La primera lectura del libro de Jeremías 20, 7-9
El profeta Jeremías parece haber estado profundamente dominado por una psicología depresiva. Ya al comienzo del reinado de Joaquín, una violenta diatriba contra el culto del Templo le había envuelto en un proceso por sacrilegio del que salió absuelto (Jer 26, 24), pero profundamente afectado.
Nuestro
texto empieza con una durísima acusación al Señor, tan dura que suena a
blasfemia (v. 7). La imagen de la seducción y de la violación es muy fácil de
captar, pero terriblemente dura ya que el hombre, con lisonjas y carantoñas, se
aprovecha de la ingenuidad y buena fe de la muchacha para seducirla. Y tras la
promesa, el engaño: la doncella ha sido forzada y violada. Y esto mismo es lo
que ha hecho el Señor con el profeta: con lisonjas le ha convencido para que
anuncie su palabra, pero en realidad Dios le ha engañado y forzado. Violentada
y forzada, la doncella es abandonada; forzado el profeta a renunciar a su vida
tranquila de ciudadano, también los suyos le abandonan: "yo era el
hazmerreír todo el día", comenta con desilusión Jr. Su misión le resulta
imposible.
-En el v. 8
se explican las razones de esta desilusión. Los paisanos del profeta viven a
gusto con la violencia y opresión (=pecados sociales) y el mensajero de la
palabra divina debe anunciar este cáncer social. El pueblo no lo entiende y se
subleva contra él considerándole como el profeta extravagante de turno,
fanático y revolucionario (29. 26 ss.; 34, 8 ss.). El éxito que el Señor
prometió... se ha trocado en persecuciones y desilusiones. -Así el profeta
intenta olvidarse de todo (v. 9), renunciar a su misión..., pero se siente
impotente, ya que la llamada divina es como el fuego de un volcán que es
imposible sofocar.
La misión
profética suele conducir con suma frecuencia, a la soledad, al abandono, al más
descarnado aislamiento humano (cf 16. 1-13). Los israelitas abandonan al
profeta quien no puede fiarse ni siquiera de sus parientes. El desgarrador
grito del hombre abandonado emitido por Jr nos evoca el grito de Jesús en la
cruz así como los gritos de tantos hombres que se sienten solos por muy bien
acompañados que externamente puedan encontrarse.
El
sufrimiento y el dolor de Jr son liberadores..., pero esto no quiere decir que
todos debamos ser fieles seguidores y vivamos por y para el dolor, como nos
decían los viejos espiritualistas incapaces de reír en la vida y molestos con
todos los que vivían con alegría. El gozo también puede ser liberador. Si Jr
sufrió, si Jesús padeció..., no por eso debemos deducir que todos tenemos que
sufrir ya que si ellos lo pasaron mal es para que nosotros disfrutemos del gozo
de la paz que ellos nos proporcionaron. Otra cosa muy diversa es que la vida
humana vaya envuelta en el dolor, pero el mensaje bíblico es siempre liberador
y no sadomasoquista.
Encarándose
con su destino, Jeremías escribió sus "confesiones", un género nuevo
en Israel, eco de los dramas provocados por la llamada de Dios en su alma
delicada (Jer 16, 1-13, etc.). La lectura litúrgica de este día no es más que
un breve extracto de una serie de escritos autobiográficos (Jer 20, 7-18), en
los que el profeta maldice el día de su nacimiento, exterioriza su desaliento
ante el odio que le rodea y no duda en comparar el llamamiento de Dios con una
tentativa de seducción.
Lo que hace
Jeremías en sus confesiones es adoptar una postura litúrgica: después de haber
proclamado delante del pueblo la voluntad de Dios, trasciende su caso personal
y se vuelve hacia Dios para formular una oración intercesora y describir, en
forma de lamentación, la miseria de Israel.
La mayoría
de los relatos de vocación subrayan la decepción de quienes son objeto de la
llamada: tentación de abandono en Moisés (Ex 32.), desaliento de Elías (1 R
19.), decepción de Jonás (Jon 4.), depresión de Jeremías (Jr 20.), etc. Resulta
especialmente penoso sentirse excluido de una comunidad por haber recordado
ciertas exigencias o testimoniado su existencia espiritual.
La
vacilación del profeta ante su misión y sus exigencias (v. 9) es igualmente la
del pueblo, vacilante y turbado ante su vocación. Esta última no es auténtica
más que en la medida en que el hombre prueba el hiato entre su voluntad
personal y la de Dios; en que él siente, incluso en un cierto desequilibrio
psicológico o en una crisis de fe, la distancia insuperable que le separa del
verdadero Dios.
En el v. 7a,
el profeta establece la clave de todo el pasado: Yahvé le ha
"seducido", ha seducido al pueblo, su esposa. El drama vivido por el
profeta o por el pueblo no es, después de todo, más que la necesaria
repercusión del misterio de Dios en la vida del hombre. Sin duda, quien no
conserve de Dios más que una idea o una definición no vivirá jamás el drama de
su encuentro y no llegará jamás a despojarse de sí mismo y a perderse para
identificarse con la voluntad de Dios.
Incluso en
su misterio, Dios no destruye la libertad. El hombre puede dejarse
"seducir", pero él se da así a quien tiene el derecho de tomarle.
De nuevo
ante una crisis vocacional de Jeremías. Inimaginable si él no nos lo hubiera
revelado en estos apuntes de su intimidad que llamamos confesiones.
La crisis
más fuerte y más dura y gracias a la cual poseemos una experiencia de lo que
realmente es e implica una vocación, en qué consiste vivencialmente la
inspiración profética y el "fortiter et suaviter" de la acción de
Dios en juego con la libertad humana sin que comprendamos nunca el cómo. Es uno
de los pasajes más reveladores de toda la literatura profética.
La intimidad
de Jeremías queda al descubierto. Con la imagen más atrevida que encontramos en
toda la Biblia acusa a Dios de haberle engañado, de haberle seducido sin que él
pudiera hacer nada en contra: como se engaña y seduce a una joven virgen para
luego dejarla tirada en la cuneta. "Me sedujiste, me forzaste, me
violaste". Incomprensible, Y, sin embargo, real.
Se le
prometió estar con él. Se le envió a construir y destruir. Hasta el presente
sólo había hablado de destrucción convirtiéndose en el hazmerreír de todos, al
no cumplirse sus palabras. ¿Dónde estaba el construir que se le prometió? Está
decepcionado, engañado. Su único grito fatídico es siempre "violencia...
opresión". Lo que parecía una vocación de amor se ha convertido en una
dictadura, en una imposición.
En su humana
debilidad decidió olvidarse para siempre de Yahvé, no volver jamás a hacer de
profeta. Quiso presumir de no creer en nada ni en nadie. Y justo en ese crítico
momento, cuando cree que ya todo está resuelto, se encuentra aprisionado entre
su libertad y el poder de la Palabra. Algo intrínseco que se apodera de él, que
le domina, le vence y se le impone de nuevo desde dentro con la fuerza y el
calor de un fuego devorador. Quizás tuviera ante sí el recuerdo de ese calor
psicológico que nos abrasa en los momentos de duda y crisis hasta llegar a
producir fiebre.
"Intentaba
contenerlo y no podía". Difícilmente podría decírsenos con mayor fuerza en
qué consiste ese impulso irresistible que llamamos unas veces vocación y otras
inspiración según la finalidad de dicho impulso. Nunca podremos confundir las
reflexiones personales de cualquier hombre, profeta o no, con la voluntad de
Dios, que se manifiesta de todos modos, incluso a veces a través de esas
reflexiones personales que se imponen con tal evidencia, que, aun deseando
evitarlas, hay que anunciarlas por necesidad interior, por imperativo divino.
A nosotros
es imposible seleccionar esta acción conjunta de Dios y el hombre o delimitar
las fronteras de lo divino y lo humano. Tan compenetrado se encuentra que con
razón la Iglesia, cuando nos habla de los libros inspirados, nos asegura que
son todo obra de Dios y todo obra del hombre. Es una auténtica simbiosis de lo
humano y lo divino con vistas a la redención de los demás. Igual acontece con
la vocación. Admitamos sumisamente el misterio sin curiosear en lo divino. Dios
quiere al hombre confiado en él, no seguro de sí mismo.
Jeremías al
final de sus días vio cumplirse todas sus profecías, todo cuanto Yahvé le había
anunciado. Él sembró y regó, para que otros recogiéramos los frutos. Así son
los caminos de Dios.
El responsorial
Es el salmo 62 (Sal 62,2.3-4.5-6.8-9)
r.- mi alma está sedienta de ti, señor, dios mío.
1. El salmo 62, que la Liturgia de las
Horas nos propone para las Laudes del domingo en la semana primera, es
el salmo del amor místico, que celebra la adhesión total a Dios, partiendo de
un anhelo casi físico y llegando a su plenitud en un abrazo íntimo y perenne.
La oración se hace deseo, sed y hambre, porque implica el alma y el cuerpo.
Como escribe santa Teresa de Ávila, "sed me
parece a mí quiere decir deseo de una cosa que nos hace tan gran falta que, si
nos falta, nos mata" (Camino de perfección, c. 19). La liturgia nos
propone las primeras dos estrofas del salmo, centradas precisamente en los
símbolos de la sed y del hambre, mientras la tercera estrofa nos presenta un
horizonte oscuro, el del juicio divino sobre el mal, en contraste con la
luminosidad y la dulzura del resto del salmo.
2. Así pues, comenzamos nuestra meditación con el
primer canto, el de la sed de Dios (cf. versículos
2-4). Es el alba, el sol está surgiendo en el cielo terso de la Tierra Santa y
el orante comienza su jornada dirigiéndose al templo para buscar la luz de
Dios. Tiene necesidad de ese encuentro con el Señor de modo casi instintivo, se
podría decir "físico". De la misma manera que la tierra árida está
muerta, hasta que la riega la lluvia, y a causa de sus grietas parece una boca
sedienta y seca, así el fiel anhela a Dios para ser saciado por él y para poder
estar en comunión con él.
Ya el profeta Jeremías había proclamado: el Señor
es "manantial de aguas vivas", y había reprendido al pueblo por haber
construido "cisternas agrietadas, que no retienen el agua" (Jr 2,13).
Jesús mismo exclamará en voz alta: "Si alguno tiene sed, venga a mí, y
beba, el que crea en mí" (Jn 7,37-38). En pleno mediodía de una jornada
soleada y silenciosa, promete a la samaritana: "El que beba del agua que
yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en
él en fuente de agua que brota para vida eterna" (Jn 4,14).
3.Con respecto a este tema, la oración del salmo 62
se entrelaza con el canto de otro estupendo salmo, el 41: "Como busca la
cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; tiene sed de
Dios, del Dios vivo" (vv. 2-3). Ahora bien, en hebreo, la lengua del
Antiguo Testamento, "el alma" se expresa con el término nefesh,
que en algunos textos designa la "garganta" y en muchos otros se
extiende para indicar todo el ser de la persona. El vocablo, entendido en estas
dimensiones, ayuda a comprender cuán esencial y profunda es la necesidad de
Dios: sin él falta la respiración e incluso la vida. Por eso, el salmista llega
a poner en segundo plano la misma existencia física, cuando no hay unión con
Dios: "Tu gracia vale más que la vida" (Sal 62,4). También en el
salmo 72 el salmista repite al Señor: "Estando contigo no hallo gusto ya
en la tierra. Mi carne y mi corazón se consumen: ¡Roca de mi corazón, mi porción,
Dios por siempre! (...) Para mí, mi bien es estar junto a Dios" (vv.
25-28).
4. Después del canto de la sed, las palabras del
salmista modulan el canto del hambre (cf. Sal 62,6-9).
Probablemente, con las imágenes del "gran banquete" y de la saciedad,
el orante remite a uno de los sacrificios que se celebraban en el templo de
Sión: el llamado "de comunión", o sea, un banquete sagrado en el que
los fieles comían la carne de las víctimas inmoladas. Otra necesidad
fundamental de la vida se usa aquí como símbolo de la comunión con Dios: el
hambre se sacia cuando se escucha la palabra divina y se encuentra al Señor. En
efecto, "no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo
que sale de la boca del Señor" (Dt 8,3; cf. Mt 4,4). Aquí el cristiano
piensa en el banquete que Cristo preparó la última noche de su vida terrena y
cuyo valor profundo ya había explicado en el discurso de Cafarnaúm: "Mi
carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y
bebe mi sangre permanece en mí y yo en él" (Jn 6,55-56).
5. A través del alimento místico de la comunión con
Dios "el alma se une a él", como dice el salmista. Una vez más, la
palabra "alma" evoca a todo el ser humano. No por nada se habla de un
abrazo, de una unión casi física: Dios y el hombre están ya en plena comunión,
y en los labios de la criatura no puede menos de brotar la alabanza gozosa y
agradecida. Incluso cuando atravesamos una noche oscura, nos sentimos
protegidos por las alas de Dios, como el arca de la alianza estaba cubierta por
las alas de los querubines. Y entonces florece la expresión estática de la
alegría: "A la sombra de tus alas canto con júbilo" (Sal 62,8). El
miedo desaparece, el abrazo no encuentra el vacío sino a Dios mismo; nuestra
mano se estrecha con la fuerza de su diestra (cf. Sal 62,9).
6. En una lectura de este salmo a la luz del
misterio pascual, la sed y el hambre que nos impulsan hacia Dios, se sacian en
Cristo crucificado y resucitado, del que nos viene, por el don del Espíritu y
de los sacramentos, la vida nueva y el alimento que la sostiene.
Nos lo recuerda san Juan Crisóstomo, que,
comentando las palabras de san Juan: de su costado "salió sangre y
agua" (cf. Jn 19,34), afirma: "Esa sangre y esa agua son símbolos del
bautismo y de los misterios", es decir, de la Eucaristía. Y concluye:
"¿Veis cómo Cristo se unió a su esposa? ¿Veis con qué nos alimenta a
todos? Con ese mismo alimento hemos sido formados y crecemos. En efecto, como
la mujer alimenta al hijo que ha engendrado con su propia sangre y leche, así
también Cristo alimenta continuamente con su sangre a aquel que él mismo ha
engendrado" (Homilía III dirigida a los neófitos, 16-19, pássim: SC 50
bis, 160-162). (Catequesis de San Juan Pablo II, en la audiencia general del miércoles, 25 de abril 2001).
La segunda lectura es de la carta del apóstol san Pablo a los romanos 12, 1-2
-El culto a
Dios, deber primario, debe practicarlo el cristiano de muy diversa manera que
lo han hecho judíos y gentiles. Pablo lo llama culto espiritual para
contraponerlo al culto exterior y formalista. De ahí que los sacrificios de
animales, tan propios del culto Mosaico, pierden su valor. En el nuevo culto la
hostia ofrecida es el hombre mismo (1). Ya Oseas elevaba a esta zona espiritual
el culto cuando proclamaba: 'Porque es amor lo que yo quiero y no sacrificios:
conocimiento de Dios más que holocaustos' (Os 6. 6). Un amor sincero a Dios y
una sumisión total a su voluntad compromete al hombre entero; le hace 'víctima
viva, santa, grata a Dios' (1), de un valor inmensamente superior a los
sacrificios de animales, de sentido puramente ritual.
Este culto espiritual se
cumple siempre que el hombre se consagra a conocer, aceptar y cumplir la
voluntad de Dios. Por esto San Pablo llama culto espiritual a la predicación
del Evangelio: 'Dios, a quien doy culto espiritual evangelizando a su Hijo'
(Rom 1, 9). Y pone a un mismo nivel de culto espiritual la predicación del
Evangelio y la conversión sincera de los evangelizados: 'Soy ministro de Cristo
Jesús entre los gentiles en el oficio sagrado de predicar el Evangelio de Dios
y de presentarle la gentilidad como ofrenda muy grata, santificada en el
Espíritu Santo' (Rom 15, 16): 'Concédenos, Señor; que en Cristo, y formando por
su Espíritu un solo Cuerpo, seamos víctima santa a honor de tu gloria', pedimos
muy justamente en una anáfora.
-El programa
de toda vocación cristiana, es decir, de todo bautizado, es tan alto como
bello: a) No os amoldéis al presente siglo; b) Antes bien, transformaos
mediante la renovación de vuestra mente; c) Aquilatad cuál es la voluntad de
Dios: lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto. Conviene recordar estas
exigencias del Bautismo ante el peligro de secularización y de mundanización
que sufrimos hoy los cristianos. Nos lo avisa el Papa: 'Cristiano convertido a
aquel mundo que él debería, por el contrario, convertir a sí' (Paulo VI:
16-111-69). No es el mundo el que mundaniza al cristiano. Es el cristiano el
que cristianiza el mundo. Res denominatur a potiori.
Aleluya ef 1, 17-18
El padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine los
ojos de nuestro corazón, para que comprendamos cuál es la esperanza a la que
nos llama.
El evangelio de hoy, según San Mateo (Mt. 16- 21- 27 )
Hoy contemplamos
a Pedro —figura emblemática y gran testimonio y maestro de la fe— también como
hombre de carne y huesos, con virtudes y debilidades, como cada uno de
nosotros. Hemos de agradecer a los evangelistas que nos hayan presentado la
personalidad de los primeros seguidores de Jesús con realismo. Pedro, quien
hace una excelente confesión de fe —como vemos en el Evangelio del Domingo XXI—
y merece un gran elogio por parte de Jesús y la promesa de la autoridad máxima
dentro de la Iglesia (cf. Mt 16,16-19), recibe también del Maestro una severa
amonestación, porque en el camino de la fe todavía le queda mucho por aprender:
«Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los
hombres, no como Dios» (Mt 16,23).
Escuchar la amonestación de
Jesús a Pedro es un buen motivo para hacer un examen de conciencia acerca de
nuestro ser cristiano. ¿Somos de verdad fieles a la enseñanza de Jesucristo,
hasta el punto de pensar realmente como Dios, o más bien nos amoldamos a la
manera de pensar y a los criterios de este mundo? A lo largo de la historia,
los hijos de la Iglesia hemos caído en la tentación de pensar según el mundo,
de apoyarnos en las riquezas materiales, de buscar con afán el poder político o
el prestigio social; y a veces nos mueven más los intereses mundanos que el
espíritu del Evangelio. Ante estos hechos, se nos vuelve a plantear la
pregunta: «¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su
vida?» (Mt 16,26).
Después de
haber puesto las cosas en claro, Jesús nos enseña qué quiere decir pensar como
Dios: amar, con todo lo que esto comporta de renuncia por el bien del prójimo.
Por esto, el seguimiento de Cristo pasa por la cruz. Es un seguimiento
entrañable, porque «con la presencia de un amigo y capitán tan bueno como Cristo
Jesús, que se ha puesto en la vanguardia de los sufrimientos, se puede sufrir
todo: nos ayuda y anima; no falla nunca, es un verdadero amigo» (Santa Teresa
de Ávila). Y…, cuando la cruz es signo del amor sincero, entonces se convierte
en luminosa y en signo de salvación.
Para nuestra
vida
Las lecturas
de hoy están llenas de paradojas. Jeremías dice que ha sido seducido, como se
seduce a fuerza de amor, pero su suerte está marcada no por las alegrías de ser
amado sino por la tribulación de ser rechazado. Jesús en el evangelio predica:
"El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo."
Debajo de esas palabras y
realidades enigmáticas se deja ver además una palabra que es el resumen de
todas las paradojas cristianas, la Cruz. Es de tal naturaleza nuestra fe que no
podemos anunciar el triunfo de Cristo sin contar que fue humillado y en cierto
modo derrotado. Es el tema de este domingo.
En la primera lectura hemos escuchado unas palabras dramáticas del profeta
Jeremías. La misión que Dios le encomendaba resultó muy difícil. Era muy joven
-unos 19 años- cuando fue llamado a ser profeta, portavoz de Dios. En un
momento muy conflictivo de la historia de Israel -al borde de la destrucción
total y del destierro- él, que de por sí era tierno y pacifico, debía anunciar
palabras incómodas al pueblo y denunciar a los poderosos de su época. Eso le
valió la enemistad, la burla, la persecución. No es raro que le asaltase la
duda: ¿no será que Dios le ha "seducido", o sea, que le ha engañado y
luego abandonado? ¿no será mejor que abandone, que dimita, que se niegue a
seguir hablando en nombre de Dios? Pero triunfó en él la obediencia: no podía
negarse a lo que le pedía Dios. Seguirá dando testimonio, seguirá siendo su
profeta, aunque nadie le haga caso.
Pero todavía
es más difícil y radical la vocación y la fidelidad de Jesús. También a él le
va a costar la misión que se le ha encomendado. También a él le asaltará, en
algunos momentos que los evangelios nos han conservado, la duda y el cansancio:
"Dios mio, ¿por qué me has abandonado?". Él ya sabe -se lo anuncia a
los suyos en el evangelio de hoy- que camina hacia la muerte. Y camina
decidido, aunque los suyos no le ayudan precisamente con sus reacciones y
aunque a él mismo le costará lágrimas y sudor de sangre. Porque una cosa es
saber cuál es el camino y otra, seguirlo con fidelidad radical.
En
la primera lectura vemos a Jeremías quejumbroso. Pero no es manía suya ni
puro llamar la atención. Su drama es que tiene una palabra que decir, y esta
palabra viene de Dios, y sucede que a veces Dios no es bienvenido.
Dios sí es bienvenido cuando queremos que nos arregle un problema, nos quite
una enfermedad, nos ahorre una tristeza o nos dé poder para controlar nosotros
nuestra vida. Pero cuando se trata de que él dirija, o cuando su palabra
implica que dejemos ídolos que tenemos bien abrazados, tal vez ya no es tan
fácil aceptar a quien nos habla de parte del Altísimo.
Jeremías
trató de desprenderse de ese Dios que le traía tantos inconvenientes.
Afortunadamente no pudo. Con Dios el profeta puede ser un mártir, y eso duele,
pero sin Dios el profeta será sólo un bufón. En Jeremías pudo más el amor que
dañaba su presente que la comodidad que hubiera arruinado su futuro.
Tras una
acción simbólica con la que Jeremías anuncia a Judá su destrucción ya que nadie
quiere cambiar de vida, el prefecto del templo hace azotar al profeta y lo
encarcela. Empiezan las persecuciones contra el enviado de Dios, persecuciones
que en este caso provienen del estamento oficial, cosa muy dura si tenemos en
cuenta que Jeremías era, por principio, un hombre de orden y de paz. Esta
situación provoca la quinta confesión del profeta, tal vez la más fuerte.
Jeremías acusa ex abrupto a Yahvé de haberlo engañado, de haberlo convencido
para ser mensajero de un anuncio que le produce muchos inconvenientes, ya que
es muy duro y, por otra parte, no se cumple automáticamente. El profeta no
puede soportar la irrisión y las calumnias de la gente. Siente el peligro
cercano y esto lo hace renegar de Yahvé (w 7-10). Pero junto a esta inseguridad
y a esta impresión negativa con respecto a Yahvé aparece un sentimiento de
confianza en el que es fuerte y está al lado de los que sufren por querer ser
justos (11-13). Y cuando parece que Jeremías ha vencido ya la tentación, vuelve
de nuevo la desesperación, que lo lleva a maldecir su nacimiento y, por tanto,
la llamada a ser mensajero de Yahvé. El sufrimiento del profeta debía de ser
inmenso; sentía irresistiblemente que en su vida no podía prescindir de su
tarea y, por otra parte, veía ésta como algo no deseable y contrario a su
manera de ver las cosas. Es el sentimiento de quien intenta ser fiel a la
vocación de Dios, a pesar de que ésta conduce muchas veces a situaciones límite
que no agradan a quien ha sido llamado a tal misión.
El
cristiano, por el hecho de serlo, no ha superado todas las dudas y crisis de
fe. Al contrario, su vida y su actividad están llenas de continua inseguridad.
Pero también es cierto que siente al mismo tiempo que el Señor está a su lado,
dándole fuerza para cumplir su tarea de ayudar al prójimo a encontrar el camino
de la fidelidad al Padre Es obvio que el NT es un testimonio de esta lucha de
sentimientos. La cruz es el lugar donde se unen la debilidad y la fuerza de
Dios. Y esto lo vive Jesús en su dialéctica existencial muerte-vida, que
conmemoramos en las celebraciones de semana santa.
El
salmo 62, responsorial de hoy, es,
probablemente, la oración de un levita, desterrado de Jerusalén y alejado del
templo, que recuerda con añoranza los días felices en que contemplaba
a Dios en el santuario, viendo su fuerza y su gloria. Ahora la situación
ha cambiado, pero el deseo y la esperanza de contemplar nuevamente
el santuario perseveran. Alejado del templo, su alma se
siente como tierra reseca, agostada, sin agua, pero el
espíritu no desfallece, pues Dios volverá a otorgarle los antiguos favores, con
mayor abundancia si cabe: Mis labios te alabarán nuevamente jubilosos,
me saciaré como de enjundia y de manteca.
El alma del salmista está, desde el
primer momento del día -por ti madrugo-, toda ella en tensión
esperanzada hacia Jerusalén. Por ello su oración puede ser la expresión de la
oración cristiana, sobre todo en esta primera hora del domingo. También
nosotros, aunque quizá hoy nos encontremos como tierra reseca,
agostada, sin agua, contemplamos la fuerza y la gloria de Dios en la
carne del Resucitado; y este recuerdo alienta nuestra esperanza. Nuestra alma
está sedienta de Dios, de felicidad, de vida, pero, como el salmista, estamos
ciertos de que en el reino de Dios nos saciaremos como de enjundia y
de manteca; y, si por un momento hemos de vivir aún en la dificultad
y la noche, a la sombra de las alas del Señor esperamos
tranquilos.-- [Pedro Farnés]
Salmo de súplica y de confianza durante una
persecución.
V.
2: Desde el principio domina el tono de intimidad y el sentimiento intenso.
Ahora es una nostalgia experimentada casi como necesidad biológica de agua.
V. 3: La nostalgia se intensifica
recordando una experiencia intensa en el santuario, cuando el hombre llega a
sentir y a «contemplar» la presencia de Dios, que se manifiesta como «poder y
gloria» en el culto.
VV. 4-5: La experiencia religiosa
funda la alabanza futura y la esperanza de nuevas alegrías participando en el
culto a Dios. Este culto incluye los cantos de alabanza, con gestos de las
manos, y sacrificios eucarísticos de los que participa el pueblo en el banquete
sagrado. Todo ello es una fiesta de alegría, «cum iubilo».
VV. 7-9: Prosigue el tono de
intimidad y alegría. En el templo «canta con júbilo», y este recuerdo le
acompaña por la noche. La unión con Dios es una profunda experiencia religiosa,
el alma «se pega» a Dios: y en ello consiste la «gracia» que «vale más que la
vida».
El cristiano repite la experiencia religiosa, encontrando a
su Señor presente en el templo y en el culto: en la manifestación de su gloria,
en el banquete eucarístico, en los himnos de la asamblea, en la gracia y unión
íntima. Y esta maravillosa experiencia le llena de nostalgia, como una sed
total, por aquella unión plena y definitiva en el santuario del cielo.-- [L. Alonso Schökel]
En la segunda lectura san Pablo nos
da una gran luz: "No os
dejéis transformar por los criterios de este mundo, sino dejad que una nueva
manera de pensar os transforme internamente, para que sepais distinguir cuál es
la voluntad de Dios.".
Con el texto
de hoy comienza la llamada parte o sección parenética de la carta a los
Romanos. Pablo quiere dar la mano a los cristianos para ayudarles a encontrar
cuál ha de ser el comportamiento que se les pide como cristianos en cada
situación concreta de la vida, en relación con los demás o consigo mismos.
De hecho,
una de las preguntas que cualquier hombre se repite constantemente es la
siguiente: ¿qué tengo que hacer ahora, cómo he de comportarme? Evidentemente,
el Apóstol no pretende ofrecer más que unas orientaciones generales. En efecto,
le corresponde a cada uno decidir sobre su realización en cada caso. Según eso,
podemos distinguir en este capítulo de la carta dos partes: una que formula y
establece los principios (vv 1-2) y la otra que aplica esos principios a casos
concretos.
En la
primera, fundamental, no se trata exactamente de un principio de conducta
exterior. Más bien señala Pablo qué es lo que han de esforzarse en hacer los
creyentes personalmente para hacerse capaces -solos y en ausencia del Apóstol-
de forjar su conducta concreta de cristianos. El cristiano no se ha de regir
por la ley del mundo, sino precisamente por la voluntad de Dios, por «aquello
que es bueno, conveniente y acabado» (v 2). Para conseguirlo tienen que
esforzarse por lograr una nueva forma de pensar. La coexistencia del mundo en
ellos hace que tal renovación de la mente se convierta en tarea de toda la vida
pues representa el primer paso del hombre que se convierte. Por otra parte, tal
situación viene originada por la misma palabra de la Buena Nueva. En efecto, el
anuncio no se reduce a notificar la venida de Cristo como un hecho ocurrido en
el pasado, sino que, a la vez, propone al oyente la nueva manera de pensar y de
hacer antes aludida. Dicho cambio interior consiste en irse desembarazando, a
la hora de decidir el propio comportamiento concreto, de los criterios del
mundo, es decir, de aquellos que le guiarían en caso de no haber conocido la
palabra del evangelio, para buscar sólo qué es lo que, como cristiano, le
enseña a hacer esta palabra.
Toda la vida
de la fe radica en eso: una mente nueva, un corazón nuevo. Hay muchas
propuestas que nos llegan todos los días. Si tenemos una mente renovada en
Cristo sabremos encontrar el paso de Dios en muchas cosas, así como también
entenderemos que hay mucho daño que se esconde bajo apariencia de cosa buena.
Renunciar a
lo que Pablo llama "los criterios de este mundo" puede ser doloroso.
Lo fue para Jeremías, como hemos visto, y lo será para el cristiano, como lo
muestra sin ambages Jesucristo en el evangelio de hoy. Pero evitar ese dolor es
simplemente entregar el control de la propia vida al poder de quienes quieran
comprarla. No faltan lamentablemente quienes siguen ese camino, quizá sin
reflexionar mucho en cuál puede ser su desenlace.
Con el texto
de hoy comienza la llamada parte o sección parenética de la carta a los
Romanos. Pablo quiere dar la mano a los cristianos para ayudarles a encontrar
cuál ha de ser el comportamiento que se les pide como cristianos en cada
situación concreta de la vida, en relación con los demás o consigo mismos.
De hecho,
una de las preguntas que cualquier hombre se hace constantemente es la
siguiente: ¿qué tengo que hacer ahora, cómo he de comportarme? Evidentemente,
el Apóstol no pretende ofrecer más que unas orientaciones generales. En efecto,
le corresponde a cada uno decidir sobre su realización en cada caso. Según eso,
podemos distinguir en este capítulo de la carta dos partes: una que formula y
establece los principios (vv 1-2) y la otra que aplica esos principios a casos
concretos.
En el evangelio de hoy Jesús expone con toda claridad su Mesianismo Redentor: un Mesías en
cruz es el riesgo decisivo y difícil de la fe; Jesús plantea crudamente esta
crisis a los suyos.
-Aprovecha
la confesión y profesión que Pedro acaba de hacer de la Mesianidad de Jesús
para entrarles en el misterio de un Mesías-Redentor: el profetizado en los
oráculos del 'Siervo de Yahvé'. Ha de tomar sobre sí los pecados de todos. Debe
ser la víctima expiatoria por todos.
Pedro cae,
una vez más, en el mesianismo de carne y sangre: glorioso, político. Y aún
intenta desviar a Jesús. Jesús rechaza aquella sugestión y la califica de
diabólica (23). Ni Pedro ni sus compañeros son capaces de superar su cerrada mentalidad
hasta que la Resurrección de Jesús y la luz de Pentecostés les den la clave del
Mesianismo-Redentor.
Con ocasión
de este despiste de Pedro, Jesús proclama cuál sea el Mesianismo auténtico: el
de la cruz. La Redención la hará El por la cruz. Y cuantos queramos ser de El
debemos compartir su cruz (24). Las frases pedagógicas de los vv 25-26
contraponen el criterio divino al humano. Este valoriza sólo la vida de acá, lo
efímero y caduco. En la escala auténtica de valores deben anteponerse los eternos
a los temporales. A esta luz es válida la paradoja de Jesús: Quien pierde gana
y quien gana pierde: Quien pierde y renuncia por amor al Reino de los cielos lo
temporal, gana lo eterno. Quien se afana sólo por lo temporal pierde lo eterno.
Contemplamos a Pedro en diálogo con
Jesús : "Tú eres el Mesías." Pero ni él ni sus compañeros sabían
cabalmente qué quería decir eso de ser el Mesías; por ello Jesús se esfuerza en
enseñarles "con toda claridad" de qué se trata su mesianismo.
Esa claridad
sobre el camino del dolor como vía de redención ofusca los ojos de Pedro,
quien, como si se tratara de hacer un acto de caridad, reprende a Jesús a
solas. Jesús corrige en público a Pedro seguramente porque entendía que, aunque
Pedro hubiera tomado la iniciativa, sus ideas no eran sólo suyas sino que las
compartían un poco todos.
Pedro tuvo
aquí pensamientos "como los hombres." Es propio del ser humano huir
del dolor y sin embargo buscar la salvación. Por ello necesitábamos un Redentor
que entendiera que necesitamos la salvación aunque somos cobardes ante el
sufrimiento. Y este es Jesucristo, hombre como nosotros, pero con el
pensamiento de Dios.
Es condición
del Mesías ser rechazado, y esto implica la amargura de quedarse sin ese
sustento que todos buscamos en la propia familia, los amigos o los paisanos. Es
como si Jesús hubiera enseñado: "el Mesías no tendrá apoyo de nadie,"
y esto, si bien lo pensamos, es razonable: el salvador de los hombres no podía
esperar de los mismos hombres su amparo. El Mesías debía tener como solo apoyo
a Dios.
La reacción
de Pedro es, en cierto modo, explicable. De su amor a Cristo no se puede dudar.
El domingo pasado escuchábamos su hermosa profesión de fe: "Tú eres el
Mesías, el Hijo de Dios". Pero todavía no había entendido que el camino de
Cristo es camino de renuncia y sacrificio, antes de ser de salvación y de
gloria. A Pedro, como a nosotros, le gustaban los aspectos amables del
seguimiento de Jesús. Pero el sacrificio, no. Le gustaba el monte Tabor, el de
la transfiguración. Pero no el monte del Gólgota, el de la cruz. Algo parecido nos
pasa a nosotros.
La historia
de Jeremías y de Jesús es la historia de tantos y tantos cristianos que, a lo
largo de los siglos, han experimentado la dificultad de vivir su fe en medio de
una sociedad indiferente o incluso hostil. La historia de un cristiano de hoy,
que quiere vivir su cristianismo con coherencia. Ser cristiano se va
convirtiendo cada vez más en una opción explícita por Cristo y por su estilo de
vida, por su mentalidad y criterios de actuación. Pero supone que se acepta a
la vez el riesgo y la dificultad, porque la escala de valores de Cristo no
coincide con la de ese mundo.
Sigue
habiendo cristianos perseguidos por su fe, o porque denuncian injusticias y
situaciones que no se pueden compaginar con el evangelio. Pero, sobre todo, hay
cristianos que tienen que librar en sus vidas la diaria opción entre los
criterios de este mundo -en pos del placer, o del dinero, o del poder- y los
criterios de Cristo, de entrega por los demás, de renuncia a lo no ético, de
apertura hacia lo espiritual y no sólo hacia lo material e inmediato. Cada uno
sabe qué puede suponer para él en concreto ese "tomar su cruz y
seguirle" que anuncia Jesús a los suyos, o a qué cosas le obliga a
renunciar el ser cristiano.
No se trata
de buscar el sufrimiento en sí mismo, sino de aceptar el seguimiento de Cristo
con coherencia. Pablo les dice a los cristianos de Roma, en la segunda lectura,
que "no se ajusten a este mundo, sino que sepan discernir lo que es la
voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto". Y que ese es el
mejor culto a Dios. Este discernimiento cuesta, y conduce a decisiones que
pueden resultar difíciles. Porque lo cómodo es acomodarse a este mundo.
Jeremías
también pensó en abandonar el encargo profético para poder vivir tranquilo en
su pueblo. Pero la Palabra de Dios le ardía dentro y escogió el camino difícil.
A Jesús le apetecería más, sin duda, que Dios le ahorrara "el cáliz de su
muerte", pero eligió el camino difícil: "No se haga mi voluntad, sino
la tuya". A Pedro, que al principio "pensaba como los hombres y no
como Dios" y prefería las cosas fáciles, también le vendrá el tiempo en
que, madurado en su fe cristiana, dé valiente testimonio de su fe en Cristo
ante el pueblo, ante las autoridades y, finalmente, ante Nerón en Roma, en su
martirio.
También a
nosotros el mundo de hoy nos ofrece caminos mucho más fáciles y
"prometedores" a corto plazo. Pero Cristo nos dice que si queremos
seguirle tenemos que tomar cada uno su cruz, como él tomó la suya. Lo que no
podemos hacer es una selección de lo que nos gusta, evitando lo que nos parece
más serio y exigente en el programa de vida de Jesús. No podemos
"censurar" páginas del evangelio que no nos gusten. La Eucaristía nos
da la fuerza para poder seguir por ese camino, exigente pero coherente. Comulgar
con Cristo, en la eucaristía, es comulgar también con él a lo largo de la
jornada y de la semana. Con todas las consecuencias, aunque a veces eso suponga
dificultad y renuncia. Pero, a la larga, es lo que nos dará la más profunda
alegría y felicidad.
Pero ¿qué quiso Jesús significar
cuando habló de la necesidad de cargar cada día con su cruz? "Su
cruz" no debe entenderse como el instrumento bárbaro de suplicio, ni como
masoquismo, ni como estoicismo que se complace en medir en el hombre la
capacidad de resistencia pasiva. La cruz de Jesús significa simplemente todo
esfuerzo que nos convierte en fieles cumplidores de la voluntad del Padre y que
es asumido y realizado por amor. Sin esa perspectiva y sin esa motivación, no
puede darse cruz en sentido expresado por Jesús. Entendida según él, es algo
transformado y transformador de todas las realidades humanas.
Jesús asumió
las realidades humanas y al asumirlas las transformó. Tomó nuestra carne mortal
y la hizo inmortal. Tocó un día el barro del camino y con él devolvió la vista
a un ciego.
Tocó el pan
y el vino para transformarlo en su cuerpo y sangre, y así hizo con otras
realidades humanas. También tocó el sufrimiento y lo transformó. La cruz tocada
por él se convierte de fracaso en signo de victoria, de humillación en símbolo
de triunfo, de muerte en fecundo signo de vida, de locura a los ojos del mundo
en sabiduría de Dios, en triunfo del bien sobre el mal, en triunfo del amor
sobre el odio, del poder santificador de la gracia sobre el poder destructor
del pecado.
Por eso,
cuando se nos propone la cruz como una opción fundamental, en lugar de hablar
de un sacrificio costoso debería hablarse de un gozoso amor preferencial. Y más
que de amor a la cruz debe hablarse de amor al crucificado.
Teilhard-de-Chardin[1] escribía
a quien se le quejaba del peso de las cruces en su vida consagrada a Dios:
"Quizá miras mal a la cruz y no ves en ella más que dos palos cruzados. Da
la vuelta a la cruz y verás en ella a Jesús clavado por amor. Entonces todo
cambiará de sentido y lo comprenderás todo".
"¿Quién
salve su vida, la perderá; quien pierda su vida, la salvará" (/Mt/16/25). ¿Qué significa esta afirmación? SALVAR la
propia vida es aferrarse a ella, tenerla en más estima de la debida y, por
tanto, temer a la muerte. PERDER la propia vida: no darle más importancia que
la justa, estar desligado de ella y, por tanto, estar dispuesto a morir. La
paradoja es esta: el hombre que teme a la muerte, ya está muerto (Cf.Mt.8,22);
mientras que el hombre que ha dejado de temer a la muerte, ha comenzado a
vivir.
Una vida
auténtica y que merezca la pena sólo es posible cuando se está dispuesto a
morir.
Rafael Pla Calatayud.
rafael@betaniajerusalen.com
[1] Pierre
Teilhard de Chardin SJ ( Orcines, 1
de mayo de 1881-Nueva York, 10
de abril de 1955) fue un religioso jesuita, paleontólogo y filósofo francés que aportó una visión muy particular de la evolución. Dicha concepción, considerada ortogenista y finalista, equidistante en la pugna
entre la ortodoxia religiosa y científica, propició
que fuese atacado por la una e ignorado por la otra. Fue autor de varios libros
teológicos y filosóficos de gran influencia.
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