Introducidos ya en el tiempo litúrgico llamado "ordinario", vemos cómo Jesús crece, habla y se sienta enseñando como un Maestro . Nos va presentando aspectos prácticos para nuestra
vida de cristianos, esta ya no queda reducida a un figurar como acompañantes de Jesús (ni tan siquiera imitadores) sino conscientes de lo que dice y de los efectos que produce el “pertenecer” a esa gran comunidad donde resuena el programa y las palabras de Jesús.
En la primera lectura (Sof
2,3; 3,12-13), vemos
como Sofonías, contemporáneo de Jeremías, colabora con Josías en la gran
reforma religiosa.
Una idea
dominante aparece a lo largo de su corto libro: la gran catástrofe que se
cierne sobre Jerusalén ("Día de la Ira"). El profeta Sofonías vivió
tiempos difíciles, en los que los gobernantes oprimían a los más débiles. El
profeta le dice al pueblo que no se desanime, porque el Señor les va a
auxiliar. Ellos, el pueblo, deben confiar en el Señor, pero sabiendo que
confiar en el Señor supone y exige vivir según una determinada ética,
defendiendo siempre la justicia, la bondad y la verdad. El hombre ha de rendir
cuenta a Dios, y por eso invita a la penitencia y conversión mientras hay
tiempo. Al final, un resto de Israel se salvará (2,7.9;3,13); Sofonìas cierra
su obra como otros muchos profetas, con un oráculo de restauración.
El
profeta ha perdido toda esperanza en la conversión de la clase dirigente, de
los dignatarios y sacerdotes de Judá. Por eso la catástrofe nacional es
inevitable, pero "quizás" exista aún la posibilidad de que "los
pobres de la tierra", el pueblo llano y humilde, pueda escapar sano y
salvo cuando llegue el día de "la cólera de Yavé". Por eso la
exhortación del profeta se dirige a este pueblo, no a la clase dirigente. La
salvación de los pobres depende mucho de la capacidad que tengan para
reaccionar y superar el desaliento que padecen. Sofonías les invita a
"buscar a Yavé" con todas sus fuerzas y a desear la justicia. Ellos
son los mejor dispuestos para buscar a Yavé y su justicia. Vivamente les
recomienda que recuperen el "ánimo y busquen" ellos mismos, en vez de
dejarse llevar por el desaliento y por los que desalientan con su conducta al
pueblo.
Mientras
la literatura sapiencial bíblica tiende a considerar la pobreza como el
resultado de la pereza, los profetas ven en los pobres a los oprimidos y en la
pobreza de éstos la consecuencia de la injusta riqueza de los ricos. Para
Sofonías los "humildes de la tierra" son los justos, pero también la
ínfima clase social constituida por los jornaleros del campo. La posibilidad
que tienen los pobres de salvarse se anuncia ahora como promesa de Dios que ha
de cumplirse. El pueblo pobre y humilde será el "resto de Israel"
(cfr. Mi 2,12) y el heredero de todas las promesas. Los pobres de la tierra,
desposeídos de la riqueza y el poder, tendrán ocasión de poner toda su
confianza en Dios. Y se apartarán de toda falsa autosuficiencia y la vana
pretensión de apoyarse en el prestigio de una sabiduría extranjera; tampoco
confiarán en alianzas políticas con las grandes potencias. Dios será su único y
verdadero refugio.
El
hombre debe prepararse para el día del juicio del Señor (Dies/Irae) en el que
se va a pedir cuentas para castigar. En 2,1-3, el heraldo se dirige a dos
grupos muy diversos: "el pueblo despreciable" que va a ser aniquilado
y el "pueblo humilde" que buscando la justicia busca a Dios.
En los vv.
3,9-20 se invita a Sión al gozo y a la alegría: "grita, lanza vítores,
festeja exultante" (v.14). El miedo debe ser desterrado: "no temas,
no te acobardes" (vs. 15-16). ¿Qué es lo que ha ocurrido? Sofonías nos
habla de una restauración, de una época dorada en Jerusalén que anula la
anterior de humillación y de corrupción. La Jerusalén humillada por tiranos
(v.15) y obligada a pagar tributo y rendir culto a los dioses extranjeros será
el centro del mundo: tendrá fama ante los otros pueblos (v.20) quienes,
unificados, invocarán y servirán al Dios del Israel (vs. 9-10). Su nuevo amo
será un rey y soldado victorioso: el Señor (vs. 15-16).
La
Jerusalén rebelde, manchada y opresora (vs. 1-2) por la conducta denigrante de
sus príncipes, jueces, profetas y sacerdotes (vs.3-4) queda purificada con la
presencia de Dios como rey y guerrero, garantía de prosperidad y de protección
eficaz para el pueblo (vs. 15-16; cfr.Ez. 48,35;Zac.8,23).
La
restauración reúne a los dispersos (v.19) y deja un resto "que no cometerá
crímenes ni dirá mentiras..." (vs. 12 s). Es tiempo de alegría, de la que
participa el Señor: El "se goza, se alegra contigo, se llena de
júbilo" (v.17). Y esa alegría acarrea la paz y la tranquilidad: el resto
"pastarán y se tenderán sin que nadie les espante".
El responsorial de hoy (Sal
145,7-10), es el mismo que se nos proclamó en el del III domingo de adviento.
Es
un "himno" del reino de Dios. A partir del salmo 145, hasta el
último, el 150, tenemos una serie que se llama el "último Hallel",
porque cada uno de estos seis salmos comienza y termina por
"aleluia". En esta forma el salterio termina en una especie de
ramillete de alabanza. Recordemos que la palabra "hallélouia"
significa, en hebreo "alabad a Yahveh", "alabad a Dios".
El
salmista canta el amor de Dios en una enumeración de obras divinas festivas. Dios
-Que
ha creado los cielos
-Que
mantiene su fidelidad
-Que
hace justicia a los oprimidos...
-Que
da el pan a los hambrientos...
-Que
libera a los prisioneros...
-Que
abre los ojos a los ciegos...
-Que
endereza a los encorvados...
-Que
ama a los justos...
-Que
guarda a los peregrinos...
El salmo como alabanza comunitaria, tiene varias
partes. La primera se exprese en singular (vv. 1-2). La exhortación que sigue
termina con una bendición (vv. 3-5). Continúa y finaliza con una confesión de
fe colectiva a cargo de la asamblea (vv. 6-10), esta última parte es la que
viene en el responsorial de hoy.
La estrofa que repetimos entre los versículos del
salmo nos sitúa ante la realidad de los pobres. Los pobres, entre los que
podemos incluir a los que lloran, y a los humildes, son esta categoría de
personas desvalidas, conscientes de que solos no pueden salir de su situación y
que no quieren salir de ella a base del poder y la fuerza. De hecho, algunos
autores afirman que se podría explicar el término "humildes" diciendo
"no-violentos". Son aquellos que tienen a Dios por rey, según la
expresión de Isaías y del salmo que hemos leído. La "justicia" va más
allá de lo que entendemos normalmente por justicia. Es la relación correcta con
Dios, con los demás y con el mundo. Practicar la justicia es hacer la voluntad
de Dios, que a menudo se contrapone a los deseos humanos, lo que provoca la
persecución para los que quieren ser justos.
Así
comentó San Juan Pablo II este salmo 145: 1. El salmo 145, que acabamos de
escuchar, es un "aleluya", el primero de los cinco con los que
termina la colección del Salterio. Ya la tradición litúrgica judía usó este
himno como canto de alabanza por la mañana: alcanza su culmen en la
proclamación de la soberanía de Dios sobre la historia humana. En efecto, al
final del salmo se declara: "El Señor reina eternamente" (v.
10).
De
ello se sigue una verdad consoladora: no estamos abandonados a nosotros
mismos; las vicisitudes de nuestra vida no se hallan bajo el dominio del caos o
del hado; los acontecimientos no representan una mera sucesión de actos sin
sentido ni meta. A partir de esta convicción se desarrolla una auténtica
profesión de fe en Dios, celebrado con una especie de letanía, en la que se
proclaman sus atributos de amor y bondad (cf. vv. 6-9).
2. Dios
es creador del cielo y de la tierra; es custodio fiel del pacto que lo vincula
a su pueblo. Él es quien hace justicia a los oprimidos, da pan a los
hambrientos y liberta a los cautivos. Él es quien abre los ojos a los ciegos,
quien endereza a los que ya se doblan, quien ama a los justos, quien guarda a
los peregrinos, quien sustenta al huérfano y a la viuda. Él es quien trastorna
el camino de los malvados y reina soberano sobre todos los seres y de edad en
edad.
Son
doce afirmaciones teológicas que, con su número perfecto, quieren expresar la
plenitud y la perfección de la acción divina. El Señor no es un soberano
alejado de sus criaturas, sino que está comprometido en su historia, como Aquel
que propugna la justicia, actuando en favor de los últimos, de las víctimas, de
los oprimidos, de los infelices.
3. Así,
el hombre se encuentra ante una opción radical entre
dos posibilidades opuestas: por un lado, está la tentación de
"confiar en los poderosos" (cf. v. 3), adoptando sus criterios
inspirados en la maldad, en el egoísmo y en el orgullo. En realidad, se trata
de un camino resbaladizo y destinado al fracaso; es "un sendero tortuoso y
una senda llena de revueltas" (Pr 2, 15), que tiene como meta la
desesperación.
En
efecto, el salmista nos recuerda que el hombre es un ser frágil y mortal, como dice el mismo vocablo 'adam,
que en hebreo se refiere a la tierra, a la materia, al polvo. El hombre -repite
a menudo la Biblia- es como un edificio que se resquebraja (cf. Qo 12,
1-7), como una telaraña que el viento puede romper (cf. Jb 8, 14), como
un hilo de hierba verde por la mañana y seco por la tarde (cf. Sal 89,
5-6; 102, 15-16). Cuando la muerte cae sobre él, todos sus planes perecen y él
vuelve a convertirse en polvo: "Exhala el espíritu y vuelve al
polvo; ese día perecen sus planes" (Sal 145, 4).
4. Ahora
bien, ante el hombre se presenta otra posibilidad, la que pondera el salmista
con una bienaventuranza: "Bienaventurado aquel a quien auxilia el
Dios de Jacob, el que espera en el Señor su Dios" (v. 5). Es el camino de
la confianza en el Dios eterno y fiel. El amén, que es el verbo hebreo
de la fe, significa precisamente estar fundado en la solidez inquebrantable del
Señor, en su eternidad, en su poder infinito. Pero sobre todo significa
compartir sus opciones, que la profesión de fe y alabanza, antes descrita, ha
puesto de relieve.
Es
necesario vivir en la adhesión a la voluntad divina, dar pan a los hambrientos,
visitar a los presos, sostener y confortar a los enfermos, defender y acoger a
los extranjeros, dedicarse a los pobres y a los miserables. En la práctica, es
el mismo espíritu de las Bienaventuranzas; es optar por la propuesta de amor
que nos salva desde esta vida y que más tarde será objeto de nuestro examen en
el juicio final, con el que se concluirá la historia. Entonces seremos juzgados
sobre la decisión de servir a Cristo en el hambriento, en el sediento, en el
forastero, en el desnudo, en el enfermo y en el preso. "Cuanto hicisteis a
uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt
25, 40): esto es lo que dirá entonces el Señor.
5. Concluyamos
nuestra meditación del salmo 145 con una reflexión que nos ofrece la sucesiva
tradición cristiana.
El
gran escritor del siglo III Orígenes, cuando llega al versículo 7 del salmo,
que dice: "El Señor da pan a los hambrientos y liberta a los
cautivos", descubre en él una referencia implícita a la Eucaristía:
"Tenemos hambre de Cristo, y él mismo nos dará el pan del cielo.
"Danos hoy nuestro pan de cada día". Los que hablan así, tienen
hambre. Los que sienten necesidad de pan, tienen hambre". Y esta hambre
queda plenamente saciada por el Sacramento eucarístico, en el que el hombre se
alimenta con el Cuerpo y la Sangre de Cristo (cf. Orígenes-Jerónimo, 74
omelie sul libro dei Salmi, Milán 1993, pp. 526-527). (San Juan Pablo II. Audiencia
del Miércoles 02 de julio del 2002).
En la segunda Lectura : 1 Cor 1,26-31 San Pablo invita a
los corintios a tomar conciencia de lo que sucede en su propia comunidad y
aprendan así a descubrir lo que es verdaderamente importante para responder a
la llamada de Dios.
Corinto
era una ciudad que, en aquella época pasaba del medio millón de habitantes, dos
terceras partes de los cuales eran esclavos. La comunidad cristiana, que ya
debía contar algunos centenares de miembros, también estaba formada
mayoritariamente por esclavos y personas de clase baja. De esta situación de
hecho, que Pablo recuerda al inicio del fragmento, el apóstol deduce
afirmaciones de principio. La elección de cada cristiano es una decisión personal
de Dios. De aquí que "a los ojos del mundo" sorprenda la clase de
gente que conforma la comunidad cristiana. De hecho, Pablo parte de aquella
corriente profética del Antiguo Testamento según la cual Dios invierte los
valores de los hombres: el Señor no se complace en el poder y la fuerza, sino
en la humildad y el servicio.
La
única riqueza, el único motivo de gloria es Jesucristo, que ha sido dado por
Dios gratuitamente. Así, pues, citando libremente el texto de Jeremías, Pablo
afirma que el status social de la mayoría debe servir para comprender que sólo
pueden gloriarse en el Señor.
La
experiencia de la fe que tiene esta comunidad confirma lo que había dicho
Jesús: que los pobres son los evangelizados y que de ellos es el Reino de Dios.
Pues Dios se complace en elegir a los pobres, a los ignorantes, a los humildes,
para que en medio de la debilidad y de la ignorancia resplandezca la fuerza y
la sabiduría divinas. Y esto lo pueden comprobar ellos mismos con tal de
fijarse en los que asisten a sus asambleas. La descripción que hace Pablo de la
comunidad cristiana de Corinto coincide con la que se hace de otras comunidades
cristianas en los Hechos.
-"Fijaos
en vuestra asamblea...": En continuidad con el tema de la sabiduría de la
cruz, Pablo hace caer en la cuenta a los corintios de que su misma situación
social y cultural es demostrativa de los caminos inauditos de Dios. La ciudad
de Corinto, como ciudad portuaria y de tráfico comercial, tenía una gran
proporción de esclavos en su población. Su primera comunidad cristiana no podía
ser muy diferente a sus habitantes.
-"...lo
necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios": Dios
invierte los criterios y proyectos humanos. Ha llamado a la fe a aquellos que
no pertenecían al pueblo escogido, a los gentiles; y todavía de entre los
gentiles, a aquellos que contaban poco en la sociedad. Ponía así en evidencia
la vaciedad de aquellos que confían en sus solas propias fuerzas y, al mismo
tiempo, ponía de manifiesto que sus criterios son los de la pura misericordia.
-"Por
él vosotros sois en Cristo Jesús...": Los corintios, de no ser nada, han
pasado a ser una nueva creación en Cristo. Han obtenido la sabiduría, la
justicia, la santidad y la redención: todo el conjunto de las aspiraciones de
los griegos y de los judíos. Jesucristo crucificado es la expresión máxima de
la sabiduría de Dios; es al mismo tiempo el cumplimiento fiel de las promesas
por las que Dios manifiesta su justicia; es el paso hacia la resurrección que
posibilita el don del Espíritu de santificación; y, finalmente, es la muerte
liberadora de la esclavitud del hombre.
Así
comenta San Agustín esta lectura: "A veces los hombres se causan un gran
daño a sí mismos, mientras temen ofender a los demás. Mucha es la influencia de
los buenos amigos para el bien y de los malos para el mal. Por ello el Señor,
con el fin de que despreciemos las amistades de los poderosos con vistas a
nuestra salvación, no quiso elegir primero a senadores, sino a pescadores.
¡Gran misericordia la del autor! Sabía, en efecto, que si elegía a un senador,
iba a decir: «Ha sido elegida mi dignidad». Si hubiera elegido primero a un
rico, hubiese dicho: «Ha sido elegida mi riqueza». Si hubiese elegido antes al
emperador, hubiese dicho: «Ha sido elegido mi poder». Si el elegido hubiese
sido un orador, hubiese dicho: «Ha sido elegida mi elocuencia». Si el elegido
hubiese sido un filósofo, hubiera dicho: «ha sido elegida mi sabiduría». «Está
gente soberbia -dijo el Señor- puede sufrir una pequeña dilación; está muy
hinchada». Hay diferencia entre la magnitud y la hinchazón; una y otra cosa son
algo grande, pero no algo igualmente sano.
«Sufran
dilación -dijo- estos soberbios; han de ser sanados con algo sólido. Dame en
primer lugar este pescador. Tú, pobre, ven y sígueme; nada tienes, nada sabes,
sígueme. Sígueme tú, pobre ignorante. Nada hay en ti que se asuste, pero hay
mucho para ser llenado». A tan amplia fuente ha de llevarse el vaso vacío. Dejó
sus redes el pescador, recibió la gracia el pecador y se convirtió en divino
orador. He aquí lo que hizo el Señor, de quien dice el Apóstol: Dios eligió
lo débil del mundo para confundir a lo fuerte; eligió también lo despreciable
del mundo y lo que no es como si fuera, para anular lo que es (1 Cor
1,27-28). Y ahora se leen las palabras de los pescadores y se doblega la cerviz
de los oradores. Desaparezcan, pues, de en medio los vientos vacíos;
desaparezca de en medio el humo que a medida que se eleva se esfuma;
despréciense totalmente en bien de la salvación." ( San Agustín. Sermón
87,12).
El evangelio de hoy ( Mt
5,1-12a), nos presenta el Sermón de la Montaña, que es considerado como la Carta Magna del Reino de Dios. San
Mateo, el evangelista del Reino, nos presenta este largo discurso del Señor al
principio de su ministerio público, como un exordio en el que se recogen los
principales puntos del mensaje de Cristo. Es cierto que en él se entremezclan
diferentes temas, pero en todos ellos hay un espíritu común, un mismo latido de
sencillez y de humildad, de alegría y de paz.
Al
proclamar las bienaventuranzas, Jesús no enunció condiciones para entrar en el
Reino. Más bien: proclamó a la manera profética que determinadas situaciones
desgraciadas (las más típicas habitualmente consideradas en el estilo
profético) habían por fin provocado la atención benevolente de Dios, que sin
tardar y gratuitamente iba a hacer llegar su Reino.
En
primer lugar se señala una actitud inicial básica que se convierte en exigencia
para llegar al Reino de Dios. El que adopta esa actitud es ya
"dichoso", pues hay para él una promesa. En la primera y en la última
bienaventuranza la promesa es expresamente el Reino de los Cielos, en las otras
se trata de la misma realidad considerada bajo diversos aspectos.
El
versículo inicial, que da cuenta de la presencia de la gente y de los
discípulos, ya había quedado preparado el domingo pasado con la invitación al
seguimiento y con la actividad por toda Galilea. En la montaña y en postura
docente, a semejanza de los rabinos rodeados de discípulos. Para el marco Mateo
sigue sirviéndose del cliché del Éxodo: presenta a Jesús en la montaña a
semejanza de Moisés, a quien Jesús da sentido y cumplimiento.
-"...al
ver Jesús al gentío, subió a la montaña...": Desde la montaña, como desde
un nuevo Sinaí, Jesús proclama ante las multitudes y no sólo para el grupo
restringido de los discípulos, la nueva ley del Reino, convocando al pueblo de
la Nueva Alianza. La bienaventuranza o felicidad proclamada es escatológica,
pero también presente ya de una manera latente en quienes viven según el
programa del Reino; sólo por la fe puede percibirse.
-"Dichosos
los pobres en el espíritu...": La primera y la última bienaventuranza
enmarcan el conjunto de las otras seis (tres referidas a situaciones de
sufrimiento y tres referidas a actitudes en bien del hombre). La primera es una
invitación a optar por la condición de pobre. El término "en el
espíritu" no es ningún intento de aguar su fuerza social: indica que se
trata de una pobreza que abraza lo más profundo de la persona y que, por tanto,
no se puede reducir a una situación sociológica fruto de la necesidad ni a un
sentimiento de desprendimiento de carácter interior. Contra la idolatría del
poder del dinero se trata de una opción fundamental por Dios. De aquí que la
promesa sea la entrada en el Reino, en el ámbito de la realeza única de Dios.
-"Dichosos
los que lloran...": Las tres bienaventuranzas siguientes hablan de
situaciones de sufrimiento fruto de la opresión y de la injusticia. Los
términos para expresarlo provienen del AT: los que lloran (los oprimidos)
reciben la recompensa del consuelo de la liberación ; los humildes, los
sufridos, (los desposeídos de la tierra), la alegría de poseer el país; y los
que tienen hambre y sed de realización de la justicia de Dios, verán cumplidos
su deseo con el establecimiento del Reino.
-"Dichosos
los misericordiosos...": Las otras tres bienaventuranzas hablan de las
actitudes activas de la compasión, de la misericordia y de la pureza de corazón
que son el indicativo de una conducta sincera hacia los demás y ante Dios, y de
la creación de situaciones de paz como anticipación del Reino mesiánico y
definitivo en el que todos serán hijos de un mismo Padre.
-"Dichosos
los perseguidos...": La última de las bienaventuranzas tiene estrecha
relación con la primera. La opción contra el poder y el dinero, contra la
idolatría, provoca la persecución. Pero este fracaso de los discípulos en el
mundo es también prenda de felicidad. Comparten la misma suerte de los profetas
y del mismo Jesús, indica de que están en el camino que conduce a la verdadera
felicidad de la vida del Reino.
Para
nuestra vida
En
la primera lectura vemos como al profeta Sofonías le tocaron años difíciles. Israel
y sus jefes iban tras alianzas con Egipto que garantizasen su seguridad contra
Asiria. El rey de Judea, Amón, fue asesinado por unos oficiales partidarios de
la alianza con Egipto. Josías, que tiene entonces ocho años, sube al trono. Es
en esa época cuando profetiza Sofonías.
Sofonías
anuncia un día terrible, "el día del Señor”, para aquellos que no confían
en Dios y sí en tratados políticos. Por eso, para que la desgracia no se abata
sobre ellos, llama a los "humildes" a la conversión. Los humildes se
oponen, en Sofonías, a todos los que encuentran su fuerza en ellos mismos: los
dignatarios, los ricos, los que no les importa Dios. Pero el profeta habla
claro: la única actitud posible para mantenerse es "buscar a Dios su
justicia". Buscad la justicia, buscad la moderación, quizá así podáis
libraros el día del juicio de Dios. Sofonías mira a esos que son humildes, a
esos que pasan desapercibidos, a esos que no suenan, esos que no brillan. Ellos
serán los que se verán libres el día de la ira del Señor.
Es
muy duro ser pobre y humilde en nuestro mundo; los soberbios, arrogantes y
mentirosos están mejor vistos. Los últimos suelen triunfar, mientras que a los
primeros se les deja de lado: no ocupan cargos importantes, ni van de etiqueta
por la vida. Muchas veces su sinceridad les hace perder la confianza de sus
jefes, perdiendo sus puestos incluso en la misma Iglesia de Dios. En el hombre
no deben confiar, pero sí en Dios ya que éste acoge lo humilde y necio del
mundo para confundir a los prepotentes y arrogantes. Este es el mensaje de
Sofonías, de Pablo y del Evangelio.
Dirigiéndose
a los humildes, a los sencillos que cumplen la ley de Dios sin ostentación, sin
aparato externo, hombres que buscan la justicia haciéndola una realidad en sus
propias vidas, Sofonías destaca lo que importa, lo único necesario. Vivir cara a Dios, buscar
en la vida sólo una cosa, hacer su justicia, cumplir su voluntad. Sin añorar el
aplauso de los hombres, sin pretender su beneplácito, sin intentar obtener sus
alabanzas. Hacer lo que hay que hacer, sencillamente, continuamente. Esperando
del Señor la recompensa. Al fin y al cabo Él es el único que sabe pagar, el
único que sabe apreciar justamente nuestro esfuerzo.
Una
vez más brota del mensaje profético la promesa de una liberación, la esperanza
de una restauración que reúna en un pueblo nuevo a todos los hijos de Dios,
dispersos por los mil rincones de la tierra. Ese pueblo nuevo resurgirá con la
llegada de Cristo. Él, como otro Moisés, librará a los suyos del peso de la
esclavitud.
En
la segunda lectura vemos como en tiempos de san Pablo, la mayoría de los
cristianos que acudían a la asamblea eucarística eran de condición social baja.
San Pablo les dice que pongan su confianza en el Señor, porque todo lo bueno
que tienen es un don de Dios.
En
nuestras asambleas eucarísticas, hoy día, hay personas de todas las clases
sociales. Lo que nos diría hoy a nosotros san Pablo es que todos nos
comportemos como hermanos, intentando vivir en auténtica fraternidad cristiana.
Que consideremos la vida y todo cuanto tenemos como un regalo de Dios y que
pongamos todo, incluidas nuestras vidas, al servicio del evangelio. Somos
obreros de Dios y todos debemos trabajar con humildad para que el reino de Dios
pueda hacerse realidad entre nosotros, tal como lo hizo, mientras vivió entre
nosotros, Jesús de Nazaret, nuestro Maestro, nuestro Guía, nuestro Salvador. Y,
si nos gloriamos de algo, que nos gloriemos en el Señor.
La
valoración que Pablo hace de la comunidad contrasta con la preocupación, hoy
frecuente, de buscar hombres de valía personal para dar tono a las asambleas
eclesiales. A juzgar por las palabras de Pablo, la comunidad de Corinto no
estaba formada por hombres de grandes cualidades intelectuales o de una
especial procedencia social. Pero el Apóstol, siguiendo el hilo de su
razonamiento, da de ella una valoración definitiva y evangélica: Dios «eligió
lo plebeyo del mundo... para anular a lo que existe» (v 28). El canto y la
esperanza de los pobres que hacen descansar su existencia en la iniciativa de
Dios, actitud constante en la Escritura, es para san Pablo la señal más clara
de la elección que Dios hace cuando, por su palabra, se acerca a los hombres.
San
Mateo nos presenta el sermón del monte,
en el se nos proclaman las Bienaventuranzas , esto produce siempre inquietudes ,
porque parece imposible vivir así y compartir la claridad de Cristo al
pronunciarlas con toda rotundidad.
El Sermón de la montaña se sitúa
relativamente pronto en el retrato que hace Mateo del ministerio de Jesús,
seguido, en el capítulo 3, de su bautismo por Juan y, en el
capítulo 4, su estancia y tentación en el desierto, su llamada a cuatro
discípulos y su predicación temprana en Galilea.
Los cinco discursos en el
Evangelio de Mateo son: el Sermón de la montaña (5-7), el discurso sobre
el discipulado (10), el discurso de las parábolas (13), el discurso sobre la
comunidad de fe (18) y el discurso sobre los acontecimientos futuros
(24-25). [1] Además, como todos los demás
"discursos", éste tiene la declaración final de Mateo (7:28-29) que
lo distingue del material que le sigue. Véanse declaraciones similares al final
de los otros discursos en 11:1; 13:53; 19:1; 26:1.
Tradicionalmente, el Monte de
las Bienaventuranzas ha sido conmemorado como el lugar físico en el que
tuvo lugar el sermón. También se han sugerido otros lugares, como el Monte
Arbel y los Cuernos de Hattin.
Este sermón es una de las secciones
más citadas de los Evangelios, incluyendo algunos de los dichos más
conocidos atribuidos a Jesús, como las Bienaventuranzas y la versión
comúnmente recitada del Padrenuestro. También contiene lo que muchos
consideran los principios centrales del discipulado cristiano.
El escenario para el sermón se da
en Mateo 5:1-Mateo 5:2|2. Allí se dice que Jesús ve a la multitud, sube a la
montaña acompañado de sus discípulos, se sienta y comienza su discurso.]
El
Sermón del Monte (Mateo 5-7) es el primer y más famoso de los cinco grandes
discursos de Jesús en el evangelio de Mateo, situado temprano en su ministerio
galileo tras llamar a sus primeros discípulos. Jesús subió a un monte para
instruir sobre la vida del Reino de los Cielos a sus seguidores y a la
multitud, presentándose con autoridad superior a los escribas y como un nuevo
Moisés.
Contexto
Clave:
Contexto
Bíblico y Teológico: Se enfoca en el "reino de los cielos" en
lugar de un reino político, redefiniendo la justicia y la obediencia interna de
la ley (Torá) sobre la mera observancia externa.
Contexto
Político-Religioso: Jesús enseña en tiempos de ocupación romana,
rechazando las expectativas de un Mesías militar y confrontando la religiosidad
externa de los fariseos, proponiendo una moral interna y del corazón.
Contexto
de "Nuevo Moisés": Mateo presenta a Jesús subiendo al monte
(como Moisés al Sinaí) para dar la "nueva ley" o la interpretación
correcta de la voluntad de Dios, no para abolirla, sino para cumplirla.
Contenido: Abarca
temas como las Bienaventuranzas, la ética del amor, la oración (Padre Nuestro),
el ayuno, el peligro de la hipocresía y la necesidad de practicar lo enseñado
para construir la vida sobre la "roca".
Propósito: Definir
el carácter de los verdaderos ciudadanos del reino, diferenciándolos del mundo
y de la religiosidad superficial.
Es
un ideal por el que tenemos que luchar, sabiendo que en ese esfuerzo contamos
con la ayuda divina.. Todos queremos ser felices y merece la pena esforzarnos
por encontrar la felicidad en lo que Dios nos dice que nos la garantizará .
Dice San Agustín:“No puede encontrarse, en efecto, quien no quiera ser feliz.
Pero ¡ojalá que los hombres que tan vivamente desean la recompensa no rehusaran
la tarea que conduce a ella! ¿Quién hay que no corra con alegría cuando se le
dice: «Vas a ser feliz»? Mas ha de oír también de buen grado lo que se dice a
continuación: «Si esto hicieres». No se rehúya el combate si se ama el premio.
Enardézcase el ánimo a ejecutar alegremente la tarea ante la recomendación de
la recompensa. Lo que queremos, lo que deseamos, lo que pedimos vendrá después.
Lo que se nos ordena hacer con vistas a lo que vendrá después, hemos de
realizarlo ahora”. (San Agustín, Sermón 53, 1-6).
Ante las bienaventuranzas, lo primero que hay que
decir es que son palabras que Jesús dirige no sólo a los discípulos sino también a las
muchedumbres que, como se dice al final del Sermón, escuchaban con admiración
las palabras del Rabí de Nazaret. Esto significa, en contra de lo que algunos
opinan, que el Señor se dirige a todos, cuando nos pide esa santidad y
perfección que suponen las bienaventuranzas. Es decir, todos estamos llamados a
ser santos. Aunque la santidad que a cada uno nos pide el Señor no tiene las
mismas características, sí tiene las mismas exigencias de un gran y profundo
amor.
De
la santidad nos decía el Papa Francisco en la Audiencia general del miércoles 2 de octubre de 2013: "Dios
te dice: no tener miedo de la santidad, no tener miedo de apuntar alto, de
dejarse amar y purificar por Dios, no tener miedo de dejarse guiar por el
Espíritu Santo. Dejémonos contagiar de la santidad de Dios. Todo cristiano está
llamado a la santidad (cfr Cost. dogm. Lumen gentium, 39-42); y la santidad no
consiste primero en el hacer cosas extraordinarias, sino en el dejar actuar a
Dios. Y el encuentro de nuestra debilidad con la fuerza de su gracia, es tener
confianza en su acción que nos permite vivir en la caridad, de hacer todo con
alegría y humildad, para la gloria de Dios y en el servicio al prójimo. Hay una
célebre frase del escritor francés Léon Bloy; en los últimos momentos de su
vida decía: "Hay una sola tristeza en la vida, la de no ser santos".
No perdamos la esperanza en la santidad, recorramos todos este camino.
¿Queremos ser santos? El Señor nos espera a todos, con los brazos abiertos; nos
espera para acompañarnos en el camino de la santidad. Vivamos con alegría
nuestra fe, dejémonos amar por el Señor... pidamos este don a Dios en la
oración, para nosotros y para los otros." (Papa Francisco celebra la
Audiencia general del miércoles 2 de octubre de
2013).
En
las bienaventuranzas se plasman los contenidos de la obra de santidad que Dios quiere hacer - y
hace- y valora en cada ser humano, es verdad que contando
siempre con nuestra colaboración. Jesús
en el monte dio y nos dio un mensaje dirigido directamente a nuestro corazón,
expresando aquello que Dios valora en la vida del ser humano. Pero no es fácil ese convencimiento que inunda
de luz el enigmático mensaje de las bienaventuranzas. Hemos de orar mucho y
pedir que nuestro corazón y entendimiento se abran a la eficacia vivificadora
de la Palabra de Dios.
Sería
un error escuchar las bienaventuranzas como un mensaje imposible, como una
cuestión que, tal vez, pueda cumplirse en la vida futura o que, por otra parte,
es una utopía de imposible realización. Podemos observar su existencia y sus
efectos en la vida cotidiana, en personas que tenemos cercanas.
Todo
el contenido de las bienaventuranzas se convierte en realidad. Esa realidad ya
viene anunciada en la primera lectura. Sofonías profetiza la obra de Dios,
Jesús da plenitud a esa obra al proclamar las bienaventuranzas.
Rafael
Pla Calatayud.
rafael@betaniajerusalen.com
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