Comentario
a las lecturas
del III Domingo del Tiempo Ordinario 25 de enero de 2026
el Apóstol habla de la obra reconciliadora de Dios por medio de la muerte de Jesucristo y del cambio que se produce en los que viven «en Cristo». El cartel del octavario recoge un instante del encuentro, en la catedral de Lund (Suecia), entre el papa Francisco y el obispo luterano Munib Younan, el 31 de octubre de 2016, en conmemoración de los 500 años de la Reforma luterana.
Jesús
comenzó a predicar diciendo: convertíos, porque está cerca el Reino de los
cielos.
Las palabras de Jesús son muy claras; si no nos convertimos, no tendremos
acceso al Reino de los cielos. La conversión es una condición necesaria para
entrar en el Reino de Dios. Necesitamos convertirnos cada uno de nosotros en
particular y necesita conversión la Iglesia entera, en general. Una Iglesia
convertida del todo a Cristo sería una Iglesia santa y católica, una Iglesia
una y plural. Igualmente, un mundo de personas convertidas a Cristo sería un
mundo – Reino de Dios. La conversión es la principal tarea de nuestra vida. Toda
nuestra vida debe ser conversión, purificación continua y constante de nuestra
mente y de nuestro corazón.
La
conversión a la que nos llama Jesús, pasa necesariamente por la búsqueda de la
unidad perdida a todos los niveles de nuestra vida.
Hoy la Palabra
proclamada nos ofrece luz para poder ver entre las tinieblas de nuestra
sociedad y nuestra vida.
La primera lectura (Is 9,1-4 ) describe una situación
local e histórica concreta. Todo el norte del país (los territorios de Zabulón
y Neftalí, Transjordania y el "Distrito de las naciones", es decir,
Galilea), al caer bajo la dominación asiria, queda sumergido en las tinieblas,
antítesis de la luz.
El
versículo 1, tiene un gran significado mesiánico. Este capítulo habla de un
cambio que se avecinaba en un lugar específico, un lugar que estaba
exclusivamente relacionado con la obra del Mesías hace 2,000 años.
v1: Oscuridad: Había
habido pesimismo (ausencia de luz) en este lugar, pero la implicación aquí era
que esto iba a cambiar.
La
que está: Hablando de Israel – específicamente del Reino del Norte. Sin
embargo, esto tendría implicaciones para todos los descendientes de Jacob.
Como…
la primera vez: La vez anterior. Un período de tiempo anterior al Mesías.
Él
(entendido, pero no escrito): Dios
Livianamente: Esta
palabra puede significar que Dios pensó poco en este lugar y no le dio
preferencia. También es una palabra que podría significar “maldito”.
La
tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí: Zabulón (el décimo hijo de
Jacob, por Lea – Génesis 30:20) y Neftalí (el sexto hijo de Jacob por
medio de Bilha – Génesis 30:8). Estos hijos heredaron tierras en la región
de Galilea (Josué 19). Zabulón y Neftalí formaban parte del Reino del Norte
(Israel). Dios trajo juicio (la maldición sobre ellos, a través de Asiria,
debido a su desobediencia.
Pues
al fin: En la última parte. En los últimos días. Esto no se refiere a los
siete años finales de los últimos días, sino que se refiere a los días
generales de los últimos tiempos. El mismo período del fin del que habló Pedro
en Hechos 2:16-17. Este período de tiempo también se puede referir
conocido como el tiempo de los gentiles – Lucas 21:24, Romanos 11:25)
Llenará
de gloria: En hebreo esta es una palabra que literalmente significa
‘honor’ – ver biblehub.com o blueletterbible.org. Esta tierra de
Galilea había sido un lugar de tristeza y opresión, pero se avecinaba un cambio
y Di-s iba a honrarla.
El
camino del mar, de aquel lado del Jordán: La ciudad situada entre estas
dos porciones de tierra, que se ajusta a estos criterios, se llama Capernaum –
la ‘sede’ del ministerio de Jesús (Kefer-Nahum – que significa ‘aldea de
confortamiento’ – Mateo 4:13-16).
Galilea
de los gentiles: Galilea se llama con este nombre porque era una porción
de tierra muy deseada por las naciones. Algunos eruditos dicen que se le llama
con este término porque lo que el Mesías trae (Su salvación) es muy deseado por
las naciones.
v2: Andaba
en tinieblas: Caminaron en oscuridad. Estaban privados de iluminación; no
tenían la verdad de Dios. Estaban confundidos y seguían la mentira.
Vio
gran luz: Ha ocurrido un cambio. Esta luz se relaciona con el Mesías (Juan
8:12). El candelero del templo estaba siempre encendido. Cuando la gente miró
esta luz, recordaron el hecho de que la presencia de Di-s estaba con ellos.
Luz
resplandeció: Esto se relaciona con los numerosos milagros que Jesús iba a
realizar entre ellos. También se relaciona con la gran verdad y sabiduría que
Jesús iba a compartir con ellos.
El binomio
luz-tinieblas no encierra un dualismo puramente antropológico y ético, sino que
designa sobre todo la salvación y la perdición. El «norte» es un territorio
atravesado de nordeste a sudoeste por la «ruta del mar», la famosa vía
comercial y militar que unía Mesopotamia con Egipto. En el texto, Asiria encarna
la potencia fortuita y momentánea de este mundo, mientras que las provincias
del norte evocan el país de Emanuel, quien con su presencia y asistencia borra
las fronteras geográficas. Para el evangelista Mateo, la Galilea, «la
humillada», será la gran beneficiaria del «Dios-con-nosotros» porque en ella se
establecerá Jesús «luz del mundo» (texto Mt 4,12-16, del evangelio donde se
cita este texto).
Isaías
recuerda las humillaciones que padeció el pueblo, las derrotas, los momentos
difíciles de una guerra perdida de antemano. Los territorios de Zabulón y
Neftalí sufrieron frecuentes incursiones de los pueblos del Norte. Fueron
desterrados, despojados de sus bienes, condenados a vivir en tierras extrañas,
en medio de sus propios enemigos.
Pero Yahvé
los volvería a mirar con amor, se olvidaría de sus delitos, les perdonaría sus
pecados y los reintegraría a su patria. Y de nuevo amanecieron días llenos de
paz, días sin temores, días serenos y tranquilos. Y todo porque Dios no quiere
castigarnos sin fin. Y mientras vivimos ensaya mil formas para atraernos, para
hacernos caer en la cuenta de su gran amor por nosotros. Cuando le volvemos la
espalda, nos hace ver lo triste que es nuestra vida sin Él. Y al vernos llorar
nos perdona, nos limpia las lágrimas y nos anima a volver otra vez junto a él,
a empezar de nuevo como si nada hubiera ocurrido.
El salmo de hoy ( Sal 26,1.4.13-14) * Es un "salmo de
confianza"... Compuesto quizá en dos ocasiones. Nos presenta en su
estado actual, un admirable ritmo de sentimientos:
-Afirmación
del credo "el Señor es mi salvación".
-Matiz:
esta salvación conlleva una participación del hombre, un combate.
-Este valor
tiene una fuente: la oración.
-Y la vida
con sus combates sigue su curso, ansiosa.
-Pero todo
culmina de nuevo en una certeza, apoyada en Dios. " pon tu esperanza
en el Señor".
El
salmista entra en escena, airoso y triunfal, lanzando desafíos en todas
direcciones, con metáforas cada vez más brillantes y audaces:
El Señor es
mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El señor es la defensa de mi
vida, ¿quién me hará temblar?... Si un ejército acampa contra mí, mi
corazón no tiembla, si me declaran la guerra, me siento tranquilo.
¿Cómo
llamar a esto: libertad, seguridad, gozo, paz, plenitud? ¿Estará aquí el
contenido del saludo eterno de Israel: Shalom? Es un saludo que encierra
tales resonancias de vida que no hay manera de traducirlo a otros
idiomas; por ejemplo, nuestra palabra paz no agota los contenidos vivos
de Shalom; quizás podríamos expresarlo con la palabra felicidad,
restándole un cierto eco edonista que este término oculta.
Pero, ¿cuál
es, en el fondo, la experiencia que está viviendo el salmista? ¿Cuál es
el contenido vital, la naturaleza última de ese sentimiento que se agita
dentro del salmo? ¿Habrá alguna manera, alguna expresión que pueda
sintetizarlo? Podría ser ésta: ausencia de miedo. Pero, esta expresión,
de cuño negativo, encierra a su vez un significado lleno de ricos y profundos
matices positivos: seguridad, libertad, gozo, paz, alegría. Por sintetizarla
con una expresión de signo positivo, hablaremos de libertad interior,
entendiendo, ciertamente, por libertad interior ese cúmulo de vivencias
interiores recién señaladas. En todo caso, después de todo, como veremos,
no se trata de otra cosa que de ausencia de miedo.
La Biblia
repite invariablemente términos parecidos: yo estoy contigo; no tengas
miedo. La causa que desencadena la certeza es la presencia divina (yo soy
contigo); y el hecho, el efecto producido, es la remoción del temor (no tengas
miedo). Hay, pues, una relación de causa a efecto.
Con la
confianza que da poder contemplar el rostro de Dios, el cristiano entra en
contacto con su gloria. A este respecto San Agustín completa la oración del
salmista al decir: «No buscaré cualquier cosa insignificante, sino tu rostro,
oh Señor, para amarte gratuitamente, ya que no encuentro nada más valioso».
Así San
Agustín comenta: "¿Creemos que
podemos decir: Una sola cosa pedí al
Señor? (Sal 26,4). Digámoslo, digámoslo si
podemos, como podamos, en cuanto podamos. Mirad cuán feliz es el corazón que
usa esa fórmula interiormente, allí donde sólo oye aquel a quien se dice; pues
muchos dicen fuera lo que no tienen dentro; se glorían en el rostro y no en el
corazón. Vea, pues, cada cual cuán feliz es el corazón que dice interiormente,
allí donde sabe lo que dice: Una sola
cosa pedí al Señor, esa buscaré, ¿Y cuál es? Dice que es una sola cosa o
petición. ¿Cuál es? Habitar en la casa
del Señor todos los días de mi vida y contemplar los deleites del Señor (Sal
26,4). Esta es la única cosa; pero ¡qué buena! Pondérala frente a muchas otras.
Si ya la has saboreado algo, si ya te intriga algo, si ya aprendiste a
calentarte con un santo deseo, pésala y compárala con muchas otras cosas,
instala la balanza de la justicia, pon en un platillo el oro, la plata, las
piedras preciosas, honores, dignidades, potestades, noblezas, alabanzas humanas
(¿cuándo las mencionaré todas?), coloca todo el mundo; mira si tienes alguna
visión, mira si puedes colocar esas dos realidades, aunque sólo sea para el
examen: todo el mundo y el Creador del mundo". (S. Agustín Sermón 65
A).
La segunda Lectura (1 Cor 1,10-13.17) presenta las facciones
en la Iglesia de Corinto que se constituyen en torno a Pablo, a Apolo, a Pedro
y... a Cristo (v. 12). Se trata sin duda de cristianos que han conocido
personalmente a uno y otro de estos cuatro personajes, han aceptado su mensaje
y quizá han sido bautizados por ellos. En efecto, a Corinto fueron a parar
muchos palestinenses que pudieron haberse encontrado con Jesús o con Pedro. Y
cada uno de ellos asimiló con preferencia, dentro del mensaje de su padre en la
fe, los matices que más le atrajeron: quién un carácter judaizante (partidarios
de Pedro), quién una nota profética y libre (¿adeptos de Jesús?), quién el
espíritu misionero y ascético de Pablo y quién el espíritu dialéctico y
filosófico de Apolo.
v. 13:
Pablo supone que Cristo está unido a su comunidad, la iglesia, como la cabeza a
su cuerpo. Por lo tanto, si uno mismo es Cristo, el Señor de la Iglesia, una
misma ha de ser la Iglesia y no es legítimo desmembrarla. Lo mismo que la
cabeza reúne la pluralidad de miembros y los gobierna dejando a cada uno su
función en beneficio de todo el cuerpo, así hace Cristo con su Iglesia.
Hemos sido
bautizados en nombre de Cristo y en su nombre nos reunimos. Él es el único que
ha muerto por nosotros. Pablo se defiende noblemente de los suyos y no tolera
que lo conviertan en cabecilla cuando sólo Cristo es la cabeza y el Señor de
todos los fieles.
Para destruir
esos grupos en su embrión, Pablo distingue al Maestro de su ministro: solo el
primero ha sido crucificado, con lo que mereció el título de Salvador y de
Maestro, y el Maestro ha sido el único en instituir el bautismo en su nombre
(v. 13). El discípulo no es más que un mensajero y un misionero de la cruz (v.
17). De hecho, la facciones se construyen cuando se da preferencia al ministro
sobre el Maestro, al rito sobre el mensaje, Pablo sitúa al ministro en su
puesto de simple intendente (1 Cor 4, 1-5) y el rito bautismal en su estrecha
dependencia respecto a la Palabra de evangelización.
San Pablo
se manifiesta un tanto anti ritualista y manifiesta más interés hacia el
ministerio de la evangelización que hacia el ministerio litúrgico (v. 17).
A pesar de
la vida superactiva de hoy, a los hombres les gusta oír hablar, y están al
acecho de formas nuevas y originales de presentar su fe. En ocasiones, llegan a
interesarse más por la forma de la exposición que por el contenido mismo,
pudiendo llegar la adhesión a la "vedette" hasta constituir pequeñas
células autónomas dentro de la Iglesia. Esto, en el momento mismo de sentirse
tentado a ver en ello un fenómeno de búsqueda de Dios, debe considerarse como
una falta de verdadera fe y de sentido de lo que es el cuerpo de Cristo, en el
que no todo tiene que ser uniforme pero sí que ha de estar unido para bien de
la totalidad.
No debemos
perder la pista a la desunión interna que produce en la Iglesia Católica poner
en prioridad al grupo particular que a la comunidad total unida por la Comunión
de los Santos. Y eso se sigue produciendo. La discrepancia, a veces, es más
humana --incluso de matiz político-- que espiritual. Y eso es lo que hay que
evitar, porque la mies es mucha y los operarios pocos.
El
evangelio de hoy (Mt 4,12-23), nos recuerda
como Juan
Bautista acabó sus días en la cárcel y sigue con el inicio de la vida pública
de Jesús.
En el
evangelio de hoy podemos distinguir claramente tres partes:
* la
presentación de Jesús que predica en Galilea;
* el mensaje
que predica;
* l a
elección de los discípulos.
La
actividad de Jesús empieza cuando Juan fue "arrestado": su misión de
precursor termina de modo semejante a la del propio Jesús. San Juan, quedaría
como modelo de fidelidad a su propia misión, y ejemplo para todos los que
tenemos la misión de ser testigos de
Cristo a lo largo de toda la Historia. Su misión fue, en efecto, cumplida con
toda exactitud.
Ante esta
noticia Jesús se retira a la región de Galilea, estableciendo en Cafarnaún el
centro de su actividad.
La
predicación de Jesús se inicia en la "Galilea de los gentiles", es
decir, en una región donde la situación religiosa del pueblo era más precaria,
debido a una gran cantidad de población pagana. De forma paulatina, pero
inexorable, la claridad gozosa del Evangelio comenzó su avance por los
territorios de Galilea, "Galilea de los gentiles", al otro lado del
Jordán. Es el Norte, en el territorio de
Neftalí y Zabulón, tribus habitadas por gentes consideradas por los judíos como
paganos debido a la "contaminación" con otras religiones e ideas, que
desde el siglo VIII antes de Cristo habían sufrido con la invasión de los
asirios. Muchos fueron deportados a las ciudades de Asiría y volvieron
transformados, allí también se instalaron extranjeros que traían consigo otras
vivencias religiosas.
Los
primeros destinatarios de la predicación de Jesús van a ser, por tanto, los que
están más necesitados de ella, y los que aún no conocen la "luz" de
la revelación porque viven en las "sombras" del paganismo. Y, a través
de estos paganos, la predicación de Jesús se dirige a todas las naciones.
El mensaje
de Jesús es el mismo que San Mateo pone en labios de Juan el Bautista: "Convertíos, porque está cerca el Reino de
los cielos" (Mt 3,2).
Aunque las
palabras sean las mismas, el evangelista San Mateo nos irá mostrando que el
contenido no es idéntico. Subrayemos, en primer lugar, que Jesús no vincula la
conversión a un bautismo, ni se pone a predicar en el desierto, sino entre la
gente de su pueblo. Estas palabras de Jesús no son más que el inicio de su
ministerio de la palabra, que los siguientes capítulos de Mt irán
desarrollando. El mensaje de Jesús se resume en esta frase: está cerca el Reino
de los cielos. El Reino de Dios (o de los cielos), expresión ya existente en el
pueblo de Israel, se contrapone a todos los demás reinos o poderes humanos que
pretenden un dominio total sobre el pueblo de Israel -también al poder que se
ofrecía a Jesús en sus tentaciones-, y expresa el deseo de que sea Yahvé quien
reine. Este reinado de Dios, dice Jesús, "está cerca"; de hecho
comenzó ya con El: Dios reina ya en Jesús y quiere reinar en cada hombre. Esto
tiene una exigencia práctica muy concreta: convertíos.
En el relato se describe los momentos normales
del trabajo de aquel día. Los Zebedeos estaban repasando redes, como lo siguen
haciendo millones de pescadores en las orillas de los mares de todo el mundo.
Acompañaban a su padre y ni siquiera la presencia del progenitor, con la enorme
autoridad que se le daba el ambiente judío, impide que sus hijos lo dejen todo
y marchen en pos de Jesús.
En este
contexto de normalidad se da la proclamación del mensaje, y el seguimiento
de los discípulos. Lo que más nos interesa es el significado de la expresión
"seguir a Jesús": en primer lugar se trata de una llamada personal
hecha por el propio Jesús que en el evangelio de hoy va seguida por una
respuesta inmediata; para los discípulos esto supondrá ser -como Jesús-
testigos del Reino de Dios. Venid y seguidme, y yo os haré pescadores de hombres.
Jesús llama a los discípulos allí donde se encuentran: en su tarea de cada día,
a la orilla del lago. El evangelio es escueto: presenta sólo dos trazos, la
llamada y la respuesta. Pero entre una y otra hay un amplio espacio de
maduración. Pedro, por ejemplo, dio mil y un rodeos y los evangelios no nos los
esconden. Pero incluso así, el seguimiento de Jesús se fue imponiendo en su
vida. Venid y seguidme: también a nosotros nos ha llegado, por mil y un
caminos, la llamada de Jesús: familia, parroquia, escuela, grupo, compañeros,
personas que nos han influido quizá sin saberlo... Y nos esforzamos por
responder a ella como Pedro.
¿Qué quiere
decir ser pescadores de hombres? No se trata de llenar el cesto, arrancando
violentamente ahora a éste, ahora a aquél del agua en donde vive, se mueve y
alimenta. Jesús es sino el agua viva que
da la vida.
Predicando
el Evangelio del reino y curando las enfermedades y dolencias del pueblo (ev.).
Enseñar y curar palabras de misericordia y obras de misericordia. La Iglesia (y
nosotros muchas veces) ya ha escuchado el "id y enseñad". Pero quizá
no ha prestado suficiente atención a la segunda parte: "Id y curad",
abrirnos a las necesidades de los demás, a sus alegrías, esperanzas y temores,
a sus enfermedades y deficiencias..., y esforzarnos por remediarlas.
Sólo a
partir del amor real, es decir, concreto, de obras, podremos anunciar la buena
noticia del amor de Dios. Cristianos, comunidades e iglesias: ¿cómo vamos con
Jesús "anunciando el Evangelio de reino y curando 1as enfermedades y
dolencias del pueblo"?
Para nuestra vida.
La primera lectura nos habla de alegría, gozo. Los dones más preciosos que Dios puede hacer al
hombre. El sentirse contento, el vivir sin agobios, sin miedo. Vivir alegres,
tener ganas de cantar, estar ilusionados con lo que nos rodea, mirar con
esperanza y optimismo al futuro, no acobardarse por nada, afrontar con
fortaleza y serenidad la vida, por difícil o penosa que sea.
Gozo del que recoge el
abundante fruto de su trabajo, alegría del que siega su propia siembra ya
granada, júbilo del que se reparte el botín ganado tras una dura batalla...
Esta experiencia es muchas veces nuestra propia experiencia, muchas veces
estamos tristes, andamos preocupados, agobiados por el peso de la vida. Nuestro
mundo se debate también en medio de tinieblas y sombras; la oscuridad es
nuestro eterno acompañante. Densa niebla envuelve las relaciones políticas
entre el Este y el Oeste. En eterna humillación se encuentran los países
subdesarrollados en sus relaciones con los poderosos y los "así
llamados" pueblos más avanzados (avanzados, ¿en qué?, ¿en nuestra forma
refinada y diplomática de oprimir y esclavizar a los económicamente más
débiles?). Oscuridad total en nuestras relaciones, cada vez más interesadas y
menos humanas. En noche cerrada, sin claroscuros lunares, caminamos al pensar
en el futuro de nuestros hijos, en el pan necesario de los parados, en la ética
de nuestros jefes políticos y religiosos, en ... ¿Estaremos condenados a vivir
en densa tiniebla? Y nuestro mundo sueña con la paz, con la luz que disipe
nuestras tinieblas. La noche, la oscuridad, no pueden ser etapas definitivas,
según el mensaje bíblico. Isaías sueña con un niño, pero éste no puede ser
ningún ser humano, sino el Mesías, como nos dice el Evangelio de hoy (cfr. Is.
11). La persona de Jesús, su mensaje vivido, pueden disipar nuestras tinieblas.
Le podemos
pedir al Señor que repita una vez más el milagro de convertir nuestra tristeza
en alegría, que nos ayude a vivir seriamente nuestra fe, a inyectar fuerza en nuestra debilidad, acrecentando en
nosotros la alegría, aumentando el gozo.
En la segunda lectura de la
Carta a los Corintios, San Pablo presenta el tema de la división de los
cristianos, de sus facciones o de sus "capillitas". Y ese
problema ha sido permanente en la historia de la cristiandad. Esta misma semana
–y la pasada-- hemos celebrado oraciones por la unidad de los cristianos. Y
habría que decir que uno de los puntos que más escándalo produce es esa
capacidad para la desunión y, sin duda, lo que nos separa es el pecado. Tal
vez, algún día no muy lejano veamos la presencia de Jesús convertido en único
Pastor y en único Maestro. "Soy de Pedro, de Pablo, de Apolo..."
Y, en realidad, todos somos del mismo maestro.
San
Pablo ve en la división una
contradicción fundamental entre la actitud del cristiano y la negación misma de
lo que es la Iglesia. Sin duda hay entusiasmos en aquella joven comunidad, pero
parece más interesada por la línea doctrinal de los evangelizadores, por su
modo de enseñarla y por su persona, que por el contenido mismo y, en
definitiva, más que por el Señor, Maestro de todos y en el que fueron
bautizados. Para la Iglesia de Corintio, llegar al cisma sería no haber
comprendido nada ni de Cristo crucificado ni de lo que constituye el pueblo de
Dios. Creer unidos y realizar la unidad por haber nacido en un mismo bautismo y
haber sido liberados por el mismo Cristo crucificado: tal es la unanimidad que
hay que realizar.
Experimentamos
toda la actualidad de una carta así. Hoy,
el problema interno es la falta de unidad. Las tensiones entre ricos y pobres,
"fuertes y débiles", y también las tendencias partidistas eclesiales
(unos se sienten más ligados a Pedro, otros a Pablo, otros a Apolo), hacen de
la comunidad de Corinto un escándalo continuado por su falta de unidad. Pablo
reacciona: "os ruego, en nombre de Nuestro S. J.C., poneos de
acuerdo...". ¿Cómo puede estar dividida una comunidad en la que todos
creen en Cristo, por la que ha muerto Cristo? Eso no pasaba sólo en Corinto.
Ahora, ante el mundo, estamos dando un espectáculo escandaloso: cristianos que
creen en el mismo Jesús y que sin embargo están desunidos: católicos,
protestantes, ortodoxos orientales... Es más lo que nos une que lo que nos
separa, y sin embargo no queremos unirnos. Esta semana de oración que del 18 al
25 de este mes estamos viviendo es una llamada a la unidad.
Pero
no hace falta que nos extrañemos mucho de la falta de unidad que haya a niveles
superiores, porque nosotros mismos seguramente estamos experimentando también
la desunión: en nuestras comunidades parroquiales o diocesanas, en el seno de
cada familia, en la relación de jóvenes y mayores, de laicos y sacerdotes...
¿No vivimos a veces situaciones de tensión por tendencias, por sensibilidades distintas,
por ideologías más o menos adelantadas o tradicionales, por partidismos
eclesiales y conflictos de pareceres en todos los órdenes? A todos, la Palabra
de Dios nos dice hoy que nos convirtamos al único que puede ser nuestra Luz,
nuestra Paz, nuestro Guía: Cristo Jesús. En el nivel de las Iglesias, pero
también en el de las personas y los grupos dentro de nuestras comunidades,
convertirnos a Cristo es el único camino de la unidad. Cuando experimentamos el
dolor de la discordia, una mirada a Cristo debe evitar que perdamos la caridad,
el humor, la unidad, la ilusión de seguir creciendo en nuestra vida cristiana.
Lo
cual no significa uniformidad: que todos piensen y sientan igual. En un coro no
hace falta que todas las voces canten al unísono. En una orquesta no se trata
de que todos los instrumentos sigan una misma línea melódica. Lo que sí se pide
es que haya armonía y concordia en esa riqueza de matices y personalidades. Que
haya unidad de fe, de caridad fraterna, de ilusión por el trabajo común, de empuje
misionero.
Con
todo lo que hay que hacer para llevar a este mundo la luz y la novedad del
evangelio, y estamos divididos entre nosotros mismos. La falta de unidad nos
condena a la ineficacia, a la esterilidad.
La
Eucaristía, en la que cada uno de nosotros escuchamos la misma Palabra y
comulgamos con el mismo Cristo, y en la que nos damos el gesto de la paz, como
condición para recibir a Cristo, nos debe ayudar cada vez a crecer en
sentimientos y en actitudes de paz y de unidad.
El evangelio nos invita hoy a acompañar al
Maestro, para contemplar sus gestos, para escuchar sus palabras, deseosos de
empaparnos de su espíritu.
El texto nos
recuerda el contexto sociológico en el
que Jesús empieza a predicar su evangelio, un evangelio de conversión y de purificación
de la religión judía. Empieza por la
“Galilea de los gentiles”, el país de Zabulón y de Neftalí, una región en
sombras, desde el punto de vista religioso. Era una tierra de sincretismo
religioso, de relajación de costumbres. Por ahí comenzó Jesús, desde una tierra
y unas personas despreciadas por la élite religiosa de Jerusalén. Para esta
gente religiosamente despreciada y sospechosa Cristo quiso brillar como una
gran luz. Yo creo que nuestra sociedad, y nuestra tierra, hoy es también
“Galilea de los gentiles”, una sociedad religiosamente relajada y sin vigor.
Con Jesús, la Luz
irrumpió en las regiones ensombrecidas por los errores del paganismo, pueblos
que ya Isaías contemplaba envueltos en
las tinieblas de la muerte. El evangelista recoge las palabras del profeta
Isaías, al señalar esta tierra como llena de tinieblas y de sombra. Pero una
luz grande va a brillar sobre ellos. Allí aparece Jesucristo, luz que ilumina
la oscuridad y que elimina las tinieblas. Jesús prefiere empezar su ministerio público
precisamente en territorio semipagano. Cafarnaúm, junto al lago, será su pueblo
y de allí saldrán sus primeros discípulos que son unos pobres pescadores. El
lugar y las personas elegidas desconciertan, pero son un signo de lo que
significa el anuncio de la Buena Noticia, que va dirigido en primer lugar a los
pobres, a los sencillos y los a los considerados ateos.
A nosotros, los cristianos del siglo XXI, nos
toca hoy brillar como una gran luz y predicar el amor y la conversión. Jesús en
los inicios de su predicación -y ahora a cada uno de nosotros, a todos los que
buscan- nos llama a la conversión, a la renovación.
Convertirse
no se trata de buscar un Dios lejano,
sino descubrir un Dios presente en nuestra vida. Un Dios presente, pero que
pide más, ofrece más, espera más. Esta es la Buena Noticia de JC -siempre
"buena", siempre "nueva"- para nosotros.
Desde esta
conversión de corazón podremos ayudar a nuestra sociedad a acercarse cada día
un poco más al Reino de Dios.
El
evangelio nos presenta a un Jesús itinerante, siempre en movimiento. Y a su
paso, Jesús pone también en movimiento a otras personas. No deja nada ni a
nadie en su sitio. "Pasar" es el verbo típico de la encarnación. Es
Dios que no está en su sitio, en el cielo. Sino que desciende al nivel del
hombre para encontrarlo en su terreno y en sus trabajos. Y frente a este paso
de Dios el hombre no puede estar parado, como un simple espectador. Tiene que
tomar una decisión, tiene que hacer una elección. Jesús no pasa nunca junto al
hombre de una manera neutral. Porque después de este paso la vida de ese hombre
ya no puede ser la misma de antes. La llamada de los discípulos no sucede en un
marco sagrado, como puede ser el del Templo, sino en un escenario profano: el
lago de Galilea.
Allí encuentra
a Pedro y Andrés su hermano que pescan cerca de la orilla del lago. Jesús pasa
cerca y les dice que le sigan y los hará pescadores de hombres. Ellos no lo
dudaron ni un instante. La palabra persuasiva del Maestro encontró eco en el
corazón sencillo de aquellos rudos pescadores. Luego serán Juan y Santiago.
También ellos estaban trabajando cuando Jesús los llamó y también ellos
respondieron con prontitud y generosidad. Le siguen, dejándolo todo. El seguimiento de
Jesús será una de las categorías fundamentales que definen el discipulado. Así
llegará a decir posteriormente: "El que no tome su cruz y me siga no es
digno de mí" (Mt 10,38). El seguimiento no se limita a gestos
superficiales, sino que lleva hasta la entrega de la propia persona. En Israel
los discípulos buscan al maestro de la Torá, la Ley. En cambio aquí es Jesús el
que elige. La condición del discípulo de los rabinos es transitoria, mientras
que para el discípulo de Jesús está marcada por un destino que se realiza en la
comunión de vida y de muerte con su Maestro. El seguimiento no se limita a la
aceptación histórica de Jesús, sino que supone la entrega a Él y la
identificación con El y al mismo tiempo la asunción de su causa: la atención
compasiva hacia los pobres y marginados. La adhesión a la persona de Cristo es
la base de la moral, del comportamiento del cristiano. Adhieres a su persona,
es asumir sus actitudes y valores. La moral cristina no es un mero cumplimiento
de normas, sino que se basa en el "seguimiento de Jesús". Pregúntate
¿Qué pide El de ti?, ¿qué espera El de ti? ¿Qué haría El en tu circunstancia?
Jesús ahora
también pasa a nuestro lado. Nos ve quizá enfrascados en nuestra tarea diaria,
ensimismados en nuestro trabajo. Nos mira como miró a Pedro y nos dice que le
sigamos, que quiere hacernos pescadores de hombres, que quiere encendernos para
que seamos anunciadores de la Luz, antorchas vivas que alumbran las sombras de
muerte en que yace el mundo, iconos de la misericordia del Padre Las barcas y
las redes, nuestros pequeños ídolos nos retraen quizá, lo mismo que les
ocurriría quizás a los primeros discípulos. Pero como ellos hemos de mirar
hacia delante y no hacia atrás, fijarnos en la Luz que está al fin del camino y
ser valientes para recorrerlo.
Tengamos
muy presente que tanto en la época de Jesús, como ahora, lo que caracteriza al
discípulo es sobre todo la postura de fe. Aquí nos referimos a la fe en su
aspecto esencial. Los discípulos, en efecto, no están «llamados» a suscribir,
esencialmente, una lista de verdades que hay que creer. Están llamados a
"fiarse de una persona". Confiarse totalmente a esa persona,
establecer un vinculo, una relación personal y vital con Cristo. «Os haré
pescadores de hombres». El oficio de pescadores de peces lo conocen. El otro,
no. Y, sin embargo, responden a la llamada, si bien no miden, concretamente,
todas las consecuencias de este paso. Aceptan vivir una aventura de la que no
valoran con precisión las dimensiones y los riesgos. Cristo no exhibe el elenco
detallado de las propias exigencias, no dice lo que quiere y adónde llevará
esta postura. Pide una adhesión a priori, incondicionada. La fe así, se
presenta como antídoto del cálculo, de la prudencia humana, de la irresolución
para comprometerse. Ten presente que fe no significa, principalmente, «creer
que...». Sino adherirse al «Señor tu Dios». Fiarte de él sin pedir muchas
explicaciones.
Que el
Señor, por lo menos en este domingo, nos encuentre con un corazón dispuesto a
una renovación personal y comunitaria. Que el Señor, en este Día del Señor,
encuentre en nuestros labios un “si” como respuesta a todo aquello que nos pide
como muestra de nuestra fidelidad y de nuestra fe. ¿Hemos escuchado nuestro
nombre?.
Rafael
Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org
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