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domingo, 25 de diciembre de 2022

Comentario a las lecturas La Natividad del Señor Misa del Día 25 de diciembre 2022

La Palabra se ha hecho carne, y ha puesto su casa entre nosotros”

 

 En este día de Navidad celebramos la  manifestación  del amor de Dios a toda la humanidad. Es Dios quien toma la iniciativa, quien da el primer paso para acercarse a los hombres. Queremos preparar nuestro interior de manera que el Niño Dios encuentre en nosotros un pesebre cálido para su nacimiento.

Hoy y durante todo el tiempo de Navidad, celebramos en primer lugar un hecho histórico: el nacimiento de Jesús, el hijo de María, la esposa de José. El mismo que después de unos treinta años de vida oculta, pasó haciendo el bien y anunciando la buena nueva del evangelio del Reino, y que fue crucificado y sepultado y después resucitó. Nació en un sitio determinado, en Belén, y en un tiempo concreto, bajo el imperio del César Augusto y siendo Quirino gobernador de Siria.

Anoche resaltábamos las palabras que eran el hilo conductor de las lecturas. Hoy son las mismas y si se podía con más claridad.

  Ya desde la primera lectura la alegría es la palabra clave. La alegría que iba unida  al anunció al pueblo cuando era proclamado un nuevo rey en Sión, la usa ahora el Profeta para anunciar la inauguración de un nuevo reinado de Dios.  La inminencia del retorno de los exiliados, y el anuncio de paz subsiguiente, serán los signos perceptibles de la acción divina.

Alegría por la manifestación del proyecto de Dios. La Palabra de Dios, que había hecho surgir el mundo y el hombre, acampa en el mundo y se hace hombre para dar a los hombres el poder ser y llamarse “hijos de Dios”. Percibida “en otro tiempo” (2.a Lect.) como una revelación del proyecto de Dios sobre el mundo y el hombre, acontece ahora entre nosotros como salvación.

 

La primera lectura de Isaias  (Is 52,7-10)pertenece al Segundo Isaías. El pueblo de Israel lleva ya 50 años de exilio en Babilonia, pero el rey Ciro va a ser el instrumento de esperanza que Dios Yahvé va a ofrecer al Pueblo escogido.  El profeta consuela al pueblo triste exiliado y narra un canto a la esperanza. Es un sueño pero un sueño que se hará realidad. El mensajero canta la  " Buena Noticia ", de la paz y de la salvación.

 El Profeta mensajero de la Buena Nueva describe de una manera imaginaria todo este movimiento interior que suponen los nuevos acontecimientos. Al final de este movimiento, que usa los valles que se llenan y las montañas que se allanan, como acceso hacia la ciudad deseada de Jerusalén, al final de todo esta Yahvéh, que les espera como centro de culto en el Templo. El profeta invita al pueblo de Dios a que descubra el rostro de Yahvé, que consuela y rescata de la esclavitud. Este reinado de Dios que salva y rescata es una acción personal "de su santo brazo". Esta victoria y "salvación " se extenderá hasta los últimos límites de la tierra. Toda la tierra verá la salvación de Dios.   Navidad es la Profecía hecha realidad hoy en Jesús que nace.

Este pasaje del Segundo Isaías es uno de los más antiguos donde expresamente se hace una reflexión sobre "la buena noticia", "la buena nueva ", conectando con su procedencia de la Palabra de Dios.   Podemos distinguir varias acepciones de la palabra. Tenemos la palabra de vanguardia que anuncia la liberación, de los centinelas que anuncian estas palabras a otros y las convierten en palabras oficiales y la palabra que es comentario de la ciudad al hablar del hecho de la liberación.

 

 

 El responsorial de hoy es el salmo 97 (Sal 97,1.2-6), es un himno al Señor rey del universo y de la historia (cf. v. 6).

El salmo comienza con la proclamación de la intervención divina según la fórmula clásica invitando a la alabanza y enunciando el motivo,  dentro de la historia de Israel (cf. vv. 1-3). Se define como «cántico nuevo» (v. 1), que en el lenguaje bíblico significa un canto perfecto, pleno, solemne, acompañado con música de fiesta. Las imágenes de la «diestra» y del «santo brazo» remiten al éxodo, a la liberación de la esclavitud de Egipto (cf. v. 1).

Las victorias de Dios son acciones salvadoras en la historia: el brazo de Dios se manifiesta con poder irresistible. Y la victoria, ganada para salvar a un pueblo escogido, es revelación para todas las naciones; porque es una victoria justa, es decir, salvadora del oprimido y desvalido (V.2).

Esta victoria histórica no es un hecho particular, sino un punto en una línea coherente de amor: el Señor es fiel a sí mismo, se acuerda de su fidelidad. Su amor por Israel es revelación para todo el mundo.la alianza con el pueblo elegido se recuerda mediante dos grandes perfecciones divinas: «misericordia» y «fidelidad» ( v. 3). Resuena repetidamente el nombre del «Señor» (seis veces), invocado como «nuestro Dios» (v. 3). Estos signos de salvación se revelan «a las naciones», hasta «los confines de la tierra» (vv. 2 y 3), para que la humanidad entera sea atraída hacia Dios salvador y se abra a su palabra y a su obra salvífica.

En la segunda estrofa: intermedio orquestal con aclamaciones del pueblo al Señor Rey (vV. 4-6). En efecto, además del canto coral, se evocan «el son melodioso» de la cítara (cf. v. 5), los clarines y las trompetas (cf. v. 6).La acogida dispensada al Señor que interviene en la historia está marcada por una alabanza coral: además de la orquesta y de los cantos del templo de Sión (cf. vv. 5-6), participa también el universo, que constituye una especie de templo cósmico.

 

La segunda lectura inicio de Hebreos (Hb 1,1-6) se  presenta como  visión sintética de toda la revelación divina, contraponiendo la del Antiguo Testamento, en que Dios habló repetidas veces y en varios modos por los profetas, y la del Nuevo Testamento, en que nos habló por su Hijo, cuyas prerrogativas se cantan.

Son, pues, dos las ideas fundamentales: la de contraste entre las dos revelaciones, Antigua y Nueva Alianza (v.1-2a), y la de canto a las excelencias del Mediador de la Nueva (v.2b-4). Esa idea de contraste, diversamente matizada, aparece con frecuencia en los escritos del Apóstol (cf. 1 Cor 10:11; 2 Cor 3:6; Gal 4:3-4); siempre, sin embargo, en línea de continuidad, pues es uno y mismo Dios el autor de ambas revelaciones. En el presente caso, el contraste parece estar en que para la antigua revelación, que se fue haciendo fragmentariamente (ττολυμερώς) y de muy variados modos (ττολυτρόπωβ), Dios se valiσ de los profetas, simples siervos suyos; mientras que para la nueva se valió de su mismo Hijo en persona (cf. Mc 12:2-6).

En cuanto a la segunda idea, se trata, en realidad, de una cristología abreviada, con enumeración de los principales títulos o excelencias de Jesucristo, formando todo un período armónico, cuyos miembros van enlazándose rítmicamente. Algunos de esos títulos miran directamente a su divinidad, tales como "esplendor de la gloria" del Padre , “impronta de su sustancia” ; otros miran mαs bien a sus relaciones con el mundo creado, tales como “heredero de todo” , “por quien hizo el mundo” “sustentando todas las cosas con su poderosa palabra”, “habiendo realizado la purificación de los pecados”, “se sentó a la diestra., hecho tanto mayor que los ángeles, cuanto heredó un nombre más excelente que ellos".

De estos títulos, fijémonos en algunos de ellos . Primeramente, los dos relativos a su divinidad: esplendor., impronta. (v.3). Se trata de dos metáforas inspiradas sin duda alguna en Sab 7:25-26, hablando de la Sabiduría de Dios. Con ellas, aplicadas a Jesucristo, se expresa, en lo que es posible hacerlo al lenguaje humano, la relación de origen o procedencia del Hijo respecto del Padre y su consustancialidad con El, del cual, sin embargo, se distingue. El término "gloria" designa aquí la majestad radiante de la divinidad y objetivamente es lo mismo que naturaleza divina; de esta "gloria," con que brilla el Padre, es el Hijo una irradiación, un destello, luz de luz, como decimos en el Credo. Dicho bajo otra imagen, es "impronta" o marca de la sustancia divina, algo así como la impronta o marca producida por el sello en la cera blanda. Aunque con términos distintos, la idea es la misma expresada ya por el Apóstol en 2 Cor 4:4 y Col 1:15.

En cuanto a los títulos que competen a Jesucristo en su relación con el mundo, son ideas expresadas ya también por el Apóstol en otros lugares. Se comienza diciendo que Dios le constituyó "heredero de todo," es decir, dueño soberano de todas las cosas (v.a). No que el Padre haya de abdicar de su patrimonio, sino que el Hijo tiene sobre el patrimonio del Padre, el universo entero, pleno y absoluto dominio, igual que el Padre, que, como eterno, no se muere. Este dominio le compete desde siempre a Jesucristo, en razón de su naturaleza divina, pero, en razón de su naturaleza humana, le ha sido concedido en el tiempo; en realidad, desde el momento mismo de la encarnación, aunque su plena manifestación sólo comienza a partir de su exaltación gloriosa, entronizado como rey universal, sentándose a la derecha del Padre (cf. Rom 1:4; Ef i,20; Flp 2:9-11). Es lo que también se deja entrever poco después, hablando de que, "después de haber realizado la purificación de los pecados," es decir, de haber llevado a cabo la obra redentora, "se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas" (v.3). El término "Majestad" sustituye aquí a Dios, modo de hablar que parece era entonces frecuente entre los judíos (cf. 8:1), como lo es también hoy para designar al Rey, al igual que lo es el término "Santidad" para designar al Papa. Con esa expresión se indica que Jesucristo entra a participar de la soberanía real del Padre y de su misma gloria.

Otro título manifestativo también de la grandeza de Jesucristo es: "por quien Dios hizo el mundo” (v.2), indicando la totalidad de las cosas creadas (cf. 11:3; Sab 13, 9; 18:4), equivaliendo prácticamente al "cielo y tierra" de Gen 1:1. Pues bien, sabemos que la creación, como toda operación divina ad extra, es común a las tres divinas personas, y conviene tanto al Padre como al Hijo, como al Espíritu Santo, si bien cada una interviene conforme a su propiedad personal. En qué sentido haya de entenderse ese "por (δια) quien,” que es como interviene el Hijo, ya lo explicamos al comentar Col 1:16, donde recurre la misma expresiσn. Igualmente explicamos entonces en qué sentido las cosas "subsistan en El" (Col 1:17), expresión que equivale a la aquí empleada de "sustentar todas las cosas con su poderosa palabra" (v.3).

El término "palabra" indica aquí expresión de voluntad y manifestación de poder (cf. 11:3; Gen 1:3; Sal 33:6), dando a entender que puede hacerlo sólo con decirlo, en contraposición a quienes no podrían hacerlo sino trabajosamente.

Como conclusión de esta especie de prólogo, en que se cantan las grandezas de Jesucristo, el autor de la carta hace notar su inmensa superioridad sobre los ángeles (v.4), los ministros de la antigua revelación (cf. Gal 3:19; Act 7:53), con lo que hábilmente prepara la transición a lo que sigue, sin solución literaria de continuidad. La superioridad sobre los ángeles, aunque bajo otra terminología, está también expresada en Ef 1:21 y Col 2,io403. El "nombre" que Cristo hereda es el "nombre sobre todo nombre," de que se habla en Flp 2:9-11, y equivale prácticamente, según el modo de hablar semítico, a dignidad o rango sobre todos los demás: es la dignidad o rango de señor y soberano universal, cual corresponde al heredero del Padre. La única diferencia con Filipenses es que allí ese "nombre sobre todo nombre" se concreta en "Señor," mientras que aquí en Hebreos se concreta en "Hijo de Dios" (ν.5), con lo que se insinϊa, además del aspecto de elevación y grandeza, el aspecto de relación al Padre (cf. 1:5-14) y de relación a los hombres (cf. 2:10-18).

El texto trata de hacer ver, a base de textos de la Sagrada Escritura, la inmensa superioridad de Jesucristo sobre los ángeles, tesis que quedó ya enunciada en el último versículo del prólogo (cf. v.4). Se pretende ilustrar esta superioridad con palabras del texto bíblico; tanto más que, como es normal en los autores sagrados del Nuevo Testamento, todo en la antigua obra lo ven ordenado por Dios para que sirviera de preparación al cristianismo, la época de "plenitud," a la que Dios apuntaba ya desde un principio en todas sus realizaciones (cf. 1 Cor 10:11; Gal 4:24; Col 2:17).

Fijémonos en algunas de estas citas en apoyo de la superioridad de Cristo sobre los ángeles. Las dos primeras (v.5) están tomadas de Sal 2:8 y 2 Sam 7:14, respectivamente. Ambas son aplicadas a Jesucristo, a quien Dios llama "Hijo," cosa que jamás hizo con los ángeles. El texto es mesiánico, pero en su sentido literal histórico no se refiere exclusivamente al Mesías, sino a la providencia "paternal" que Dios promete tener con la dinastía davídica en general, a la que castigará si fuese culpable, pero no apartará de ella su misericordia, como hizo con Saúl. Sin embargo, la cita está perfectamente justificada, pues es en el Mesías, mirando al cual promete Dios esa especial predilección a la dinastía davídica, donde tendrán pleno cumplimiento esas palabras.

La cita siguiente (v.6), para indicar que los ángeles están sometidos a Cristo, está tomada de Sal 97:7. La cita se hace con perspectiva mesiánica.

 

El evangelio de hoy (Jn 1,1-18), es el prólogo del evangelio de Juan en el que se identifica a Jesús con la Palabra, "el Logos" griego La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.  La enseñanza de Juan el Bautista, el hombre enviado por Dios y testigo de la luz, nos conduce al encuentro con Jesús, "luz verdadera que alumbra a todo hombre".

La Palabra de Dios recorrió un largo proceso en su acercamiento a los hombres. La hemos contemplado presente en la Creación. La vemos, como señala la Carta a los Hebreos, a lo largo de la historia del pueblo de Dios, al cual Dios ha hablado en distintas ocasiones por medio de los profetas. En la etapa final de la historia nos ha hablado por el Hijo, la luz verdadera. Pero lo más grave es que los hombres prefirieron las tinieblas a la luz. Rechazaron la claridad para vivir en la oscuridad.

"Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros..." (Jn 1, 14). El “Logos” dice el texto original griego, que traduce el término hebreo “Menrah” y que la versión latina traduce por “Verbum”. En castellano siempre se dijo el Verbo. Ahora se traduce por Palabra en un afán de hacer más comprensible ese concepto joánico que intenta dar un nombre al Inefable, que precisamente por serlo escapa a nuestras posibilidades de comprensión y por tanto de nominación. De todas maneras el misterio sigue envolviendo a este Dios que nos nace en Belén como un niño...

Él se hizo carne en el seno virginal de Santa María. Sí, carne, “sarx” en griego, “bashar” en hebreo. Un niño de carne, como cualquier otro niño, pequeño y torpe, inerme y blando, casi ciego, el pelo raído y escaso, desvalido y hambriento...

Dice San Agustín, "la Palabra de Dios se ofrece a todos; cómprenla quienes puedan. Pueden todos los que piadosamente lo quieren. En esa Palabra se encuentra la paz; y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Por tanto, quien quiera comprarla, que se dé a sí mismo. Él es como el precio de la Palabra, si es posible expresarse así; quien lo da no se pierde a sí mismo, a la vez que adquiere la Palabra por la que se da, y se adquiere a sí mismo en la Palabra por la que se da. ¿Qué da la Palabra? Nada que no pertenezca ya a aquella por quien se da; antes bien, se devuelve a la Palabra para que ella rehaga lo que por ella fue hecho" (Sermón 117, 1-5).

 

Para nuestra vida

En este día de Navidad celebramos un hecho histórico y cargado de muchos sentimientos y contenido: ¡Dios nos hace partícipes de su naturaleza divina!. Sin vivir en el cielo, ya desde ahora, podemos besar, adorar, embelesarnos y tocar la humanidad de Dios y, por lo tanto, también su divinidad. En la Navidad celebramos que Dios, se aproxima tanto, que derrumba fronteras, abaja orgullos y recompone este mundo nuestro. Otra cosa, muy distinta, el que ese mundo esté dispuesto a reconstruirse o quedarse en el “todo va bien”.

Hoy expresamos nuestra comunión y amistad con Jesús. Y, al entrar en contacto con El sentimos que Dios forma parte de nuestra historia, no nos abandona, comparte nuestra condición nos hace dioses. ¿Misterio? ¿Imposible de comprender y abarcar todo esto? Hoy, la fe, entra por la vista, por el gusto, por el oído, por el tacto y hasta por el olfato. ¡Has venido, Señor, y nos basta!

Hemos venido, como los pastores, derechos a Belén. ¿Y qué hemos descubierto? Ni más ni menos el gigantesco y colosal amor que Dios nos tiene. Dios se ha hecho fiador. Dios rompe moldes. Dios deja su comodidad y en Belén se nos da. Y lo hace por amor.

¡Dios nos ama! Y, esa afirmación, no es poesía, no es frase que se escribe tímidamente en una pared. Significa mucho más: ¡Dios se compromete con nuestra causa! ¡Dios viene a salvarnos! ¿Cómo? Lo hace metiéndose en nuestra piel.

La Navidad no es un disfraz con el que, Dios, llega a la humanidad para hacerse el simpático. La Navidad, el Nacimiento de Jesús, es la apuesta más arriesgada de un Dios (Omnipotente y Excelso) que desciende al encuentro y al rescate de la humanidad.

La Navidad es el momento en el que conmemoramos los cristianos el hecho inaudito y asombroso: la encarnación de Dios en el hombre Jesús de Nazaret. Cristo no vino, ni principal, ni preferentemente, para echarnos en cara nuestra equivocación y nuestro pecado, sino para mostrarnos con su vida, muerte y resurrección el único y verdadero camino que puede reconducirnos hacia nuestro Padre Dios.

En estos tiempos, recios y contradictorios, de luchas y de crisis, de preocupaciones y falta de motivaciones para vivir un Niño nos ha nacido para que recuperemos las ansias de vida, de salvación, de eternidad, de Dios. Y, ese Niño, tiene un nombre: ¡Jesús!

La Palabra –además de escucharse- se ve, toma forma, se hacer carne. Sin grandes campañas de presentación ni grandes medios a su alcance.

Hoy, en la humildad, en silencio pero con muchísimo amor….nos ha nacido el Salvador.

En este día, se trata del Niño, del único Niño. Del Hijo de Dios que se hizo hombre, de su  nacimiento. Todo lo demás o vive de ello o bien muere y se convierte en ilusión. Navidad  quiere decir: Él ha llegado, ha hecho clara la noche. Ha hecho de la noche de nuestra  oscuridad, de nuestra ignorancia, de la noche de nuestra angustia y desesperación una  noche de Dios, una santa noche. Eso quiere decir Navidad. El momento en que esto  sucedió, realmente y por todos los tiempos, debe seguir siendo realidad, a través de esta  fiesta, en nuestro corazón y en nuestro espíritu.

 

La primera lectura es  uno de los pasajes más entusiastas y exultantes que se han escritoQué hermosos sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva...!" (Is 52, 7). Al mismo tiempo tienen sus palabras un sabor de tiempos antiguos y de paisajes bíblicos, se enmarcan perfectamente en aquellos escenarios de colinas y de montañas, en aquel ambiente de guerras interminables y crueles... La paz era tan deseada que la gente, cuando llega su anuncio por boca de los mensajeros, se llena de alegría y canta gozosa a los que la hicieron posible.  Isaías con su sentido plástico se fija en los pies de quien trae la Buena Nueva, resumida en Palabras de Dios que proclaman e interpretan los acontecimientos históricos del tiempo desde una perspectiva de Dios que está presente en la liberación de su pueblo, de la que Él mismo es la causa. Lo esencial es el hecho, el evento mismo visto y proclamado desde una perspectiva divina. Es así cuando se convierte esta palabra en Buena Nueva, en "Evangelio". Es la misma labor de la Iglesia con relación a la palabra de Dios.   Lo importante no es la Palabra de la Iglesia, sino el hecho, el evento, el acontecimiento histórico de la vida, muerte y resurrección de Jesús, Palabra de Dios. La Iglesia no proclama solo su Palabra.   La Iglesia proclama la palabra básica y esencial de una persona: Jesús que ha venido a salvarnos.

La insistencia de Isaías nos sirve también a nosotros : "Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor, que vuelve a Sión." Ver cara a cara al Señor es participar en su llegada, o en su vuelta. Es la presencia inmediata, absolutamente, cercana del Dios que acaba de llegar. “Los confines de la tierra verán la victoria de nuestro Dios”. Esta realidad la celebramos ahora en Navidad. El nacimiento del “Enmanuel” Dios con nosotros.

 Como cristianos estamos llamados a ser receptores y anunciadores de la “Buena Noticia”.

 

Desde el salmo responsorial surgen unas preguntas. ¿en qué momentos y con qué gestos demostramos que adoramos a Dios?. ¿en algún momento expresamos, nos sentimos y queremos ser simplemente adoradores?

 

La segunda lectura nos recuerda que los cristianos somos herederos de una tradición de proclamación de la Palabra revelada. "En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios..." (Hb 1,1).Es cierto. A lo largo de toda la Historia Dios no ha dejado de hablar a los hombres. Y es lógico que así haya sido, si tenemos en cuenta que Dios es nuestro Padre y nos ama. Cuando una persona ama a otra, le gusta comunicarse con ella, le transmite sus deseos y le descubre sus sentimientos, le expresa sus temores y sus esperanzas, le manifiesta sus quejas y sus satisfacciones... Dios nos sigue hablando, de otra manera quizás, pero nos sigue amando y, por consiguiente, sigue comunicándose con nosotros.

En los tiempos remotos eran los profetas, los voceros del Señor, quienes hablaban a los hombres de parte de Dios. Luego vino el Hijo de Dios y se hizo hombre. Así pudo el Señor hablar con nuestras mismas palabras, usar nuestro lenguaje, comunicarse directamente con los que convivieron con él... Luego él se marchó, pero dejó a sus apóstoles para que trasmitieran sus palabras, de tal modo que quienes les escuchan, es igual que si escucharan al mismo Jesús, según aseguró el Señor en más de una ocasión.

 

El evangelio ( Juan 1: 1-18) nos presenta un prólogo que es una especie de Evangelio o Buena Nueva hecha en un resumen teológico desde la mente de Juan y de su comunidad primitiva. Hay un progreso de Revelación desde el principio hasta el fin. Se nos dice explícitamente que esta Palabra es el Hijo de Dios (vv.14 y 18) y que el Dios del que se ha venido hablando desde el principio es el Padre.

Es todo un misterio desvelado y revelado para una mayor comprensión nuestra, hecha por Juan:

            a. Es una Palabra Divina: No solo está junto a Dios sino que ella misma es Dios pues existía desde el principio. Esta Cristología de Juan en el Prólogo es la misma que Pablo usa en sus cartas y es la más desarrollada de todo el Nuevo Testamento. No se remonta hasta la infancia de Jesús, como hacen Mateo y Lucas, sino que se remonta hasta su preexistencia.

            b. Es Palabra creadora: Todo existe gracias a ella y por ella.  Y parte de esta creatividad es que no solo transmite la vida, sino que ella misma es la vida que se identifica con la luz. En el Evangelio Jesús dirá:  "Yo soy la Luz del mundo" y también "Yo soy la vida". Y lo manifestará con signos y señales abundantes, con portentosos milagros.

            c. Es Palabra rechazada: El mismo Prólogo lo hace constar. Ha sido una Palabra que no han podido apagar las mismas tinieblas. Ha habido rechazo, ya que los suyos, que "no la recibieron", como la de tantos otros que en acto de autosuficiencia se han negado a abrazar este signo vital.

            d. Es Palabra recibida: Los que oyen esta palabra serán sus discípulos, y a estos les dará el honor de ser Hijos de la Luz, Hijos de Dios.

            e. Es Palabra testimoniada: Jesús va a ser el testigo principal de esta palabra y otros le seguirán como discípulos. El testigo reconoce perfectamente bien su función subordinada. Su vida es un continuo contraste con esta palabra que hace de espejo donde se refleja la propia vida con todos sus actos. (v.15).

            f. Es Palabra iluminadora: (v. 9) De este mundo al que Dios ha enviado su Palabra.   Un mundo individual y colectivo, que acepta o rechaza este don de Dios. Hay en este mismo Prólogo símbolos que han sido preferidos por Juan para manifestar más claramente el contraste de las dos realidades.  Es un dualismo claro: luz y tinieblas, bien y mal, vida y muerte, arriba y abajo.  Pero aunque hay contraste, los términos y los resultados no son iguales: Al final la luz vence a las tinieblas, la vida vence a la muerte, la gracia al pecado.

¿Cómo recibimos nosotros la Palabra? Ella acampa entre nosotros, toma nuestra condición, "se hace hombre para divinizarnos a nosotros". Ahora Jesús viene a nosotros y podemos descubrirle en los pobres y necesitados. Muchas veces no le queremos ver cuando llama a nuestra puerta, le rechazamos como fueron también rechazados José y María. Este el gran drama del hombre: el rechazo de Dios y del hermano. Es significativo ver cómo tuvieron que ir fuera de los muros de la ciudad, cómo los primeros que se dieron cuenta del nacimiento de su hijo fueron los excluidos de aquella época, los pastores, quienes, eran mal vistos porque nunca participaban del culto como los demás y vivían al margen de los demás. O más bien eran ellos marginados por los poderosos. Su trono fue un pesebre, su palacio un establo, su compañía un buey y una mula… ¡Por algo quiso Dios que fuera así!

¿Qué le podemos traer nosotros hoy a este Jesús que nace de nuevo?:

            a. Un amor sencillo como el de un niño: Quizá todos nosotros nos sintamos en el día de hoy como niños. Hemos pasado tantas horas alrededor de ellos, como padres, abuelos, tíos, muchos de nosotros, que este pudiera ser uno de los sentimientos que estuvieran presentes en nuestro corazón. También recordamos que el Reino de los cielos es de los que tienen esta actitud sencilla, de abandono ante un Dios, que es Padre y Madre de todos, y que nos ha hecho sus hijos por plena gracia.

            b. Una promesa de mayor fidelidad: La meta de nuestra vida es ser FIEL a Dios, para agradarle a Él que por ser Dios merece nuestra alabanza y nuestro servicio. En las alegrías y en las tristezas de la vida.  Que cuando la vida cambie, y las tempestades lleguen,. y los sufrimientos y enfermedades vengan, o las pruebas de todas clases nos acechen por el camino de la vida, o la misma muerte… que en medio de tales pruebas, hayamos aprendido a ser FIELES.   Como Jesús.

            c.   Una promesa de SERVIR: Bien puede ser esta un regalo a Dios, en humildad. El más grande entre nosotros ante los ojos de Dios, es el que se convierte en siervo de los demás. Un servicio sobre todo al pobre, al marginado, al refugiado, al que busca la vida dejando atrás a sus familias.   Que puedan encontrar en nosotros HOSPITALIDAD. Que en su cara de hambrientos y pobres, podamos ver el rostro quebrantado de Jesús.   Ahí se realiza su Reino.

Hoy, día de Navidad, más conectados con la realidad de Dios que sigue viviendo e inspirando al establecimiento de su Reino final, escatológico, podemos ver el contraste entre lo que es pura realidad y lo que es pura fantasía o simple decoración.

 

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

 

 

domingo, 12 de enero de 2020

Comentario a las lecturas de la Solemnidad del Bautismo del Señor 12 de enero de 2019


Comentario a las lecturas de la Solemnidad del Bautismo del Señor 12 de enero de 2019.
Isaías 42,1-4.6-7
Salmo 28 ,1-4.9-10
Libro de los Hechos de los apóstoles 10,34-38
San Mateo 3,13-17

La solemnidad del bautismo de Jesús en el Jordán , señala la culminación de todo el ciclo natalicio o de la manifestación del Señor.
A las comunidades cristianas les preocupaba por qué Cristo se hizo bautizar. La razón de que “cumplamos así todo lo que Dios quiere”, parece expresar la plena solidaridad con la humanidad pecadora a la que había venido a salvar. La presentación como “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” invita a pensar así. La salvación la llevará a cabo como “siervo paciente de Dios”, según Isaías.
Con la solemnidad del Bautismo del Señor termina el tiempo de Navidad e iniciamos el Tiempo Ordinario.
La escena del Jordán es el principio de la vida pública del Salvador. A nosotros se nos abre también un tiempo “normal”, de camino corriente, tras la maravilla que hemos celebrado en Navidad. Pero también es tiempo de espera y de conversión. Esta primera parte del Tiempo Ordinario terminará en el Miércoles de Ceniza, y con ella se inicia la Cuaresma, el ascenso hasta la Pascua gloriosa.
El núcleo de la liturgia de hoy es el texto del evangelio que nos muestra a Jesús en el momento de ser bautizado por Juan en el Jordán, y es ungido por el Espíritu Santo y proclamado Hijo de Dios por la voz del Padre desde el cielo. Sin duda, esta escena está muy elaborada, presenta un gran contenido teológico, y concretamente trinitario: el Padre revela que Jesús es su Hijo y lo unge con el don del Espíritu. A partir de aquí, Jesús ya puede empezar a llevar a término la misión encomendada por el Padre en medio de los hombres.

En la primera lectura tomada del libro de Isaías (Is 42,1-4.6-7) presenta el plan de Dios realizado a través de su ungido.“Mirad a mi siervo a quien prefiero”.
Tenemos aquí la primera de las cuatro piezas literarias que se conocen con el nombre de "cantos del siervo de Yahveh". Se trata de un ciclo de profecías en las que, avanzando progresivamente en hondura y extensión. Se describe la figura del discípulo verdadero de Yahveh que ha sido elegido para enseñar "el derecho" a las naciones (esto es, la religión legítima), que ha sido fortalecido para aguantarlo todo con tal de cumplir su misión y que, después de expiar con su dolor los pecados del pueblo, será glorificado por Dios.
La Iglesia ha visto en estos cantos la descripción profética de la pasión y muerte de Jesús; sin embargo, resulta imposible determinar quién sea el siervo de Yahvé. Probablemente se refiere a todo un grupo dentro de Israel.
El autor ha vivido entre los deportados a Babilonia, ha conocido las victorias de Ciro, rey de Persia, pero no parece haya visto la caída de Babilonia. Los primeros oyentes del anuncio de la llegada del "Siervo" se encontraban en una calle sin salida.
Habían perdido la patria, el poder político y el centro de su vida religiosa -el templo- era un montón de ruinas. En esta situación les llega el mensaje del siervo que anuncia la liberación. Se presenta como elegido de Yahvé, consagrado por el espíritu, para que establezca en los pueblos el derecho=la ley de Dios. Es una decisión que ha tomado el Señor ante testigos. Tiene un carácter político. Es como una acción judicial entre Dios y los pueblos y constituye una declaración jurídica según la cual la pretendida divinidad de los dioses es nula y falsa porque sólo Yahvé es Dios. Este parece ser el sentido y contenido de los vv. 1-4.
"Siervo" es aquí un título honorífico, no tiene que ver nada con la condición y el "Status" sociológico de los esclavos.
La misión del Siervo se formula con una serie de negaciones y la figura que de ellas resulta es totalmente contrapuesta a la tradición oriental. Según ella, en los procesos, después de proclamar la condena, el heraldo rompía una caña y apagaba una lámpara, signos de muerte. Esto es lo que no hará el Siervo... El siervo proclamará la misericordia de Dios a todos los pueblos y les hará conocer el derecho de Yahvé. Realizará su misión con firmeza = fidelidad y verdad. Con un juego de palabras, que remite al v. 3, dice que no se apagará ni quebrará hasta que haya cumplido su misión.
La misión del siervo hunde sus raíces en la elección o llamada del Señor (vv. 1-6). Por voluntad divina el siervo está equipado con el don del espíritu, al igual que los jefes carismáticos y profetas de Israel (Jc 6, 34; 1 S 11, 6; Is 6; 11, 2ss.). Pero la elección de ésos no era hecha pública como le ocurre al siervo: "miras a..." del v. 1 exige unos testigos y nos recuerda la presentación pública de los reyes ante el pueblo (cf 1 S 16: David, equipado con el don del espíritu, es proclamado rey). Así pues, el siervo es mediador carismático, y posee además prerrogativas reales.
Su misión es muy dura, ya que debe "implantar el derecho en la tierra...". Machaconamente el autor repite este idea: traer, promover, implantar la justicia. ¡Casi nada! Y este reinado de justicia, y no de violencia, debe traducirse en obras concretas: abrir los ojos de los ciegos, sacar a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan en tinieblas (v. 7). Ceguera, prisión, tinieblas, evocan realidades negativas que deben ser transformadas a través de actuaciones liberadoras: abrir, sacar. Toda la teología bíblica rezuma liberación; todo ser humano con vocación de redentor debe ser necesariamente liberador, ya que ambos términos se identifican.
La forma de actuar del siervo en nada se parece a la del común de los mortales: "no gritará, no clamará..." (v. 2). El siervo no se hace propaganda electoral, no busca compensación alguna.
Muchas veces su premio será el sufrimiento, pero no importa, ya que no vacilará ni se quebrará (v. 4). Siempre confiado, transmitirá este sentimiento incluso a aquéllos que están a punto de extinguirse: "la caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará". La postura del siervo es firme, inquebrantable en el cumplimiento de su deber.
el “Siervo” es presentado por Isaías como alguien excepcional y desconcertante. Su misión de renovar a Israel, haciendo retornar a los exilados, es presentada por S. Mateo, tan amigo de citar el AT, como el que toma nuestras flaquezas y carga con nuestras enfermedades.
El cuidado de Dios va más allá del siervo.
El siervo de Dios actúa de otra manera; actúa por encargo del Señor, en su nombre, guiado por su Espíritu y, en definitiva, a la manera que Dios actúa, que también es diferente. El siervo no pronuncia grandes discursos ni palabras altisonantes: "No grita, ni clama, ni vocea por las calles". Promueve fielmente el derecho, que no es precisamente como el del mundo; su lenguaje son los hechos; y éstos no consisten en acabar con la caña cascada ni en apagar el pábilo vacilante.
 La caña cascada no la quebrará, el pabilo vacilante no lo apagará" (Is 42, 3) La caña cascada ya no sirve para nada, le falta consistencia. Mejor es tirarla, terminar de quebrarla, hacerla astillas para el fuego. Y el pabilo vacilante da poca luz, apenas si alumbra. También dan ganas de apagarlo de una vez y encender otra luz más fuerte y segura.
Llega hasta la "caña cascada" y el "pábilo vacilante", es decir, llega hasta hombres que, a juicio de los demás y desde su propia impresión, están acabados; a hombres de quienes la sociedad nada puede esperar, porque no van a aportar nada al resto; a personas sobre las que no quedaría más que romper el bastón en sus espaldas, como cuando al pábilo vacilante sólo le cabe esperar una mano que lo apague: el hijo no querido en el seno de la madre, el viejo que se acaba y que no es más que una carga para el entorno y, en fin, todos aquellos de los que se dice o al menos se piensa, "mas valía que no existieran".
Dios sabe esperar, Dios tiene una gran paciencia. Y al débil le anima para que siga caminando, al que está triste le infunde la esperanza de una eterna alegría, y al que lucha y se afana inútilmente le promete una victoria final, una victoria definitiva.
"Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará hasta implantar el derecho en la tierra y sus leyes que esperan las islas" (Is 42, 4) El anuncio de Isaias sigue realizado en Cristo. Cristo sigue promoviendo el derecho sobre la tierra, despertando en los hombres la inquietud por una justicia auténtica. Su voz sigue resonando en las conciencias, reclamando el derecho de los oprimidos. La Iglesia es la continuación de Jesús, es el signo sensible de su persona, su voz clara y valiente. Lo dijo Él: Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien a vosotros escucha, a mí me escucha.

El responsorial es el Salmo que celebra al Dios de la tempestad. La presencia de Dios es el hilo conductor del salmo. El salmo  describe el espectáculo de una tempestad que descarga sobre la tierra su abundancia de lluvias torrenciales y lanza, rasgando las nubes plomizas, el dardo encendido de sus rayos. Los truenos que hacen temblar los valles y las montañas son para el salmista la voz del Señor, que retumba sobre las aguas de forma grandiosa y potente.
Los vientos desencadenados y las aguas en cataratas sirven de símbolo para hacernos comprender, aunque sea de modo aproximado, el poderío y la majestad de Dios. En esos momentos en que la tempestad es más intensa y los truenos resuenan al unísono con el resplandor rutilante del relámpago, el hombre se ve pequeño e impotente, indefenso y frágil. Entonces es capaz de intuir la trascendencia y la majestad excelsa del Señor de los cielos y tierras. Es entonces también cuando la plegaria brota espontánea del alma, como un suspiro que se escapa o como un clamor desesperado.
Un movimiento interno presenta el «poder divino» con la siguiente gradación: En la introducción, como algo que recibe de los «hijos de Dios» (dioses inferiores); en el cuerpo del salmo Dios ostenta el poder en propiedad y lo manifiesta en la vehemencia de los siete truenos («voz de Dios») espaciados; en la conclusión, se lo dona a su pueblo. En medio de este poder transcurre la «gloria de Dios», que «los hijos de Dios» deben reconocer y el pueblo proclama.
El salmo tiene tres partes distintas que conviene tener en cuenta a la hora de rezarlo:
* Invitación a la alabanza: «Hijos de Dios... en el atrio sagrado» (vv. 1-2).
* Descripción de la tormenta: «La voz del Señor sobre las aguas... un grito unánime: Gloria» (vv. 3-9).
* Conclusión inclusiva: «El Señor se sienta... como rey eterno» (v. 10). Conclusión programática: «El Señor da fuerza... a su pueblo con la paz» (v. 11).
Más allá de la imagen «mítica» -Dios deja oír su imponente voz en la tormenta-, la solemne teofanía del presente salmo sigue una invitación a escuchar la voz de Dios. Si en otro tiempo habló desde la cumbre sinaítica para que su pueblo le obedeciera y cumpliera sus mandamientos, en los tiempos finales nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien debemos escuchar o dar acogida. Su voz, cuyo eco ha llegado a toda la tierra, es como un estruendo de cascadas numerosas, y es, a la vez, la voz íntima que, por el Espíritu, grita en nuestro interior el inefable nombre del Padre. Escuchar hoy su voz es descubrirlo en el entorno, sobre todo el personal, y convertirse en eco (trueno) de ese rumor de aguas: ¡Saltan hasta la vida eterna!
Un poder capaz de dominar las aguas destructoras, los árboles más engreídos, de sacudir los montes -morada de los dioses- y de hacer revivir el desierto. Es un poder sobre todo lo creado. Ese poder, creador y recreador, es el propio del Resucitado: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Para quienes confesamos su nombre es un poder liberador; sus oponentes, por el contrario, lo experimentarán como un poder destructor. Por eso los creyentes contemplamos y esperamos el advenimiento del Hijo vestido con «gran poder y majestad» (Lc 21,27): es el momento de nuestra liberación. Pidamos ahora que nos conceda su fuerza para sacudir, dominar y vencer a tantos antidioses como tenemos.
La gloria divina es la irradiación fulgurante de Dios. La creación entera está marcada por las huellas de su gloria. Para Israel esa gloria es definitivamente salvadora. Desde Jerusalén -circundada por la gloria divina- se irradiará a todas las naciones. Todos vendrán a ver la gloria de Dios. 
"El Dios de la gloria ha tronado" (Sal 28, 4) Ante la grandeza divina reflejada en el fragor de una tormenta el salmista nos exhorta a que aclamemos al Señor, postrados en honda adoración, ante Dios, Creador y Redentor nuestro. En su templo sagrado ha de resonar un cántico unánime que glorifique el poder del Altísimo.
Poder que aquí se destaca en relación con las aguas, sobre las cuales su voz se hace sentir como un mandato que las suelta en aguaceros que caen a mares. El Señor, dice el canto sagrado, se sienta encima de las aguas como si estuviera sobre un trono. Y por esa soberanía sobre esas aguas les confiere el poder de purificar hasta la mancha más profunda del hombre, la del pecado original.
" La voz del Señor es potente, la voz del Señor es magnífica". Estas palabras del salmista, contrastan con la sensación que se va imponiendo en nuestra sociedad del «silencio de Dios». En la medida en que los hombres se van haciendo más protagonistas de su destino y se sienten más autónomos, la voz de Dios tiene menos ámbito de resonancia. ¿Cómo proclamar hoy que la voz del Señor es potente, magnífica, que lanza llamas de fuego?
Si es que lamentablemente los hombres nos hemos creído la alternativa Dios-hombre, resulta pensable la incompatibilidad entre ambos. Un mundo sin la voz de Dios es un mundo de gritos desgarradores, de palabras malditas, de esbozos inconsistentes de intenciones de amor, felicidad y paz.
Nosotros, hijos de Dios, que deseamos escuchar su voz, y a quienes su voz poderosa ha arrancado de nuestra familia, posesiones, posibles proyectos, hemos de romper la sordera de nuestro mundo. Porque hoy también la voz de Dios es ese trasfondo ineludible de nuestra existencia. Y ni los orgullosos, ni los desolados, ni los rebeldes, ni los hombres de piedra podrán resistir su voz.
Ratifiquemos hoy nuestra fe en la Palabra de Dios. Dejémonos doblegar, sacudir, retorcer, descuajar por ella; y a través de esa alteración, que produzca en nuestra existencia, alterará y transformará este mundo, que se ilusiona autónomo, porque sólo percibe el silencio de Dios.

La segunda lectura del Libro de los Hechos de los apóstoles (Hch 10,34-38) presenta a un Dios es distinto, a como muchas veces lo imaginamos.
El texto proclamado hoy, es la primera parte del discurso de Pedro vv. 34-43. La evangelización de los gentiles constituyó un grave problema para las comunidades cristianas. La intervención de Dios, en el caso de Cornelio, hizo superar las barreras. La misión a los gentiles no será una victoria de las ideas o decisiones de Pablo o de Pedro, sino una obligación derivada de la intervención de Dios.
San Pedro presenta el Evangelio de Jesucristo. La descripción que se hace aquí de la actividad pública de Jesús a partir del Jordán y comenzando en Galilea recuerda el Evangelio según San Marcos, que recoge precisamente la tradición de San Pedro. En atención a sus oyentes gentiles, Pedro destaca particularmente el poder de hacer milagros y la fuerza con la que Jesús libera a los oprimidos por el diablo.
Jesús es el "ungido", es decir, el Cristo o Mesías. Sobre él descendió el Espíritu Santo y fue consagrado con toda la plenitud de Dios. Su dignidad mesiánica está inseparablemente unida a su misión salvadora.
Jesús, con la fuerza del Espíritu Santo, pasó por el mundo haciendo bien y curando a los oprimidos. Esta expresión sugiere el título de Salvador (Soter) y Benefactor (Euergetes), títulos que solían dar los antiguos a los soberanos después de su apoteosis. Claro que todos estos "salvadores y benefactores" no entendieron su autoridad como un servicio que se acercaba al menos al que prestó el Siervo de Yahveh. Los cristianos de la naciente Iglesia, confesando su fe en Cristo, el Señor, protestaban contra todo culto a los emperadores. Sólo Jesús vino a servir y no a ser servido, por eso Jesús es el Señor.
Pedro confiesa abiertamente que ahora comprende lo que dicen las Escrituras, que Dios no hace distinciones.
El Evangelio no puede detenerse ante las fronteras de ningún pueblo, raza o nación. La igualdad de los hombres ante Dios era comúnmente aceptada por los helenistas, esto es, por los cristianos procedentes de la gentilidad que habían sido mentalizados por la filosofía estoica. Sin embargo, para Pedro y los cristianos procedentes del judaísmo se trataba de un cambio radical en su concepción de la historia de salvación. Pero confiesa que el Evangelio es para todo el mundo, porque Jesús es el Señor de todos los hombres.
"Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia..." (Hch 10, 34). La justicia de Dios es también diversa, diferente de la justicia de los hombres. Ésta consiste en dar a cada uno lo suyo, según la conocida definición de la justicia retributiva. La justicia de Dios va mucho más allá. Da a cada uno lo que le corresponde y mucho más. Por eso la justificación del hombre es totalmente gratuita, se debe no a los méritos del ser humano, sino a la infinita misericordia de Dios.
Su justicia equivale a su santidad, es decir, a su trascendencia, o más claro aún, a su inmenso amor, esa esencia inefable y misteriosa que rebasa infinitamente nuestra capacidad de entender y de amar... Conviene que cumplamos toda la justicia, dice el Señor al Bautista, que se resiste a bautizarlo según los designios de Dios. Claramente se refiere esa justicia a los planes divinos de la salvación, a la respuesta fiel del hombre a las exigencias divinas. A lo mismo se refiere Jesús cuando afirma que lo primero es buscar el Reino de Dios y su justicia. La justicia de Dios, no la de los hombres, tan raquítica y tan meticulosa.
El libro de los Hechos resume la misión de Jesús poniendo en boca de San Pedro la síntesis del anuncio de la fe ( 10,37-38): "Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea". Con el Bautismo Jesús comienza su camino ministerial de proclamación de la Buena Nueva, que le llevará a la cruz y resurrección. Es el Espíritu Santo el que, desde el Bautismo, le irá conduciendo cual nuevo Isaac (Gen 22,1-2); desde el Jordán Jesús emprende su camino hacia el sacrificio de su vida y la glorificación.
"Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo: porque Dios estaba con él." (Hch 10, 38) Jesús de Nazaret practicó siempre la justicia; pero no la humana, sino la de Dios. Es esa justicia la que le hace clamar "injustamente" en la cruz: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Así es la justicia de Dios: perfectamente combinada con la misericordia, con el perdón, con la benevolencia...
La justicia, sí; pero la de Dios. Esta es la justicia que Cristo ha predicado y esa la que la Iglesia proclama, esa la que los hombres de Dios han de predicar, esa la que todos hemos de practicar: paz, comprensión, perdón, alegría, amor. Sin dejarnos engañar con argumentos falaces que hablan a gritos -porque no tienen razón- de una justicia que no es la de Dios.

En el evangelio de San Mateo (Mt 3,13-17), después del "evangelio de la infancia", se pasa a la presentación de Juan Bautista en el desierto de Judea.
Después de treinta años de vida oculta, ignorada de todos en una de las más recónditas y olvidadas aldeas de Palestina, Jesús desciende hacia el Jordán para iniciar su ministerio público.
El bautismo, suponía para un judío una decisión personal de consagrarse a Dios y de renunciar al pecado. El que decidía bautizarse, decidía cambiar de vida, empezar a vivir para Dios, cumpliendo fielmente la Ley de Dios. Así era el bautismo de Juan: un bautismo de arrepentimiento de los pecados y de conversión a Dios. A este bautismo es al que se presentó Jesús, poniéndose en la fila de los que querían ser bautizados, como un judío más. Bien, lo que sucedió ya lo sabemos; nos lo cuenta hoy San Mateo, en su evangelio.
El bautista anuncia un bautismo de penitencia porque el Reino de los Cielos está cerca. No se trata de un mero rito vacío, sino que exige el cambio de vida radical.
El bautismo de Juan incluía la confesión: el reconocimiento personal de los pecados. Se trata realmente de superar la existencia pecaminosa llevada hasta entonces, de empezar una vida nueva, diferente.
San Mateo es el único que recoge el diálogo del Bautista con Jesús, quizá para explicar el absurdo que parece el hecho de que Jesús, que no tenía pecado, acuda a recibir este "Bautismo de Penitencia".
-"Fue Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara": Juan bautiza en el Jordán. Esta actividad de Juan es distinta de las abluciones rituales de la comunidad de Qumram, ubicada en parajes cercanos. Jesús viene de Galilea. No hay ninguna explicación del por qué Jesús quiere ser bautizado, pero su intento choca con la oposición del Bautista. Existió ciertamente una dificultad en la primera comunidad cristiana en cuadrar teológicamente el hecho de que Jesús recibiera el bautismo de Juan, pero se trata de una escena testimoniada por los tres evangelios sinópticos al inicio de la actividad de Jesús.
Jesús se acerca al Jordán para someterse al Bautismo de penitencia, al que Juan invitaba como preparación para recibir el Reino de Dios. Pero en el Bautismo de Jesús tienen lugar "signos prodigiosos" (prefacio). Esos signos se ordenan a "manifestar el misterio del nuevo Bautismo" (prefacio), del Bautismo en el agua y el Espíritu Santo, que trae Jesús. Por él, los cristianos sepultados en Cristo, renacen a él por una vida nueva. Por él quedan libres de todo pecado y se convierten en hijos de adopción; por él, incorporados a Cristo, entran a formar parte de un pueblo sacerdotal que proclama en el mundo las maravillas de Dios.
Jesús quiere ser bautizado, y se mezcla entre la multitud gris de los pecadores que esperaban a orillas del Jordán.
Es un escándalo que Jesús esté en la fila de los pecadores. Por eso Juan intenta disuadirlo. "Soy yo el que necesito que me bautices, ¿y tú acudes a mí?". No se trata de un auto-reconocimiento de Juan como pecador, sino de subrayar que es precisamente Jesús el que, como Mesías, tiene el poder de bautizar auténticamente con el Espíritu.
La respuesta no es sólo que Jesús quiera darnos ejemplo de humildad. El gesto de Jesús es mucho más profundo: Jesús en el Jordán se hace solidario con los pecadores. Es el "Siervo de Yahvé" de la lectura de Isaías que acepta la misión de cargar con los pecados de todos los hombres.
Puesto que este bautismo comporta un reconocimiento de la culpa y una petición de perdón para poder empezar de nuevo, este sí a la plena voluntad de Dios encierra también, en un mundo marcado por el pecado, una expresión de solidaridad con los hombres, que se han hecho culpables, pero que tienden a la justicia. Solo a partir de la cruz y la resurrección se clarifica todo el significado de este acontecimiento. Al entrar en el agua, los bautizados reconocen sus pecados y tratan de liberarse del peso de sus culpas. Jesús había cargado con la culpa de toda la humanidad; entró con ella en el Jordán. Inicia su vida pública tomando el puesto de los pecadores. La inicia con la anticipación de la cruz. El significado pleno del bautismo de Jesús, que comporta cumplir “toda justicia”, se manifiesta sólo en la cruz: el bautismo es la aceptación de la muerte por los pecados de la humanidad, y la voz del cielo “Éste es mi Hijo amado” es una referencia anticipada a la resurrección.
El Espíritu Santo es representado “como una paloma”, probablemente, a causa del primer versículo del génesis, donde el Espíritu de Dios, aleteaba sobre las aguas “como una paloma”. Este símbolo evocaría entonces la nueva creación inaugurada en el bautismo de Jesús. Es el acto de solidaridad humilde con la humanidad pecadora Jesús recibe el Espíritu y es declarado hijo. Porque se ha humillado es ahora exaltado: es el mismo movimiento del himno de la carta de los Filipenses (Flp 2, 6-11). Notemos que la irrupción del Espíritu no es una visión de los asistentes, sino únicamente de Jesús y que la proclamación "Este es mi Hijo..." es una declaración que Dios realiza en el cielo.
Jesús se bautiza como uno más, pero entonces se oye la voz poderosa del Padre que lo declara desde el cielo "su hijo amado, su predilecto." Es el mismo Padre quien no quiere en ese momento el anonimato producido por la modestia de Jesús. Es necesario conocer que la fuerza de Dios también está en el Señor. Lo dice Mateo en su texto.
Jesús de Nazaret fue “ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, y pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo”. Cuando fue bautizado por Juan, Dios le llamó su “Hijo amado, su predilecto”.
Cuando Jesús llegó al Jordán para bautizarse, el Bautista se resistió a hacerlo. No entiende cómo ha de bautizar a quien está tan por encima de él. Tampoco comprende de qué se habría de purificar quien era la pureza misma.
Estaba Juan bautizando cuando llega Jesús a pedirle que también a Él lo bautice. ¿Necesitaba Jesús este bautismo? ¿Necesitaba Él renunciar a una vida de pecado, de infidelidad a la Ley divina y de lejanía de Dios, para empezar una vida nueva? No. Juan lo sabe y se resiste a bautizarlo. Jesús no tiene pecado, Él no necesita ser bautizado con un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Ante el Cordero inmaculado Juan se siente indigno y dice ser él quien necesita ser bautizado por Jesús. " «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?».
Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia»". (Mt 3, 14-15).
Jesús y Juan se han de someter al designio de la voluntad de Dios. Recibir el bautismo en aquel momento es un acto de obediencia no a un mandamiento concreto de la Ley, sino a la misión que el Padre ha encomendado a Jesús y que le lleva ahora a manifestarse solidario con el pueblo pecador recibiendo en medio de él el bautismo de purificación.
Comentando este acontecimiento de la vida de Jesús  dice el Papa Benedicto XVI: «No es fácil llegar a descifrar el sentido de esta enigmática respuesta. En cualquier caso, la palabra árti —por ahora— encierra una cierta reserva: en una determinada situación provisional vale una determinada forma de actuación. Para interpretar la respuesta de Jesús, resulta decisivo el sentido que se dé a la palabra “justicia”: debe cumplirse toda “justicia”. En el mundo en el que vive Jesús, “justicia” es la respuesta del hombre a la Torá, la aceptación plena de la voluntad de Dios, la aceptación del “yugo del Reino de Dios”, según la formulación judía. El bautismo de Juan no está previsto en la Torá, pero Jesús, con su respuesta, lo reconoce como expresión de un sí incondicional a la voluntad de Dios, como obediente aceptación de su yugo» (Jesús de Nazaret, Planeta, 2007, p. 39).
Él no necesita este bautismo, sin embargo, obedeciendo a los designios de su Padre, se hace solidario con los pecadores: «Sólo a partir de la Cruz y la Resurrección se clarifica todo el significado de este acontecimiento… Jesús había cargado con la culpa de toda la humanidad; entró con ella en el Jordán. Inicia su vida pública tomando el puesto de los pecadores… El significado pleno del bautismo de Jesús, que comporta cumplir “toda justicia”, se manifiesta sólo en la Cruz: el bautismo es la aceptación de la muerte por los pecados de la humanidad, y la voz del Cielo —“Éste es mi Hijo amado” (Mc 3,17)— es una referencia anticipada a la resurrección.
Haciéndose bautizar por Juan, junto con los pecadores, Jesús comenzó a cargar con el peso de la culpa de toda la humanidad como Cordero de Dios que “quita” el pecado del mundo.
Esta obra la llevaría a su pleno cumplimiento en la Cruz, el momento al que el Señor mismo se referirá como el “bautismo” con el que tiene que ser bautizado (ver Lc 12,50). Es muriendo como se “sumerge” en el amor del Padre y difunde el Espíritu Santo para que los que crean en Él renazcan de esa fuente inagotable de vida nueva y eterna que es el Bautismo cristiano. Así, por su muerte y resurrección, y haciéndonos partícipes de su misma Pascua por el baño bautismal, Cristo nos libró de la esclavitud de la muerte y nos “abrió el cielo” es decir, el acceso a la vida verdadera y plena.
Jesús vence su resistencia pues así lo disponían los planes del Padre. Ante todo para enseñarnos la primera lección que ha de aprender quien quiera entrar en el Reino de los cielos, la lección de la humildad. Luego lo repetirá de muchas formas y en repetidas ocasiones. Nos enseña, en efecto, que es preciso hacerse como niños y que quien se humilla será exaltado, o que quien quiera ser el primero que sea el último. También alabará la humildad de la mujer cananea, o el valor de la pequeña limosna que echó una pobre viuda en el gazofilacio del Templo. También se alegrará y alabará al Padre porque ha ocultado los misterios más altos a los sabios y a los orgullosos, y se los ha revelado a los sencillos y pequeños. También nos dirá que aprendamos de Él, que es manso y humilde de corazón.
La palabra del Padre después del Bautismo declara a Jesús "Hijo amado, mi predilecto". Esto quiere decir que es ungido, escogido y consagrado para la misión que libremente acaba de aceptar. La misión recibida es poner en práctica el anuncio del profeta Isaías: abrir los ojos a los ciegos, sacar de la prisión a los cautivos y de la mazmorra a los que habitan en las tinieblas. Cuando Jesús acuda a la sinagoga de Nazaret leerá precisamente este texto para ratificar su misión. El lo asumió desde el principio: vino a liberarnos de todo mal y de toda injusticia, para promover el derecho en la tierra. Liberarnos a todos...., sin distinciones, sea de la nación que sea, como recuerda Pedro en su discurso.
Si la historia de la Salvación se inició en Siquem y aceptó y recogió el proyecto del Señor el patriarca Abraham, llegada la plenitud de los tiempos, Juan la culminó y aceleró. Su testimonio personal de vida y su función salvífica, fueron su grandeza.
Fijémonos hoy en la profundidad del Bautismo cristiano, es el primer sacramento de la nueva Ley, sacramento de la fe, nacimiento a la vida de Dios, sacramento pascual (Ritual del Bautismo de niños 3-6; Catecismo 535-537).
El Bautismo es el fundamento de la llamada a la santidad, el fundamento del deber y derecho a vivir el culto "en espíritu y en verdad". Es el primera peldaño del proceso de iniciación cristiana, que debe crecer con el don efusivo del Espíritu (Confirmación) y el sentarse por primera vez a la mesa del Señor (Eucaristía).
Jesús en el Bautismo del Jordán asume "la realidad de nuestra carne para manifestársenos" (2a oración colecta). La asume en aparente condición pecadora, como siervo, poseído totalmente por el espíritu, en condición humilde y paciente. Su misión es promover el derecho y la justicia, siendo luz y liberando de las esclavitudes de los hombres (Is 42,1-4.6-7).
En la humildad del Señor brilla su grandeza.
" 1. El Señor viene a bautizarse entre los esclavos, el Juez entre los reos. Pero no te turbes, porque en estas bajezas es donde brilla mejor su alteza. El que quiso ser llevado por tanto tiempo en un vientre virginal y salir de allí con nuestra naturaleza, el que quiso luego ser abofeteado y crucificado y sufrir todo lo demás que sufrió, qué maravilla es que quisiera también ser bautizado y acercarse, confundido entre la turba, a quien era siervo suyo? Lo de verdad maravilloso es que, siendo Dios, quisiera hacerse hombre. Lo demás es ya pura consecuencia. Por eso también Juan se adelantó a decir todo lo que dijo sobre que él no era digno de desatar la correa de su sandalia, y todo lo demás: que Él es juez, y ha de dar a cada uno conforme a su merecido y que a todos haría, copiosamente, don del Espíritu Santo. Con esto, al verle cómo se acerca para ser bautizado, ningún pensamiento bajo debemos tener sobre Él. De ahí que el mismo Juan, cuando llega Jesús, trata de impedírselo, diciendo: Yo soy el que tengo necesidad de ser por ti bautizado, y ¿tú vienes a mí? El bautismo de Juan era simple lavatorio de arrepentimiento y que sólo llevaba a la confesión de las propias culpas. Ahora bien, porque nadie pensara que también Jesús venía a él con esa intención, de antemano corrige Juan semejante idea, llamándole cordero de Dios y redentor de los pecados de la tierra entera. Porque quien tenía poder de quitar los pecados de todo el género humano, mucho más había de estar Él mismo sin pecado. De ahí que no dijo Juan: "Mirad al impecable", sino lo que era mucho más: Mirad al que quita el pecado del mundo. De este modo, y con absoluta plenitud, por lo uno habéis de recibir lo otro, y así recibido, ya podéis comprender que hubieron de ser otros los intentos de Jesús al acercarse para ser bautizado. Por eso, cuando Jesús llega, le dice Juan: Yo soy el que necesita ser por ti bautizado, y ¿tú vienes a mí? Y no dijo: "¿Y tú vas a ser por mi bautizado?" Pues aun esto temió decir. Pues ¿qué dijo? ¿Y tú vienes a mí?.
¿Qué hace entonces Cristo? Lo que más adelante había de hacer con Pedro, eso hace aquí con Juan. También Pedro se oponía a que Jesús le lavara los pies; pero el Señor le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; [1] más adelante lo comprenderás. Y luego: No tendrás parte conmigo . Y Pedro inmediatamente desistió de su oposición y cambió totalmente de sentir. Por modo semejante, le dijo aquí Jesús a Juan: Déjame por ahora, pues de esta manera es conveniente que cumplamos toda justicia. Y Juan obedeció inmediatamente. Porque ni Pedro ni Juan eran desmedidamente contumaces, sino que mostraban a par su amor y su obediencia, y en todo trataban de seguir la ordenación del Señor. Mas considerad cómo justamente por el motivo que hacía a Juan recelar, por ése le lleva Cristo a bautizarle. Porque no le dijo: "Así es justo", sino: Así es conveniente. Lo que por más indigno tenía Juan era que el Señor fuera bautizado por un esclavo suyo, y eso justamente es lo que el Señor le opone para bautizarse. Como si dijera: "¿Tú huyes y rehúsas bautizarme por tenerlo por cosa inconveniente? Pues por eso justamente, déjame por ahora, pues es la cosa más conveniente del mundo". Y no dijo simplemente: Déjame, sino: Déjame por ahora. No siempre será así-parece decirle el Señor-; ya me verás un día como tú deseas. Por ahora, sin embargo, soporta esto. Y seguidamente le hace ver por qué es eso conveniente, ¿Por qué, pues, es conveniente? Porque de esta manera cumplimos toda la ley.
Eso quiso decir al hablar de toda justicia. Porque justicia es el cumplimiento perfecto de los mandamientos. Como quiera, pues, dice Jesús, que he ya cumplido todos los mandamientos y sólo esto me queda por cumplir, quiero también cumplir esto. Yo he venido para destruir la maldición que se fundaba en la transgresión de la ley. Antes, pues, tengo que cumplirla yo toda, tengo que libraros a vosotros de la condenación, y entonces poner término a la ley. Es conveniente, pues, que yo cumpla toda la ley, porque conveniente es también que destruya la maldición contra vosotros que está escrita en la ley. Para este fin tomé carne y he venido al mundo. Entonces le dejó. Y, una vez bañado. Jesús subió inmediatamente del agua, y he aquí que se le abrieron los cielos. Y vió al Espíritu de Dios que bajaba como una paloma y se posaba sobre Él."
.....
EL BAUTISMO DE JESÚS PONE FIN AL DE JUAN.
Por ello justamente, el bautismo judaico cesa y empieza el nuestro. Lo que sucedió con la pascua, eso mismo sucede también con el bautismo. Allí, en efecto, celebrando el Señor las dos pascuas, a la una le puso término y dio principio a la otra; aquí también, al cumplir el bautismo judaico, abrió las puertas de la Iglesia. Como otrora en una sola mesa, así aquí, en un solo río, Cristo está juntamente describiendo la sombra y realizando la verdad. Porque sólo el bautismo de Cristo contiene el don del Espíritu Santo; el de Juan nada tiene que ver con ese don. De ahí que ningún prodigio se cumple en ninguno de los otros bautizados; sí solo al bautizarse Aquel que nos ha-bía de dar este bautismo. Con ello quiso el Señor que advirtierais, aparte lo ya dicho, que no fue la pureza del que bautizaba, sino la virtud del que era bautizado, la que hizo todo aquello. Sólo por Él se abrieron los cielos y descendió el Espíritu Santo. Porque, desde aquel momento, nos saca de la vida vieja a la nueva, nos abre las puertas de arriba, nos manda desde allí al Espíritu Santo y nos convida a nuestra patria celeste. Y no sólo nos convida, sino que, a par, nos otorga la máxima dignidad. Porque no nos hizo ángeles o arcángeles, sino hijos amados de Dios; de este modo nos conduce a aquella herencia celeste.
LLEVEMOS VIDA DIGNA DE NUESTRA DIGNIDAD.
4. Considerando todo esto, llevemos vida digna del amor de quien nos ha llamado, digna de la vida misma del cielo, digna del honor que se nos ha concedido. Crucificados al mundo y crucificando en nosotros mismos al mundo, llevemos con toda perfección la vida misma del cielo. No porque vuestro cuerpo no haya sido aún transportado al cielo, penséis que tenéis aún nada que ver con la tierra. Vuestra cabeza-Cristo--, allí la tenéis ya sentada. Y por eso, cuando el Señor vino al mundo, se trajo acá consigo a los ángeles; luego te tomó a ti y se volvió a los cielos; por que aprendas que, aun antes de subir allí, es posible llevar en la tierra vida del cielo. Conservemos, pues, la nobleza que hemos recibido desde el principio, suspiremos cada día por los celestes palacios, tengamos todo lo presente por sombra y sueño. Si un rey te hiciera de pronto hijo suyo-- a ti, pobre mendigo-, a fe que no te acordarías más de tu tugurio ni de su miseria. Y, sin embargo, no sería tanta la diferencia de un estado a otro. No penséis, pues, tampoco ahora en nada de vuestra vida pasada, pues mucho
mejor es aquello a que habéis sido llamados. El que os llama es el dueño soberano de los ángeles, los dones que os ofrece sobrepasan toda razón y toda inteligencia. Porque no te llama de tu tierra a otra tierra, como lo haría un rey de acá, sino de la tierra al cielo, de la naturaleza mortal a la gloria inmortal e inefable, que sólo entonces comprenderemos claramente cuando de ella gocemos.
Cuando estáis, pues, destinados a participar de tan altos bienes, ¿aún os acordáis del dinero y os pegáis a las apariencias de acá, y no consideráis que todo lo visible es más vil que los harapos de un mendigo? ¿No os mostráis indignos del honor que se os ha concedido? ¿Y qué defensa podréis alegar? O, por mejor decir, ¿qué castigo no sufriréis si después de don tan alto volvéis al vómito? Porque ya no seréis castigados simplemente por haber pecado como hombres, sino como hijos de Dios, y la grandeza misma del honor recibido se os convertirá en motivo de mayor castigo. A la verdad, tampoco nosotros castigamos del mismo modo a los esclavos y a los hijos, aun cuando se trate de las mismas faltas; señaladamente cuando han recibido grandes beneficios de nosotros. Ahora bien, si el que había obtenido por morada el paraíso, tantos males hubo de sufrir por un solo acto de desobediencia después del honor recibido, ¿qué perdón tendremos nosotros, a quienes se nos ha prometido el cielo mismo y hemos sido hechos coherederos con el Unigénito del Padre? ¿Qué perdón, repito, tendremos si después de recibir a la paloma corremos tras la serpiente?.
Ya no se nos dirá como a Adán: Tierra eres y a la tierra volverás; o aquello de: Con sudor trabajarás la tierra[3], ni lo otro de que antes habla la Escritura, sino cosas mucho más terribles: las tinieblas exteriores, las cadenas irrompibles, el gusano venenoso, el crujir de dientes. Y con mucha razón. Porque quien con tan grande beneficio no se ha hecho mejor, bien merece sufrir el último y más duro suplicio. En otro tiempo, Elías abrió y cerró el cielo, pero sólo para que lloviera o no lloviera; más para vosotros no se abre así el cielo, sino para que podáis subir a él; y no sólo para que subáis vosotros, sino para que llevéis, si queréis, también a otros; tal confianza, tal autoridad, os ha dado el Señor en todas sus cosas. Nuestra casa está en el cielo; llevemos allí nuestros bienes. Así, pues, como tenemos en el cielo nuestra casa, allí hemos de depositar todas nuestras cosas, sin dejar aquí nada, para no exponernos a perderlas. Aquí, por más que eches la llave, y pongas puertas y cerrojos, y des tus órdenes a miles de criados, y ganes por la mano a tantos granujas, y logres esquivar las miradas de los envidiosos; aun cuando pudieras detener la acción destructora de la polilla y del tiempo-lo que es imposible-; por lo menos, jamás escaparás a la muerte, y en un abrir y cerrar de ojos se te arrebatará todo lo que tienes. Y no sólo se te arrebatará, sino que con frecuencia irá a parar a manos de tus mismos enemigos. Más, si todo lo trasladas a tu casa del cielo, estarás al abrigo de todos esos trances. Allí no necesitas ni llaves ni puertas ni cerrojos: tal es la virtud de aquella ciudad, tan seguro es aquel lugar, inaccesible a toda corrupción y malicia."  (SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (I), Homilía 12, 1-4, BAC Madrid 1955, 219-31).
[1] Jn 13, 7-8
[2] Is 5, 4
[3] Gn 3, 19; 4, 12
Preguntémonos ahora ya que es indudable que necesitamos el Bautismo "en agua y Espíritu Santo".  Necesitamos renovar nuestra unción y compromiso cristiano radical.
¿Qué orientación tiene nuestra  vida cristiana hoy?
¿Abundan en ella las prácticas externas sin conversión?
¿Tratamos de emprender acciones brillantes sin contar con la fuerza de la cruz? ¿Nuestros compromisos son con las personas más agradables o inteligentes sin acercarte a los auténticos necesitados?
¿Cómo  reaccionamos ante las catástrofes sufridas por tantos hermanos en nuestra sociedad (guerras, persecuciones, terrorismo…)?
¿Es así como Dios quiere que cumplamos su voluntad?
¿Qué siento al conocer que Jesús fue bautizado? ¿Me siento agradecido de haber recibido el don del sacramento del bautismo? ¿Pido al Señor que renueve en mí cada día el don del Bautismo?
¿Y si soy bautizado, vivo como tal? ¿Comprendo que el bautismo es gracia pero también tarea, es decir una forma de vivir? ¿Cuál creo que es esta forma de vivir a la que estoy llamado? ¿Cuál lejos estoy de llegar a vivir de tal modo? ¿Qué debo cambiar, mejorar, proponerme o comenzar a hacer?
¿Escucho la voz de Dios? ¿Busco el tiempo y el espacio apropiado para escuchar la voz de Dios, y vivirla? ¿Entiendo que también hoy Dios señala a su Hijo para que miremos su vida e intentemos imitarla?
¿Me siento también yo “hijo predilecto del Padre”? ¿Entiendo que Dios me ama con predilección desde todos los tiempos? ¿Qué siento al pensar en el amor de Dios por mí? ¿Recuerdo momentos o experiencias en la que sentí concretamente cuanto Dios me ama?¿Me quedo conforme con saber que Dios me ama, pero me cierro a comunicarlo? ¿Estoy dispuesto a que otros puedan conocer este mismo amor de Dios? ¿Quiénes creo que hoy están necesitados de conocer cuánto Dios les ama? ¿Me ofrezco como instrumento para que Dios lleve su obra en sus vidas?
¿Pienso en mis amigos y/o familiares que no están bautizado, y rezo por ellos para que algún día puedan acercarse libremente al sacramento?

Rafael Pla Calatayud.
rafael@betaniajerusalen.com