domingo, 13 de marzo de 2022

Comentario a las lecturas del II Domingo de Cuaresma 13 de marzo de 2022

En las lecturas de hoy, 1ª y 3ª, hay un denominador común: la soledad. El desierto en  la primera, la montaña en  la segunda. Abraham está en el desierto, que si imponente es de día, mucho más lo es de noche. Es un inmenso espacio cuya bóveda jalonan incontables estrellas mudas, que no deslumbran por muchas que sean, pero que iluminan tenuemente. Las dudas, las cuitas del Patriarca, corroen su interior. Le duele su esterilidad. Le preocupa la falta de continuidad de su familia. Tiene atractiva esposa, bien lo sabe, y extenso ganado, pero le falta descendencia. Se queja en su interior al Dios que en Siquem se le ha confiado y hecho amigo, al Dios que le ha sido fiel en la empresa que acaba de culminar: la salvación de su sobrino, secuestrado por gentes enemigas, que habitan en el país.

El segundo domingo de Cuaresma nos presenta la Transfiguración del Señor. Superada la prueba del desierto, Jesús asciende a lo alto de una montaña para orar. Es éste un lugar donde se produce el encuentro con la divinidad: "su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos". El rostro iluminado refleja la presencia de Dios. El Señor Jesús quiso dar fuerza a sus discípulos para que aguantaran los terribles sucesos que llegarían con el prendimiento del Maestro y el inicio de Su Pasión. Jesús enseñaba la Gloria de Dios en compañía de Moisés y Elías. Luego, desde la nube, Dios Padre habló para recomendar a su Hijo Unigénito. Pero la respuesta atolondrada de Pedro, era, en el fondo, muy humana y hasta coherente… Deseaba alargar para siempre el momento del Monte Tabor construyendo tres chozas, tres refugios, para los protagonistas de la Transfiguración. Lo que no entendió Pedro es, precisamente, lo quería advertirle Jesús: el inicio de unos tiempos terribles que iban a terminar no obstante con Gloria, con la Gloria de la Resurrección.

 

Con la primera lectura se nos proclama un texto del Génesis (Gen 15,5-12.17-18). La narración de este c. 15 contiene una variedad de fuentes de difícil distinción. En principio la división más clara se sitúa entre el primer párrafo y el resto de la lectura.

Este capítulo presenta dos partes claramente diferenciadas (1-6- 7-21). La primera está construida a partir de la segunda, más antigua. Probablemente, los vv 3 y 13-16 son adiciones posteriores. La estructura formal es ésta: promesa de Yahvé, lamentación de Abrahán, respuesta de Yahvé a la lamentación (acompañada de actos significativos y confirmativos) y palabra final de Yahvé.

- "Mira al cielo, cuenta las estrellas si puedes...” Así será tu descendencia": Abrán es invitado por Dios a salir de su tienda, donde se cuestionaba sobre la contradicción entre la promesa y la realidad de su existencia.

- "Abrahán creyó al Señor": El narrador se dirige ahora al lector para darle la interpretación teológica de la situación de Abrán.

Se afirma su fe sin más explicaciones. Externamente la expresión de esta fe es un silencio contemplativo de la promesa, interpretado como una aceptación del plan de Dios. Ahora, Dios actuará en favor de Abrán.

- "El Señor le dijo: Yo soy el Señor...": Un nuevo comienzo narrativo. Dios se presenta a Abrahán. En un mundo lleno de manifestaciones de lo sagrado o de fuerzas amenazantes. Dios se identifica como el Dios de la promesa. En este texto encontramos por primera vez la promesa de la posesión de la tierra.

- "Tráeme una ternera de tres años...": Dios pasa de las palabras a los hechos. Da órdenes para preparar un ceremonial de alianza según la costumbre de los pueblos antiguos. Se colocaban animales partidos por la mitad, "colocando cada mitad frente a la otra", y quienes hacían el pacto debían pasar por el medio profiriendo contra sí mismos una maldición parecida a la muerte de los animales, para el caso de violación del pacto. Mientras Abrán lo prepara "los buitres bajaban a los cadáveres": podría tratarse de fuerzas malignas que intentan oponerse a la alianza.

- "Cuando iba a ponerse al sol...": Empieza entonces un cuadro de expectación tensa y aterradora: el terror de la oscuridad que cae en el exterior y en el interior de Abrán. Es un contexto de revelación. Entonces "una humareda de horno y una antorcha ardiendo" pasan entre los animales. No se identifica directamente con Dios, pero la presencia del fuego nos recuerda la escena de la alianza del Sinaí. Notemos cómo es Dios quien se compromete en el pacto, mientras se subraya la pasividad del hombre.

- "Aquel día el Señor hizo alianza con Abrahán": La narración termina con una nueva explicación del hecho para deja constancia jurídica de los términos de la alianza.

La actitud de Abrahán es de duda, y exige una señal (v. 8). Muchas veces, en la Biblia, pedir un signo no implica una falta de fe, sino todo lo contrario (cfr. Is. 7, 10-14). El Señor considera legítima esta postura y va a dar un signo en los vs.9-12. 17-18a: pasar entre las partes de un animal descuartizado.

A la pregunta de Abrahán en el v. 8, el Señor responde pasando a través de los animales (humo y antorcha=fuego, son símbolos clásicos para indicar la presencia de Dios). El paso a través de los animales descuartizados hace que este compromiso adquiera suma solemnidad. Abrahán sólo es el destinatario, no se compromete a nada; y el Señor no puede nunca correr la suerte de ser descuartizado, ya que siempre ha sido, es y será fiel a su compromiso.

 

El responsorial es el salmo26 (Sal 26,1.7-9.13-14

El salmo de hoy expresa  confianza en Dios, es rezado por el orante en el templo en tres situaciones de vida diferentes: momentos bélicos, abandono familiar, agresiones sociales. El título hebreo lo atribuye a David, perseguido por Saúl y antes de ser ungido rey en Hebrón, aunque para los especialistas hay que considerarlo como de la época exílica o postexílica.

Así comenta San Juan Pablo II este salmo y lo titula “La ternura de Dios, confianza del creyente”

1. La Liturgia de las Vísperas ha dividido en dos partes el Salmo 26, siguiendo la estructura misma del texto que es parecida a la de un díctico. Acabamos de proclamar la segunda parte de este canto de confianza que se eleva al Señor en el día tenebroso del asalto del mal. Son los versículos 7 a 14 del Salmo: comienzan con un grito lanzado al Señor: «ten piedad, respóndeme» (versículo 7); después expresan una intensa búsqueda del Señor con el temor doloroso de sentirse abandonado por él (cfr vv. 8-9); por último, presentan ante nuestros ojos un horizonte dramático en el que los mismos afectos familiares desfallecen (Cf. versículo 10), mientras aparecen «enemigos», «adversarios», «testigos falsos» (versículo 12).

Pero también ahora, como en la primera parte del Salmo, el elemento decisivo es la confianza del que ora en el Señor que salva en la prueba y ofrece su apoyo en la tempestad. En este sentido, es bellísimo el llamamiento que se dirige a sí mismo al final el salmista: «Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor» (versículo 14; Cf. Salmo 41,6.12 y 42,5).

También en otros Salmos estaba viva la certeza de que del Señor se obtiene fortaleza y esperanza: «a los fieles protege el Señor... ¡Valor, que vuestro corazón se afirme, vosotros todos que esperáis en el Señor!» (Salmo 30, 24-25). El profeta Oseas exhortaba así a Israel: «espera en tu Dios siempre» (Oseas 12, 7).

2. Nos limitamos ahora a destacar tres símbolos de gran intensidad espiritual. El primero de carácter negativo es el de la pesadilla de los enemigos (Cf. Salmo 26,12). Son descritos como una bestia que acecha a su presa y, después, de manera más directa, como «testigos falsos» que parecen resoplar violencia por la nariz, como las fieras ante sus víctimas. 

Por tanto, en el mundo hay un mal agresivo, que tiene por guía e inspirador a Satanás, como recuerda san Pedro: «vuestro adversario, el Diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar» (1 Pedro 5, 8).

3. La segunda imagen ilustra claramente la confianza serena del fiel, a pesar del abandono incluso por parte de los padres: «Si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me recogerá» (Salmo 26, 10).

También en la soledad y en la pérdida de los afectos más queridos, el orante nunca está totalmente solo porque sobre él se inclina Dios misericordioso. El pensamiento se dirige a un célebre pasaje del profeta Isaías que atribuye a Dios sentimientos de compasión y de ternura más que materna: «¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido» (Isaías 49, 15).

A todas las personas ancianas, enfermas, olvidadas de todos, a las que nadie dará nunca una caricia, recordemos estas palabras del salmista y del profeta para que sientan cómo la mano paterna y materna del Señor toca silenciosamente y con amor sus rostros sufrientes y quizá regados por las lágrimas.

4. Llegamos así al tercer y último símbolo, repetido en varias ocasiones por el Salmo: «Buscad mi rostro.Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro» (versículos 8-9). El rostro de Dios es, por tanto, la meta de la búsqueda espiritual del orante. Al final emerge una certeza indiscutible, la de poder «gozar de la dicha del Señor» (versículo 13).

En el lenguaje de los salmos, «buscar el rostro del Señor» es con frecuencia sinónimo de la entrada en el templo para celebrar y experimentar la comunión con el Dios de Sión. Pero la expresión comprende también la exigencia mística de la intimidad divina a través de la oración. En la liturgia, por tanto, y en la oración personal, se nos concede la gracia de intuir ese rostro que nunca podremos ver directamente durante nuestra existencia terrena (Cf. Éxodo 33,20). Pero Cristo nos ha revelado, de manea accesible, el rostro divino y ha prometido que en el encuentro definitivo de la eternidad --como nos recuerda san Juan-- «le veremos tal cual es» (1 Juan 3, 2). Y san Pablo añade: «Entonces veremos cara a cara» (1 Corintios 13, 12).

5. Al comentar este Salmo, el gran escritor cristiano del siglo III, Orígenes, escribe: «Si un hombre busca el rostro del Señor, verá la gloria del Señor de manera desvelada y, al hacerse igual que los ángeles, verá siempre el rostro del Padre que está en los cielos» (PG 12, 1281). 

Y san Agustín, en su comentario a los Salmos, continúa de este modo la oración del salmista: «No he buscado en ti algún premio que esté fuera de ti, sino tu rostro. "Tu rostro buscaré, Señor". Con perseverancia insistiré en esta búsqueda; no buscaré otra cosa insignificante, sino tu rostro, Señor, para amarte gratuitamente, ya que no encuentro nada más valioso... "No te alejes airado de tu siervo" para que buscándote no me encuentre con otra cosa. ¿Qué pena puede ser más dura que ésta para quien ama y busca la verdad de tu rostro? (Comentarios a los Salmos, 26,1, 8-9, Roma 1967, pp. 355.357).

 [Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final de la audiencia, uno de los colaboradores del Papa leyó esta síntesis en castellano].

La segunda parte del Salmo 26 es un canto de confianza elevado al Señor, que salva en el momento de la prueba y nos sostiene durante la tribulación. A este respecto, es muy bella la exhortación que el salmista se dirige a sí mismo: «Espera en el Señor, sé valiente, ten animo, espera en el Señor» (v. 14). Como en otros salmos, aparece la certeza de que la fortaleza y la esperanza vienen del Señor.

Tres símbolos resaltan en este Salmo. El primero es la pesadilla de los enemigos, descritos como falsos testigos que respiran violencia, el segundo es la pérdida de los afectos naturales más queridos y el tercero, varias veces repetido, es la búsqueda del rostro divino que en el lenguaje de los salmos es sinómino de la entrada en el templo y más específicamente la intimidad con Dios a través de la oración.

Con la confianza que da poder contemplar el rostro de Dios, el cristiano entra en contacto con su gloria. A este respecto San Agustín completa la oración del salmista al decir: «No buscaré cualquier cosa insignificante, sino tu rostro, oh Señor, para amarte gratuitamente, ya que no encuentro nada más valioso». (San Juan Pablo II en la audiencia general del miércoles 28 abril 2004. Comentario a la segunda parte del Salmo 26 (versículos 7 a 14)).

 

En la segunda lectura (Flp 3,17-4,1 ) vemos la clarividencia de san Pablo en el diagnostico que hace. En el contexto del texto San Pablo quiere motivar en profundidad a sus cristianos para vivir como tales. Por ello menciona su propio ejemplo pero como un puro tránsito para presentar la condición de Cristo y, por tanto, del cristiano. La condición de Cristo es la que nos espera.

Jesús comenzó a vivir esa realidad en su propia Resurrección de modo total. Nosotros esperamos eso mismo. Por la unión que tenemos con El.

Consecuencia de esto es reconocer la precariedad de nuestra existencia. Pablo no es inconscientemente optimista. Ve los fallos, pero no se deja dominar por ellos. Tiene esperanza.

San Pablo invita a los filipenses a participar en la carrera que él lleva y a seguir su ejemplo. Ya conocen cuál es el sentido de la vida y lo que deben hacer para alcanzar la meta cristiana. Pero este conocimiento no es más que un primer paso, del que no deben retroceder (3, 6). Ahora necesitan lanzarse hacia delante y correr hasta alcanzar "el galardón de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús" (3, 4). Hay algunos que ya le siguen en este empeño, pero es preciso que todos se enrolen en la carrera.

(v. 3,17) "Seguid mi ejemplo": El apóstol no es sólo un comunicador de un mensaje; es, ante todo, un discípulo del Maestro que atrae a la imitación de su seguimiento.

(V. 18) "Hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo": la invitación al seguimiento va acompañada también de un poner de manifiesto los caminos equivocados de entender el Evangelio. La crítica de san pablo parece que se dirige hacia el grupo de judaizantes que hay en la comunidad de Filipo. Viendo una referencia a los judaizantes, queda más claro que "su gloria" en "sus vergüenzas" es la confianza en la circuncisión y en las obras de la Ley.

(v. 20) «Somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos también como salvador al Señor Cristo Jesús» . Quieras o no, no se puede negar esta ley de desengaño que entraña vivir la esperanza cristiana. La fe y la esperanza en Jesucristo como único salvador implican la incredulidad en cualquier otra cosa y en nadie que no sea él. La esperanza cristiana es la esperanza de los desengañados de todo aquello que no sea Dios o Cristo. De todo el resto ¿existe algo en lo que se pueda poner «toda» la esperanza? Sin embargo, no parece que nadie pueda manifestar por qué todavía. A pesar de la decepción constante y continuada, aparece ante los ojos de los hombres, hasta llevárselos tras ella, la ilusión de una vida liberada y completamente feliz sobre la tierra. Los santos son hombres que, aun creyendo que para Dios nada hay imposible, no creen ni esperan en otra cosa que no sea él.

La nueva ciudadanía no se logra por el cumplimiento de los preceptos de la Ley -Pablo les da una dimensión sólo humana-, sino por la incorporación transformadora con Cristo resucitado (cf. 1 Co 15,47-55).

El evangelio de hoy (Lc 9,28b-36 ), nos presenta uno de los relatos misteriosos, pero llenos de esperanza escatológica: estamos en el mundo, pero nuestro destino no es este mundo.

Se articula dentro de un contexto en el que Jesús acaba de hablar de su muerte y de su resurrección, de la necesidad de ese camino para todo el que quiera ser su discípulo y del anuncio de que algunos de los presentes verán el Reino de Dios antes de que mueran.

En este contexto Lucas nos presenta a Jesús subiendo a un monte en compañía de Pedro, Juan y Santiago, con la finalidad concreta de orar, y no de manifestarse a sus discípulos. La referencia a la oración es típica de Lucas. Un judío oraba varias veces al día, pidiendo a Dios la venida del Mesías. Lucas parece presuponer que se trata de la oración de primeras horas de la noche, puesto que de los tres discípulos dice más adelante que se caían de sueño.

La descripción de la transformación de Jesús y el diálogo con Moisés y Elías la sitúa Lucas durante la oración de Jesús. La escenografía es escatológica: color blanco, brillo, gloria o resplandor, Moisés y Elías, cuya vuelta se esperaba para el final de los tiempos. Es decir, Lucas se sitúa en este final y lo describe desde las concepciones y los símbolos con que los judíos se lo imaginaban. El diálogo versa sobre el éxodo de Jesús. Es el término que emplea el texto griego, y no muerte como dice la traducción litúrgica. El término, en sí mismo, suena al éxodo de Israel, a su salida de la cautividad de Egipto para entrar en la tierra prometida. Tanto Moisés como Elías habían hecho la experiencia de un camino que va de la opresión a la liberación.

En medio de la escenografía escatológica entran en acción Pedro y sus dos compañeros. Su entrada coincide con la marcha de Moisés y Elías, marcha que Pedro cree poder evitar haciendo una propuesta desafortunada. No sabía lo que decía. La situación escatológica sigue. El propio Dios se hace presente bajo el símbolo de una nube envolvente y habla a los tres discípulos sobre Jesús. Moisés y Elías no están ya. Sólo Jesús es el importante y a quien hay que escuchar, ya que se trata de un mensajero o enviado muy especial: es el Hijo de Dios. Los éxodos pasados, representados por Moisés y Elías, no existen ya, eran prefiguraciones, anticipos. El éxodo último y definitivo, que completa y da sentido a los anteriores, es el de Jesús, su muerte y su resurrección. Cuando éstos tengan lugar realmente, algo decisivo habrá acontecido en el tiempo: éste habrá empezado a ser efectivamente escatológico, es decir, último y definitivo. Hoy, segundo domingo de cuaresma, todo esto tiene sólo valor literario. El domingo de Pascua todo esto tendrá además valor real.


El relato de San Lucas sobre la Trasfiguración es  sugerente. Jesús estaba en oración en lo alto del monte --es verdad que el Señor elegía sitios apartados y también altos para mantener su diálogo continuado con el Padre-- pero casi nunca se llevaba a nadie. Prefería quedar en soledad. En este caso son Pedro, Juan y Santiago quienes le acompañan. Lo que Jesús , tenía previsto para Pedro, Juan y Santiago era muy importante, mucho. Tendrían que construir la base para la transmisión de la Palabra del Reino y dar los primeros pasos catequéticos y organizativos para que ello tuviera éxito.

 Hay coincidencia al localizar el monte donde Jesús hizo ver a sus discípulos algo de su gloria. Unos dicen que fue el monte Hermón, pero la mayoría defienden que fue el monte Tabor.

En el Tabor, Jesús parece que deja solos y alejados de las gentes a los discípulos. Esa soledad con un acompañamiento selectivo gusta a los apóstoles. En el silencio impresionante de aquella altura, ante el panorama de las llanuras de Galilea con las aguas del Tiberíades en el horizonte, es comprensible que el Señor subiera allí para orar. Pedro, Juan y Santiago le acompañaban, lo mismo que le acompañarán cuando llegue la hora de las angustias en Getsemaní. Los que participaron de su dolor participaron también en su gloria.

En el texto se nos presenta a un Jesús orante:" Mientras Jesús oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos”. Es un pasaje único en los evangelios. Nunca Jesús aparece tan grandioso y magnífico como entonces. Un resquicio de su inmensa gloria se trasluce por unos momentos, ante los ojos atónitos de los discípulos preferidos. El rostro de Jesucristo adquiere un aspecto nuevo y sus vestidos cobran el resplandor de un blanco rutilante. A su lado otros dos personajes llenos de gloria hablan con Él de su muerte en Jerusalén. Parece una contradicción el que, precisamente en medio de aquella gloria, hablen de la pasión de Cristo. Pero en realidad se trata de algo lógico ya que después de esa pasión y muerte, incluso gracias a eso, Jesús resucitará glorioso y subirá luego con gran poder y majestad a los cielos.

Los apóstoles contemplan a Jesús orando en lo alto del monte. En el monte los tres apóstoles experimentaron la visión de   Jesús como el Hijo de Dios, al que hasta entonces sólo habían visto como el “hijo del hombre”.

Desde esta experiencia los apóstoles que acompañaban a Jesús le dicen: "Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". "No sabía lo que decía", aclara el evangelista. El deseo de Pedro era un deseo muy humano: si se estaba tan bien allí, ¿para qué iban a bajar al llano, a luchar contra tantas adversidades como les esperaban? Pero había que escuchar a Jesús, el amado del Padre, y Jesús les decía que había que bajar a la llanura y seguir camino hacia Jerusalén. Jesús sabía muy bien que en Jerusalén le esperaba la pasión y la muerte, pero también sabía que la pasión era el camino necesario para la resurrección. Por la cruz a la luz. Pedro y los demás apóstoles todavía no entendían esto, lo entenderían después.

Pedro y sus compañeros no comprendieron entonces lo que estaban escuchando. Pedro lo único que desea es perpetuar ese momento, o al menos que dure lo más posible. Por eso quiere hacer un refugio para el Señor, Moisés y Elías, con el fin de que sigan allí ante su mirada extasiada de gozo, ausente de todo lo que le rodea, olvidado incluso de sí mismo, dispuesto a estar mirando aquella aparición celestial por toda la eternidad. Este sentimiento nos hace comprender en cierto modo, mejor quizá que muchas explicaciones, la dicha que supone la contemplación de la Gloria. Si esto, que no era más que un pálido resplandor de la majestad divina, fue suficiente para trastornar de dicha a Pedro, qué no será la contemplación de Dios en todo su esplendor.

Una nube descendió sobre la cima del Tabor y los apóstoles se vieron de pronto envueltos por la niebla. La voz del Padre exclamó: "Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle".

(v. 9,28)Unos ocho días” (primer día de la nueva creación) después de las palabras duras y desconcertantes de Jesús, ininteligibles para los discípulos. Entienden a un Mesías glorioso, no a un Mesías que va a la cruz. El anuncio de Jesús no puede ser tolerado. O Jesús da marcha atrás o le espera la muerte. Para tomar la decisión de seguir, Jesús ora. El mundo de Dios y el nuestro se encuentran en la oración y en la escucha de su palabra.

(v. 9, 28b) “Tomó Jesús a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto del monte para orar”El monte alto, como el desierto, son lugares privilegiados de encuentro con Dios. Jesús solía retirarse al monte a orar, para ser fiel a su vocación y seguir su misión. La oración ayuda a superar la crisis de fe, que el sufrimiento y la cruz producen hoy. En la oración descubrimos la identidad de Jesús y la nuestra.

(v. 9,29)Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor”. Toda la Biblia es una manifestación de Dios. El centro de la escena es Jesús con el rostro iluminado. Hay momentos que nos llevan a decir: ¡Dios me ha abandonado! Y de improviso la persona descubre que él jamás se ha alejado, sino que la persona tenía los ojos vendados y no se daba cuenta de su presencia. Entonces todo cambia y se transfigura.

(v. 9,30)De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías. Dialogan acerca de su muerte”. Los dos simbolizan el Antiguo Testamento. Hablan del éxodo doloroso de Jesús. Cruz y resurrección van tan de la mano, que es imposible separarlas. En el sufrimiento está ya Dios presente, exactamente igual que en lo que llamamos glorificación. Nos toca descubrir que todo nos ha sido dado, que es gracia; necesitamos ver nuestro verdadero ser. Lo divino que ya está dentro de nosotros, no es lo contrario de las carencias que experimentamos, inherentes a nuestra condición.

(v. 9,33)Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Cuando se habla de cruz, los discípulos duermen. Y cuando reacción, con el recuerdo de la fiesta de las tiendas, no saben lo que dicen. Les gusta más la gloria que la cruz, quieren un paraíso narcisista. Jesús no ocupa todavía un lugar central y absoluto en su corazón. Tendrán que aprender, hasta decir: "Por toda la hermosura, nunca yo me perderé, sino por un no sé qué, que se alcanza por ventura".

(v. 9, 35)Y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo»”. Moisés y Elías han cumplido su misión. Ahora la atención se centra en Jesús, a quien hay que escuchar para volver al Evangelio. Damos el salto al Dios de Jesús. En el vemos lo que somos. Su Palabra es la única decisiva. Las demás palaras nos han de llevar hasta él. Los Evangelios son «relatos de conversión» que invitan al cambio, al seguimiento a Jesús y a la identificación con su proyecto No tiene la Iglesia un potencial más vigoroso de renovación que el que se encierra en estos cuatro pequeños libros.

(v. 9,36)Después de oírse la voz, se encontró Jesús solo”. Toca bajar del monte a la dureza de lo cotidiano. Los discípulos querrían quedarse arriba. En el corazón quedan los momentos de gracia, en los que el amor se convirtió en certidumbre, la fraternidad se hizo palpable y toda la realidad nos habló un lenguaje nuevo de esperanza y de sentido. Debajo de la piel, muy dentro, en lo profundo, late Dios.

En la vida hay tiempos o momentos privilegiados, llenos de sentido, embriagados de amor, de felicidad. ¿Has tenido alguna transfiguración en tu vida? ¿Te ha ayudado a asumir tu misión? «Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo». ¿Puedo decir que el proyecto fundamental de mi vida está en escuchar a Jesús en el Evangelio? ¿Qué mensaje nos trae el símbolo de la transfiguración a este tiempo de mirada tan corta? ¿Qué aspectos de nuestra personalidad, queremos que sean transformados en este tiempo? ¿Cuál es el mensaje para nuestra vida hoy y cómo hacerlo realidad? 

 

Para nuestra vida.

Luz y tinieblas son los componentes de nuestra vida. En el salmo responsorial hemos manifestado en actitud orante y confiada: "El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?".

Nos comenta Juan Mediocre: "  Grande es, hermanos, la salvación que se nos ofrece. Ella no teme la enfermedad, no se asusta del cansancio, no tiene en cuenta el sufrimiento. Por esto, debemos exclamar plenamente convencidos no sólo con la boca, sino también con el corazón: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Si es él quien ilumina y quien salva, ¿a quién temeré? Vengan las tinieblas del engaño: el Señor es mi luz. Podrán venir, pero sin ningún resultado, pues, aunque ataquen nuestro corazón, no lo vencerán. Venga la ceguera de los malos deseos: el Señor es mi luz. El es, por tanto, nuestra fuerza, el que se da a nosotros, y nosotros a él. Acudid al médico mientras podéis, no sea que después queráis y no podáis (Juan Mediocre de Nápoles, «Sermón 7», en PLS 4, cols. 785ss).

La primera lectura, nos  muestra la acción de Dios para confirmar su alianza con Abrahán. Abrahán prepara los animales para el sacrificio y los pone sobre el altar… Y es el poder de Dios quien completa el holocausto. “Un terror intenso y oscuro cayó sobre él…” Frase que refleja la soledad tremenda del hombre ante Dios. Es verdad que Jesús de Nazaret nos muestra la naturaleza de Dios. Desde que Él llega a la vida de los hombres la imagen de Dios es otra. Dios es un Padre amoroso y tierno con sus criaturas. Pero eso, no contradice con el poder infinito de Dios que, sin duda, al ser humano produce temor por el poder y la grandeza de Dios al, inevitablemente, compararse con su pequeñez, pobreza y desvalimiento de criatura. Además, es la antorcha de Dios la que quema la ofrenda de Abrahán. Dios es el que dirige la historia y actúa en nuestra vida. Con esta actuación de Dios, se abría, una nueva Alianza en el medio de una noche difícil, como ocurrió igual es esa otra noche terrorífica en la que Dios pactó con Abrahán.

"En aquellos días, Dios sacó afuera a Abrahán y le dijo: Mira al cielo, cuenta las estrellas si puedes. Y añadió: Así será tu descendencia" (Gn 15, 5).  Abrahán era ya mayor, sus días se terminaban. Y todo ese acabar de las cosas, todo ese sentirse cada vez más torpe, todo ese presentimiento de la muerte cercana, todo ello le proporcionaba un vago sentimiento de nostalgia, de honda pena. Pero lo que más le pesaba era el envejecer sin hijos, el contemplar el gran amor de Sara totalmente baldío, sin un hijo tan siquiera que perpetuara su nombre.

En aquella noche serena, tachonada de mil estrellas, resonó  la voz de Yahvé. Abrahán se puso a la escucha con la misma fe de siempre: Mira al cielo, cuenta las estrellas si puedes. Y los ojos cansados del patriarca se perdían entre aquellos puntos luminosos sobre el oscuro cielo. Pues así será tu descendencia, concluyó el Señor.

Y Dios actuó, la fe provocó de nuevo el prodigio. Sara, la estéril, y Abrahán, el anciano, tuvieron un hijo. De él brotaría el frondoso árbol del pueblo de Dios, renovado y engrandecido por Jesucristo. Y así, todos los que tienen fe en Jesús son descendientes de Abrahán. Miembros del pueblo santo, hijos de Dios, herederos de su gloria. Sí, la fe nos incorpora a la familia de Dios, nos injerta en Cristo, el primogénito. Pero hace falta que la fe sea viva, vibrante, consecuente, comprometida, amorosa, confiada, constante. Una fe con obras, que, aún sin quererlo, se note y atraiga. Señor, que nos empeñamos seriamente por ser coherentes en toda nuestra vida, la pública y la privada.

"Aquel día, el Señor hizo alianza con Abrahán en estos términos. A tus descendientes les daré esta tierra...” (Gn 15, 8). Yahveh le dio una prueba de que su palabra quedaría cumplida. Hizo un pacto al estilo del que hacían los hombres de aquel tiempo. Se puso a la altura de Abrahán, con la misma ternura que un padre se agacha hasta ponerse a la altura de su pequeño… Los animales del sacrificio estaban descuartizados según el rito usual. Por entre aquellos despojos habían de pasar los que iban a pactar  la alianza, asumiendo así el serio compromiso de no violarla, so pena de ser descuartizados al igual que aquellas víctimas...

Abrahán esperaba, entre ansioso y atemorizado, la conclusión del rito. Y cuando el sol se ocultó y las tinieblas poblaron la tierra, una llama viva pasó como antorcha humeante por entre aquellos despojos. Yahvé no había faltado a su palabra. Nunca faltó Dios a su compromiso. A pesar de no tener ninguna obligación frente al hombre, de no deberle nada en absoluto, Dios permanecerá siempre fiel a su compromiso de amor. Seremos nosotros, los descendientes de Abrahán, los que nos empeñemos en romper el pacto que hicimos con el Señor.

En resumen vemos que Dios prometió y Abraham creyó. La fe de Abraham fue grande. La promesa de Dios era inmensa. Abraham pedía un hijo. Dios le concedía millones de hijos. Incontables como las estrellas. Y, por si fuera poco, le dará también una tierra, donde sus hijos puedan echar raíces.

Y más. Dios le dará mucho más. Le dará su ayuda providente, su presencia constante, su amistad definitiva. Se dará a sí mismo. Es lo que significa la alianza.

¿Qué se le pide al hombre? Sólo una cosa: fe, fidelidad. Aunque te sientas acabado, aunque te envuelva la «oscuridad», aunque te invada «un terror intenso», confía y espera contra toda esperanza.

 

El salmo de hoy, característico de Cuaresma, nos brinda la ocasión de hacer  la experiencia más prolongada de intimidad con Dios. El salmista se consideraba "huésped"  de Dios: "sólo una cosa le he pedido al Señor, sólo una cosa deseo: habitar en la casa del  Señor todos los días de mi vida... Me oculta en lo más secreto de su morada... Tu rostro,  Señor, yo busco". ¿Por qué no hacemos la experiencia de la proximidad sabrosa de Dios?  "Jesús inspirado en este salmo, nos invita a una oración íntima". "Cuando quieras orar:  entra en el silencio de tu habitación la más retirada, cierra la puerta y dirige tu oración al  Padre que está allí, en lo secreto". (Mateo 6,6). Se trata de la misma fórmula del salmo: "El  me oculta en lo más secreto de su morada". Alejarse en Dios. Ocultarse en Dios. Expresión  de ternura. 

Hoy hay un sentimiento bastante generalizado de  la "ausencia" aparente de Dios. El hombre occidental contemporáneo está realmente  traumatizado por "el silencio" de "Dios". Concluye sin más que Dios no existe, que "Dios ha  muerto". La fórmula de este salmo 26, es dramática en este sentido: "No olvido que tú has  dicho: ¡buscad mi rostro! Tu rostro busco, Señor". El salmista de otros tiempos debía,  como nosotros, experimentar la dificultad de encontrar a Dios. Pero su canto termina con un  grito de fe: " Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. ". 

El intimismo de este salmo de confianza, no debe  llevarnos a lo ilusorio. La oración, "la habitación en Dios", la búsqueda de su rostro no  justifican la huida egoísta de la realidad. El salmo está impregnado por  una atmósfera de batalla. Los "malvados", los "adversarios", los "enemigos", "aquellos que  me acechan", están allí, junto al que ora. “Escúchame, señor, que te llamo, ten piedad, respóndeme”. La búsqueda del rostro de Dios conlleva todo un  programa de lucha contra el mal, que puede convertirse en un verdadero programa para  una verdadera Cuaresma. 

El primer cuadro del salmo traza el rostro de Dios con dos símbolos, que son la expresión de la fe y de la confianza del orante: el Señor es luz y salvación. Dios es luz por ser principio de la creación y revelador de la vida; Dios es salvación por ser defensa y fuerza del fiel (v 1).

En el segundo cuadro del salmo, el orante, ya en el templo, desahoga su corazón con una profesión de fe en forma de súplica, en la que interpela directamente al Omnipotente: «Escúchame, Señor, que te llamo; ten piedad, respóndeme» (v 7).

La conclusión del salmo la lleva a cabo el sacerdote con un oráculo de confianza dirigido al orante para que no tema, sino que permanezca firme, esperando en la fidelidad y en la asistencia del Señor (v 14).

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Dichoso el que así hablaba, porque sabía cómo y de dónde procedía su luz y quién era el que lo iluminaba. El veía la luz; no esa que muere al atardecer, sino aquella otra que no vieron ojos humanos. Las almas iluminadas por esta luz no caen en el pecado, no tropiezan en el mal.

Decía el Señor: Caminad mientras tenéis luz. Con estas palabras se refería a aquella luz que es él mismo, ya que dice: Yo he venido al mundo como luz, para que los que ven no vean y los ciegos reciban la luz. El Señor, por tanto, es nuestra luz, es el sol de justicia que irradia sobre su Iglesia católica, extendida por doquier. A él se refería proféticamente el salmista cuando decía: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?

El hombre interior, así iluminado, no vacila; sigue recto su camino y todo lo soporta. El que contempla de lejos su patria definitiva aguanta en las adversidades, y no se entristece por las cosas temporales, sino que halla en Dios su fuerza; humilla su corazón y es constante, y su humildad lo hace paciente. Esta luz verdadera que viniendo a este mundo alumbra a todo hombre, el Hijo, revelándose a sí mismo, la da a los que lo temen, la infunde a quien quiere y cuando quiere.

 

En la segunda lectura San Pablo consagra la doctrina de la resurrección gloriosa. La imagen del relato se relaciona bien con el episodio de la Transfiguración. Y hace pensar que los discípulos, tras contemplar al Resucitado, y su capacidad para superar tiempo y espacio, lo relacionaron con la escena del monte. Pablo, sin duda, se inspiró en los testimonios directos de los primeros discípulos. Recuérdenos  como él reproduce las palabras de Jesús del Jueves Santo, en la Institución de la Eucaristía, durante la Cena, en uno de los textos más antiguos del evangelio: en el capítulo 11 de la Primera Carta a los Corintios.

"Nosotros, por el contrario, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo". San Pablo les dice a los primeros cristianos de Filipos que ellos no deben comportarse como hombres carnales, cuyo Dios es el vientre, sino en personas espirituales, a imagen de Jesucristo. Era difícil para ellos, los cristianos de Filipos, renunciar a las exigencias y tentaciones del cuerpo; también resulta difícil para nosotros. Pero esta es nuestra lucha, una lucha que durará mientras nuestro espíritu esté sometido a las tentaciones de la carne. Mientras vivimos en el cuerpo, el vivir como personas espirituales será siempre una meta a la que debemos aspirar, aunque sabiendo que no llegaremos a ella definitivamente hasta después de nuestra muerte. Es la virtud de la esperanza la que debe dar alas a nuestro espíritu, creyendo firmemente que también nosotros podremos participar definitivamente de la victoria de Cristo sobre el cuerpo y la muerte. Con esta esperanza vivimos los cristianos.

 

En el evangelio contemplamos como Jesús como ser humano experimenta  a Dios con la oración. La oración es la mejor manera que tenemos los humanos para comunicarnos con Dios y sin oración no hay propiamente religión, o mejor, expresión religiosa. La oración debe terminar siendo siempre en la transformación y transfiguración religiosa. Una oración que no nos cambie por dentro tiene poco sentido y poco valor. La oración debe ser siempre un acto de comunión y comunicación con Dios, porque en la oración de alguna manera somos habitados por Dios. No oramos tanto para que Dios nos escuche a nosotros, sino para que nosotros escuchemos a Dios. En la oración debemos pedir transformarnos nosotros en Dios, no que Dios se transforme en nosotros. Oramos para que nosotros seamos capaces de aceptar y hacer la voluntad de Dios, no para que Dios se adapte y haga nuestra voluntad. Una persona orante debe, además, manifestar en su vida ante los demás que es una persona habitada por Dios, imagen de Dios, hijo de Dios. La oración, además de tener una función transformadora de nuestro yo personal, debe tener una función evangelizadora ante los demás. La oración, como venimos diciendo, debe transformarnos por dentro y transfigurarnos por fuera ante los demás.

Los apóstoles quieren quedarse allí, es para nosotros una llamada de atención. Aclara como cada uno de nosotros debemos de aceptar, nuestras pequeñas cruces, nuestro calvario y pasión, sabiendo que sólo de esta manera podremos escalar el monte de la resurrección gloriosa.

Resuenan las palabras de Dios-Padre: "Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle". Palabras que han de resonar también en nuestros oídos y en nuestro corazón. Para que nuestra fe en Cristo aumente, y también nuestra esperanza. Con la persuasión de que el gozo de ver a Dios llenará de consuelo y felicidad todo nuestro ser, preocupémonos por ser fieles al Señor, cueste lo que cueste,  hasta el fin de nuestro peregrinar terrenal.

Junto a Jesús aparecen Moisés y Elías, representantes de la Ley y los Profetas. Jesús está en continuidad con ellos, pero superándolos, dándoles la plenitud que ellos mismos desconocen, pues Él es el Hijo, el escogido. ¿Cuál debe ser nuestra actitud ante esta manifestación de la divinidad de Jesús? La voz que sale de la nube nos lo dice: ¡Escuchadlo! Abram escuchó la voz de Dios y creyó en su promesa: una descendencia como las estrellas del cielo y una tierra como posesión suya. Abrahán escuchó y aceptó la alianza con Dios. Era una costumbre sellar la alianza pasando entre las carnes sangrientas de los animales cortados en dos. Dios toma la iniciativa, pues sólo El, con el signo del fuego, pasa por entre las dos partes de los animales. Pero Abram escucha y acepta el plan de Dios. Desde ese momento transforma su nombre. Ya no será Abram, sino Abraham -padre de muchedumbres-.

La gran tentación es quedarse quieto, porque en la montaña "se está muy bien". Hay que bajar al llano, a la vida diaria, de lo contrario la experiencia de Dios no es auténtica. No podemos refugiarnos en un mero espiritualismo que se desentiende de la vida concreta. Somos ciudadanos del cielo, pero ahora vivimos en la tierra y es aquí donde debemos demostrar que Dios transforma nuestro cuerpo humilde y nos hace vivir como hombres nuevos y transformados.

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

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