Comentario a las lecturas
del Domingo XI del Tiempo Ordinario. 12 de junio de 2016.
En las lecturas de hoy constatamos como Dios mira el
corazón del pecador, no tanto como las obras. En los dos ejemplos de las
lecturas de este domingo, vemos que Dios juzga a las personas por el amor que
tienen. La mirada primera es profunda, pero también su perdón va unido a la
actitud de arrepentimiento.
Este domingo
11° del Año Litúrgico nos ofrece una excelente oportunidad para ahondar en esa
dimensión indispensable en el camino de todo cristiano, de cualquier condición
o estado en que sea y siempre. Es la conversión esa “vuelta del hombre a Dios”,
ese retorno a la casa del Padre ofendido, ese largo camino que abarca toda la
vida. Es el paso que más valora el Señor y lo espera con paciencia de nuestra
parte. No siempre nos damos cuenta de este amor vigilante del Padre que quiere
nuestro retorno a su amistad y tendemos a seguir en la inercia de una vida
lejos del amor verdadero.
La primera lectura de hoy (2 Sm 12,7-10.13), es muy interesante desde esta perspectiva de
la conversión.
El breve texto del segundo libro de Samuel hay que situarlo en el más amplio
contexto del relato del pecado de David en 2Sm 11, 2 – 27, una narración que
deja al descubierto la audacia e inteligencia del rey para lograr su objetivo
pecaminoso. En realidad, el pecado de David es un adulterio, el intento de
encubrirlo, la decisión de hacer morir al subalterno esposo de la dama y
finalmente la instalación de la misma en el palacio de David. Todo parecía
perfecto hasta que emerge el profeta Natán como narra 2Sm 12, 1ss. El texto de
hoy es muy bello porque el Señor a través de la palabra profética recuerda a
David cuántas cosas ha hecho en favor suyo, todas aquellas manifestaciones de
un amor personal.
La pregunta clave que genera un cambio en David: “Por qué has menospreciado a Yahvé haciendo lo que
le parece mal?” En esta pregunta está expresado el siempre
inquietante misterio de nuestro pecado, nuestra maldad. Y el texto va pasando
ante un David impresionado como un breve pero dramático prontuario de su
maldad.
La respuesta de David es sobrecogedora: “He
pecado contra el Señor”. David ha vuelto a casa, ha retornado a su
yo más profundo, a su interioridad más honda como quien acaba de recuperar su
verdadero ser. Es este el momento y la realidad que el Señor espera de cada uno
de nosotros, ya que el pecado nos saca de casa, nos esclaviza, rompe nuestra
relación personal con el Señor.
“También Yahvé ha
perdonado tu pecado; no morirás”. El sincero y profundo
arrepentimiento de David le ha llevado a experimentar la grandeza del Amor de
Dios en el perdón inmerecido y gratuito. Será ésta una de las palabras más
grandes y poderosas que un hombre pecador podrá vivir cada vez que se encuentra
con la misericordia divina en Jesucristo, el Hijo Amado del Padre. Y esta
palabra se pronuncia continuamente en el sacramento de la reconciliación o de
la confesión del pecador ante el ministro de la Iglesia.
“Yo te ungí
rey de Israel, te libré de las manos de Saúl...” (2 S 12, 7). David era el
más joven de sus hermanos, tan joven que cuando llegó Samuel a elegir rey de
entre los hijos de Isaí, éste le presenta a todos
menos a David, entonces simple pastor de ovejas. Demasiado niño para pensar en
él como rey. Pero Yahveh se había fijado en él, le había elegido para la
dignidad suprema del pueblo hebreo. David quedó, después de la unción, transido
por la fuerza del Espíritu. Su brazo es fuerte y su puntería certera cuando se
enfrenta con el temible filisteo. Después de su victoria sobre el gigante
Goliat, vendrían otras muchas victorias, pues Dios estaba con él, luchaba a su
lado sin que hubiera enemigo que se le resistiera. Pero luego David se olvidó
de Dios. Lo mismo que nosotros hemos hecho tantas veces. Nos olvidamos
fácilmente de la misericordia de Dios para con nosotros y le ofendemos.
Reflexionemos en esta verdad y reaccionemos llenos de compunción y de deseos de
expiar nuestro pecado.
Por medio del profeta Natán, Dios reprueba la acción de David. Comete adulterio y asesinato. Lo que ha hecho con Urías es lo que hizo el rico de la parábola que el profeta Natán acaba de contar: teniendo cien ovejas, le quita a un pobre la única que tiene. Para el Señor no hay acepción de personas. Ante la injusticia del poderoso, se pone de parte del débil. Aunque los hombres callen por miedo, por no perder el favor de su Señor en el orden social y económico, por no complicarse la vida..., la palabra del Señor no calla y acusa al rey David. El encargado de comunicar el mensaje acusador será nada más ni menos que el profeta de la casa del rey, Natán. La ofensa cometida contra Urías es un delito contra el Señor, ya que las relaciones contra el hermano no son indiferentes a Dios.
Por medio del profeta Natán, Dios reprueba la acción de David. Comete adulterio y asesinato. Lo que ha hecho con Urías es lo que hizo el rico de la parábola que el profeta Natán acaba de contar: teniendo cien ovejas, le quita a un pobre la única que tiene. Para el Señor no hay acepción de personas. Ante la injusticia del poderoso, se pone de parte del débil. Aunque los hombres callen por miedo, por no perder el favor de su Señor en el orden social y económico, por no complicarse la vida..., la palabra del Señor no calla y acusa al rey David. El encargado de comunicar el mensaje acusador será nada más ni menos que el profeta de la casa del rey, Natán. La ofensa cometida contra Urías es un delito contra el Señor, ya que las relaciones contra el hermano no son indiferentes a Dios.
Salmo : Sal 31,1-2.5.7.11 . Expresiva la estrofa del salmo: "Perdona,
Señor, mi culpa y mi pecado".
El Salmo 31
destaca la gracia liberadora de Dios. Este salmo se atribuye a David. Es la
acción de gracias de un pecador. Lejos de ocultar, en forma individualista, en
lo secreto de su conciencia personal, este hombre culpable confiesa en público
que es pecador, se apoya en su propia experiencia de hombre reconciliado para sacar
lecciones de sabiduría que pueden ser útiles a todos: al final del salmo,
invita a todo el mundo a festejar en la alegría y el júbilo, este perdón de que
ha sido objeto.
«Dichoso el
que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado». Esta
bienaventuranza, con la que comienza el salmo 31, nos hace comprender
inmediatamente por qué la tradición cristiana lo incluyó en la serie de los
siete salmos penitenciales. Después de la doble bienaventuranza inicial (cf.
vv. 1-2), no encontramos una reflexión genérica sobre el pecado y el perdón,
sino el testimonio personal de un convertido.
Observemos la
pureza de esta actitud religiosa: todo el drama del pecado se sitúa en el
interior de la "relación con Dios". Se trata de la ruptura de la
Alianza, de la reanudación del diálogo de amor, entre dos seres que se aman, y
que se han hecho mal, pero que se perdonan. "Dichoso el hombre a quien el
Señor no acusa de falta alguna. Te he confesado mi falta. Y Tú has perdonado la
ofensa de mi falta. Tú eres mi refugio. El Señor rodea con su gracia a aquellos
que "confían en El". Aquí está la palabra clave de la Alianza, la
palabra "amor".
El salmo 31
tiene dos partes. La primera (vv. 1-7) es como la autobiografía, el análisis de
la situación y de la reacción. Vemos un aspecto de la pedagogía divina. El
mismo hombre llega a descubrir su propio camino y se percata de su error.
(vv. 1-2). El
salmo 31 llama dichoso al pecador que ha logrado recuperar la amistad divina
por el perdón de sus pecados. Puesto que «no hay hombre que no peque» (1 Re
8,46), este segundo movimiento de penitencia en el corazón humano es totalmente
necesario para rehabilitarse en los senderos de la vida. El salmista llama
dichosos a los que han logrado que sus pecados fueran borrados por Dios. Las
palabras empleadas para indicar las faltas no son sinónimas, sino que tienen
matices concretos. La condonación de las faltas está expresada también con
términos que se repiten para resaltar la virtud perdonadora de Dios. San Pablo
citará éstos versos para probar que la remisión de los pecados, la
justificación, es un don gratuito de Dios, fruto de su misericordia y no de la
Ley mosaica (Rm 4,7-8).
Confesión y perdón (vv. 3-5). Al principio se sentía reacio a
reconocer sus faltas pasarlas, y, así, mientras callaba, la enfermedad seguía
avanzando, y sus huesos se consumían mientras él gemía día y
noche (v. 3); pero, al no sentir compunción por sus pecados, estos gemidos no
le servían de nada. Debilitado constantemente, su vigor, su savia
juvenil de primavera se fue convirtiendo en sequedad de estío fruto seco, al
consumirse por la fiebre.
Pasada esta
primera situación recalcitrante, el salmista piensa profundamente sobre su
situación, y decide reconocer y confesar sus pecados, que pudieran
ser causa de su enfermedad. Reconocido y confesado su pecado con sinceridad, al
punto siente que se le ha perdonado, lo que representa el principio de su
rehabilitación física y espiritual. Dios acoge siempre al corazón contrito y
arrepentido.
Yahvé, refugio del justo angustiado (v. 7). El salmista se apropia
estas consideraciones y proclama a Yahvé como refugio suyo en los momentos de
angustia, pues cambia las situaciones de peligro en momentos de triunfo, en los
que no faltan los cantos de liberación o de gozo por la salvación conseguida
gracias a su protección.
La segunda
(vv. 8-11) es una enseñanza sapiencial, como una exhortación a seguir el recto
camino y evitar así la deserción y la caída en la noche del pecado. el
salmista, probablemente otro autor posterior, completó la lección primitiva y
emocional del principio con una enseñanza hecha exhortación y orientación.
Lo hace en
bien de todo Israel, para enseñarle que no se tiene que resistir la gracia del
Señor que nos traza el camino.
El que teme al
Señor, el que confía en él, "la misericordia lo rodea", vive en una
atmósfera en la que todo le es favorable, en la que todo tiene sentido, incluso
lo que aparentemente es negativo.
El justo, el
temeroso de Dios, no tendrá sino motivos de alabar a Dios y de gozarse en él, y
de ver su vida llena de bienes con los cuales habrá podido llegar a sus
hermanos y sembrar bendición y concordia.
El camino de la sabiduría (v. 11). El salmo de hoy se cierra
con una invitación para que todos los rectos de corazón se alegren con la
liberación del justo de su situación angustiada. Este v. 11 tiene un aire de
interpelación litúrgica en la asamblea de los fieles en el templo, para que
éstos se percaten de los caminos secretos de la Providencia, que por la
confesión de los pecados otorga el perdón y devuelve a los pecadores la amistad
divina.
La verdadera
penitencia desemboca en el gozo. El arrepentimiento y perdón del pecador son
causa de reconocimiento y gozo celestial, incluso en los ángeles de Dios (Lc 15,10).
La segunda lectura (Gal 2,16.19-21), es una síntesis de la teología de San Pablo acerca de la justificación. Su núcleo está contenido en esta bella frase: “Yo ya no vivo, pero Cristo vive en mí”. En ella se sintetiza la experiencia cristiana del discípulo auténtico. Se trata de la vida nueva que recibimos en el bautismo que nos introduce en ese proceso de hacernos más y más semejantes a Cristo. La teología lo expresa a través de estas palabras tan ricas en contenido como “conformarse con Cristo”, “configurarse a imagen de Cristo”, “transformación en Cristo”. El discípulo se esmera “por tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús” dirá San Pablo.
San Pablo nos
recuerda que la ley por sí misma no salva. Sólo salva la fe y las obras que
nacen de ella. La justificación por la fe está contrapuesta al deseo o intento
del hombre de conseguir su acceso a Dios a base de prestaciones para las cuales
se apoya únicamente en sí mismo y no en Cristo. La ley del Antiguo Testamento,
en cuanto tal ley, no daba la fuerza para cumplirla, y aun en el caso imposible
de que se llegue a observar perfectamente, todavía no constituye, ella sola, un
motivo suficiente para obtener la justificación en el sentido fuerte de la
palabra, que es el que aquí se trata, es decir, de presentarse inocente ante
Dios, unido con El, agradable a sus ojos. Por la fe establece el hombre una
unión con el Señor, de tal manera que es él quien vive en la persona. La fe es
mucho más que una mera aceptación de contenidos doctrinales o de paradojas y
cuestiones incomprensibles. Supone en realidad la renuncia a apoyarse en uno
mismo para que Cristo sea todo en uno.
El evangelio de hoy ( Lc 7,36-8,3), se sitúa en pleno
ministerio de Jesús en Galilea (Lc 4,14-9,50). Las dudas de Juan Bautista sobre el
mesianismo de Jesús (7,18ss) llevan después a Jesús a juzgar a los de su
generación, que consideran a Jesús “comilón y borracho, amigo de publicanos y
pecadores” (7,34). En ese sentido, el evangelio de hoy es un ejemplo
gráfico de cómo los bienpensantes
del momento juzgaban inadecuado el estilo de Jesús (cf. 7,30). Pero
los “publicanos y pecadores”, expresión que recoge todo un mundo de marginados
que no contaban para la religión oficial, entienden a Jesús, lo acogen, creen
en él y en su mensaje. Al evangelio le sigue la parábola del sembrador:
paradójicamente, la tierra buena que produce frutos no es la que podían
imaginar los oficialmente buenos, sino aquellos
que acogen a Jesús y le siguen por el camino.
En la
introducción se nos presentan dos personajes: uno fariseo, el bueno;
otra pecadora, la mala. Uno invita a comer a Jesús; la otra realiza una
serie de gestos de dudosa honorabilidad en aquel contexto (por ejemplo,
entonces se prohibía que una mujer llevase el pelo suelto en presencia de
cualquier hombre que no fuera su esposo). Jesús no hace nada para rechazar a la
mujer. Ése es el escándalo aquí, que hace pensar al bueno que Jesús no
es verdadero profeta (el Evangelio de Lucas en esta parte intenta demostrar que
Jesús no es solamente un profeta, sino más que un profeta). Las ironías de
Jesús: nada es lo que parece, merece la pena vivir en autenticidad,
Jesús tiene otra forma de tratar y relacionarse con los demás.
La
verdadera deficiencia de Simón es su orgullo
espiritual. Ve el abismo que le separa a él de la pecadora, pero ni se
imagina el abismo que le separa a él de Dios. La gran diferencia entre la mujer
y Simón es que ella se ha dado cuenta de su pecado de una manera verdadera y
profunda. Y eso nos acerca al perdón de Dios.
¿El amor
como condición del perdón (v. 47b) o como efecto del perdón (v. 47c)?
¿Ambas cosas?
La fe
llevó la mujer a Jesús: la fe abre la puerta de la salvación y la paz, dos
modalidades básicas con las que Lucas expresa los efectos de la relación con
Jesús: es/trae salvación y paz.
El
“detalle” de los pies de Jesús: es el término que más se repite en este
evangelio. Quizá haya una contraposición buscada con la “unción de la cabeza”
en el AT a personajes como los reyes; o quizá sea una sugerencia para entrar en
relación con Jesús desde lo más básico. ¿Qué te sugiere?
La
importancia de las mujeres en este evangelio (como en todo Lucas),
testigos de la resurrección, que cumplen las cualificaciones de un apóstol en Hch 1,21-22; los discípulos están presentes en esta misión
de proclamación (8,1), pero ninguno se menciona por nombre. Aquí se nombran tres
mujeres y se nos dice que había muchas otras (v. 3). Es importante
reconocer el papel de la mujer en la Iglesia y es importante también escuchar
sus demandas.
Para nuestra
vida.
Misericordia, arrepentimiento, perdón, son realidades manifestadas en las
lecturas de hoy. También son realidades que van unidas a nuestro caminar
cotidiano.
En la primera
lectura vemos como la iniciativa en nuestra historia la tiene siempre Dios. “Yo te ungí
rey de Israel, te libré de las manos de Saúl...” (2 S 12, 7). David era el
más joven de sus hermanos, tan joven que cuando llegó Samuel a elegir rey de
entre los hijos de Isaí, éste le presenta a todos
menos a David, entonces simple pastor de ovejas. Demasiado niño para pensar en
él como rey. Pero Yahveh se había fijado en él, le había elegido para la
dignidad suprema del pueblo hebreo. David quedó, después de la unción, transido
por la fuerza del Espíritu. Su brazo es fuerte y su puntería certera cuando se
enfrenta con el temible filisteo. Después de su victoria sobre el gigante
Goliat, vendrían otras muchas victorias, pues Dios estaba con él, luchaba a su
lado sin que hubiera enemigo que se le resistiera. Pero luego David se olvidó
de Dios. Lo mismo que nosotros hemos hecho tantas veces. Nos olvidamos
fácilmente de la misericordia de Dios para con nosotros y le ofendemos.
Reflexionemos en esta verdad y reaccionemos llenos de compunción y de deseos de
expiar nuestro pecado.
A veces al
escuchar la Palabra se reprueban nuestras acciones. en el caso de David, es por
medio del profeta Natán, como Dios
reprueba la acción de David. Comete adulterio y asesinato. Lo que ha hecho con
Urías es lo que hizo el rico de la parábola que el profeta Natán acaba de
contar: teniendo cien ovejas, le quita a un pobre la única que tiene. Para el
Señor no hay acepción de personas. Ante la injusticia del poderoso, se pone de
parte del débil. Aunque los hombres callen por miedo, por no perder el favor de
su Señor en el orden social y económico, por no complicarse la vida..., la
palabra del Señor no calla y acusa al rey David. El encargado de comunicar el
mensaje acusador será nada más ni menos que el profeta de la casa del rey,
Natán. La ofensa cometida contra Urías es un delito contra el Señor, ya que las
relaciones contra el hermano no son indiferentes a Dios. Tengamos presente las
veces y las ocasiones en que se nos reprueban nuestras acciones y seamos
vigilantes en como reaccionados.
Es importante ver la actitud del rey David que le responde a Natán: " ¡He
pecado contra el Señor! Natán le dijo: El Señor ha perdonado ya tu pecado, no
morirás". El
pecado del rey David, matando a su fiel servidor Urías, para quedarse con su
mujer, Betsabé, es un pecado abominable y duramente
sancionable. Sin embargo, cuando el rey reconoce su pecado y se arrepiente,
Dios le perdona. Dios conoce el corazón humano y sabe que nuestro corazón,
también el de un rey, es un corazón frágil e inclinado al pecado. El pecado,
evidentemente, no se puede ni admitir, ni dejar sin sanción, pero se puede
perdonar, aunque, a veces, nos resulte dificilísimo el perdonar. Perdonar no
implica dejar de reconocer el pecado, ni dejar de pedir la sanción
correspondiente al pecado.
El salmo responsorial de este domingo es una
petición clara de perdón: perdona, Señor, mi culpa y mi pecado, dichoso el
hombre a quien el Señor no le apunta el delito.
Cuantas veces
andamos insatisfechos a causa de
nuestras faltas e infidelidades; reconozcamos y confesemos nuestras
debilidades, y Dios nos perdonará: Mientras
callé se consumían mis huesos; propuse: «Confesaré al Señor mi culpa», y tú
perdonaste mi pecado; dichoso el hombre a quien el Señor ha absuelto de su
culpa.
Para entender
plenamente el sentido y el enfoque del salmo, se debe tener presente la
mentalidad, aprobada por Dios, que estaba en vigor en el AT y es válida siempre
en sus líneas sustanciales. El pecador recibía un doble castigo: el
remordimiento y una calamidad infligida por Dios, quien corregía como padre y
médico sabio. La solución posible religiosa era confesar, incluso en público,
el pecado, y Dios perdonaba, es decir, quitaba pena y males. El soberbio se
callaba el pecado, lo cual era causa de males mayores. La presencia del mal
físico era un aviso para arreglar el alma. La confesión, pues, tranquiliza psicológicamente
y hace amigo de Dios. Esta amistad de nuevo adquirida se refleja de varias
maneras: con quitar males y peligros (v. 6) y ser sumergido en la gracia o
bondad divina (v. 10). Tal enfoque se deduce de muchos pasajes del AT.
El salmista
nos invita a confesar y reconocer nuestro pecado; esa situación en la que el hombre detecta su contingencia y
su lucha inconsistente contra el Misterio fascinante que le penetra y rodea.
Reconocernos pecadores, no encubrir nuestro delito, experimentar la terrible
condición del culpable, es la posibilidad de experimentar la gracia
misericordiosa de Dios, que perdona y vigoriza al hombre. Sólo la gracia,
manifestada en Cristo Jesús, muerto y resucitado, perdona al mundo, justifica a
los hombres, crea una nueva humanidad.
El salmo 31 ha
sido el preferido de almas sinceramente arrepentidas, como Agustín.
En una
hermosa oración lo expresa así San Agustín:
“Señor, tú eres paciente
y ves todas las cosas en silencio;
tu eres misericordioso y la verdad misma.
¿Pero callarás siempre?
Y ahora rescatas de su vasta lejanía
a un alma que te busca
y esta sedienta de tu gracia,
alguien que te habla con el corazón:
He buscado tu rostro, Señor,
y seguiré buscándolo
Por Cristo Jesús, hombre, mediador
entre Dios y los hombres,
que es sobre todas las cosas,
Dios
bendito por los siglos” (San Agustín. Confesiones. VII, 18, 34).
San Pablo nos habla de la justificación. Sabemos que el hombre no se
justifica por la Ley, sino por creer en Cristo Jesús: lo que nos salva es la fe en Cristo, no el
cumplimiento de la Ley . La fe en Cristo, para san Pablo, implicaba
necesariamente fidelidad al evangelio de Cristo. Por eso, Pablo, que cree
firmísimamente en Cristo resucitado, llega a decir, como leemos hoy en la carta
a los Gálatas, que ya no es él, sino que es Cristo quien vive en él.
Los cristianos
debemos tender a que sea Cristo quien viva en nosotros, hacia la identificación
de nuestro corazón con el corazón de Cristo. El corazón de Cristo fue un
corazón manso, humilde y perdonador; pidamos al Señor que nuestro corazón se parezca lo más posible
al suyo.
Hoy el
evangelio deja constancia de la actitud de
perdón de Dios, a través de Jesús.
Encontramos a Jesús en casa de un fariseo. Mientras estaban recostados
según la costumbre del tiempo, una mujer se acercó a los pies de Jesús para
besarlos, mientras lloraba copiosamente. Simón se da cuenta de que aquella
mujer era una pecadora, una mujer de la calle, despreciada por todos, evitada
en público y requerida quizá en privado, objeto de escándalo y motivo de
vergüenza. Pero el Señor la deja que siga llorando mientras le enjuga los pies
con sus cabellos y se los unge con un costoso perfume. Simón se escandaliza de
lo que estaba ocurriendo, se persuade de que Jesús no puede ser un profeta, y
mucho menos el Mesías, pues no sabía qué clase de mujer era aquella que le
besaba entre lágrimas y suspiros. Es la misma actitud que muchas veces
adoptamos también nosotros al juzgar con ligereza a los demás, al despreciar a
quienes consideramos pecadores. Sin darnos cuenta de que a los ojos de Dios,
esas personas que consideramos despreciables, son quizás más agradables ante el
Señor y con un corazón más encendido y limpio de soberbia y de orgullo que el
nuestro.
En la escena destaca Jesús, él sabía que la invitación para que comer en casa del fariseo, no era más que una ocasión
para observarle de cerca, para ver si podía cogerlo en falta. Sin embargo, el
Señor acepta la invitación como manifestación de su buena voluntad hacia todos,
también hacia quienes le miraban con malos ojos. Se dio cuenta enseguida de la
falta de corrección de aquel hombre principal que, aunque debía saber las
normas de la hospitalidad judía, prescinde de aquellos detalles de cortesía que
suponían cordialidad y benevolencia hacia el visitante. Pero Jesús no dijo nada
entonces y disimulando se sentó a la mesa de Simón el fariseo.
Pedro da muestras de su incomprensión del mensaje de Jesús, Simón aparece
ante la mirada de Jesucristo como un hombre que no le ha sabido comprender, que
le ha tratado con indiferencia, que le ha mirado con prevención.
Junto a ello, la mujer si ha entendido lo que Jesús ofrece, la mala mujer
aparece acongojada y arrepentida, llena de amor y de fe por Cristo. Entonces el
Señor habló y consiguió del fariseo que reconociera que la pecadora se había
portado con él mejor que quien le había invitado a su casa, y no le había
ofrecido agua para lavarse los pies, ni le había dado el beso de paz. El
fariseo consideraba que nada tenía de qué ser perdonado, lo mismo que esos que
demoran la confesión o la consideran innecesaria, sin darse cuenta de su
condición de pecadores. En cambio, la pecadora, se llena de desconsuelo al
reconocerse como tal, y no duda ni por un momento en postrarse a los pies de
Jesús e implorar su perdón.
La mujer
pecadora tiene una gran confianza en Jesús. Jesús la acoge con un amor que la
transforma y entonces se despierta en ella un amor más grande. Otro amor que la
purifica y la resucita, un amor inmenso que ha recibido un perdón inmenso. La
palabra de Jesús crea una vida nueva. Cada vez que me confieso pecador, Cristo
me dice las mismas palabras, con el mismo amor, con la misma fuerza. La
diferencia no está en Jesús sino en nosotros. Tenemos demasiados intereses y
prejuicios. El amor de Jesús pasa como suave brisa, pero no se queda, no nos
cambia.
Rafael Pla Calatayud.
rafael@sacravirginitas.org
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