martes, 19 de marzo de 2024

Comentario de las Lecturas de la Solemnidad de San José, esposo de la Virgen Maria.19 de marzo 2024.

La tradición en el culto a San José tardó en tomar fuerza dentro del mundo cristiano, a pesar de ser el padre elegido para Jesús. El motivo más probable es que en sus orígenes los cristianos sólo rendían algún tipo de culto a los mártires y no era el caso de San José.

En los principios del siglo IV ya comenzaba a aparecer el culto a San José entre los Coptos (Egipcios de fe cristiana), apareciendo su festividad en el día 20 de julio del calendario Copto.

En el mundo occidental aparecen las primeras referencias a su culto en el año 1129, donde se encuentra una Iglesia dedicada a su nombre en Bolonia (Italia).


Los padres Carmelitas fueron los primeros en trasladar su culto desde Oriente hasta Occidente de una manera completa y tras su aparición en el calendario Dominico fue ganando cada vez más fuerza.

Durante los años posteriores, grandes personalidades que después fueron santos, en algunos de los casos, tuvieron una gran devoción por San José, lo que hizo que su culto tomase más fuerza. Es significativa la aportación de Jehan Charlier Gerson que en 1400 compuso un Oficio de los Esponsales de San José.

En el pontificado de Sixto IV, San José fue introducido en el calendario romano, que es el que ha llegado hasta nuestros días, en el día del 19 de marzo.

Esto fue fundamental y a partir de ese momento se convirtió en fiesta simple, pasando luego a fiesta doble por Inocencio VIII, fiesta doble de segunda clase por Clemente XI. Finalmente Pío IX le nombró patrono de la Iglesia Católica.

Más recientemente, el admirado pontífice y santo Juan XXIII introdujo su nombre en el Canon romano, que es un parte de la misa que se reza igual en todos los países y en todos los idiomas.

Las lecturas tienen un marcado carácter mesiánico. Dios juró a David que su linaje sería perpetuo y que edificaría su trono para todas las edades (1 lect. y salmo resp.) José, el esposo de María, es de la estirpe de David, padre por la fe, de Jesús, en quien alcanzan su plenitud las promesas hechas por Dios en el Antiguo Testamento (2 lect.). José es modelo de fe, al aceptar la revelación divina sobre el embarazo de María: «No temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo» (Ev.). Así fueron confiados a su fiel custodia los primeros misterios de la salvación de los hombres (orac. colecta). Y él se entregó por entero al servicio del Hijo de Dios hecho hombre (orac. sobre las ofrendas).

 

La primera lectura del Segundo libro de Samuel (2S 7 4-5, 12-14, 16) nos sitúa ante la  profecía de Natán sobre la herencia de David referente al templo Habiendo narrado el autor el episodio del traslado del arca desde Quiriat Jearim a Jerusalén, añade una noticia muy distante, cronológicamente, de la anterior, pero unida por razón del tema. Lo que en esta sección se refiere tuvo lugar hacia los últimos años de David, cuando la paz interior habíase consolidado y en las fronteras del reino imperaba la paz. Israel había dejado de ser un pueblo seminómada. El rey tenía su palacio; sólo el arca ocupaba un edificio provisional y endeble. Este estado precario del arca no podía prolongarse. De sus preocupaciones hizo confidente al profeta Natán.En aquellos días, recibió Natán la siguiente palabra del Señor:

La promesa de la perpetuidad de su trono está condicionada, a que sus sucesores sigan los senderos de Yahvé y cumplan el pacto de la alianza. En el ν. 16 promete Dios a David que su casa y su trono durarán para siempre ante su rostro; pero no especifica cómo se realizará esta promesa. Muchos exegetas no creen que el texto de 2 Sam 7:13-15 se refiera al hijo determinado y concreto de David, Salomón, sino a toda su posteridad.

Ve y dile a mi siervo David: "Esto dice el Señor: Cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza. Él construirá una casa para mi nombre y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él padre, y él será para mi hijo. Tu casa y tu reino durarán para siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre”. Esencialmente, la promesa se refiere a la continuidad de la dinastía davídica en el trono de Israel (v. 12-16), como lo entiende el mismo David. La perspectiva profética, pues, rebasa la persona concreta de Salomón. Entre líneas cabe vislumbrar en el texto un descendiente de David en el que se realizarán todos los matices y pormenores contenidos en el oráculo. De ahí que gran número de exegetas admitan el carácter mesiánico de la profecía, discrepando en señalar la manera como se refiere a la persona del Mesías. Unos explican el texto en sentido exclusivamente mesiánico; otros, en sentido literal, lo refieren a Salomón, y en sentido típico a Cristo. En primer lugar cabe afirmar que el término zera=simiente, designa una colectividad y un individuo particular (v.13). No cabe duda que el oráculo constituye el primer anillo de la cadena de profecías que anuncian un Mesías hijo de David. El Mesías será hijo de David y su reino será eterno: he aquí el sentido pleno que late bajo el sentido obvio de las palabras "El edificará un templo en mi honor..." (2 S 7,13) y que  se cumplió plenamente. Primero en figura, espléndida pero efímera, y luego en la realidad, aunque de forma inaudita y definitiva. En efecto, el primer rey de la dinastía davídica, Salomón, construyó el templo de Jerusalén, una de las maravillas del mundo antiguo. Pero aquel templo sería destruido por los asirios. Después Esdras y Nehemías lo reconstruyen modestamente. Finalmente el templo es restaurado de manera ambiciosa por Herodes.

La profecía será el origen de la espera en el Mesías; profecía que el  Señor Dios cumplirá. Los judíos esperaban esa promesa y en tiempos de Jesús presidía los mejores anhelos del pueblo justo.

 

El responsorial es el Salmo 88 (Sal 88, 2-5, 27, 29). En el  se expresa un profundo contenido mesiánico. En David se fundará un ‘linaje perpetuo’ y se verificará una alianza estable. La relación paternal de Dios con esa descendencia se expresa claramente.

Antes de abordar el tema de la promesa divina hecha a David y su descendencia, el salmista declara solemnemente que las relaciones del Señor con su pueblo y sus fieles se desarrollan siempre conforme a las exigencias de su piedad y fidelidad.

Este modo de proceder del Señor da ánimos al salmista para abordar el problema de las relaciones históricas de su Dios con Israel, su pueblo. La piedad y la fidelidad son dos atributos del Señor que permanecen por siempre, y, por tanto, son indefectibles y aplicables a todas las situaciones. El Señor es el mismo de los tiempos antiguos, cuando protegía a su pueblo; por consiguiente, no puede abandonarlo cuando éste se halle en situaciones críticas. Cantaré eternamente las misericordias del Señor,anunciaré tu fidelidad por todas las edades. Porque dije: "Tu misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu fidelidad. ”. La fidelidad de Dios a sus promesas tiene sus cimientos en los cielos, que son inconmovibles; por eso, sus promesas llevan el sello de la estabilidad inalterable. Y entre ellas sobresale la declarada a David.

 Yo sellé una alianza con mi elegido, jurando a David, mi siervo: Dios es siempre fiel a su Palabra y a sus promesas ". En lenguaje poético expresa el salmista “Le mantendré eternamente mi favor, y mi alianza con él será estable. El me dirá: Tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca salvadora". Es lo que se dice en 2 Sam: Yo seré para él padre y él será para mí hijo. Si hace mal, le castigaré con vara de hombres y con golpes de hombres  (2 Samuel (SBJ) 7,14) y sigue luego: pero no apartaré de él mi amor, como lo aparté de Saúl a quien quité de delante de mí. Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu trono estará firme, eternamente (2 Samuel (SBJ) 7,15) El salmo expresa estos mismos pensamientos con insinuaciones bellísimas, que destacan las relaciones paternales del Señor con la dinastía davídica. David se convierte así en el primogénito del Señor; Y yo haré de él el primogénito, el Altísimo entre los reyes de la tierra(Salmos (Sal 88, 29) y, en consecuencia, se halla exaltado sobre todos los reyes de la tierra. La alianza hecha a su persona se continuará en su posteridad, que mantendrá la realeza por siempre, mientras duren los cielos.

Yo lo constituiré mi primogénito, el más alto de los reyes de la tierra.
Le aseguraré mi amor eternamente, y mi alianza será estable para él.

Por eso David, con toda lealtad, puede llamar Padre a Dios; podrá invocar a Dios pues Él estará siempre dispuesto a protegerlo y a defenderlo de sus enemigos. ¿Habrá amor más grande hacia David, que el que Dios le ha manifestado?.

 

En la segunda lectura  Rm 4 13, 16-18,22 San Pablo, narra a los paganos ya convertidos otra promesa fundamental: la hecha por Dios a Abrahán y que paso de ser un anciano estéril a padre de todos los pueblos.

En el cap 4 San Pablo con una amplia riqueza de palabras y de imágenes, describe el ministerio apostólico como la luz de Dios en las tinieblas del mundo. Al hacerlo, explica de nuevo, con mayor claridad, sus verdaderos objetivos, para defender su ministerio y su conducta ministerial frente a las suspicacias y ataques de que era objeto en Corinto (4,2.5).

Cuando Dios llamó a Abran, prometió, “Y haré de ti una nación grande” (Génesis 12:2). Esa promesa no podía ser cumplida por medio de la obediencia de la ley por Abran, porque serían cuatro siglos más tarde que Dios entregó la ley en Sinai. La virtud de Abran era la fe en vez de la observación de la ley.

La única parte de la promesa que Abraham fue permitido a observar fue el nacimiento de Isaac – su hijo y heredero. “Ni Abraham ni sus más inmediatos herederos – su hijo Isaac y su nieto Jacob – habían tenido propiedades en Canaán, excepto un pequeño campo cerca de Mamre en el que se ubicaba la cueva de Machpelah… Abraham vio la Tierra Prometida y erró por ella como nómada, pero nunca fue suya”. Es por eso que Pablo puede decir que la promesa vino a Abraham por medio de la fe. Vivió y murió sin ver cumplida la promesa de Dios, pero confiando que sería cumplida.

“Abraham, el cual es padre de todos nosotros” (v. 16). San Pablo escribe a una iglesia que incluye a ambos judíos y gentiles. Que él diga que Abraham es “padre de todos nosotros” es algo bastante radical. Cristianos judíos clamarían ser semilla de Abraham por línea sanguínea, pero Pablo nos dice que todo cristiano puede reclamar ser descendiente espiritual de Abraham.

 Según está escrito: «Te he constituido padre de muchos pueblos»; (griego: ethnon – se puede traducir “naciones” o “gentiles”) (v. 17).

la promesa está asegurada ante aquel en quien creyó, el Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia lo que no existe. (v. 17). Pablo se fija en dos atributos de Dios:

Primero, Dios “da vida á los muertos.” Esto hace pensar de Abraham y Sara, quienes se creían muertos, pero por la gracia de Dios dieron vida a descendientes “como las estrellas del cielo en multitud, y como la arena inmunerable que está á la orilla de la mar” (Hebreos 11:12. Véase también Génesis 17:15-21; 18:11-14). También hace pensar de los huesos secos que revivieron ante la palabra de Dios (Ezequiel 37). El punto de Pablo es que gentiles estaban espiritualmente muertos, pero el Dios que revive los muertos ha respirado vida aún en el pueblo gentil.

Segundo, Dios “llama las cosas que no son, como las que son.” “El verbo llamar puede significar nombrar o convocar. También puede significar crear, y ése es el significado que encontramos aquí… Pablo habla de Dios creando, por medio de su llamada, algo de nada (Morris, 208-209). Igual que Dios creó un pueblo de Dios de los descendientes carnales de Abraham que se hallaban convertidos en esclavos en Egipto, también así Dios ha creado un pueblo de Dios de entre gentiles humildes.

El (Abrahan) creyó en esperanza contra esperanza, para venir á ser padre de muchas gentes (v. 18). Abran encuentra una promesa contra un problema. El problema era que él y su esposa, Sarai, eran ancianos – el tiempo de criar niños ya muy pasado. Pero Dios le había enseñado a Abran las estrellas, diciendo, “Así será tu descendencia” (v. 18).

Por lo cual le valió la justificación”. Necesitamos hacer lo que hizo nuestro Padre Abraham. Necesitamos creer que Dios puede hacer lo imposible y que nada es demasiado difícil para Dios. Necesitamos creer en el poder y las promesas de Dios, sin dudar. Necesitamos creer y estar dispuestos a obedecer voluntariamente a Dios, salir de este mundo y apartarnos del pecado.

También necesitamos confiar en la guía y dirección de Dios al llevarnos a un territorio desconocido. En nuestro viaje como extranjeros y peregrinos en el mundo, necesitamos mirar en fe al venidero Reino de Dios y en la nueva Jerusalén. Nuestra fe en la herencia futura en el mundo que vendrá debería motivarnos a vivir nuestra vida por fe.

Finalmente, por medio del ejemplo de Abraham, vemos que debemos demostrar nuestra fe en Dios por la obediencia y haciendo buenas obras que demuestran nuestra fe. Nuestra fe es perfeccionada al hacer buenas obras.

Tener fe y hacer buenas obras es una fe viva. “Yo te mostraré mi fe por mis obras” (Santiago 2:18).

 

El evangelio de hoy  (Mt 1, 16, 18-21, 24), forma parte del primer capítulo de Mateo que a su vez forma parte de la sección referente a la concepción, nacimiento e infancia de Jesús. El centro de todo el relato es la persona de Jesús a la que se suman todos los sucesos y las personas mencionadas en la narración.. Se debe tener presente que el Evangelio revela una teología de la historia de Jesús, por eso, al acercarnos a la Palabra de Dios debemos recoger el mensaje escondido bajo los velos de la historia sin perdernos, como sabiamente nos avisa San Pablo, “en las cuestiones tontas”, guardándonos “de las genealogías, de las cuestiones y de las discusiones en torno a la ley, porque son cosas inútiles y vanas”. (Tm 3:9)

Este texto se conecta a la genealogía de Jesús, que Mateo compone con el intento de subrayar la sucesión dinástica de Jesús, el salvador de su pueblo (Mt 1:21). A Jesús le son otorgados todos los derechos hereditarios de la estirpe davídica, de “José, hijo de David” (Mt 1:20;) su padre legal. Para el mundo bíblico y hebraico la paternidad legal bastaba para conferir todos los derechos de la estirpe en cuestión (cf.: la ley del levirato y de la adopción Dt 25:5 ss) Por esto, después del comienzo de la genealogía, a Jesús se le designa como “Cristo hijo de David” (Mt 1:1), esto es, el ungido del Señor hijo de David, con el cual se cumplirán todas las promesas de Dios a David su siervo.

Jesús nace de “María desposada con José” Mt 1:18a) que “se halló en cinta por obra del Espíritu Santo” (Mt 1:18b). Mateo no nos cuenta el relato de la anunciación como lo hace Lucas (Lc 1, 26-38), pero estructura la narración desde el punto de vista de la experiencia de José el hombre justo. La Biblia nos revela que Dios ama a sus justos. Pensamos en Noé “hombre justo e íntegro entre sus contemporáneos” (Gén 6:9). O en Joás que “hizo lo que era recto a los ojos del Señor” (2Re 12:3).

Una idea constante en la Biblia es el “sueño” como lugar privilegiado donde Dios da a conocer sus proyectos y planes, y algunas veces revela el futuro. Bien conocido son los sueños de Jacob en Betel (Gén 28: 10ss) y los de José su hijo, como también los del coopero y repostero prisioneros en Egipto con él, (Gén 37:5ss; Gén 40:5ss) y los sueños del Faraón que revelaron los futuros años de prosperidad y carestía (Gén 41:1ss).

A José se le aparece “en sueños un ángel del Señor” (Mt 1.20) para revelarle el plan de Dios. En los evangelios de la infancia aparece a menudo el ángel del Señor como mensajero celestial y también en otras ocasiones esta figura aparece para tranquilizar, revelar el proyecto de Dios, curar, liberar de la esclavitud (cf.: Mt 28,2). Muchas son las referencias al ángel del Señor también en el Antiguo Testamento, donde originariamente representaba al mismo Señor que cuida y protege a su pueblo siempre acompañándolo de cerca.

 

Para nuestra vida

En medio de la cuaresma se presenta la fiesta de San José, esposo de la Virgen María y padre adoptivo de Jesús, que es una explosión de alegría en medio de la austeridad cuaresmal. En todo el mundo hispánico, es patrón de numerosas ciudades y de muchas personas. Los nombres de José, Josefa, Pepe, Pepita y todas sus variantes son, sin duda, los más frecuentes de los censos de los hispanohablantes. En España, por ejemplo, Valencia celebra la Fiesta de las Fallas, donde arden a las doce de la noche de la festividad unos peculiares monumentos de madera y cartón piedra, y que sin duda tienen una interpretación finalista y penitencial. Se queman los malos modos, se incendian los viejos pecados.

Hoy se nos invita a contemplar como en San José, Dios, confió los primeros misterios de la Salvación. Su figura aun teniendo su protagonismo en los aledaños de la Navidad es en la cuaresma cuando, su persona, nos prepara para celebrar la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Es también compás que precede a la melodía de la Encarnación de Cristo en María. Es, además, un momento privilegiado para felicitar a los padres que, día a día, se vuelcan en sus hijos y –además- como San José intentan educar, dirigir y orientar la vida de los suyos.

Es, por otra parte, una jornada necesaria para rezar por las vocaciones sacerdotales. Para preguntarnos sobre la salud espiritual de nuestras diócesis que, en el Seminario, se puede ver perfectamente reflejada. Algo no funciona bien “en las carpinterías de nuestras parroquias” cuando, en ellas, nos cuesta animar a nuestros jóvenes a encauzar su futuro desde la opción sacerdotal.

.San José, pertenece a esa inmensa cadena de personajes que desemboca en Jesús. Es, entre otras cosas, el héroe del silencio: no habla pero dice. Es, además, el soñador de lo divino: duda pero, en sueños, sus dudas se desvanecen. Es, por otra parte, el que sin ruido pero sin pausa se convierte en el principal confidente, acompañante, educador y fiel hasta los últimos días en el crecimiento de Jesús.

 

La primera lectura del Segundo Libro de Samuel incide, sobre todo, en la ascendencia familiar de David sobre Jesús, a través de San José. Y es que para el pueblo judío la llegada del Mesías era una promesa que Dios había hecho a la estirpe de David.

José es descendiente de la familia de David, con lo que en Jesús –su Hijo adoptivo- se cumple la promesa hecha al rey David de poner a un descendiente suyo en ese trono que duraría por siempre en la Presencia de Dios.

Destruido el templo,  la profecía hecha a David se cumpliría... Un nuevo templo se alza, no sobre la gran explanada de Herodes sino sobre la nueva Jerusalén. Pero ahora el templo es el Cordero, Cristo mismo glorificado, la nueva Shekiná, la misteriosa y amable presencia de Dios en medio de su Pueblo.

 

El salmo nos habla de la fidelidad de Dios a David. En este salmo 88 hay frases de hondo contenido mesiánico y por ello está muy bien elegido en esta fiesta de San José. Pero hay que decir también que el salmo 88 tiene un contenido no homogéneo. Etán fue su primer redactor pero luego fue reelaborado para darle ese contenido mesiánico fijado en la figura del Rey David.

A nosotros, Dios nos ama por medio de Cristo, Dios nos ha amado hasta el extremo. Desde Cristo Dios no sólo es llamado Padre nuestro, sino que en verdad lo tenemos por nuestro Padre. Cuando nos acercamos a pedirle perdón Él nos recibe y nos vuelve a enviar como testigos de su amor y de su misericordia. Por eso aprendamos a no luchar contra las fuerzas del mal con nuestros propios recursos, pues saldríamos vencidos. Pongámonos en manos de Dios y hagamos nuestra la Victoria de Jesucristo sobre el pecado y la muerte.

Dios es siempre fiel a sus promesas; su amor hacia los suyos jamás dará marcha atrás, pues lo que Dios da jamás lo retira. Él escogió a David como siervo suyo; lo ungió y, poniéndolo al frente del Pueblo, Dios siempre estuvo de su lado.

 

San Pablo en el fragmento de hoy de su Carta a los Romanos nos habla de Abraham, el padre de todos los creyentes, porque creyó contra toda esperanza que sería padre de muchas naciones. ¡Buen ejemplo de fe!

"Te hago padre de muchos pueblos" (Rm 4, 17) De nuevo otra profecía mesiánica. En esta ocasión fue Abrahán quien recibe esta promesa de una generación numerosa, la mejor bendición que se podía recibir en aquellos tiempos. El patriarca creyó en la palabra de Dios, a pesar de que Sara era estéril y luego sólo tuvo un hijo... También José es llamado patriarca, pues también él creyó en las palabras misteriosas del arcángel Gabriel.

 

El Evangelio de San Mateo se refiere a la herencia davídica de Jesús, a través de José de Nazaret, al igual que ya lo hemos escuchado en la primera lectura. Pero además el Evangelio nos revela que, como a José, nunca nos faltará el apoyo de Dios en situaciones difíciles y de difícil valoración para nosotros. El Ángel del Señor explicó a José cual era el Camino.

Destaca los aspectos de fe y confianza en Dios, San Mateo nos cuenta que fue Jacob quien engendró a José y así Jesús recibe la herencia antigua. Y nos relata el mundo de dudas en el que se vio inmerso San José ante la futura maternidad de la Virgen. Para sacarle de dudas se le parece un ángel en sueños que, además, la llama “José, Hijo de David, confirmándose una vez más el linaje que es portador de la promesa divina. Y esa visita del ángel del Señor es paralela y coincidente con la presencia de Gabriel ante la Virgen María en el momento de la Anunciación. El fruto del vientre de María procede del Espíritu Santo y vendrá al mundo para salvar al pueblo de su pecado.

Así lo llama el Ángel cuando se manifiesta en sus sueños en el momento en que lo consumía la preocupación por la situación que generaba el aparentemente injustificado embarazo de María, su esposa. Como a José, el Señor siempre nos muestra cual es el Camino.

Dios cuenta con un hombre humilde y sencillo. El Señor confía y valora las capacidades humanas, los deseos sinceros de amar de José, de serle fiel. Por eso, en este día deseamos aprender primero de Dios que quiso contar con sus criaturas –fiado de ellas-- para llevar a cabo su plan de Redención: la empresa más grande jamás pensada. También aprendemos de José que no defraudó a quien había depositado en él su confianza. La confianza que Dios deposita en José pone de manifiesto hasta qué punto Dios valora a las personas. Somos ciertamente muy poca cosa, apenas nos cuesta reconocerlo, al contemplar la fragilidad e imperfección humanas, sin embargo, Dios no sólo ha tomado nuestra carne naciendo de una mujer, sino que se dejó cuidar en todo en su primera infancia por unos padres humanos; y luego, algo mayor, aprendió quizá sobre todo de su padre, José, las costumbres y tradiciones propias de su región, de su país, de su culto.

Las narraciones evangélicas nos hablan de José y de su fidelidad. Estando desposado con la Virgen María y comprendiendo que Ella esperaba un hijo sin que hubieran convivido, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Así manifiesta su virtud: decidió retirarse del misterio de la Encarnación sin difamar a María y fue necesario que un ángel le dijera: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, pues lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”.

Con la misma propiedad con la que se puede decir que el ángel del Señor anunció a María su futura y divina maternidad, también se puede decir que el ángel del Señor anunció a José su deber de aceptar a María como su esposa y mujer. Como María dijo su famoso y trascendental “fiat”, hágase, así José “hizo como el ángel del Señor le había mandado”. Y las mismas dificultades que había tenido María para rendirse a la voluntad del Señor, las tuvo José, y quizá mayores, para obedecer la voz del ángel.

Muy mal tuvo que pasarlas José, desde el momento mismo en que empezó a darse cuenta de que su esposa estaba embarazada. Seguro que fueron días y noches de un inmenso pesar y de un desconsuelo total. José amaba a María y confiaba en ella; estaba dispuesto a poner la mano en el fuego por la inocencia y bondad de su esposa. Pero las evidencias eran innegables y él no podía negar la evidencia. ¿Qué hacer? Nos dice el evangelio que “como era justo y no quería ponerla en evidencia, decidió repudiarla en secreto”. Esta actitud y esta decisión de José, a mí siempre me ha parecido algo grandioso y admirable. José conocía muy bien las leyes judías y sabía que denunciar públicamente a su esposa, acusándola de infidelidad, podía llevar a esta a morir apedreada en la calle pública. José prefiere renunciar a su esposa, a la que amaba más que a sí mismo, antes que exponerla a una afrenta y muerte escandalosa e inmerecida. El cumplimiento de la Ley era para José mucho menos importante que el bien de su esposa. Su propio bien y satisfacción personal era menos importante que el bien de la persona a la que amaba. En estos tiempos de tanta violencia machista, el ejemplo del amante y buen esposo José puede y debe ser para nosotros un ejemplo a seguir.

José es justo y cumple su misión calladamente. Se dispone a hacer como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su esposa. San José, que era justo, decidió abandonarla en secreto. Legalmente podía haberla denunciado y María seguramente habría sido lapidada en público hasta morir, tal como estaba mandado en la ley judía. Pero José, precisamente porque era justo y sabía, porque se lo decía su corazón, que María era inocente, no quiso hacer uso de la justicia legal. Él sabía que la verdadera justicia, la justicia bíblica que aplicaba Yahveh, el Dios de la justicia, era siempre una justicia moral, es decir, una justicia misericordiosa y compasiva. Su hijo, Jesús, sería después el modelo y predicador de esta justicia misericordiosa. La justicia legal, aplicada sin amor y misericordia, se convierte muchas veces en cruel injusticia. También en esto San José debe ser para nosotros, los cristianos, un modelo imitable. Debemos buscar siempre la justicia que salva y construye, no la que condena y destruye. La justicia de Dios es siempre una justicia de Padre, antes que una justicia de juez. Así debe ser nuestra justicia, así fue, en este caso, la justicia que inspiró el comportamiento generoso de José.

Y cuando ella dio a luz un hijo; comienza su misión de padre del Redentor según el plan divino. Una tarea sobrenatural –como deben ser todas las tareas humanas- que vivió confiando en Dios mientras veía que Dios había confiado en él.

En este día deseamos aprender primero de Dios que quiso contar con sus criaturas –fiado de ellas--para llevar a cabo su plan de Redención: la empresa más grande jamás pensada. También aprendemos de José que no defraudó a quien había depositado en él su confianza. Jesús recibió de modo especial hasta su madurez los cuidados de José. El que era su padre ante la ley le transmitió su lengua, su cultura, su oficio... La confianza que Dios deposita en José pone de manifiesto hasta qué punto Dios valora al hombre. Somos ciertamente muy poca cosa, nos cuesta reconocerlo, al contemplar la fragilidad e imperfección humanas. Sin embargo, Dios no sólo ha tomado nuestra carne naciendo de una mujer, sino que se dejó cuidar en todo en su primera infancia por unos padres humanos; y luego, algo mayor, aprendió quizá sobre todo de su padre, José, las costumbres y tradiciones propias de su región, de su país, de su culto.

En su fiesta, nos encomendamos al que fue siempre fiel a Dios, al que contó en todo con la confianza de su Creador. Le pedimos nos consiga de Dios la gracia de una fe a la medida de la suya cuando cuidaba de Jesús y de María; una fe que nos lleve a sentirnos más responsables con Dios, que también se hace presente en nuestra vida y confía en el amor de cada uno.

 

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

 

 

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