sábado, 5 de marzo de 2022

Comentario a las lecturas del I Domingo de Cuaresma 6 de marzo de 2022

 En la liturgia de hoy comenzamos el camino hacia la pascua (orac. sobre las ofrendas). La meta de este camino es la plenitud del misterio de Cristo. Y para vivirlo tenemos que conocerlo escuchando en este tiempo su Palabra, nuestro alimento más importante que el pan material (cf. orac. después de la comunión).

En el desierto Jesús, lleno del Espíritu Santo, vence al diablo (Ev.). Nosotros, como Cristo en sus cuarenta días por el desierto, contamos con la fuerza del Espíritu Santo, y en la Eucaristía encontramos el pan del cielo que alimenta la fe, consolida la esperanza y fortalece la caridad; es Cristo mismo, el pan vivo y verdadero del que hemos de sentir hambre (cf. orac. después de la comunión). Con su fuerza podremos vencer las tentaciones en este desierto de la vida.

Cuaresma hoy es nuestro tiempo de vivir. Un tiempo que desde Jesús nos ofrece la posibilidad de ser cada día más humanos, porque cada día se hace más profunda e interior nuestra vocación a vivir como hermanos. Es un tiempo de pasar de los ritos, de las cosas, del poder y de los triunfos a la serena riqueza de que ser cristiano es compartir, y no poseer; dar y no aceptar; crear vida y posibilitar todos los caminos de transformación humana.

Siempre de camino, con un denodado y renovado esfuerzo. En esta Cuaresma  deberíamos descubrir que para ser fieles a Dios debemos arriesgarnos cada día más en la lucha por conseguir una sociedad de hombres más libres y más humanos. En definitiva, un compromiso.

La primera lectura de los domingos de Cuaresma presenta las grandes etapas de la historia de la salvación en el AT. El primer domingo, en los ciclos A y B, leemos escenas de los orígenes; pero este año, en cambio, lo que leemos es una afirmaci6n de la fe de Israel, centrada en el hecho decisivo del Éxodo.

En la primera lectura de hoy , del Libro del Deuteronomio ( Dt 26,4-10) se describe el rito de la ofrenda de las primicias, que se supone ya una costumbre establecida. Se debe entregar al sacerdote una cesta llena de estos frutos tempranos, para que él la presente a Yahvé y la coloque sobre el altar. No se dice nada sobre la cantidad de estos frutos, pero sabemos que la tradición rabínica señalaba al respecto el 1/60 de la cosecha. Acompañando al rito, el sacerdote debía pronunciar una fórmula en la que daba gracias a Dios por los frutos de la tierra y, con ocasión de la cosecha, también por esta misma tierra que Dios había dado a los hijos de Israel.

El "arameo errante" es Jacob, que efectivamente era arameo por parte de su madre Rebeca (Gn 25, 20) y estaba emparentado con "Labán, el arameo" (Gn 31, 42). Los israelitas, de origen arameo, aprendieron el hebreo en Canaán, donde esta lengua era la dominante (cf Is 19, 18). Pero lo que importa en este contexto es el calificativo de "errante". Nada más deseado por un pueblo nómada que una tierra, que una patria que "mana leche y miel".

La fórmula que acompaña al rito de las ofrendas es una fórmula de fe. Podemos ver en ella que la fe de Israel no versaba sobre verdades abstractas, sino sobre hechos bien concretos: Dios elige a los patriarcas, saca de la esclavitud de Egipto a los israelitas y les da una tierra..., de ella proceden ahora los frutos que llegan al altar de Yahvé. La Biblia no es un catecismos o un tratado de teología, sino ante todo una historia de salvación en la que se expresa la fe del pueblo elegido.

"Dijo Moisés al pueblo: El sacerdote tomará de tu mano la cesta de las primicias y la pondrá ante el altar..." (Dt 26, 4) Dios no necesita nada, lo tiene todo. Es dueño de los bosques, de las montañas, de los valles, de la llanura y de los mares. Precisamente por ser Señor de cuanto existe, es necesario que el hombre reconozca de algún modo ese señorío. Desde muy antiguo los pueblos ofrecen a Dios las primicias de los campos, los primeros frutos, las primeras crías. Al ofrecer eso que era lo más preciado, reconocían el dominio soberano de Dios, le rendían pleitesía. Hay que ofrecer lo mejor a Dios. También hoy día, ya que también hoy Dios es dueño absoluto de todo.

"Nos introdujo en este lugar y nos dio una tierra que mana leche y miel. Por eso ahora te traigo las primicias de los frutos del suelo..." (Dt 26, 10) Fue Dios quien con mano segura condujo a su pueblo. Su presencia fortalecía a los suyos, les animaba en la lucha. Él fue quien los libró de la servidumbre de Egipto, el que les alimentó en el desierto. Quien hundió en las aguas a los enemigos y quien derrumbó las murallas inexpugnables de Jericó. Sí, Dios los introdujo en la rica tierra de la leche y de la miel.

 

El responsorial de hoy es el salmo 90 (Sal 90,1-2.10-15) Este es uno de los salmos más típicos de la Cuaresma. El tentador cita a Jesús, en el evangelio de la "tentación en el desierto". Es un salmo de peregrinación, que hace entrar en escena un rey, comprometido en una guerra a la vez nacional y religiosa, contra naciones paganas, y por ellas, contra los poderes del mal desencadenados... Sube en peregrinación al templo para pasar allí la noche, y ser favorecido con una revelación divina, un oráculo en medio de su oración. La naturaleza de la lucha, supuesta en juego, son "escatológicos" Es la lucha del rey-Mesías contra todas las fuerzas que nos oprimen. ¡Es el combate de Jesús!

En hebreo, el verbo "reposar" del segundo versículo, significa "pasar la noche a la sombra del Altísimo". Como Salomón cuando venía a pasar la noche en Gabaón (I Reyes 3,4-15), como Saúl que solicitaba un oráculo (1 Samuel 28, 5-6), antes de dar una batalla decisiva, el Rey de Israel viene a pasar una noche en oración en el Templo. El cambio de "personas", en el texto, indica los diversos personajes que intervienen: el rey, primeramente llega ante el Templo y expresa su intención. Los sacerdotes del lugar sagrado lo reciben de inmediato diciéndole cuánta confianza debe poner en la protección de Dios. Y hacia el final de la noche de oración, Dios toma la palabra para pronunciar un oráculo solemne y anunciar al rey la victoria. Ya puede partir a realizar el combate. Tal es el "revestimiento midráshico" de este salmo admirable.

"Tú, que habitas al amparo del Altísimo..." (Sal 90, 2) Estamos ante un salmo que, como otros muchos, habla de la confianza en el Señor, de la esperanza como virtud teologal, de la fortaleza y del optimismo.

Habitar al amparo del Señor, vivir a su sombra, cobijarse en él como el polluelo bajo las alas tibias y mullidas de su madre. No se te acercará la desgracia -insiste el poema sacro-, ni la plaga llegará hasta tu tienda... A primera vista, da la impresión de que este salmo resulta inadecuado para el tiempo de Cuaresma, período de penitencia y de mortificación. Y, sin embargo, abre el ciclo del tiempo preparatorio a la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo.

La razón principal de su inserción en esta dominica primera de Cuaresma es porque en ella recordamos las tentaciones de Cristo, y en una de ellas el demonio, con cita de algunos versículos de este salmo, incita a Jesús a que se tire desde el alero del templo, para que los ángeles de Dios le reciban antes de estrellarse. El demonio, como harán sus seguidores luego, tergiversa el sentido de las Escrituras y trata de tentar a Dios con un milagro inútil.

"Te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra..." (Sal 90, 12) Es cierto que el salmista habla de la protección de los ángeles, que en verdad nos protegen de continuo, aunque quizá muchas veces no nos demos cuenta de ello. Pero también es verdad que esa protección no nos puede llevar a la temeridad de meternos imprudentemente en el peligro y tentar a Dios. En este sentido es lógico que este salmo se recite hoy. Con ello se nos pone en guardia contra una falsa confianza, que nos hiciera olvidar que es necesario luchar, poner los medios que están a nuestro alcance, aunque en último término dependa todo de Dios.

 

La segunda lectura de romanos (Rom 10,8-13), “Nadie que cree en Él quedará defraudado”. Aquí san Pablo hace una profesión de fe, en la que resalta que Dios nos ha mostrado su cercanía enviándonos a Cristo. Éste es el camino ofrecido generosamente para salvarse. Rm 9-11 tiene como tema general el problema de la situación en que se encuentra Israel después de haber rechazado a su Mesías. Este problema atormenta el corazón de San Pablo como buen judío que, él sabe, por una parte, que Dios mantiene la fidelidad inquebrantable a sus propias promesas y, por otra, el hecho histórico del rechazo de Israel. La afirmación de la justificación por la fe llevaba a Pablo a evocar la justicia de Abrahán (c.4). De igual modo, la afirmación de la salvación otorgada en el Espíritu, por el amor de Dios, le obliga a tratar (c. 9-11), el caso de Israel, infiel a pesar de las promesas de salvación que se le hicieron.

Proclamar a Jesús como "Señor". Este era el gran escándalo para los judíos: que un profeta, por excelso que fuera, pudiera llamarse con el nombre de Yahvé, "Señor". Para el judío, Yahvé debería seguir allá en lo más alto de los cielos, dejando a los hombres el arreglo de las cosas de este mundo. Por eso, la encarnación era considerada como una molesta intromisión de Dios en el quehacer diario. Un Jesús-Señor impedía esa libertad de acción con que el judío se movía en su vida terrena.

En la mística judía jugaba un gran papel la discriminación "judío y griego". Ser judío implicaba la pertenencia a un pueblo escogido. Los griegos, o sea, los extraños de entonces, podrían ser incorporados de alguna manera pero en relación de dependencia; se llamaban "prosélitos de la puerta". Allá dentro del Sancta sanctorum los judíos eran los principales...

San Pablo rompe el mito, ya no hay diferencia.

El único camino que conduce a la salvación es la fe en Jesucristo, el Señor. Esta salvación no es para el creyente algo que ha de buscar penosamente y que está muy lejos de él, sino algo que lleva en el corazón y confiesa con sus labios. La cita que trae Pablo está tomada de Dt 30, 11-14, donde se dice de la ley: "Estos mandamientos que yo te prescribo hoy no son superiores a tus fuerzas, ni están fuera de tu alcance. No están en el cielo (..), ni están al otro lado del mar (...), sino que la palabra está bien cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón para que la pongas en práctica". Una vez abrogada la ley, Pablo refiere estas palabras a Cristo, el cual "habita por la fe en nuestros corazones" (Ef 3, 17). El núcleo de esta fe lo constituye el hecho y la confesión de que Jesús es ahora el Señor.

Con una cita de Isaías (28, 16), Pablo afirma la salvación de judíos y de griegos por igual. Esta igualdad radica en el hecho de que uno mismo es el Señor de todos. Lo que implica, por otra parte, la exclusión de un orden teocrático que interponga entre el Señor único y los hombres diferentes grados o señoríos.

El evangelio de hoy, de San Lucas (Lc 4,1-13) es un  relato, de carácter teológico, que ha sido compuesto y transmitido, no para informar acerca de un episodio de la vida de Jesús, sino para mostrar el modo con que el Hijo de Dios comprendió y vivió su misión mesiánica. Se quiere subrayar el hecho de la tentación en la existencia de Jesús, no el modo en que históricamente se presentó. El relato presenta como evento acaecido una vez, una experiencia que acompañó constantemente el ministerio del Mesías Jesús de Nazaret.

Jesús, “lleno del Espíritu Santo”, “era conducido (a go) por el Espíritu en el desierto” (v. 1). No se describe a Jesús mientras va al desierto, sino caminando en medio del desierto lleno del Espíritu Santo. Durante cuarenta días fue ten­tado por el diablo y estuvo sin comer (v. 2). El desierto es lugar detentación, de auto comprensión de la propia identidad, pero también espacio para afirmar la fidelidad en Dios como único absoluto.

Jesús vive una doble experiencia: la experiencia de la tentación, delante de la cual permanece firme, y la experiencia de la plenitud divina, siendo conducido permanentemente por el Espíritu. Como “hijo de Adán” (Lc 3,38b) advierte la dificultad y la seriedad del momento de la prueba en su relación con Dios; como “Hijo de Dios” (Lc 3,38) vive, lleno del Espíritu, la plenitud de la intimidad divina. A diferencia de Adán (Gen 3), Jesús supera la prueba demostrando su adhesión obediente y filial a Dios en forma inquebrantable. Se mantiene firme proclamando su fidelidad absoluta y su confianza inquebrantable en los caminos del Padre: “No tentarás al Señor tu Dios” (Lc 4,12). Jesús es el modelo de adhesión plena y total a Dios y a su voluntad.

Las “tres” tentaciones de Jesús no son sino una sola: la tentación de abandonar el mesianismo humilde y obediente en favor de los hombres y emprender un camino de gloria, de poder y de autosuficiencia humana. Para Lucas, la tentación máxima que Jesús enfrenta y supera es el terror a la muerte. En el relato se afirma, en efecto, que “el diablo se alejó de él hasta el momento oportuno” (v. 13), es decir, hasta el momento del sufrimiento y de la angustia de la pasión, que Lucas llamará “la hora del poder de las tinieblas” (Lc 22,53), cuando “Satanás había entrado en Judas Iscariote” (Lc 22,3).

El relato de las tentaciones no pretende sólo informar al lector acerca de las pruebas sufridas por Jesús, sino que es una página de catequesis que invita a estar atentos para no caer en las actuales tentaciones del poder, del materialismo y de la religión espectacular e impositiva.

Para nuestra vida.

Recién comenzada la cuaresma ¿Con qué sentimientos podríamos comenzar la Cuaresma? Lo primero, interiorizar que nos preparamos para la Pascua, es decir para la vida. En cada día de la Cuaresma tenemos que morir a algo, para que alcancemos una vida en plenitud.

En segundo lugar, la vida se hace auténticamente cristiana cuando el cambio de vida es fruto de la toma de conciencia de lo que somos y debemos hacer, y no el catálogo de buenas intenciones que repetimos sin cumplir cada año. Aprovechemos para quitarnos las máscaras que nos hacen hipócritas; así dejaremos de actuar y comenzaremos a vivir como verdaderos cristianos

En tercer lugar, la reconciliación, que es el sacramento de la autentica comunión , no puede dejarse para más tarde, porque éste el es el tiempo y la hora de comenzar.

En cuarto lugar la Cuaresma es un tiempo para recordar que por nuestra naturaleza humana estamos expuestos al egoísmo que se hace injusticia, corrupción y muerte, pero al mismo tiempo, que contamos con la misericordia de Dios, nuestro mejor aliado si queremos salir vencedores frente a las tentaciones y el pecado.

"Ganar a Cristo y existir en él". Es la meta de la prueba de todo cristiano. Esta prueba, cada año los cristianos somos invitados a hacerla durante la Cuaresma. Los dos primeros domingos son una llamada a compartir la lucha y el triunfo de Cristo, los otros tres nos invitan a la conversión y a la reconciliación, reconociendo y asumiendo la actitud misericordiosa de Jesús. Esta Cuaresma de fe y reconciliación la podemos ver culminada en la palabra de Jesús en la Pasi6n de Lucas: "Hoy estarás conmigo en el paraíso", dicha al ladrón arrepentido.

En la primera lectura podemos descubrir el itinerario del pueblo de Israel desde la fe en el Dios de la Alianza y de la Liberación de Egipto hacia la realidad nueva dada en los tiempos mesiánicos.

La Primera Lectura es un resumen de esa experiencia hebrea: un pueblo errante y un Dios fiel y salvador.

La Iglesia, nuevo Israel, recorre también, en la plenitud, este camino: pueblo creyente de la nueva Alianza, liberado por el Dios encarnado en Jesús Redentor, que celebra la nueva Pascua y es incorporado a la nueva creación.

Toda la reflexión de este primer domingo de Cuaresma tiene como fundamento de sostén el simbolismo del desierto.

Parece oportuno, entonces, partir de una descripción fenomenológica de todo lo que es el desierto y lo que implica una travesía por él.

Una zona inhóspita, agreste, sin nada hecho, sin camino ni señales. Donde no se deja huella. Espacio infinito que abre la amplitud de miras; un sol sin obstáculos que quiere penetrar... El caminante que no puede detenerse ni hacer una cómoda casa; que no lo tiene todo servido; que debe buscar el agua, la escasa sombra, un refugio para la noche.

Sobre esta experiencia tan cercana al pueblo hebreo (el desierto comenzaba ya en las afueras de Jerusalén y se extendía hacia el Mar Muerto y hacia Egipto) surge el sentido espiritual y profundo del desierto, como itinerario del hombre que busca a Dios y que se pregunta por el sentido de su existencia, tan similar al desierto.

La pedagogía del desierto acentúa la acción liberadora de Dios, que, mientras se manifiesta como presencia, subraya al mismo tiempo la presencia del hombre artífice de su propio destino. El desierto pone de manifiesto esa tremenda "soledad" del hombre, tan marcada en la literatura y psicología modernas como asimismo en la filosofía, el cual debe dar un Sí totalmente suyo, que no puede construirse a costa del otro.

Lucas en su relato enfatiza ese aspecto de la vida de Jesús: solo en el desierto (Marcos 1,12 dirá que «vivía entre animales salvajes»), hambriento, enfrentado al tentador. Seguramente hoy nuestra pastoral debe volver a esta mística del desierto, para que descubramos la «educación liberadora» que allí protagonizó Dios el Salvador. El cristiano llega a sentirse aplastado por toda una estructura religiosa, a veces de color dudoso, que le impide mirarse a sí mismo y hacer una opción verdaderamente sincera. La misma crisis padece el sacerdocio y la vida religiosa.

Y éste es el sentido de la Cuaresma..., punto cero de la vida de fe. Estas reflexiones tienden a sugerir a la comunidad una vuelta al desierto, es decir, al camino de la liberación interior; a un apartarse sin agresividades de cierto "arsenal religioso" que más bien disfraza que revela a Dios. Y de los muchos puntos de reflexión que el desierto sugiere, escogemos tres que nos parecen esenciales: tiempo de búsqueda, de desprendimiento, de prueba y fidelidad.

La «mística del desierto» estará presente en los restantes domingos que nos irán revelando el rostro de Dios por caminos realmente paradójicos.

Al final de la larga exposición de la Ley, que ocupa la mayor parte del Deuteronomio, se explica un ritual de ofrenda de las primicias, en el cual se incluye el relato de la fe histórica del pueblo. Es una narración en apariencia simple, pero que en su simplicidad transmite una gran carga, incluso emotiva.

 «Mi padre fue un arameo errante». La larga marcha hacia la tierra prometida. Envueltos en una nube, en las sombras, en la promesa, a través de caminos de arena y agua, hasta llegar al fondo de la Luz. En esta cuarentena hacia la Pascua, un desierto, como un paréntesis de desnudez y aridez. Hoy todos estamos caminando en el desierto de una sociedad convulsionada, transformada en un campo de batalla entre la verdad y la mentira, entre el amor y el egoísmo. Un sinfín de ídolos quieren repartirse el espacio humano. Continúa hoy en nuestro tiempo la larga marcha hacia la libertad. Todos los tiempos tienen sus peculiares experiencias de desierto.

El israelita se siente hijo de "un arameo errante" innominado (se trata de Jacob, aunque un Jacob muy distinto del personaje escogido por Dios que presenta el Génesis: ¡un hombre pobre que tiene que emigrar!). Este arameo errante que emigra está en el origen de un pueblo que acabará viviendo como esclavo en Egipto.

En medio de este pueblo sin posibilidades de futuro se hará patente la acción poderosa del Señor: el pueblo clama al Señor, y Él escucha su voz. Y tiene lugar el acontecimiento que constituirá el primer artículo y el más fundamental de la fe de Israel: "El Señor nos sacó de Egipto". El clamor del pueblo, la atención del Señor, y su acción poderosa, constituyen los elementos básicos que identifican al Dios de Israel. (Cf. domingo 3 de Cuaresma).

Y entonces viene el último paso: el don de la tierra. El objetivo de la liberación será hacer que aquel pueblo pueda establecerse como pueblo libre en una tierra en la que valga la pena vivir.

 

El salmo (90), que antes de la reforma litúrgica se leía prácticamente entero el día de hoy (en el "tractus"), es una plegaria de confianza que identifica el tiempo de Cuaresma.             En el evangelio, el diablo utiliza este salmo para tentar a Jesús con una confianza perversa que ponga a Dios al servicio del éxito fácil; nosotros lo decimos entendiendo qué quiere decir verdaderamente confiar en el Señor.

Después de 40 días de oración y de ayuno pasados en el desierto cerca de Dios, justo antes de emprender su gran combate escatológico, Jesús es tentado por el mal. Satanás le cita este salmo: "Échate de lo alto del Templo, porque Dios prometió que enviaría a sus ángeles para llevarte en sus manos y que tu pie no tropiece contra ninguna piedra". ¡Jesús "oró" realmente este salmo! Y esto es poco decir: El lo "vivió".

El Oráculo final (leer el salmo en esta perspectiva), asume toda su dimensión sólo en el caso de Jesús: se trata, de un gran combate de Jesús contra el pecado y la muerte (el dragón, la antigua serpiente, el diablo, satanás) (Apocalipsis 20,2). Las fuerzas del mal pierden su tiempo desplegándose. La promesa de victoria ya está dada: "¡Tú aplastarás el dragón!" quiero salvarte, protegerte, permanezco contigo, quiero liberarte, glorificarte, darte larga vida, revelarte mi salvación", ¡Se trata, ni más ni menos, de la Resurrección! Este salmo es el canto de victoria de Jesucristo.

El mal se despliega, pero Dios está presente en el corazón de la historia, y el mal será un día definitivamente vencido: certeza de la victoria de Dios a la que estamos asociados. La abundancia de "imágenes" sucesivas nos da idea de la amplitud de la contienda: "la red del cazador"... "El mal pernicioso"... "Los terrores de la noche"... "Las flechas que vuelan en pleno día"... "El mal que ronda en la oscuridad"... (es el más peligroso, que no dice su nombre, el mal solapado; la trampa nocturna) "Las calamidades del medio día"... "La desgracia"... "El peligro"... "La víbora, el escorpión, el león, el dragón"... ¡Esta última palabra denomina eminentemente al mal!. ¡Se trata de un combate entre Dios y el adversario! El mundo moderno sabe que el mal es multiforme, abundante, hábil, solapado y violento. Cada uno de nosotros puede descubrir bajo las palabras de este salmo, realidades muy concretas.

La Cuaresma puede convertirse para cada uno de nosotros, en esta "noche", tiempo propicio para el recogimiento, pasado "al abrigo del Altísimo, bajo su sombra". ¡Una noche de vigilia antes del combate! Como aquella que Jesús vivió antes de entrar "en la contienda". ¿Qué lugar damos a la oración íntima en estos 40 días? ¿Para qué orar? Dirán ciertos espíritus modernos. Hay que luchar, esto es todo. Hay que luchar, Toda oración que evade la confrontación directa sería una oración "perezosa". Todos hemos tenido la experiencia de nuestras debilidades e incapacidades: el primer objetivo de la oración, es retomar fuerzas "cerca de Dios".

Nuestro combate no es contra un adversario cualquiera, sino contra el Adversario (con mayúscula), contra el dragón del Apocalipsis. Ante las fuerzas "sobrenaturales" que combaten contra nosotros no está por demás que los "ángeles" intervengan: Dios  dio a sus ángeles la misión de guardarte en todos los caminos".

El hombre de hoy sabe muy bien, que es juguete de fuerzas verdaderamente cósmicas que lo superan totalmente... Que es incapaz de dominar mediante las solas fuerzas naturales. La oración, entonces, viene a ser la fuerza misma de Dios en nosotros: no nos dispensa de la lucha... ¡Simplemente nos sitúa en el verdadero nivel!

¿Cuál es la victoria de Dios? Es la victoria escatológica, es decir aquella que ya se realizó en Jesucristo: ¡ya se hizo en El! Pero para nosotros, prosigue en tanto prosigue la historia de la humanidad. El oráculo final pronunciado por Dios nos da la explicación: se trata ante todo de la intimidad con Dios (Tengo su amor... El sabe mi nombre... Le respondo si me llama.,. Permanezco con El en la prueba.. "Palabras de amor"... que nos dirige el mismo Dios).

Participación en su gloria (¡quiero glorificarlo!). Es también una liberación (yo lo protejo... Quiero liberarlo... Revelarle mi salvación...). Es finalmente una misteriosa promesa de vida perdurable (¡quiero darle larga vida!) ¡He ahí lo que está en juego en el combate!

Este salmo 90 se utiliza tradicionalmente como oración de "Completas". Se trata efectivamente de una bella oración de la tarde, que prepara a "reposar bajo la sombra protectora del Todopoderoso"... Para ser liberado "de los terrores nocturnos y del mal que ronda en la oscuridad"... La vida moderna es trepidante, agobiadora. Muchas personas se quejan de no tener tiempo para orar a lo largo de su jornada. Debemos hacer de "la tarde" un "tiempo de relax". Pero esto, no es algo automático: hace falta quererlo y preverlo, teniendo por ejemplo en la mesa de noche un libro espiritual (¿por qué no el libro de los Salmos?), que nos recuerde oportunamente que debemos "culminar" nuestra jornada mediante algunos minutos de plenitud interior, con Dios. Este salmo 90 será particularmente útil para prepararnos a un sueño realmente reparador: pedimos a Dios la tranquilidad, la calma, la esperanza. Cuánta gente, por el contrario, envenena sus noches con preocupaciones y angustias, que turbarán su inconsciente, y su reposo. Qué útiles resultan estas frases de confianza: "Digo al Señor: Tú eres mi refugio, mi fortaleza, mi Dios en quien confío... Su fidelidad es una armadura y un escudo... No tiene nada que temer... Descansa a la sombra del Altísimo... La desgracia no puede alcanzarte... Dios te protege"...

 

En la segunda  lectura, el contexto general de los capítulos 9-10 de Romanos, sobre Israel y su destino, aparecen estos versículos, importantísimos para una concepción profunda y auténtica de la fe.

La fe aquí como en otros tantos lugares bíblicos, no es sólo el asentimiento intelectual, aunque lo incluye, sino la actitud total del hombre. El externo ("boca", "labios") y el interno ("corazón"). Todo el yo comprometido.

El único camino que conduce a la salvación es la fe en Jesucristo, el Señor. Esta salvación no es para el creyente algo que ha de buscar penosamente y que está muy lejos de él, sino algo que lleva en el corazón y confiesa con sus labios. La cita que trae Pablo está tomada de Dt 30, 11-14, donde se dice de la ley: "Estos mandamientos que yo te prescribo hoy no son superiores a tus fuerzas, ni están fuera de tu alcance. No están en el cielo (..), ni están al otro lado del mar (...), sino que la palabra está bien cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón para que la pongas en práctica". Una vez abrogada la ley, Pablo refiere estas palabras a Cristo, el cual "habita por la fe en nuestros corazones" (Ef 3, 17). El núcleo de esta fe lo constituye el hecho y la confesión de que Jesús es ahora el Señor.

"Nadie que cree en él quedará defraudado": cita del AT, de Is 28, 16, que se refiere precisamente a un tema muy apreciado por el NT: la piedra angular puesta por Dios en Sión. Cristo es la piedra que no tiembla. Pablo acentúa el universalismo de la confianza en él. Jesús es el Señor de judíos y griegos. Por la resurrección ha sido constituido por Dios como Señor, un título que el AT reservaba a Yahvé. Lo que implica, por otra parte, la exclusión de un orden teocrático que interponga entre el Señor único y los hombres diferentes grados o señoríos.

"La Palabra de Dios está cerca de ti: la tienes en los labios y en el corazón...". Por la fe del corazón llegamos a la justicia, y por la profesión de los labios, a la salvación. Afirma el apóstol la importancia de la escucha de la palabra de Dios para entrar en el ámbito de la fe y, por ende, de la salvación. Israel no escuchó a su Mesías y ni a sus apóstoles. Los temas de la conversión y de la fe que es propio del tiempo cuaresmal del ciclo C, un tiempo que nos conduce a la renovación bautismal en la solemne Vigilia Pascual. Ante la fe ya no tienen valor las prerrogativas del pasado. Israel debe entrar en el camino de la fe en Jesucristo como último Enviado del Padre para la salvación de los hombres. Todo se ha hecho de nuevo. Ha nacido el nuevo y verdadero Israel constituido por los que escuchan la palabra de Jesús. Es necesario subrayar la relación íntima y profunda que existe entre la palabra y la fe. Ésta surge en el corazón del hombre como un don gratuito de Dios en el encuentro con la palabra que ha de ser escuchada y acogida como parte esencial de ese don. La actitud de escuchar, respuesta libre del hombre, es imprescindible ya que Dios respeta siempre la libertad del hombre. Y esta oferta universal sigue siendo válida en nuestro mundo. El pueblo judío sigue siendo invitado a entrar en el Evangelio.

Los cristianos tenemos una fórmula de fe sumamente concentrada. Nos basta decir con fe: "Jesucristo" = Jesús es Cristo, para quedar justificados. Nos basta decir de corazón: Jesús es Señor, para quedar salvados. Aceptar que Jesús es el único Salvador, el único Señor. No creer en ningún otro Mesías, no aceptar ningún otro Señor. Que nuestro corazón no tenga más dueño que Jesús ni se someta a otra tiranía que la del amor.

Este Credo o este evangelio no se aprende en ninguna escuela teológica. «Está cerca de ti: lo tienes en los labios y en el corazón».

Este Credo está al alcance de todos. «Todo el que invoque el nombre del Señor Jesús -de palabra, con la mente y el corazón- se salvará, sea judío o griego, católico o protestante, obispo o laico, de derechas o de izquierdas, de la ciudad o del pueblo». «¡Se salvará!».

 

Desde el evangelio se nos proporciona luz para vivir la realidad cotidiana de las tentaciones. "Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió hambre" (Lc 4, 2) El Hijo de Dios se hizo hombre con todas sus consecuencias, menos en una, en el pecado. Sin embargo, quiso someterse a las asechanzas del peor enemigo del hombre, el Demonio.

Aceptó sufrir la tentación, esa situación penosa en la que el hombre se ve envuelto con frecuencia. Situación tan penosa a veces que, si no se tiene la conciencia bien formada, se puede confundir y llenarse de angustiosos escrúpulos, porque en su imaginación, o en sus deseos, se esconden las peores aberraciones. Por eso, la primera enseñanza que hemos de sacar de este pasaje es que la tentación no es de por sí un pecado, y que si la vencemos, es incluso, un acto meritorio a los ojos del Señor.

Las tentaciones de Jesús en el desierto son las nuestras. Jesús se retiró al desierto para orar y prepararse para su misión. La experiencia del desierto nos muestra la evidencia de la fragilidad de nuestra vida de fe. El desierto es carencia y prueba, nos muestra la realidad de nuestra pobreza. Por eso tenemos miedo a entrar en nuestro interior, sentimos pavor ante el silencio. Surge la tentación, la prueba.....Sin embargo, el exponerse a una prueba es lo que hace progresar al deportista o al estudiante.

* Las tentaciones de Jesús  en el desierto son las nuestras:

 El hambre, que simboliza todas las "reivindicaciones" del cuerpo.

La necesidad de seguridad, aunque sea al precio de perjudicar al prójimo.

La sed de poder, el temible instinto de dominación.

¿Por qué fue tentado Jesús? San Agustín nos dice que permitió ser tentado para ayudarnos a resistir al tentador: "El rey de los mártires nos presenta ejemplos de cómo hemos de combatir y de cómo ayuda misericordiosamente a los combatientes. Si el mundo te promete placer carnal, respóndele que más deleitable es Dios. Si te promete honores y dignidades temporales, respóndele que el reino de Dios es más excelso que todo. Si te promete curiosidades superfluas y condenables, respóndele que sólo la verdad de Dios no se equivoca. En todos los halagos del mundo aparecen estas tres cosas: o el placer, o la curiosidad, o la soberbia". La diferencia entre Jesús y nosotros es que el triunfó donde nosotros sucumbimos a menudo.

 Como creyentes no podemos obviar la realidad del pecado. Sólo el reconocimiento de nuestro pecado nos pone en disposición para captar la generosidad del perdón de Dios. Es el don gratuito de la amnistía que Dios nos regala a raudales. El pecado es dejarse llevar por la sinrazón. Es el engaño que nos seduce como aparece en el relato del Génesis. Sólo cuando se nos abren los ojos nos damos cuenta de que nos hemos equivocado. Porque el pecado es una traición al amor de Dios, es no ser fiel a nuestro compromiso bautismal, es alejarnos de Aquél que es nuestra vida. Por eso debemos pedir al Señor un corazón puro, renovado, transformado.

Hoy deben resonar en nosotros en toda su plenitud las palabras finales del Padrenuestro: Y no nos dejes caer en la tentación”… La frase del padrenuestro --la oración que Jesús nos enseñó y que define perfectamente la figura de Dios Padre-- nos sitúa claramente en la existencia de la tentación. Todos somos tentados y muy frecuentemente.

San Ignacio de Loyola en sus ejercicios espirituales dice en su punto 314: “En las personas que van de pecado mortal en pecado mortal, acostumbra comúnmente el enemigo proponerles placeres aparentes, haciendo imaginar delectaciones y placeres sensuales, por más los conservar y aumentar en sus vicios y pecados”.

No debemos olvidar que para que la tentación tenga acogida busca en primer lugar hacernos desconfiar de Dios y de la bondad de su Plan para contigo, pues mientras nos aferres a la palabra y consejos divinos tal como lo hizo Jesús en el desierto, no podrá vencernos. ¡Cuántas veces el Demonio nos sugiere que Dios en realidad no quiere nuestro bien ( Gen 3, 2-5), que es un egoísta, que no nos escucha, que seguir su Plan es renunciar a nuestra propia felicidad, condenarnos a una vida oscura, triste e infeliz! Y una vez que siembra en nuestro corazón la desconfianza en Dios y en sus amorosos designios para nuestra vida, él mismo se presenta como aquel que es digno de ser creído, y su tentación como “la verdad” que conduce a nuestra felicidad,  realización, y vida plena, a lo largo de los siglos resuenan las palabras del Génesis “¡serás como Dios!”.

Nunca el ser humano se había dejado llevar tan masivamente por el hedonismo. Se ha convertido en productor-consumidor a escala mundial. Ante esto, hemos de decidir si queremos consumir más o humanizarnos cada día más.

Tenemos la obligación de pararnos a pensar hacia dónde nos dirigimos. Alcanzar plenitud de humanidad exige no instalarse en la comodidad. Para crecer en humanidad debemos ir más allá de la satisfacción de los instintos. La Cuaresma es el tiempo oportuno para planteárnoslo.

La vida humana se presenta siempre como una lucha a muerte entre los dos aspectos de nuestro ser: lo instintivo o biológico y lo espiritual o trascendente. Los seres humanos somos un proyecto a desarrollar y siempre nos encontramos con la necesidad de elegir un camino de salvación o un camino de perdición. El pasaje de las tentaciones nos presenta este dilema con tres tentaciones paradigmáticas de las que nos acechan permanentemente.

La 1ª tentación es la de hacer en todo momento lo que nos pide el cuerpo (comodidad y egoísmo) y negarnos a seguir evolucionando y superándonos porque eso exige esfuerzo, sacrifico, renuncia.

La 2ª es la del ansia de poder para dominar a otras personas y situarnos por encima de ellas. El poder busca convertirse en ídolo sometiéndonos a él para que lo idolatremos y adoremos. Así nos esclaviza y deshumaniza, pues el poder conlleva la opresión, el grave pecado que tanto condena Dios.

La 3ª tentación es la de la vanagloria y la espectacularidad utilizando, incluso, a Dios para que todo el mundo vea lo grandes que somos y nos ensalcen y admiren, de manera que nuestra vanagloria llegue al límite. Es la tentación de no querer aceptar la propia condición de criatura y alcanzar, desde esa condición, la verdadera plenitud.

Para llegar a tu verdadero ser has de vencer estas tentaciones cruzando el desierto que la vida humana supone y liberándote de todo lo que crees ser para llegar a lo que eres de verdad.

El evangelio de hoy nos enseña que el mejor modo de vencer la tentación del enemigo y evitar el pecado, es la oración y la mortificación. Por muy fuerte que sea la inclinación al mal que podamos sentir, siempre la venceremos con la ayuda de Dios y con nuestro esfuerzo. Si actuamos así, estaremos seguros de la victoria; de lo contrario seremos víctimas fáciles del enemigo. Este tiempo de Cuaresma es propicio para esas dos prácticas que tanto bien hacen a nuestra alma. Orar sin cesar, pensar en Dios y pedirle su ayuda continuamente. Es cierto que hay que buscar un rato para estar a solas con el Señor, pero también es cierto que podemos acudir a Dios y pensar en él en medio de nuestro trabajo de cada día, en la calle o en casa; donde quiera que estemos allí está también Dios, dispuesto a escucharnos y a echarnos una mano en nuestras necesidades. Sobre todo recurramos a él, y a su Madre, cuando sintamos cerca al enemigo que nos tienta al pecado.

Y, además, la mortificación, negar a nuestro cuerpo alguna cosa, ser austeros en nuestras comidas y en nuestro modo de vivir. Luchar contra el afán de confort que reina en nuestra sociedad de consumo, el privarse de alguna cosa que realmente no es necesaria, el suprimir un gasto caprichoso y entregar ese dinero a una obra buena, o para socorrer a un pobre. Estas palabras pueden parecer extrañas e incluso desfasadas para el hombre de hoy. Sin embargo, tienen una actualidad perenne porque perenne es el Evangelio, y perenne es nuestra fragilidad para el mal, la inclinación de nuestra voluntad para lo fácil, aunque esa facilidad nos conduzca a nuestra perdición física o moral. Es preciso robustecer la voluntad mediante una ascesis que la haga fuerte y ágil, para que siga con prontitud y eficacia lo que el entendimiento descubre como mejor. Y, sobre todo, hemos de ser fieles a Jesucristo. Cosa imposible sin oración y mortificación.

Este esfuerzo, concretado en la mortificación y espíritu de penitencia propias del tiempo cuaresmal, es lo que la Iglesia nos  recuerda. Si caminamos con Cristo paciente, le acompañaremos también en su itinerario de gloria. Son cuarenta días de desierto que, si los vivimos como es debido, serán la preparación adecuada para la gran fiesta de la Pascua.

Nuestro reto cuaresmal: presentar con nuestra vida el vigor y la fuerza del Evangelio.

Si alguien quiere conocer a Cristo y su Evangelio desde fuera de la Iglesia, no lo tendrá fácil.

Ennuestrasociedadloreligiososelepresentaráamenudocomo“anacrónico”yquedicemuypocoparalavidaactual.Lasceremoniasreligiosasquecontempleyellenguajeeclesiásticoqueescucheleharánpreguntarse:“¿Aquévienetodoesto:hayquevestirseohablarasíyhaceresosritospararelacionarseconDiosovivirelEvangelio?” Quizás se le presente también lo religioso como “autoritario”.

Ante la imposición de verdades y dogmas que hay que aceptar aun sin entender y ante una institución que prohíbe y censura, se planteará la pregunta: “¿Cómo voy a aceptar algo que se me trata de imponer de forma autoritaria?”

Podría tener la impresión de que en las instituciones religiosas hay miedo al avance de la ciencia, el progreso de las ideas y los cambios sociales .Incluso sospechar que lo religioso, tal como a veces es presentado y vivido, se opone a las conquistas más nobles de los pueblos. ¿Cómo percibir entonces a ese Cristo que vino para que tengamos vida y la tengamos en abundancia? Aparte de lo que haya de injusto o verdadero en esta visión de lo religioso, lo cierto es que con esta percepción es casi imposible que una persona llegue a descubrir la luz y la fuerza que Cristo puede infundir a la existencia. Para quienes sólo conocen lo religioso “desde fuera”, la verdadera oportunidad de entrar en contacto con “lo cristiano” y descubrir a ese Dios es encontrarse con hombres y mujeres cuya vida ponga claramente de manifiesto que creer  en Dios hace bien, nos humaniza profundamente y nos da fuerza para hacer un mundo nuevo y vivir con sentido y esperanza. Y la Cuaresma nos llama a ser esas personas nuevas para renacer con Cristo y ser, como Él, verdadera luz y verdadera sal de la tierra.

Un deseo hecho oración

"Dios de misericordia y bondad: al iniciar el camino cuaresmal queremos acercarnos más a Jesús y adentrarnos en su misterio para celebrar de verdad la Pascua.

Ayuda nuestra fe para no domesticar la fuerza de tu Palabra ni aferrarnos al materialismo. Que vivamos desde la caridad y el servicio a todo el mundo. Por Jesucristo, nuestro único Señor. Amén."

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

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