guilgal, acamparon los israelitas para celebrar la Pascua, la primera dentro de los confines de la tierra soñada tanto tiempo. Allí Dios les dio el maná cuando no tenían otro medio de alimentarse, de sobrevivir, pero que cuando ellos, el pueblo, ya podía vivir del fruto de su trabajo, cesó el maná.

"En aquellos días, el Señor dijo a Josué: Hoy os he despojado del oprobio de Egipto ". El día siguiente a la Pascua, ese mismo día, comieron del fruto de la tierra: panes ázimos y espigas fritas. Cuando comenzaron a comer del fruto de la tierra, cesó el maná. La confianza en que Dios proveerá, no debe nunca excluir nuestro trabajo para conseguir lo que necesitamos, nuestra colaboración.

 

En  el salmo 33 se en el proclamamos: "¡gustad y ved qué bueno es el Señor!".

El verso de este salmo que repetimos, Gustad y ved, no habla de fe ciega, de conocimiento abstracto o de razonamientos. La bondad del Señor no solo se sabe o se cree, sino que se gusta, se saborea, se palpa, se ve. La experiencia de Dios no se limita a nuestra mente, sino que rebasa el campo del pensamiento y empapa toda nuestra existencia. Dios nos habla a través del corazón y de los sentidos. Y su sabor es bueno. Su experiencia es dulce y vivificante. No nos adormece, sino que nos despierta y nos fortalece.

Quien experimenta a Dios en su vida rebosa, y no puede menos que prorrumpir en alabanzas. Irradia ese amor que lo llena.

El contacto con Dios libera de temores, miedos, angustias. No sólo las aparta de nosotros: nos libera.

Tantas veces no gozamos de esto porque no somos capaces de salir de nuestro yo, de la ceguera que padecemos y nos quedamos contemplando a un Dios que nos manda cumplir sus mandatos y preceptos y no llegamos a  descubrir la vida, el gozo, la felicidad que nos trae a través de ellos y de los acontecimientos de nuestra vida, las gracias que nos da.

  Gustad y ved es una invitación personal, pero a la vez comunitaria, es la experiencia de un pueblo, no es suficiente que haya hombres y mujeres que gusten y vean lo bueno que es el Señor y las maravillas que hace, tenemos que tener esa misma experiencia como pueblo, como comunidad y dar testimonio de ello. Los israelitas en Egipto no tenian experiencia de pueblo, por eso anduvieron cuarenta años por el desierto y cuando entraron en la tierra prometida se sabían el pueblo escogido.

  A lo largo de la Palabra de Dios se nos hace constantemente esta invitación:

      -Desde la creación (gustad y ved el poder y el amor de Dios)

      -Desde el paraíso y la desobediencia (gustad y ved la alianza que hace con el hombre)

      -En toda la historia de salvación, pasando por Abraham, Moisés, todos los profetas, los salmos y como culmen la venida de Jesús que nos revela el rostro del Padre que viene a darnos el acceso a los bienes del cielo y la participación del Espíritu Santo.

En el salmo podemos ver y experimentar la  cercanía de Dios: un Dios al que podemos hablar, y que nos responde. Lejos de él esas concepciones de una divinidad distante, impersonal, neutral y alejada de los asuntos humanos. El Dios de Israel, el que transmiten los salmos, el Dios de nuestra fe cristiana, es personal, próximo, dialogante. Nos escucha y nos atiende. Nada de lo que es humano le resulta indiferente. Por eso, los creyentes tenemos motivos sobrados para la alegría, para el ánimo y el coraje. Tenemos motivos para “quedar radiantes” y no avergonzarnos jamás de nuestra fe.

¿Cómo es posible experimentar esta cercanía, esta intimidad  con Dios?.

 

En la segunda lectura San Pablo da la explicación: "El que es de Cristo es una criatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el servicio de la reconciliación. Es decir, Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado el mensaje de la reconciliación".

Lo que sucedió en Corinto se repite en nuestros días. Ser cristiano no es sólo el saberse perdonado y limpio de pecados, el tener la esperanza de la vida en Dios, aceptar un código doctrinal o llevar una vida devota. Ser cristiano, en estricto espíritu paulino, es la transformación integral de la vida; es amarse y amar al otro en el mismo grado. El cristiano es el que sigue a Cristo, aquél que mandó amar a los enemigos, no juzgar sino acompañar al que flaquea, ser amigo de aquellos que son rechazados por la mayoría. Ya no es sólo hablar del que es justificado y perdonado. Debemos hablar de los que van más allá y son reconciliados con Dios. Cuando Cristo es el centro de la existencia, entonces todo lo viejo debe ser abandonado. Esto no significa evitar aprender de las experiencias (buenas o malas) o pretender que las malas decisiones y errores no existieron. Poner lo viejo atrás es atreverse a ir hacia lo nuevo, permitir que Dios nos transforme en nuevas criaturas. Requerimos ser transformados para dejar atrás lo viejo, amar a aquellos que consideramos enemigos, amar y conciliar sin juzgar, ser amigo de aquellos que están en la periferia (¡cualquier periferia!).

Apliquémonos a nosotros mismos estos consejos de san Pablo y vivamos como personas espirituales, dirigidos y gobernados por el espíritu de Cristo, por el amor cristiano, no por nuestras pasiones y esclavitudes corporales.

 

 

Reconciliación es la palabra clave del texto. repetida en cada versículo. Otras palabras parecidas son: expiación, salvación, renovación. Esta es la obra de Cristo y es también nuestra misión y nuestra tarea.

Cristo es reconciliación viva. Cristo es la bandera blanca que Dios envía al mundo. Cristo es el abrazo personal entre Dios y los hombres. Cristo es nuestra paz. El se hizo responsable de nuestros pecados, cargó con ellos y los clavó en la cruz. Así, Dios, por medio de Cristo, no destruyó a los enemigos sino a la enemistad. Entonces brotó el arco iris que abrazó al cielo y a la tierra.

Tarea nuestra es actualizar esta reconciliación de Cristo, seguir anunciando la paz y trabajar por ella. Reconciliar unos hombres con otros, unos pueblos con otros, y todos, el mundo entero, con Dios. ¡Qué tarea más difícil, pero a la vez qué gratificante, la de reconciliar personas, familias, Iglesias, regiones, pueblos, etnias, Estados! Sigue siendo necesaria la cruz, la de Cristo y la nuestra, extender bien los brazos para abrazar al mundo.

Hay que derribar primero muchos muros de incomprensión, odios y resentimientos, injusticias y opresiones... Pero todo es viejo y «lo antiguo ya ha pasado». En Cristo ya ha empezado algo «nuevo».

 

Desde el evangelio se nos presenta la práctica real y concreta de la misericordia de Dios . El padre del "hijo pródigo" fue ciertamente misericordioso, porque llevaba a su hijo en el corazón, en sus entrañas más profundas. Demostró que le quería porque formaba parte de su ser. Por eso recibió a su hijo con los brazos abiertos, sin reprocharle nada. Le había perdonado incluso antes de que su hijo se lo pidiera. Así actúa Dios con nosotros. La seguridad que tenía el hijo menor en el amor pródigo de su padre es lo que le animó a volver a la casa paterna.

El "hijo que no era pródigo", sin embargo no supo, o mejor, no quiso ser misericordioso, quizá porque le faltaban entrañas o porque su corazón era duro como una piedra. Es verdad que a todos nos cuesta perdonar a los que nos ofenden, máxime cuando nos hacen un daño terrible... Misericordia es también ponerse en lugar del otro. Es decir y sentir que "lo que a ti te pasa a mí me importa”. Eso es solidaridad, ponerse en lugar del otro y sentir en propia carne el dolor del hermano. Porque misericordia engloba dos términos: "miseria" y "corazón".

La parábola  destaca, en primer lugar, la maldad que supone el pecado. Es pedir la herencia que tanto costó ganar al padre y malgastarla en vicios, derrochar de mala manera la heredad de los mayores, en el caso de un cristiano es perder en un momento la vida de la gracia, que se nos dio gracias al sacrificio redentor de Jesucristo. Como resultado, la soledad y la tristeza, el remordimiento y el desasosiego… Todo ello simbolizado en el servicio de guardar cerdos, que era para un judío algo abominable, máxime cuando tenía que comer lo mismo que comían aquellos animales, impuros según la Ley. El pecado, en efecto, sumerge al hombre en una situación penosa y sucia, lo hunde en un lodazal de miseria espiritual .

Reconocer el pecado es la primera condición para salir de esa triste situación. Si perdemos el sentido profundo del pecado, estamos perdidos. Difícilmente se sale de una situación, cuya gravedad no se comprende ni se acepta. Por eso hemos de pararnos a pensar en lo que supone el pecado, tratar de penetrar en su malicia y en sus nefastas consecuencias. Eso es lo que hizo el hijo pródigo. Y luego acordarnos de la bondad de Dios nuestro Padre. Pensar que el Señor es compasivo y misericordioso, pronto al perdón y al olvido de nuestros pecados. Él nos ama tanto que tiene más deseos de perdonarnos, que nosotros de ser perdonados.

Al final, el Padre abraza al hijo perdido, le recibe lleno de amor, le corta las palabras de arrepentimiento. Para el padre todo volverá a ser igual que antes; ese que ha llegado no será un jornalero como pretende, será su hijo querido, que se había perdido y que ha vuelto a la casa paterna. Todo termina con aires de fiesta, con una llamada al arrepentimiento y a la esperanza.

Así comenta San Agustín este evangelio:  " Lc 15,1-3.11-32: Primero el retorno a sí mismo y luego al Padre

No es necesario detenernos en las cosas ya expuestas. Mas aunque no es necesario demorarnos en ellas, sí conviene recordarlas. No ha olvidado vuestra prudencia que el domingo anterior tomé a mi cargo el hablaros en el sermón sobre los dos hijos de que hablaba el evangelio de hoy, pero no pude terminar. Dios nuestro Señor ha querido que, pasada aquella tribulación, os pueda hablar hoy. He de saldar la deuda del sermón, puesto que hay que mantener la deuda del amor. Quiera el Señor que mi poquedad llene los deseos de vuestro anhelo.

El hombre que tuvo dos hijos es Dios que tuvo dos pueblos. El hijo mayor es el pueblo judío; el menor, el gentil. La herencia recibida del padre es la inteligencia, la mente, la memoria, el ingenio, y todo aquello que el Señor nos dio para que le conociésemos y alabásemos. Tras haber recibido este patrimonio, el hijo menor se marchó a una región lejana. Lejana, es decir, hasta olvidarse de su Creador. Disipó su herencia viviendo pródigamente; gastando y no adquiriendo, derrochando lo que poseía y no adquiriendo lo que le faltaba; es decir, consumiendo todo su ingenio en lascivias, en vanidades, en toda clase de perversos deseos a los que la Verdad llamó meretrices.

No es de extrañar que a este despilfarro siguiese el hambre. Reinaba el hambre en aquella región; no hambre de pan visible, sino hambre de la verdad invisible. Impelido por la necesidad, cayó en manos de cierto príncipe de aquella región. En este príncipe ha de verse al diablo, príncipe de los demonios, en cuyo poder caen todos los curiosos, pues toda curiosidad ¡licita no es otra cosa que una pestilente carencia de verdad. Apartado de Dios por el hambre de su inteligencia, fue reducido a servidumbre y le tocó ponerse a cuidar cerdos; es decir, la servidumbre última e inmunda en que suelen gozarse los demonios. No en vano permitió el Señor a los demonios entrar en la piara de puercos. Aquí se alimentaba de bellotas que no le saciaban. Las bellotas son, a nuestro parecer, las doctrinas mundanas, que alborotan, pero no nutren, alimento digno para puercos, pero no para hombres; es decir, con las que se gozan los demonios, e incapaces de justificar a los hombres.

Al fin se dio cuenta en qué estado se encontraba, qué había perdido, a quién había ofendido y en manos de quién había caído. Y volvió en sí, primero el retorno a sí mismo y luego al Padre. Pues quizá se había dicho: Mi corazón me abandonó (Sal 39,13), por lo cual convenía que ante todo retornase a sí mismo, conociendo de este modo que se hallaba lejos del Padre. Esto mismo reprocha la Sagrada Escritura a ciertos hombres, diciendo: Volved prevaricadores al corazón (Is 46,8). Habiendo retornado a sí mismo, se encontró miserable: Encontré la tribulación y el dolor e invoqué el nombre del Señor (Sal 114,3-4). ;Cuántos mercenarios de mi padre, se dijo, tienen pan de sobra y yo perezco aquí de hambre! ¿Cómo le vino esto a la mente, sino porque ya se anunciaba el nombre de Dios? Es cierto: algunos tenían pan pero no como era debido, y buscaban otra cosa. De ellos se dijo: En verdad os digo que ya recibieron su recompensa (Mt 6,5). A los tales se les debe considerar como mercenarios, no como hijos, pues a ellos señala el Apóstol cuando escribe: Anúnciese a Cristo, no importa si por oportunismo o por la verdad (Flp 1,18). Quiere que se vea en ellos a algunos que son mercenarios porque buscan sus intereses y, anunciando a Cristo, abundan en pan.

Se levantó y retornó. Había permanecido o bien en tierra, o bien con caídas continuas. Su padre lo ve de lejos y le sale al encuentro. Su voz está en el salmo: Conociste de lejos mis pensamientos (Sal 138,3). ¿Cuáles? Los que tuvo en su interior: Diré a mi padre: pequé contra el cielo y ante ti; ya no soy digno de llamarme hijo tuyo, hazme como uno de tus mercenarios (Lc 15,13-19). Aunque ya pensaba decirlo, no lo decía aún; con todo, el padre lo oía como si lo estuviera diciendo. A veces se halla uno en medio de una tribulación o una tentación y piensa orar; con el mismo pensamiento reflexiona sobre lo que ha de decir a Dios en la oración, como hijo que por serlo solicita la misericordia del Padre. Y dice en su corazón: «Diré a mi Dios esto y aquello; no temo que al decirle esto, al gemirle así, tapone sus oídos mi Dios». La mayor parte de las veces ya le está oyendo mientras dice esto, pues el mismo pensamiento no se oculta a los ojos de Dios. Cuando él se disponía a orar, estaba ya presente quien iba a estarlo una vez que empezase la oración. Por eso se dice en otro salmo: Dije, declararé al Señor mi delito (Sal 31,5).

Ved cómo llegó a decir algo en su interior; ved su propósito. Y al momento añadió: Y tú perdonaste la impiedad de mi corazón (ib.). ¡Cuán cerca está la misericordia de Dios de quien se confiesa! Dios no está lejos de los contritos de corazón. Así lo tienes escrito: Cerca está el Señor de los que atribularon su corazón (Sal 33,19). Éste ya había atribulado su corazón en la región de la miseria; había retornado a él para quebrantarle. Por soberbia había abandonado su corazón y lleno de ira había retornado a él. Se airó para castigar su propia maldad; había retornado para merecer la bondad del padre. Habló airado, conforme a aquellas palabras: Airaos y no pequéis (Sal 4,5). Todo penitente que se aira contra si mismo, precisamente porque está airado, se castiga. De aquí proceden todos aquellos movimientos propios del penitente que se arrepiente y se duele de verdad.

De aquí el mesarse los cabellos, el ceñirse los cilicios, y los golpes de pecho. Todas estas cosas son, sin duda, indicio de que el hombre se ensaña y se aíra contra sí mismo. Lo que hace expresamente la mano, lo hace internamente la conciencia; se golpea con el pensamiento, se hiere y, para decirlo con verdad, se da muerte. Y dándose muerte ofrece a Dios el sacrificio del espíritu atribulado. Y Dios no desprecia el corazón contrito y humillado (Sal 50,19). Por tanto, angustiando, humillando e hiriendo su corazón le da muerte." (San  Agustín, Sermón 112 A, 1-5. ).

Rafael Pla Calatayud.

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