sábado, 11 de febrero de 2023

Comentario a las lecturas del VI Domingo del Tiempo Ordinario 12 de febrero de 2023

La fraternidad -solidaridad- constituye lo más típico del culto cristiano. A los cristianos nuestra liturgia nos invita a la solidaridad. No olvidemos que la palabra "liturgia" se deriva de un verbo griego que significa "servir".

Las lecturas de este domingo nos iluminaran y motivaran para vivir la invitación de Manos Unidas, que nos propne la plena solidaridad.

La primera lectura  (Eclo 15,15-20) aborda el eterno problema humano de la responsabilidad del pecador y expone la forma en que a su juicio es posible resolverlo.

Lo que no cabe es que el pecador haga responsable de sus pecados al Señor y le eche la culpa. El buen sentido dice que «el Señor aborrece la maldad y la blasfemia» (13). Por tanto, también han de aborrecerlas quienes lo temen. El responsable de sus culpas es el hombre, al que «el Señor creó y lo dejó en manos de su albedrío» (14). A partir de ese momento, es el hombre, y sólo él, quien debe escoger entre lo que tiene delante: agua y fuego, vida y muerte. Sin embargo, el Señor no lo pierde de vista, contempla qué hace y advierte quiénes lo temen y quiénes no, sin intervenir para nada en las decisiones humanas.

"Si quieres, guardarás sus mandatos": El contexto de esta primera lectura viene centrado en la reafirmaciòn de la libertad del hombre a la hora de elegir él mismo el camino de la sabiduría o el camino del pecado. El bien y el mal aparecen ante el hombre para que éste realice su opción.

- "Es inmensa la sabiduría del Señor, es grande su poder y lo ve todo": Al lado de la afirmaci6n sobre la libertad del hombre encontramos la afirmación del poder de Dios. Un poder, pero, que no incapacita en absoluto al hombre para ejercer su libertad. El mal y el pecado no proceden de Dios, sino de la libre elección del hombre.

La enseñanza del libro del Eclesiástico es pues bien clara:  el mal no procede de Dios, sino que tiene su causa en la libertad del hombre únicamente. Dios no quiere jamás el mal. Si éste se da, lo castiga. Ante el hombre siempre está la posibilidad de la vida o la muerte (pecado). El hombre, si quiere, puede optar por la primera, pero, si elige el pecado, la responsabilidad es sólo suya. Libertad y responsabilidad del hombre. " A nadie obligó a ser impío, y a nadie dio permiso para pecar".

Solamente una seria reflexión sobre el pensamiento bíblico nos revela el profundo amor del mandamiento como liberación de los peligros, de la muerte. Los mandamientos son el sendero para la realización de nuestro "mejor yo", de nuestro mejor "nosotros".

Mandato, mandamiento, precepto, obligación son palabras que nuestra sensibilidad, consciente o inconsciente, acusa como motivo de un cierto malestar. Nos molesta lo impuesto, aunque sea de Dios. Nos hemos educado en una "falsa conciencia" que dio por resultado el "aceptar" que lo molesto, lo duro y hasta lo imposible era signo de una "perfección, por otro lado también, casi imposible o reservada para los "santos".

Este hecho tiene su explicación y hemos de ser sinceros y escudriñar nuestro interior. La queja, tantas veces oída, de que los mandamientos de Dios eran negativos más que positivos es consecuencia de una visión incompleta y muy tosca del pensamiento bíblico. Escritor famoso hubo entre nosotros que dijo: "El Padrenuestro está muy bien escrito... los mandamientos no tanto".

¿Qué es el mandamiento, los mandamientos, en el pensamiento bíblico? ¿Cómo puede haber el gran "mandamiento" del amor? En esta lectura podemos encontrar el sentido del mandato y la superación de perspectivas cortas y hasta inexactas.

Para el pueblo de Israel, como más tarde para el pueblo cristiano, el mandamiento no tiene el sentido de "ley" de la mentalidad moderna. El mandamiento es una propuesta de libertad, aunque nos parezca paradójico. El Dios de la Alianza establece unos mandamientos que son cuestión de vida o muerte.

El cumplirlos es vivir, el olvidarlos es morir. Y el hombre tiene libertad para elegir entre la vida o la muerte. El mandamiento es el camino de la salvación. Y la salvación no se impone. Es convocatoria positiva.

Descubrir en el mandamiento la vida, la auténtica vida, nuestra mejor vida, es entrar en el ámbito de la fe que es situar nuestra vida donde realmente está: ante Dios. Y ante Dios sólo hay una salida: la salvación. Pero todo esto "si quieres".

No hay lugar para una concepción fatalista de los acontecimientos.

El salmo (Sal 118,1-2.4-5.17-18.33-34)

Después de una larga noche de espera y vigilia orante en el templo, cuando aparece en el horizonte la aurora e inicia la liturgia, el fiel está seguro de que el Señor escuchará a quien ha pasado la noche orando, esperando y meditando en la Palabra divina. Confortado por esta certeza, ante la jornada que se abre ante él, ya no temerá los peligros. Sabe que no lo alcanzarán sus perseguidores, que lo asedian a traición, porque el Señor está junto a él.

El salmo 118 es un canto a la Ley, de un piadoso israelita que vive en un ambiente de indiferencia religiosa, muy parecido a muchos de nuestros ambientes actuales. La Ley significa, para él, la revelación, las promesas, la palabra misma de Dios que se dirige a su pueblo.

El Salmo responsorial muestra la fidelidad a la Ley por parte del judío piadoso: “dichoso el que, con vida intachable, guarda tus preceptos. Tú los promulgas para que se observen exactamente. Ojalá esté firme mi camino para cumplir. Viviré y cumpliré tus palabras. Las seguiré puntualmente. Enséñame a cumplir y a guardar tu Ley”. La interpretación de Jesús, en los 3 casos, pareciera -a simple vista- que radicaliza aún más extremadamente el cumplimiento de la Ley, ya que no es suficiente no matar, sino que también es culpable el que se enoja y el que insulta a su hermano. No es suficiente no cometer adulterio, sino que ni siquiera hay que desear a una persona comprometida. No es suficiente no jurar, sino que hay que discernir la intención de cada sí y de cada no. Sin embargo, si observamos más profundamente, no radicaliza el cumplimiento de la Ley, la cual no solo contenía los diez mandamientos, sino que además había en toda la Torá, que es así como llamaban a la Ley, 613 preceptos.

Puesto en el umbral del domingo, el fragmento del salmo 118 que vamos a escuchar puede darnos el sentido pleno de nuestro día festivo. El autor del salmo es un joven y piadoso israelita que se encuentra rodeado de indiferencia religiosa y nos hace participar de sus sentimientos, manifestándonos su propia experiencia: «¡Estoy tan afligido! Mi vida -la vida de mi integridad religiosa- está siempre en peligro, porque los malvados constantemente me tienden un lazo. Pero yo -dice al Señor- encuentro siempre luz en tu palabra, ella es una lámpara para mis pasos; iluminado por ella, aunque las tentaciones sean recias, yo no me desviaré de tus decretos».

El domingo será para nosotros y para todos los cristianos el día de la palabra amorosamente escuchada y meditada. Rodeados durante la semana de enemigos, al empezar el domingo nos disponemos a colocar la lámpara de la palabra divina ante nuestros ojos; ella iluminará nuestros pasos y así nosotros, aunque se presenten dificultades numerosas, llegaremos a poseer la alegría de nuestro corazón, nuestra herencia perpetua, inaugurada por la resurrección de Cristo en el primer domingo que vivió la humanidad.

La segunda lectura  (1 Cor 2,6-10) Después de una ardua discusión entre el contraste que existe entre la sabiduría humana y la sabiduría de Dios, el apóstol de los gentiles nos muestra las características de la verdadera sabiduría. En aquel entonces la iglesia de Corinto se encontraba influenciada por algunas filosofías y sectas heréticas que proclamaban tener la verdadera sabiduría, entre ellos los gnósticos; pero Pablo ha refutado haciéndoles ver que la sabiduría que busca la exaltación del propio ser y está basada en los conceptos terrenales es completamente vana. Además afirma que la verdadera sabiduría proviene de Dios y se encuentra contenida en el mensaje del evangelio, que es el mensaje de la Cruz. Ahora les enseña a sus lectores las características de esta.

En primer lugar, la verdadera sabiduría que procede únicamente de Dios instruye y vuelve maduros a aquellos que se expone a ella. Como creyentes se espera que crezcamos y maduremos en la vida cristiana pero esto es posible únicamente a través del conocimiento exacto de la palabra de Dios: “La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; el testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo”, (Salmo 19:7). Cada cristiano es responsable por buscarla con diligencia y así conocer el temor de Dios: “Hijo mío, si recibieres mis palabras, y mis mandamientos guardares dentro de ti, haciendo estar atento tu oído a la sabiduría; si inclinares tu corazón a la prudencia, si clamares a la inteligencia, y a la prudencia dieres tu voz; si como a la plata la buscares, y la escudriñares como a tesoros, entonces entenderás el temor de Jehová, y hallarás el conocimiento de Dios”, (Proverbios 2:1-5). Sin embargo, a pesar de que la verdadera sabiduría se encuentra en la Biblia y ella puede hacernos crecer y madurar, no todos los creyentes son responsables en su búsqueda, incluso la misma iglesia de Corinto, aunque algunos se jactaban de ser sabios, eran inmaduros lo cual se reflejaba en su conducta carnal: “De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía,   porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres?”, (1 Corintios 3:1-3). El mismo autor a los hebreos identifico la falta de avance que los cristianos judíos habían tenido en crecer en el conocimiento del evangelio: “Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido”, (Hebreos 5:12). Y el mismo apóstol Pedro exhorta a sus lectores en crecer no solo en la gracia del Señor sino también en su conocimiento: “Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo”, (2 Pedro 3:18). Toda esta insistencia en conocer la palabra de Dios es porque nos ayuda a madurar, al ponerla por obra sabremos que estamos haciendo la voluntad de Dios y ella misma nos capacitara para ser hombres y mujeres preparados para toda buena obra: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”, (2 Timoteo 3:16-17).

La segunda característica de la verdadera sabiduría de Dios es que esta es un misterio: Más hablamos sabiduría de Dios en misterio. En la Biblia la palabra misterio tiene un significado diferente al que usualmente se le da en el mundo, y esta viene del griego mustérion (μυστήριον), la cual se usa para referirse a una verdad espiritual que estaba oculta para la humanidad, pero que ahora es revelada por el evangelio. Por tanto, la sabiduría que proviene de Dios es un misterio que le es revelada a sus hijos por medio del mensaje del evangelio la cual fue predestinada desde antes de los siglos para gloria de los mismo cristianos.

La tercera característica de la sabiduría que proviene de Dios es que está reservada solo para los cristianos, para los incrédulos de este mundo está oculta. Esto es así porque esta sabiduría se obtiene únicamente con la ayuda del Espíritu Santo, el cual el hombre natural no posee, tal y como lo dice más adelante: “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente”, (1 Corintios 2:14). Los príncipes de este siglo a los que se refiere Pablo son de acuerdo a la mayoría de comentarista los líderes judíos que crucificaron a Jesús, los cuales aunque tuvieron la oportunidad de conocerlo y escuchar sus enseñanzas, sus corazones se cerraron para creer. De igual forma el mundo cierra su corazón para no creer en el mensaje del evangelio, rechazando así la única fuente de sabiduría incluyendo la vida eterna.

En la sabiduría se encuentran ocultas todas las mayores riquezas espirituales que proviene únicamente de Dios.

La sabiduría que proviene de Dios trae a la vida del hombre cosas inefables, que jamás en vida se pensó disfrutar, la verdadera riqueza no se encuentra en nada que este mundo pueda ofrecer, sino en una herencia espiritual la cual Dios ha preparado para todos aquellos que le amen y abracen su santo evangelio. Por eso, Jesús exhorto a sus discípulos a no poner tanto esfuerzo por hacer riquezas materiales, las cuales pueden ser robadas o perdidas, sino a invertir en el reino de Dios: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”, (Mateo 6:19-21). Para poder ver esto y hacerlo así se requiere tener sabiduría para discernirlo correctamente, y solamente Dios puede darla.

 

En el evangelio de hoy  (Mt 5,17-37) Jesús , siguiendo con el Sermón del Monte, nos presente unas enseñanzas profundas y actuales. Destacar dos aspectos:

* la vigencia del Antiguo Testamento y

*la fidelidad matrimonial como camino de estabilidad solidaria.

El Evangelio de Mateo fue escrito antes del año 70 de nuestra era, para judíos que se habían convertido al cristianismo y es, por eso, que tiene especial interés por las citas del Antiguo Testamento, el cumplimiento de las profecías, la revelación de Jesús como el Mesías esperado por Israel, la alusión a las costumbres y tradiciones judías, y la referencia a Ley religiosa dada por Moisés. En el pasaje de hoy, Jesús se comporta bastante provocativamente respecto a la Ley. De hecho, aunque afirma que no ha venido a abolirla, la re-interpreta y la modifica. En esta ocasión toma 3 casos de la Ley: el homicidio, el adulterio y el juramento. En los tres casos arguye de la misma manera diciendo: “han oído que se dijo a los antepasados… Pero yo les digo”. La expresión “a los antepasados” se refiere a la tradición. Por lo tanto, es muy consciente de que va alterar una tradición de siglos. Ningún maestro de la Ley, ningún escriba y ningún sacerdote de la Antigua Alianza se hubiera atrevido a tanto. De hecho, los maestros de la Ley la estudiaban, la interpretaban y la explicaban; pero nunca la modificaban. Además, la mención “han oído que se dijo” nos hace preguntarnos acerca de quién es el que dijo los mandamientos de la Ley. Ciertamente no fue Moisés, él solo fue el mediador. Quien pronunció y escribió los mandamientos en las tablas de la Ley fue, nada menos, que el mismísimo Dios. Por consiguiente, Jesús, no solo interpreta y modifica la Ley, sino que pone su autoridad al mismo nivel que la de Dios. Para nosotros, cristianos, que sabemos que Jesús es el Hijo de Dios, no nos resulta escandalosa esta actitud; sin embargo, para los judíos de entonces era, ciertamente, muy provocativa. Jesús ostentó la misma autoridad que tiene Dios y puso a la Ley, a Moisés, a la tradición de los antepasados y a todos los que interpretaban la Ley, por debajo de Él. Para la sensibilidad religiosa del pueblo de Israel, esto era muy desestabilizador. 

Jesús  afirma que ha venido a dar plenitud a la Ley. Esa plenitud no fue un mayor fundamentalismo de la Ley, sino profundizarla, interiorizarla, llevarla al corazón, como lo habían hecho algunos profetas del Antiguo Testamento, como Jeremías o Isaías. Para Jesús, no interesa el mero cumplimiento externo, sino las decisiones del corazón. En el lenguaje bíblico, corazón es también el ámbito de la conciencia y de las 4 decisiones. En el mismo Evangelio de Mateo, Jesús dice: “del corazón provienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios y las calumnias. Estas cosas son las que contaminan al hombre” (Mt 15,19-20). Por lo tanto, Jesús está diciendo que hay formas de matar con el corazón; por ejemplo, la violencia del enojo y del insulto. Hay formas de ser adúltero con el pensamiento; por ejemplo, deseando a quien no corresponde y hay formas de no decir la verdad; por ejemplo, usando ambiguamente un sí por no o un no por un sí. La plenitud de la Ley no está en la obra externa y en el mero cumplimiento, ya que, en el cumplimiento, “cumplo y miento” o como dice el refrán popular “hecha la Ley, hecha la trampa”, sino en discernir las decisiones del corazón.

No se trata de diferenciar entre el bien y el mal, sino sopesar nuestras opciones y las consecuencias de vida y las consecuencias de muerte que conllevan. No es lo mismo tomar las decisiones en términos de bien y de mal, de premios o de castigos, que asumirlas con sus consecuencias de vida o consecuencias de muerte. De hecho, la primera lectura afirma: “ante los hombres está la vida y la muerte” (Eclo 15,17). Jesús, lejos de extremar la radicalidad de la Ley, la simplifica, la esencializa. De hecho, solo otorga un solo Mandamiento, en el cual se reducen todos los otros, el Mandamiento del amor (cf. Jn 15,12.17).

No solo que reduce la Ley -de 613 preceptos, los lleva a uno solo, lo cual es un gran alivio y liberación- sino que su ética consiste en ponernos frente a nuestro propio corazón y discernir las opciones de vida y las opciones de muerte que realizamos. Por eso el Apóstol San Pablo, en la segunda lectura, afirma que esto es una sabiduría para los maduros y adultos en la fe (cf. 1 Co 2,6) y, en una de sus cartas, sostiene que el amor es la única deuda que nos debemos unos a otros, ya que en el amor se cumple toda la Ley (cf. Rm 8,13). Ojalá que nosotros, como cristianos, no nos perdamos en disquisiciones sobre lo que está bien o lo que está mal, sino que cada uno discierna -en su propio corazón- las elecciones y las consecuencias que favorecen los frutos de vida o los frutos de muerte.

El evangelio nos presenta a Jesús y su relación con la Ley. Del Mesías se esperaba que trajera la nueva Torá, su propia Torá. La Torá es el libro que contiene la Ley y la identidad del pueblo israelita. Jesús nos presenta una “nueva” Ley, basada ahora sobre la libertad; ahí radica la paradoja, una Ley para ser libres. Esa libertad, por tanto, tiene un contenido, una orientación, y por ello está en contradicción con todo lo que esclaviza. La “Torá del Mesías” es totalmente nueva, diferente, pero precisamente por eso “da cumplimiento” a la Torá de Moisés. No se trata de abolir sino de dar cumplimiento, y este cumplimiento exige algo más y no algo menos de justicia: «porque os digo que si vuestro modo de obrar no supera al de los letrados y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos». Jesús viene a presentar cuatro grandes temas para ponerlos en cuestión; sobre la ofensa, el adulterio, el divorcio y respecto a los juramentos. El Antiguo Testamento dice «no matarás, no cometerás adulterio, no jurarás»: ciertamente, no todos somos asesinos, pero en el interior del ser humano hay ira, odio, violencia; no todos son adúlteros, sin embargo los pensamientos y relaciones de los hombres no buscan la continuidad y la fidelidad; no todos juran, pero si levantan falsos testimonios y no van con la verdad por delante. Jesús comenzando su predicación sobre el homicidio, cita el libro del Éxodo donde se encuentran escritos los mandamientos, conocidos también como la Ley. Las penas aquí señaladas guardan relación con la gravedad de la ofensa. Jesús presenta algo novedoso para ese momento: la reconciliación. Siguiendo con la lógica anterior sobre el homicidio, cuando Jesús habla de adulterio no se trata sólo de no cometer adulterio, sino también de no querer cometerlo. Hay que tener también un corazón limpio y desinteresado. El ejemplo de Jesús nos habla del corazón y no de la mirada. El “cielo, la tierra y Jerusalén” eran fórmulas usadas para evitar jurar por Dios pero se referían a Él como se aclara en los versículos siguientes. Jesús lleva el corazón de la cuestión de los juramentos, votos y promesas al lugar central: la credibilidad personal. La mejor manera de gozar de la credibilidad en el prójimo no es haciendo promesas irresponsables como suelen hacer los demagogos, sino diciendo la verdad.

Para nuestra vida.

 

La primera lectura nos recuerda que tenemos ante nosotros, de forma continua, dos caminos: uno que nos aleja de Dios, otro que nos acerca a Él. Uno, es verdad, fácil de recorrer, cómodo de andar, atractivo a nuestros intereses. El otro duro y estrecho, poco apetecible a nuestro espíritu cómodo. Pero ya sabemos por la fe, y muchas veces  por la experiencia, que al término del camino ancho nos aguarda la tristeza, el fracaso, la angustia, la muerte. En cambio, después de recorrer el camino duro encontramos la paz, la alegría, la esperanza, la vida.

.- Si quieres, guardarás sus mandamientos, porque es prudencia cumplir su voluntad… Ante ti están fuego y agua, echa mano a lo que quieras. En este texto del libro del Eclesiástico aparece el problema de la libertad humana. Dios quiere que le amemos y cumplamos sus leyes, no a la fuerza, sino libremente. Sabemos que somos de barro, que somos débiles, que nuestra voluntad es frágil y quebradiza, pero esto no nos impide actuar con libertad. No es una libertad absoluta, porque ya nacemos fuertemente inclinados al mal, pero, con la ayuda de Dios, podemos superar nuestras malas inclinaciones y actuar de acuerdo con nuestra recta conciencia.

"Ante ti están puestos fuego y agua, echa mano a lo que quieras; delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja".  Dios ha prometido ayudarnos, venir a nuestro lado cuando le llamemos con fe y confianza, ha prometido darnos su gracia, sin dejar por eso de premiar el éxito final que con su ayuda y nuestro pobre esfuerzo consigamos. Necesitamos la gracia de Dios para obrar el bien, pero Dios no niega a nadie su gracia, si sabemos pedírsela con insistencia y humildad.

Dios es inmensamente sabio, infinitamente poderoso. Él es capaz de hacer libre al hombre, de darle una voluntad apta para la lucha, para querer, para decidirse por una cosa o por otra. Querer, intentar, poner los medios. Y es esa voluntariedad, esa intención lo que determina la bondad o la maldad de nuestros actos. Tanto es así que si intentando, de buena fe, hacer algo bueno, resulta algo malo, Dios mirará a lo que intentamos y no a lo que hicimos.

 

En el salmo 118 se hace un elogio de la ley compuesto por un judío piadoso. Al cantarlo hoy como salmo responsorial en la Misa se proclamamos de nuevo que la verdadera felicidad nace en la fidelidad a Dios, que manifiesta su voluntad por medio de la ley.

 

  San Pablo nos  habla de esta sabiduría de Dios, una sabiduría que Dios nos da a través de su Espíritu. "Hablamos, entre los perfectos, una sabiduría que no es de este mundo". Los cristianos lo tenemos muy claro en la teoría: actuamos con sabiduría divina siempre que actuamos con la sabiduría de Cristo. Actuar como cristiano es actuar dirigidos por el espíritu de Cristo. Y como Dios es Amor, según nos dice repetidamente san Juan, si actuamos dirigidos por el amor, actuamos dirigidos por Cristo, es decir, actuamos con sabiduría divina. La ley de Cristo es el amor de Cristo, un amor que se manifestó sobre todo en la cruz de Cristo. Aceptemos las dificultades de la vida, aceptemos la cruz de la vida y hagamos todo con amor y por amor y así Dios nos dará “lo que ha preparado para los que le aman, algo que ni el ojo vio, ni el oído oyó”.

En el evangelio de hoy, Jesús nos llama a ir más allá del legalismo: «Os digo que si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos». La Ley de Moisés apunta al mínimo necesario para garantizar la convivencia, pero el cristiano ha de procurar superar este mínimo para llegar al máximo posible del amor. Lo que hoy nos enseña Jesús es a no creernos seguros por el hecho de cumplir esforzadamente unos requisitos con los que podemos reclamar méritos a Dios, como hacían los maestros de la ley y los fariseos. Más bien debemos poner el énfasis en el amor a Dios y los hermanos, incluso a los enemigos, amor que nos hará ir más allá de la fría ley y a reconocer humildemente nuestras faltas en una conversión sincera.

El Señor nos llama a ser personas consecuentes: “Deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano”, es decir, la fe que profesamos cuando celebramos la Liturgia debería influir en nuestra vida cotidiana y afectar a nuestra conducta. Por ello, Jesús nos pide que nos reconciliemos con nuestros enemigos. Un primer paso en el camino hacia la reconciliación es rogar ellos, como Jesús nos pide.

Destacar como en este pasaje se da una exigencia radical en la práctica de la virtud de la castidad. En la Ley se mandaba no cometer adulterio. Jesús va más allá y advierte que quien miró con malos ojos a una mujer, ya ha cometido adulterio en su interior. El interior del hombre, lo que hay en su más recóndita intimidad, eso es lo que cuenta a los ojos de Dios, la intención y el deseo consentido. Jesús que se nos entrega del todo y nos promete el todo, también lo quiere todo y de verdad. No se conforma con las apariencias, con un formalismo sin vida ni vibración.

Sin negar las condenas anteriores, la Ley del Sinaí, referentes a la fidelidad matrimonial, que ponían el acento y prueba en lo fisico, Jesús nos dice que la semilla del adulterio está sembrada y germina en el corazón. Aquí radica, fundamentalmente, la bondad o maldad y es una de las diferencias que tenemos respecto a los animales. El adulterio no es solo un acto corporal, limitado en el espacio-tiempo. Es una ofensa a otra persona y a Dios del conjunto del ser humano. Está tiñendo espiritualmente a toda la persona. No por ello niega las dañinas consecuencias familiares o sociales. Se trata de ser íntegro, honesto, coherente, en la totalidad armónica de la persona.

Esta nueva manera de cumplir la Ley en su plenitud nada tiene que ver con el legalismo de los escribas y fariseos. No se trata de una hermenéutica más perfecta de la letra de la Ley, sino de la interiorización de su espíritu. Si se encuentra la clave que todo lo simplifica, no sólo se evitan las angustias y el miedo. Paradójicamente, sólo cuando se abandona el legalismo está el creyente en condiciones de ser radical.

En ninguno de los cuatro casos que se proponen -en las frases de Jesús- se fomenta manga ancha, se facilita la Ley, se niega o simplifica la responsabilidad. Pero cobra tal relieve interior la figura del hermano, de la mujer  y de uno mismo (¡la dignidad de "hijos" hace que nos debamos mostrar cómo somos sin más juramentos!), que el respeto al hombre se hace radical. Se convierte en raíz de todo nuestro comportamiento. Una raíz que reside en nuestro interior, no en la pura exterioridad de unos actos públicos o visibles, sino allí donde está el secreto de nuestra verdadera personalidad humana y creyente.

Hay muchos cristianos que, casi, detestan la narración del Antiguo Testamento. Otros no lo entienden. Y una mayoría creen que es una “servidumbre obligada” pero no muy necesaria. Y ello contrasta con la firmeza y solemnidad con que Jesús dice que no ha venido a abolir la ley y los profetas, sino a darle cumplimiento. Y que aquel que se salte uno de los preceptos menos importantes de la Ley, será ya él mismo el menos importante. Realmente, la ley de Moisés la tenemos presente todos los días. Y ahí están los Diez Mandamientos de la Ley de Dios, que son la base primera de nuestro comportamiento ético y moral. Jesús ha venido a ampliar y modernizar toda esa ley, tal como ha dicho en el largo recorrido de las frases que comienzan por “se dijo por los antiguos”, Y terminan con “pero yo os digo…”

Así San Mateo pone en frases de Jesús un repaso rápido de cuanto la Ley exigía a sus contemporáneos. Y la advertencia de que El no ha venido a destruirla sino a darle su cumplimiento. Pero hechas esas dos afirmaciones, Jesucristo se dirige a los suyos, a los que con El estaban en aquel momento histórico y a los que a través de los tiempos seguirían. Y pone ante sus ojos un reto. La Ley decía esto y aquello, pero para vosotros la Ley, que hay que cumplirla, hay que superarla.

Otro reto por parte de Jesús. Vivimos en un mundo en el que todo debe figurar por escrito. Es lógico que en el tráfico normal así sea. Pero Jesús pide a los suyos una integridad a toda prueba. Un cristiano debía ser una especie de "fe pública". En reiteradas ocasiones, Jesús advierte en el Evangelio a su discípulos que deben bastarles dos palabras para ir por el mundo dando testimonio suyo. Son las dos palabras más importantes de la vida: si y no. Sin más añadidos. Cuando un hombre sabe decir si a determinadas situaciones y mantener ese sí, por encima de todo y, al propio tiempo, sabe decir no ante otras situaciones determinadas y mantener ese no por encima de todo, nos hemos topado con un hombre conforme a la voluntad de Jesús .

¿Qué nos dice Dios en la Palabra?

· ¿Vivo los mandamientos como una norma rígida y pesada con la cual debo cargar, o más bien como aquello que ordena mi vida y me conduce a la libertad?

· ¿Me esfuerzo por vivir los mandamientos cada día? ¿Comprendo que la recompensa está en el Reino de los Cielos?

· ¿De qué sirve cumplir la Ley si carezco de amor? ¿Comprendo que la plenitud de la Ley radica en el amor?

· ¿Qué me dice el mandamiento “no matarás”, siento que me es ajeno? ¿Con que actitudes, gestos o pensamientos elimino a mis hermanos de mi vida? ¿De qué modo vivo este llamo a la reconciliación? ¿Soy de los que esperan que el otro tome la iniciativa? ¿A partir de ahora estoy dispuesto a ser yo quien dé el primer paso?

· ¿Comprendo que Jesús quiere de nosotros corazones puros y limpios? ¿Qué significa para mí vivir la pureza? ¿Qué debo cambiar y/u ordenar en mi vida? ¿Entiendo que solo aquellos que tienen un corazón puro y limpio pueden ver de mejor modo a Dios?.

 

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

 

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