En este domingo III de Pascua las
lecturas nos iluminaran acerca del Plan misterioso de Dios , con el que nos salva de
nuestros propios pecados y poder del maligno. Todo estaba previsto. Algunos
detalles se anunciaron desde hacía mucho
tiempo y se cumplieron en el instante
determinado por Dios. De momento todo parecía absurdo, extraño, incomprensible.
Pero al final todo se vería claro, se comprendería el porqué de muchas cosas
que antes no se podían explicar. El Hijo de Dios es condenado a muerte, y la
muerte se ejecuta de modo terrible e implacable. El que venía a librar a la
Humanidad de sus ataduras es maniatado, el que venía a dar la vida a los
hombres pasa por la humillación de morir abandonado. Pero Dios lo resucitó.
En este ciclo A las lecturas
nos ayudan a vivir la Pascua en tres grandes líneas: a) la persona de Cristo Resucitado,
b) la comunidad eclesial que da testimonio de él, y c) la vida pascual de cada
creyente.
Así hoy se nos proclama:
«Vosotros le matasteis, pero Dios le resucitó rompiendo las ataduras de la
muerte» ( 1ª lectura), «Dios le resucitó y le dio gloria» (segunda), «es
verdad: ha resucitado el Señor y se ha aparecido» (evangelio).
Este
año, dentro de la comunidad apostólica que creyó en Cristo y dio testimonio de
él, destaca la figura de Pedro, que se convierte en el principal predicador de
Cristo, según los Hechos en sus primeros capítulos, y también en la carta que
leemos y que lleva su nombre.
La primera lectura del Libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,14.22-33) , es un fragmento del primer
discurso pronunciado por Pedro el día de Pentecostés.
Las predicaciones que
encontramos en el libro de los Hechos son la proclamación del evangelio al
mundo y manifiestan el sentido cristiano de la historia de salvación. Nos
encontramos pues, en la predicación inaugural del cristianismo.
Falta el exordio (Act 2, 15-21), la
proclamación de la soberanía de Cristo y el llamamiento a la conversión (Act 2,
33-36 y Act 2, 36-41).
Pedro, después de haber
considerado Pentecostés como un signo de la acción de Dios en el último período
de la historia (2,14-21), se dirige ahora a los que formarán en seguida la
primera comunidad mesiánica del NT (2,22-40). Pentecostés se nos aparece, en su
riqueza interior, como principio de vida y de acción del reciente pueblo de
Dios.
Nos encontramos primero con un
resumen del ministerio público de Jesús de Nazaret (versículo 22), después con
el relato de las circunstancias de su muerte, a propósito de lo cual evoca
Pedro la responsabilidad de los habitantes de Jerusalén (versículo 23) y
finalmente la proclamación (v. 24).
El centro de la predicación es
Jesús, el Mesías, a quien «Dios ha constituido Señor y Cristo». Su presentación
se hace en dos fases: primeramente, el servicio de la palabra y la muerte
(22-25); en segundo lugar, la exaltación mesiánica, que culmina en Pentecostés
(32-35). Entre estas dos fases, Pedro cita el Sal 16,8-11 y lo interpreta
cristianamente (25-31).
Las referencias escriturísticos
ponen de relieve que los primeros cristianos leían el Antiguo Testamento para
encontrar en él el anuncio de la muerte y de la resurrección de Jesús .
El salmo 15/16,
10, primer texto citado, es probablemente uno de los más importantes sobre el
que se apoyaron los apóstoles para justificar la resurrección propiamente
dicha(vv. 25-28). En el v. 24, Pedro menciona el salmo 17/18, 6, sin duda a
causa de la palabra-clave hades, común a las dos citas sálmicas. El salmista
daba gracias a Dios por haberle permitido liberarse de la muerte: esta oración
parecía, pues, perfectamente indicada para expresar los sentimientos de Cristo
ante la suya.
En el v. 30 Pedro recurre al
salmo 132/133, 11, que recuerda la promesa mesiánica, la fe en la resurrección
se elabora a partir de esa esperanza.
En el v. 33 Pedro alude también
al Sal 117/118, 16 (según la versión de los Setenta) que da a la resurrección
el significado de una entronización (cf. también Act 5, 31). Los vv. 34-35
hacen referencia finalmente al Sal 109/110, en el que Dios invita a su Mesías a
sentarse a su diestra. Pedro supone, pues, que ese Mesías ha recuperado su
cuerpo.
Refiriéndose a los salmos de la
esperanza mesiánica y davídica, San Pedro desentraña el significado teológico
de los acontecimientos de la resurrección: la Pascua de Jesús ha sido la fiesta
de su entronización mesiánica. Así, la muerte del Mesías no ha puesto fin a su
misión, sino todo lo contrario; se amplía, y prueba de ello es que los
cristianos viven un cúmulo de circunstancias (milagros, ágapes, liberación de
la cárcel, etc) que son otros tantos signos de la era
mesiánica.
Está claro que los argumentos
escriturísticos no constituyen pruebas de la resurrección (como si la Escritura
la hubiera anunciado de antemano). El apóstol no se preocupa, pues, por
"probar" la resurrección partiendo de la Escritura: para hacerlo, ahí
están los testimonios (v. 32), pero se sirve de la Biblia para desentrañar su
significado.
Los oyentes son personas que ya tienen la fe y están abiertos
a una iniciativa mesiánica de Dios. Sería un error hablar así a los ateos:
semejantes "pruebas" escriturísticas les
arrancarían una sonrisa. Pero, en todo caso, la resurrección no se revela más
que a hombres que, a falta de esperanza mesiánica, comparten, al menos, las
esperanzas humanas y tratan de corresponder a ellas mediante el rechazo de toda
suficiencia.
El discurso termina con la afirmación de que Dios ha hecho a Jesús
Señor y Cristo ), y de ese modo formula las conclusiones teológicas de su
argumentación escriturística: toda la esperanza
mesiánica y davídica del pueblo elegido se realiza en el misterio pascual de
Jesús, misterio de su entronización como Mesías.
San Pedro intenta aclarar la condición
celestial y trascendente del Mesías: las reivindicaciones mesiánicas formuladas
por Jesús durante su vida terrestre están "acreditadas" (v. 22) con
milagros y prodigios. Su resurrección está confirmada por el testimonio de
quienes le han visto (v. 32) y su existencia celestial de Mesías está
certificada por los dones espirituales derramados sobre la tierra, como todo el
mundo puede comprobar (v. 33).
En apoyo de esta última prueba San
Pedro cita el Sal 67/68, 19, que figuraba en la liturgia judía de Pentecostés y
Jl 3, 1-2, mencionado ya el comienzo de su discurso.
Los profetas habían prometido, en efecto, que el reino del Mesías podría ser
reconocido en la efusión del Espíritu de Dios.
San Juan Crisóstomo comenta esta actitud de San
Pedro:
«¡Admirad la armonía que reina entre los Apóstoles! ¡Cómo ceden a
Pedro la carga de tomar la palabra en nombre de todos! Pedro eleva su voz y
habla a la muchedumbre con intrépida confianza. Tal es el coraje del hombre
instrumento del Espíritu Santo... Igual que un carbón encendido, lejos de
perder su ardor al caer sobre un montón de paja, encuentra allí la ocasión de
sacar su calor, así Pedro, en contacto con el Espíritu Santo que le anima,
extiende a su alrededor el fuego que le devora»(San Juan Crisóstomo Homilía
sobre los Hechos 4).
El
responsorial es el salmo 15 (Sal 15,1-2a.5-.7.8.9.10.11) que se clasifica en la categoría de los
"Salmos del huésped de Yahveh". El hombre que ora aquí, vive en un
mundo materialista, en que los cultos paganos han invadido la sociedad
"tras los ídolos van corriendo".. se someten a sus "libaciones
sangrientas". En esa época se inmolaban niños a Moloc. El autor denuncia
esta increíble propagación del paganismo, sus prácticas y sus devastaciones.
Tentado, turbado, por el mundo
circundante el salmista pide a Dios ilumine el sentido de su existencia como
"pueblo separado", "pueblo elegido". Siente en el fondo de
su corazón la seguridad de "tener la mejor parte". Su opción de
creyente y practicante, lejos de ser un peso, una obligación onerosa, es para
él fuente pura de dicha incomprensible para los paganos, y describe su vida de
intimidad con Dios. Entonces todo el vocabulario de dicha aflora a sus labios:
"mi refugio"... "mi dicha"... "mi heredad"...
"mi copa embriagadora"... "mi destino"... "suerte
maravillosa"... "mi herencia primorosa" "mi
alegría"... "mi fiesta"...
Salmo de abandono confiado en
el Señor desencadena una multitud de problemas llenos de dificultades y hace
enloquecer la pluma de los estudiosos. Nos ayuda a «entrar» en el sufrimiento y
en la alegría de un hombre.
Protégeme, Dios mío, que me
refugio en ti; yo digo al Señor: «Tú eres mi bien» (v. 1-2).
¿Quién es el personaje del salmo?
Parece que un sacerdote al servicio del templo. De sus labios brota un
esplendido canto de confianza y de paz, de alguien que ha apostado todo por
Dios. Se ha «jugado» hasta su vida por él.
No se limita a gritarnos su
propia alegría. Nos da también la clave de ella. Vuelto hacia el Señor puede
decir: «Tú eres mi bien» (v. 2).
El Señor es el lote de mi
heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano (v. 5). No se para a hacer
inventario de lo que está en manos de los demás. El tesoro que le espera está
en buenas manos (v. 5).
Tampoco se dedica a repasar la
lista de las cosas que le faltan, a las que ha renunciado. Está demasiado
ocupado en descubrir la belleza de lo que el Señor le ha regalado:
Los versículos 5 y 6 hacen
alusión al hecho de que la tribu de Leví (aquellos
que servían a Dios en el templo), en el momento de la división de Palestina,
hecha por suerte, no recibieron territorio: su parte, su heredad, era Yahveh.
(/Nm/18/20, Deuteronomio 10,9, Sirac,
el sabio 45,22). En esta forma la "vida de los levitas", que vivían
en el templo, se convirtió en un símbolo de intimidad con Dios: la tierra de
Canaán, dominio sagrado de Dios, dado a su pueblo... la casa de Dios, dominio
sagrado al que introdujo a sus huéspedes... anuncios proféticos de la "era
mesiánica" en que Dios "morará con los suyos y ellos con El".
Agradecido dice el salmista «me
ha tocado un lote hermoso» y a gritar que «me encanta mi heredad» (v. 6).
Es un lote que exteriormente
puede parecer modesto y limitado. Pero me sobra. Es suficiente. Tengo mi cruz.
Y también la de muchos otros. Puedo cultivar mis esperanzas y mis alegrías.
Pero también las esperanzas y alegrías de los demás. Contiene mis afanes. Pero
también las penas, los sufrimientos y las angustias de tantos otros hermanos.
En definitiva estoy seguro de no mentir cuando exclamo:
Sin embargo, no es presuntuoso.
Sabe a quién dirigirse. Sabe orar para descubrir los planes de Dios para él:
«Bendeciré al Señor que me aconseja» (v. 7).
Ha aprendido un «ejercicio de
piedad» fundamental: «Tengo siempre presente al Señor» (v. 8). Los resultados
de este «ejercicio piadoso» son evidentes:
Con él a mi derecha no
vacilaré.
Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis
entrañas, y mi carne descansa serena (v. 8-9).
Porque no me entregarás a la
muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me enseñarás el sendero de
la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha
(v. 10-11).
Nos queda la expresión final:
Me enseñarás el sendero de la
vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha (v.
11).
La segunda lectura de la Primera carta de Pedro (1 Pe 1,17-21) de la que este texto es parte, anima a los
creyentes que se encuentran en un momento de particular dificultad (persecución
de Nerón probablemente). De ahí que se recuerden los pilares de la fe: Dios es
un juez justo (Rom 2, 11), pero también es un padre (Mt 6, 9). El temor de Dios
nos ayudará a superar los peligros de nuestra marcha hacia la casa del Padre.
El hombre no sabe unir estos dos
elementos en la proporción buena; pero solamente si tenemos en cuenta estos dos
puntos nuestra vida puede ser tomada en serio.
Otro motivo para vivir
santamente es el recuerdo del alto precio con el que hemos sido rescatados de
una vida sin sentido y sin libertad. El verbo "rescatar" (lytroo) hunde sus raíces en el At, designando a Dios como
el rescatador del pueblo. El rescate mesiánico se ha realizado en Jesucristo (1
Cor 1, 30; Col 1, 14) con la finalidad de hacer un
pueblo de características nuevas (Ef 1, 14), pero no
será pleno hasta el final de los tiempos (Ef 1, 14).
Detrás de esta concepción teológica está la idea de "rescate" o
precio pagado por la libertad de un prisionero.
Este precio ha sido nada menos
que "la sangre de Cristo" (cfr 1. Cor 6, 20; Ap 5, 9).
Cristo es el verdadero
"Cordero de Dios" (Jn 1, 29 y 36), sin mancha y sin pecado, que se ha
ofrecido a sí mismo en sacrificio para satisfacer por todos los pecados del
mundo y alcanzar así la verdadera libertad de los hombres. Todo lo que estaba
ya prefigurado en el sacrificio del cordero pascual en el A.T. se cumple
abundantemente en el sacrificio de la cruz (Mt 26, 28.).
Pues no sólo el A.T. sino toda
la historia llega a su destino en Cristo, muerto y resucitado, que inaugura
"el final de los tiempos". Es así como lo ha ordenado el Dios vivo,
el Dios de la historia, desde toda la eternidad. Todo lo que estaba escondido
en la voluntad de Dios se ha manifestado al final de los tiempos, en su Hijo
que vino al mundo a cumplir su voluntad
El
evangelio hoy es de San Lucas (Lc 24,13-35) nos presenta una narración que parte de
Jerusalén y termina en Jerusalén. Un mismo itinerario inversamente recorrido:
de Jerusalén a Emaús (vv.13-32) y de Emaús a Jerusalén (vv. 33-35). Pero, para
Lucas, Jerusalén es algo más que una ciudad. Es el lugar donde están los once y
los demás. Jerusalén es el grupo creyente. Los dos de Emaús han abandonado el
grupo y retornan a él.
Cuando retornan se encuentran
con un grupo que ya cree en Jesús resucitado (v. 34). No son, pues, los dos de
Emaús los que hacen que el grupo sea creyente. Este dato es importante a la
hora de determinar el sentido del relato: éste no va en línea apologética
(demostrar la resurrección de Jesús), sino en línea catequética (mostrar las
vías de acceso a Jesús resucitado, cómo encontrarse con Jesús resucitado). Los
destinatarios del relato no son los que rechazan la resurrección de Jesús, sino
los cristianos que no han tenido el tipo de acceso que tuvieron los testigos
presenciales. En los dos de Emaús estamos tipificados todos los cristianos que
no hemos tenido el tipo de acceso a Jesús que tuvieron los testigos
presenciales.
El episodio transmite, con un
arte difícil de igualar, una experiencia humana única, en la que advertimos
tanto el abatimiento y la desolación por lo que había acontecido a Jesús de
Nazaret como el renacimiento de la esperanza gracias a una manifestación del
resucitado. El encuentro (13-16) y el diálogo (17-27) permiten ver los límites
de la fe que aquellos discípulos tenían puesta en Jesús. Veían en él a «un
hombre y profeta poderoso» (19) que hubiera podido redimir a Israel como un
nuevo Moisés -también llamado profeta poderoso en Hch
7,22-35-, pero no habían descubierto todavía que Jesús redimiría a Israel
precisamente a través de su muerte y resurrección. Habían oído los rumores de
las apariciones de los ángeles a las mujeres, afirmando que «Jesús estaba vivo»
(v.23), pero no las habían creído. Haciendo camino (vv.25-27), Jesús les
interpreta las profecías del AT, que anunciaban el sufrimiento del Mesías. Así
les ayuda a aceptar que la pasión de Jesús era su camino hacia la gloria (26).
La escena en la que culmina la
narración es -como en todas las apariciones del resucitado- la del
reconocimiento: «se les abrieron los ojos y lo reconocieron» (31) Eso ocurría
cuando Jesús, al ser convidado a casa de uno de ellos, tomó la iniciativa de
bendecir, partir y darles el pan. Jesús quiere que le reconozcan al principio
de la cena, mientras él, bendiciendo el pan, cumple la función de cabeza de
familia. Al descubrirlo los dos, se les hace invisible, porque su presencia
gloriosa no es ya la misma que la de su vida terrena.
El final de la narración nos
presenta a los discípulos corriendo a comunicar la noticia a los once y a sus
compañeros (33). Los encuentran comentando lo que le había pasado a Simón:
«Verdaderamente el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón» (34). La
narración incorpora así otra aparición del resucitado, en este caso a uno de
los once, aparición referida también en la primera carta a los corintios
(15,5).
El texto responde a una pregunta
que los cristianos nos hacemos, y que habiendo sido contestada, nos la volvemos
a hacer, porque demasiadas veces olvidamos la respuesta: ¿Cómo podemos
reconocer a Jesús? El relato es una catequesis de
cómo podemos llegar a tener una auténtica experiencia del resucitado.
*Lo
encontramos en primer lugar en "la Palabra". Ellos comprendieron las
Escrituras y se dieron cuenta de que ardía su corazón mientras les hablaba. Es
meditando la Palabra de Dios y aplicándola en nuestra vida como podemos
reconocer al Dios del Amor que Jesús nos anunció.
*En
segundo lugar podemos encontrar a Jesucristo en la Eucaristía. A los discípulos
de Emaús "se les abrieron los ojos y lo reconocieron.....y contaron cómo
le habían reconocido al partir el pan". Pero hay un tercer lugar de
encuentro que los cristianos necesitamos recuperar: la comunidad. No se puede
ser cristiano por libre, necesitamos la Comunidad para crecer como creyentes.
Los discípulos de Emaús rectificaron su camino y volvieron a Jerusalén,
"donde encontraron reunidos a los once con sus compañeros, que estaban diciendo:
es verdad, ha resucitado el Señor". Tres lugares de encuentro y tres
apoyos fundamentales para el cristiano: la Palabra, la Eucaristía y la
Comunidad.
San León Magno explica el profundo cambio que experimentan los
discípulos, en sus mentes y corazones:
«Durante estos días, el Señor se juntó, como uno más, a los dos
discípulos que iban de camino y les reprendió por su resistencia en creer, a
ellos que estaban temerosos y turbados, para disipar en nosotros toda tiniebla
de duda. Sus corazones, por Él iluminados, recibieron la llama de la fe y se
convirtieron de tibios en ardientes, al abrirles el Señor el sentido de las
Escrituras. En la fracción del pan, cuando estaban sentados con Él a la mesa,
se abrieron también sus ojos, con lo cual tuvieron la dicha inmensa de poder
contemplar su naturaleza glorificada» (San León Magno Sermón 73).
Para
nuestra vida.
El
tiempo de Pascua hace más propicia, más profunda nuestra conversión. Y también
que con la mirada del corazón puesta en estas escenas del tiempo posterior a la
Resurrección podemos incrementar nuestra fe y nuestra esperanza.
En este tiempo pascual
repetimos hasta la saciedad que Jesús ha resucitado y que está en medio de
nosotros. Efectivamente, esta afirmación es el centro de nuestra fe, tal como
se predicó desde un comienzo.
Sin embargo, hoy nos seguimos
preguntando: ¿Cómo ver a Jesús? ¿Dónde verlo? La liturgia de este domingo gira
sobre esta gran preocupación de todos los creyentes: encontrarse con Jesús y
comprenderlo.
Muy
valiosas las enseñanzas de San Pedro en la primera y segunda lectura. El relato
de los Hechos de los Apóstoles da la misma doctrina que la Carta de Pedro y, en
su contenido, parecen --casi-- el mismo texto. En ambas lecturas San Pedro
trata de profundizar sobre la muerte y resurrección de Jesús en un contexto
histórico determinado, para al superar dicho contexto testimoniar la fuerza de
Dios y el poder de su Hijo.
Nuestro reencuentro con Cristo resucitado debe dar
sentido evangélico a toda nuestra vida. En la medida en que seamos conscientes
de nuestra unión responsable con Cristo, el Señor, estaremos en actitud de ser
testigos de su obra redentora en medio de los hombres, con nuestras palabras,
pero sobre todo con nuestra vida.
En la primera lectura resuenan palabras de alegría
en boca de San Pedro: " Por eso se
me alegra el corazón, exulta mi lengua y mi carne descansa esperanzada. Porque
no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Estas
palabras del apóstol Pedro, citando las Escrituras, son palabras que también
nosotros podemos y debemos decir hoy nosotros con alegría pascual. Nuestro
corazón está alegre y la esperanza llena nuestra vida, porque la muerte,
nuestra muerte corporal, no será el final de nuestro existir, sino el paso
necesario de este mundo material a un cielo nuevo, donde viviremos para siempre
con Dios, nuestro Padre, gracias a os méritos de nuestro Señor Jesucristo.
Desde esta lectura proclamada se nos invita a los cristianos a ser personas
espiritualmente alegres, porque vivimos con el corazón lleno de esperanza. Las
tristezas y los desasosiegos de este mundo nunca deben robarnos la alegría y la
paz del alma. Vivamos para los demás, como Cristo vivió para nosotros, siendo
mensajeros de la alegría y de la paz que Cristo nos ha regalado con su vida,
muerte y resurrección. Cristo nos ha enseñado el camino de la vida; el mismo se
proclama " Camino, Verdad y Vida".
Esta
alegría nace de la rotunda afirmación creída y proclamada por San Pedro "Dios lo resucitó". Es este el gran anuncio de
Pedro el día de Pentecostés. Esta certeza transforma la vida de los discípulos.
Así nace la comunidad cristiana, así nace la Iglesia. Sus características son:
la cercanía a la realidad de las personas --la acogida-- como punto de partida;
es Jesús y la Palabra de Dios como centro de la predicación; es el compartir la
vida y los dones como base del compromiso para transformar este mundo según los
valores del Reino. La catequesis, que debe estar presente siempre como proceso
de formación en la fe de todas las edades, parte también de la experiencia de
vida y del encuentro con Jesús "el desconocido caminante" que camina
a nuestro lado. Jesús llena el vacío de nuestra vida. No celebramos la
Eucaristía para cumplir una obligación que nos han impuesto. Participamos en la
Eucaristía porque tenemos necesidad de Jesús, porque sólo El sacia nuestros
anhelos y nuestra sed de felicidad. Pero busquémosle donde se le puede
encontrar: en la Palabra de Dios, en el compartir el Pan de la Eucaristía y en
la Comunidad de hermanos.
El
salmo responsorial: nos invita a expresar esta confianza alegre: " se me alegra el corazón, se gozan mis
entrañas, y mi carne descansa serena" .
El presenta a un hombre tentado
por el mundo circundante, por "los ídolos del país, sus dioses que tanto
amé". Convertido al verdadero Dios, está turbado por el éxito y la
prosperidad aparente de las grandes naciones paganas. El materialismo sin Dios
es atractivo: "tras ellos van corriendo"... hay que armarse de valor
para enfrentarse a una corriente de opinión. La gran tentación en todos los
tiempos, ha sido el "sincretismo": esto es, juntar una pequeña dosis
de "fe y una gran dosis de "materialismo"... algo de verdadera
religión y algo de ídolos... un poco de Dios y mucho del dios Mamon, el dinero...
El salmo es para todos. Porque
la alegría, la paz, la seguridad afectan a todos. El salmo 15 nos propone un test
para la verificación de nuestra alegría.
El «refugiarse» descrito por el
salmo, no es una evasión, una solución cómoda impuesta por el miedo. Es
simplemente la «verdad» de quien puede gritar la propia alegría de ser
verdadero.
Yo digo al Señor: «Tu eres mi
bien» (v. 2).
En la segunda
lectura San Pedro habla a la coherencia de vida: " Puesto que podéis llamar Padre al que juzga
imparcialmente según las obras, de cada uno, comportaos con temor durante el
tiempo de vuestra peregrinación, pues ya sabéis que fuisteis liberados de
vuestra conducta inútil" . El juicio de Dios
siempre será un juicio misericordioso, porque su justicia es una justicia
misericordiosa, pero nunca será un juicio indiscriminado. Dios quiere que
también cada uno de nosotros pasemos por la vida haciendo el bien, como lo hizo
el propio Jesús. No es lo mismo que hagamos obras buenas que obras malas,
porque el que actúa con el espíritu de Jesús siempre debe intentar hacer las
obras de Jesús y estas fueron obras buenas. Tomemos en serio nuestra vida de
cristianos, de discípulos de Cristo, y vivámosla según el espíritu de Cristo.
Los frutos del espíritu son distintos de los frutos de la carne, como nos dice
san Pablo en más de una ocasión. Que nuestras obras sean fruto del espíritu, no
de la carne, porque si vivimos con Cristo y por Cristo, resucitaremos con él.
Este texto da una excelente referencia
a la creación de nuestra fe. Dice: "Por Cristo vosotros creéis en Dios,
que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, y así habéis puesto en
Dios vuestra fe y vuestra esperanza".
El
evangelio de este tercer domingo de Pascua nos muestra lo ocurrido a los
discípulos de Emaús, dos discípulos que, bajo el signo de la
derrota que les entristece, vuelven a su antigua vida sin descubrir a Cristo
que camina con ellos.
El
episodio de Emaús presenta unas imágenes
que nos inspiran . Se nos El Señor camina a nuestro lado y no lo reconocemos.
Muchas veces nos habrá pasado esto. Ver a Jesús, sin verlo, en cualquier
episodio de nuestra vida. Y luego, al recapacitar un poco, descubriríamos que
nos ardía el corazón en torno a ese hermano nuestro que sufría y nos
necesitaba. Sin duda, era Jesús, pero no sabíamos verlo.
Nosotros
nos preguntaremos si esta comunidad avanza con aquellos dos discípulos de
Emaús, o si vivimos con la convicción de que, aunque invisible, se ha hecho
visible en la misma realidad de nuestra vida.
Los
de Emaús, caminaban sumidos en tristes pensamientos , mientras otro caminante
se les acerca y les pregunta por la causa de su tristeza. Cuando le explican lo
ocurrido, aquel desconocido les hace comprender que todo aquello estaba
previsto en las Escrituras santas, era parte de los planes de Dios. Poco a poco
iban entendiendo el sentido misterioso de aquella tragedia, se les disipaban
gradualmente las tinieblas que les inundaban ahogándolos en un mar de tristeza.
Les ardía el corazón al escucharlo, sin darse cuenta de quién era. Pero ellos
le convencen para que se quede, pues ya es tarde y se echa encima la noche. Y
él se queda, se sienta con ellos a la mesa y les parte el pan...
Fue
entonces cuando lo reconocieron. ¡Era Jesús, el Maestro! ¡Estaba vivo! De
improviso desapareció. Quedan atónitos. No podían quedarse allí. Se olvidan de
que la noche ha llegado, y se vuelven corriendo a Jerusalén. El Señor ha
resucitado, dicen enardecidos. Sí, le contestan, también Pedro lo ha visto.
Desde ese momento el anuncio pascual se repite cada año, y despierta en
nuestros corazones la alegría de saber que Cristo ha vencido a la muerte. La
cruz no fue el final desastroso sino el comienzo feliz de esta historia que se
inició en la Pascua y terminará al final de los tiempos, la historia de nuestra
salvación.
A estos dos discípulos de Emaús la fe en la
resurrección de Jesús les cambió la vida. Cuando se les había nublado la fe, se
les había nublado la alegría y la esperanza: nosotros esperábamos que él fuera
el futuro liberador de Israel. Y ya ves, hace dos días que sucedió todo esto. A
los discípulos de Emaús les pasó lo mismo que les había pasado a los demás
discípulos de Jesús: antes de ver al resucitado andaban tristes y acobardados;
después de verlo recobraron la alegría, la valentía y las ganas de vivir y
predicar. También en nuestro tiempo, la fe o la no fe en la resurrección de
Jesús nos cambia la vida, con todo lo que esto conlleva. Creer en la Resurrección
es creer en la vida inmortal, una vida en la que viviremos para siempre, según
el juicio misericordioso que Dios haga de cada uno de nosotros. No creer en la
resurrección es creer que todo se acaba definitivamente para la persona cuando
ésta muere corporalmente. Y, naturalmente, creer que esta vida mortal es todo
lo que tenemos, o creer que esta vida temporal es sólo camino para otra vida
inmortal, condiciona mucho nuestro actual estilo de vida.
El evangelio, es pues un magnífico
ejemplo también de catequesis cristocentrica, nos ayuda a entender dónde y cómo
podemos experimentar nosotros, después de dos mil años, la presencia misteriosa
pero real de Cristo en nuestra vida. Lucas organiza la respuesta, en clave
histórico-catequética, en tres direcciones.
Los que no le hemos conocido en
persona, podemos descubrir a Cristo presente:
*a) en la Palabra. «Les explicó las
Escrituras... ¿no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba?
*b) en la Eucaristía: «Se les abrieron
los ojos y lo reconocieron... y contaron cómo le habían reconocido al partir el
pan»,
*c) en la comunidad: «Y se volvieron a
Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once con sus compañeros, que
estaban diciendo: es verdad, ha resucitado el Señor».
La conversación del camino a
Emaús se concluye con una invitación a compartir la mesa del atardecer. El
compañero todavía desconocido, que había impresionado a los dos discípulos por
la autoridad y conocimiento con que hablaba de las Escrituras, bendijo, partió
y dio el pan. La Palabra se hizo comida, sacramento, y el amigo hasta entonces
visible se hace invisible desde este momento. Los que habían visto sin conocer,
ahora conocen sin ver. No son los ojos de la cara, sino los de la fe los que
permiten ver resucitado a Cristo.
Se levantaron y desanduvieron
el camino para ir al encuentro de los demás y comunicarles que habían
reconocido a Jesús en el gozo de la fracción del pan. Solamente desde la
experiencia pascual se puede entender la Palabra que se cumple en la
Eucaristía.
Vivamos agradecidos de esta
manera la relación entre Palabra u Eucaristia.
Rafael Pla
Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org
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