jueves, 25 de julio de 2019

Comentarios a las lecturas de la Solemnidad de Santiago Apóstol 25 de julio de 2019 .

Comentarios a las lecturas de la Solemnidad de Santiago Apóstol 25 de julio de 2019 .
Hoy, celebramos con gozo la fiesta del apóstol Santiago y le consideramos como nuestro patrón y nuestro modelo de fe, hagamos el propósito de imitar su valor y su tesón en la defensa de la fe cristiana. Apóstol es el que trasmite la doctrina que ha recibido, el que vive la vida de aquel a quien se ha adherido, el que cree sin límites en aquel al que ha seguido, Santiago lo hizo hasta entregar su vida.
La tradición cuenta que Santiago predicó en España, al principio nadie le hacía caso. Eso le hacía sufrir, pero siguió según cuentan la Virgen, a orillas del Ebro, se le apareció... Santiago Apóstol se vio alentado por la aparición de Santa María Virgen en aquellos momentos malos en que Santiago no veía el fruto de su trabajo. Al cabo de los siglos aquella siempre floreció llenando de esplendor las páginas de la Historia.
La  historia narra el enterramiento en tierras de Galicia del Apóstol Santiago. No hay referencias claras a las tumbas de los Apóstoles. Es obvio que bajo la Basílica de Roma, junto a la sede del Vicario de Cristo, reposa el primer Papa: San Pedro. Y luego Santiago en tierras de Galicia. El año 830, Teodomiro, obispo de Iria, descubrió en Compostela el sepulcro del apóstol, dando comienzo desde entonces a las peregrinaciones (Camino de Santiago), que tanto auge tendrán entre los siglos X al XV.
Es cierto que no está acreditada históricamente, pero no es difícil pensar, sin gran margen de error, que el Apóstol estuviese en el actual territorio español, entonces llamado Hispania y provincia importante del Imperio romano. Como se sabe, se ha especulado mucho también sobre un viaje --o viajes-- de Apóstol Pablo a la península ibérica. El mismo anuncia en sus cartas la cercanía de tal visita. No hay constancia del viaje, pero eso no quiere decir que no se hubiera producido. Las referencias a la actividad apostólica son muy escasas. Solo están los Hechos de los Apóstoles y las Cartas de Pablo. De ellas se sabe que solo han llegado a nosotros unas pocas y no enteras. La secuencia histórica de tal actividad está más que incompleta. Y en ese sentido lo mismo puede ocurrir con Santiago. Poco importa. que hay muchos detractores respecto a la veracidad del trabajo pastoral de Santiago en España. Desde el punto de vista documental ninguna de las dos posiciones puede ser confirmada, pero la herencia de muchos años y los frutos de fe ahí están. La importancia de esa presencia da un contenido permanente a la Historia de España y no por exclusivas razones políticas o civiles. Santiago es origen de la fe católica en España.
El llamado Camino (o caminos) de Santiago supuso, durante toda la Edad Media y no poco de la Moderna, el segundo punto obligado de peregrinación en Europa. El primero era Roma. Al amparo de ese recorrido se fue consolidando la realidad europea y bien puede decirse que la corriente espiritual cristiana –espacio permanente de conversión a la Palabra del Señor Jesús-- más densa, laica y culturalmente más fuerte salió de dicho camino y de sus caminantes: los peregrinos. El Apóstol Santiago se iba a convertir en el auténtico faro, en la luz guiadora de Europa y de su pujante primer cristianismo.
Esta fiesta litúrgica conoce varias fechas; la más antigua en occidente seb celebraba el 27 de diciembre. La iglesia copta la celebra el 12 de abril y la griega el 30 de mismo mes, sin duda por su proximidad a la Pascua. El Martiriologio Romano señala el 25 de julio como el día de la traslación de las reliquias de Santiago desde Jerusalén a España.

La primera lectura es del libro de los Hechos de los apóstoles, (Hch 4,33; 5,12.27b-33; 12,2 ). «Con gran fortaleza los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús y abundante gracia había en todos ellos.» Con estas palabras se indica lo que interiormente los movía a entregar lo que poseían y vender tierras y casas. De nuevo las palabras referentes a la resurrección de Jesús están en el texto como tema fundamental de la proclamación apostólica. Los Hechos de los apóstoles nunca se cansan de hablar de ella. Realmente tiene que haber sido una impresión emotiva que los apóstoles como testigos de la resurrección comparecieran ante los hombres y su testimonio fuera corroborado por Dios con señales y prodigios. Los hombres tuvieron la experiencia de una nueva mañana de la creación. Entonces los valores externos palidecieron, y del conocimiento de la actualidad del Señor creció el amor dispuesto a la renuncia para dedicarse al servicio del prójimo.
El testimonio no es sólo un convencimiento humano, si bien ello es necesario, sino algo que tiene su origen en Dios por muchos caminos: "testigos de ello somos nosotros y el Espíritu Santo",  lo cual, literalmente se refiere a los primeros apóstoles no separados del Espíritu, sino juntos aunque no en el mismo plano. Todo el libro de Hechos es una crónica de la acción del Espíritu en los primeros tiempos de la iglesia mediante la actividad de los discípulos. Y tal testimonio tiene como contenido fundamental la resurrección concebida como salvadora "para otorgar a Israel la conversión".
Lo destacable en la lectura son las dificultades con que tropieza este testimonio. Entre ellas la principal es la muerte del primero de los Doce, Santiago, el hermano de Juan a quien solemos llamar "el Mayor". Está mencionada brevemente, en un estilo muy neotestamentario, lejos de cualquier ponderación sentimental. Pero no por eso es menos importante. Es el primero del grupo que convivió con Jesús durante su vida que muere por su Maestro. Resuena en el texto una exhortación: "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres". Y es que el ministerio apostólico vive su vida en comunión con la de Jesús, su destino es ser servidor, y su vivir con humildad, riesgo, sufrimiento y entrega.

El responsorial es el salmo 66 (Sal 66,2-8). La Biblia de Jerusalén da a este salmo el título de Oración pública después de la recolección anual. Era recitado probablemente durante la fiesta con que se daba por terminada la cosecha.
Se trata de un salmo para cantarlo en la procesión de acceso al Templo. También lo cantaban los peregrinos que marchaban hacia Jerusalén. Y refleja el deseo ardiente de que todos los hombres –sean del país que sean—alaben a Dios. Repite todo el salmo una gran alegría y enorme esperanza. Esos aspectos ya vistos por los judíos contemporáneos de Jesús son perfectamente válidos para nosotros.
El salmista inicia su poema comentando la bendición sacerdotal de Núm. 6,24-27, dando una proyección universalista. La benevolencia divina se manifiesta en el resplandor de la faz de Yahvé sobre los suyos; se dice de Dios que «aparta su faz» cuando priva a alguno de su protección; y, al contrario, cuando dispensa a alguno su ayuda y protección se dice que su faz brilla sobre él. El salmista aquí considera al pueblo elegido como vehículo para dar a conocer los caminos o modos de proceder de Dios para con los pueblos. La protección dispensada a Israel será como una lámpara que atraerá la atención de todas las gentes hacia Dios. La glorificación del pueblo elegido será una prueba de que Dios protege a los que le son fieles, y en ese sentido es un reclamo para dar a conocer sus caminos.
El v. 4 es un estribillo que señala la división de las estrofas, sin duda cantando con alternancia de coros; y en él se invita a los pueblos a alabar a Yahvé. La perspectiva del salmista es netamente universalista; como en las profecías mesiánicas de Isaías, se considera a Israel el centro de todos los pueblos: la protección de Dios y elevación religiosa y moral de su Ley será una invitación a las gentes para acercarse al pueblo que ha sido objeto de las predilecciones divinas.
El reconocimiento del gobierno equitativo de Dios (vv. 5-6). Todas las gentes deben sentirse felices y exultantes, porque es el propio Dios quien lleva las riendas del gobierno en el mundo, y, en consecuencia, sus decisiones tienen que llevar el sello de la equidad y de la justicia. Ello debe dar seguridad a sus fieles que se conforman a las exigencias de su Ley. Esto que se manifiesta en la historia de Israel, debe ser reconocido por todas las naciones, vinculadas al pueblo elegido en virtud de la bendición de Dios a Abraham sobre todas las gentes (Gn12,2). Por eso se invita a todos los pueblos a unirse en alabanza del Dios omnipotente y justo, que gobierna el mundo conforme a sus designios salvadores.
Acción de gracias por la cosecha (vv. 7-8). La benevolencia divina se ha manifestado concretamente en la abundancia de los frutos de la tierra. El salmista, agradecido por los beneficios recibidos, vuelve a implorar la bendición divina para su pueblo. Todos los habitantes de la tierra, desde sus más remotos confines, deben reconocer reverencialmente este poder superior de Dios, que gobierna el mundo con equidad (v. 8).[1]

La segunda lectura es de la segunda carta a los corintios, (2 Cor 4,7-15).  
En esta sección de la carta Pablo expone algunos de los rasgos de los servidores de la nueva alianza.
Hay dos principales: la debilidad humana del predicador pone más de manifiesto que los buenos resultados producidos tienen su auténtica causa en Dios y no en la habilidad humana: "este ministerio lo llevamos en vasijas de barro", para que se vea que todo es gracia, todo obra de Dios, y desde esta fragilidad tenemos que anunciar la Palabra; teniendo en cuenta que no podremos hacerlo si antes no lo hemos asumido, creído y vivido.
Imagen relacionadaEl tesoro es esta experiencia vital de la resurrección de Jesús cuya fuerza comunicamos y no la llevamos envuelta y adobada en ricas doctrinas, en atractivos envoltorios culturales, en eficientes medios propagandísticos, en omnipotentes medios de poder. Más bien llevamos este tesoro del evangelio envuelto en debilidad, porque es un mensaje de amor. Y el amor siempre es débil, no se defiende, no organiza la ira, no devuelve mal por mal, pone la otra mejilla, no avasalla, todo lo comprende, todo lo perdona, respeta siempre, ama la libertad del otro.
Es tema del que Pablo es muy consciente como muestra también 1 Cor 3,5-12 y 2 Cor 12,7-10. Es importante caer en la cuenta de ese enfoque para que no se crea, a la vista de la segunda parte de la perícopa (vv. 11-13) se piense que el fruto del anuncio está en proporción con el esfuerzo del predicador.
En estas líneas más que insistir en los defectos personales del predicador, Pablo se centra en las tribulaciones y persecuciones de todo tipo. No sólo lo que solemos entender con esa palabra, sino también las incomprensiones, faltas de estima, soledades...
 Dicho esto, hay que pensar también en la entrega absoluta de los que anuncian. Pablo habla de una "muerte" y la relaciona indirectamente con la de Jesús. Es un enfoque que cualquiera que se dedique a esta predicación no puede olvidar, porque tal fue el destino del Maestro y de su seguidores cercanos como Santiago.
Pero aun en este párrafo no faltan las alusiones al Espíritu y a Dios como verdaderos protagonistas del anuncio. Se trata,. una .vez más, de combinar el "hacerlo todo como si todo dependiera de nosotros, sabiendo que todo depende de Dios".


Hoy leemos un fragmento del capítulo 20 del evangelio de Mateo (Mt 20,20-28) .
El texto proclamado nos plantea algo lejano y cercano en la historia de los seguidores de Jesús. Los seguidores no siempre entendemos bien el camino y el destino. Nuestra principal incomprensión puede que guarde relación con la cruz. Incomprensión del misterio de la cruz.
Sigamos el texto: "Prosternándose y en actitud de pedirle algo". La escena recuerda el protocolo áulico con que la madre de Salomón se presentó a David para asegurar el trono a su hijo Salomón (1Rey.1,15-21).
Los vs.20-24 presentan la disonancia de la petición de la madre con el recién trazado programa de Jesús para la ida a Jerusalén (Lc.20,17-19). Disonancia expresamente resaltada por Jesús: No sabéis lo que estáis pidiendo. Un domingo más, en esta ocasión de la pluma de Mateo, el texto recoge una situación real en un lenguaje de conversación real.  
¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber? Jesús apunta a una comunión de destino entre él y sus seguidores. Comunión de camino hacia una misma gloria pasando por una misma cruz (cáliz). Gloria con cruz.
Pero ni la madre y sus dos hijos ni los diez  entendían correctamente esa comunión de camino y de destino.
V.21 A derecha y a izquierda. Los dos puestos inmediatos al Rey son los primeros en honor y en autoridad.
V.22 Beber el cáliz. Metáfora: afrontar y asimilar el sufrimiento.
V.24 Y al enterarse los diez, se indignaron contra los dos hermanos. Instantánea psicológica, ajena a la idealización y al mito, que avala la reciedumbre histórica de los evangelios. No es de suponer que el enojo colectivo contra los dos hermanos naciese de razones desinteresadas.
Los vs.25-28 presentan la enseñanza de Jesús a los doce corrigiendo y rectificando un ejercicio autoritario y opresor de la autoridad por uno de servicio. A una situación habitual y sobradamente conocida por todos (sabéis que…), Jesús contrapone otra, nada habitual y poco conocida (no será así entre vosotros). Al estilo autoritario y opresor,  Jesús contrapone el estilo de servicio. La contraposición  la formula vaciando de sus connotaciones habituales a los términos grande-primero para conferirles las connotaciones de los términos servidor-esclavo. Aspiras a ser grande, sé servidor; aspiras a ser primero, sé esclavo. Sólo siendo servidor serás grande; sólo siendo esclavo serás primero. Grafismo y paradoja en el lenguaje de Jesús.
Pero Jesús no era sólo maestro del lenguaje; era también, y sobre todo, maestro de coherencia con lo que tras el lenguaje se escondía: servidor hasta el extremo de dar la vida para liberar a todos de la muerte. Hablando de lo que el Hijo del Hombre había venido a hacer, Jesús estaba en realidad autodefiniéndose a sí mismo. Él, en efecto,  ha venido a servir y a dar la vida por todos. Jesús era maestro de expresividad gráfica no sólo por lo que decía sino por cómo lo decía. Hablaba de sí mismo sin hacer de sí mismo el centro de atención de los oyentes.
V.25 Los jefes de las naciones, los grandes. Los gobernantes no judíos. Las naciones, las gentes, los gentiles: términos con que los judíos designaban a los no judíos. Gentes era para los judíos el equivalente de Bárbaros para los griegos.
Vs.26-27 Antónimos: grande-servidor; primero-esclavo. Sinónimos: grande-primero; servidor-esclavo.
V.28 Hijo del Hombre. Expresión tomada del libro de Daniel; denota un personaje misterioso que supera la condición humana y que  encarna el poder y la justicia  que duran por siempre. En los cuatro evangelios la expresión es de uso exclusivo de Jesús sobre sí mismo. A servir y a dar la vida. La conjunción y tiene valor explicativo: es decir, es a saber. El servicio se realiza en el dar la vida. Rescate: liberación. Por muchos: Expresión hebraizante contraponiendo la unicidad del agente con la multitud de los receptores. La expresión no sólo no excluye, sino que sugiere el concepto de totalidad.
Así comenta San Juan Crisóstomo, este fragmento del evangelio de San Mateo
"Los hijos de Zebedeo apremian a Cristo, diciéndole: Ordena que se siente uno a tu derecha y el otro a tu izquierda. ¿Qué les responde el Señor? Para hacerles ver que lo que piden no tiene nada de espiritual y que, si hubieran sabido lo que pedían, nunca se hubieran atrevido a hacerlo, les dice: No sabéis lo que pedís, es decir: «No sabéis cuán grande, cuán admirable, cuán superior a los mismos coros celestiales es esto que pedís». Luego añade: ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar? Es como si les dijera: «Vosotros me habláis de honores y de coronas, pero yo os hablo de luchas y fatigas. Éste no es tiempo de premios, ni es ahora cuando se ha de manifestar mi gloria; la vida presente es tiempo de muertes, de guerra y de peligros».
Pero fijémonos cómo la manera de interrogar del Señor equivale a una exhortación y a un aliciente. No dice: «¿Podéis soportar la muerte? ¿Sois capaces de derramar vuestra sangre?», sino que sus palabras son: ¿Sois capaces de beber el cáliz? Y, para animarlos a ello, añade: Que yo he de beber; de este modo, la consideración de que se trata del mismo cáliz que ha de beber el Señor había de estimularlos a una respuesta más generosa. Y a su pasión le da el nombre de «bautismo», para significar, con ello, que sus sufrimientos habían de ser causa de una gran purificación para todo el mundo. Ellos responden: Lo somos. El fervor de su espíritu les hace dar esta respuesta espontánea, sin saber bien lo que prometen, pero con la esperanza de que de este modo alcanzarán lo que desean.
¿Qué les dice entonces el Señor? El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizarán con el bautismo con que yo me voy a bautizar. Grandes son los bienes que les anuncia, esto es: «Seréis dignos del martirio y sufriréis lo mismo que yo, vuestra vida acabará con una muerte violenta, y así seréis partícipes de mi pasión. Pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mi concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre». Después que ha levantado sus ánimos y ha provocado su magnanimidad, después que los ha hecho capaces de superar el sufrimiento, entonces es cuando corrige su petición.
Los otros diez se indignaron contra los dos hermanos. Ya veis cuán imperfectos eran todos, tanto aquellos que pretendían una precedencia sobre los otros diez, como también los otros diez que envidiaban a sus dos colegas. Pero –como ya dije en otro lugar– si nos fijamos en su conducta posterior, observamos que están ya libres de esta clase de aspiraciones. El mismo Juan, uno de los protagonistas de este episodio, cede siempre el primer lugar a Pedro, tanto en la predicación como en la realización de los milagros, como leemos en los Hechos de los apóstoles. En cuanto a Santiago, no vivió por mucho tiempo; ya desde el principio se dejó llevar de su gran vehemencia y, dejando a un lado toda aspiración humana, obtuvo bien pronto la gloria inefable del martirio (San Juan Crisóstomo. Homilía 65, 2-4: PG 58, 619-622).

Para nuestra vida
En el día de hoy, la Iglesia recuerda a uno de los doce apóstoles, Santiago el Mayor. De modo especial celebramos esta fiesta en España, pues Santiago Apóstol es patrón de nuestro país. Según la tradición, Santiago llegó a España, donde predicó el Evangelio, siguiendo la instrucción del Señor de llevar su palabra hasta los confines de la tierra. Galicia era el final de la tierra conocida en aquel tiempo. Hasta allí llegó Santiago, llevando la buena noticia de Jesucristo, y cuando estaba cansado en su labor evangelizadora, María en persona, en carne mortal, se le apareció sobre un pilar junto al rio Ebro en lo que hoy es la ciudad de Zaragoza.
La historia de Santiago, como la de los demás apóstoles o como la de cualquier otro cristiano, comienza con una llamada. Es la vocación, la invitación de Jesús a seguirle. Leemos en el Evangelio que Jesús pasó por la orilla del lago de Galilea, y allí estaba Santiago, junto a su hermano Juan, con su padre Zebedeo, repasando las redes de pescar, pues eran pescadores. Jesús pasó por su lado y los llamó. Y Santiago, junto a su hermano Juan, no dudó en seguirle, en ir tras Él. Jesús los convirtió en pescadores de hombres, pues los llamó para que conociesen el misterio de Cristo y para que después fuesen por todos los rincones, hasta el fin del mundo, para llevar esa Buna Noticia. Ser apóstol es esto: conocer a Cristo para después darlo a conocer allá donde uno vaya. Así, Santiago se convirtió en apóstol de Cristo. Vivió con Él durante su ministerio público, escuchando su palabra, viendo sus milagros y conociendo su intimidad. Y después de la resurrección, como los demás apóstoles, fue también enviado a predicar. A pesar de las dificultades, como escuchamos en la primera lectura, Santiago, junto con los demás apóstoles, “daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor y hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo”. Y este afán por llevar la Buena Noticia del Evangelio llevó a Santiago hasta el confín de la tierra, hasta España, y según la tradición aquí predicó con celo apostólico el Evangelio, llegando hasta Galicia.

La primera lectura nos sitúa en los inicios de la vida de la Iglesia. El recuerdo de la vida, pasión y muerte de Jesús se mantiene vivo, es una herida abierta que escuece en las conciencias de sus verdugos. Ello explica que al escuchar a sus discípulos que el Maestro ha resucitado y que es el Mesías, los dirigentes del pueblo de Israel se llenaran de rabia, conscientes de que si eso era verdad habían asesinado al Enviado de Dios. De ahí que traten de acallar, sea como sea, a esos galileos que proclaman el Evangelio.
En esta primera lectura de los Hechos encontramos una idea clave: los apóstoles, y en concreto Santiago, “fueron testigos”. Los apóstoles comprendieron, desde la experiencia que había supuesto en sus vidas el contacto, el contagio con Jesús, que no podían callar, que no podían guardarse el tesoro. Ellos eran conscientes de los peligros y dificultades, habían visto morir al Maestro, a Juan Bautista, a Esteban, pero la fuerza que les empujaba era mayor, y así entendieron que dar testimonio de Jesús era darse como Él, hasta el final. Fueron auténticamente “mártires”, testigos de Cristo. La realidad evangelizadora propia de la condición de discípulos es la de dar testimonio de la fe recibida y vivida.
"En aquellos días, los Apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor y hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo… y el rey Herodes hizo decapitar a Santiago, hermano de Juan". Ya sabemos la razón por la que el rey Herodes mandó decapitar al apóstol Santiago: porque se negó, junto a los demás apóstoles, a obedecer al Sumo Sacerdote, que les había prohibido formalmente enseñar en nombre de Jesús. Podemos preguntarnos: ¿por qué eligió Herodes a Santiago para ser decapitado, antes que a Pedro, a Juan, o a otro de los apóstoles que también habían desobedecido al Sumo Sacerdote? Es razonable pensar que la causa de lo elección de rey Herodes se debió a que veía al apóstol Santiago como el principal y más decidido opositor a su mandato. Este dato nos confirma, sin duda, el valor y la audacia con la que nuestro apóstol predicaba el evangelio

El salmo 66 es un canto de acción de gracias por la nueva cosecha: La tierra ha dado su fruto, nos bendice el Señor, nuestro Dios. Esta nueva cosecha invitaba a Israel a elevarse de los bienes naturales a cantar las bendiciones divinas del llamamiento de todos los pueblos al conocimiento y alabanza de Dios: Oh Dios, que te alaben los pueblos, que canten de alegría las naciones.
El salmo 66 es una acción de gracias por la cosecha que ha sido abundante y, al mismo tiempo, una plegaria pidiendo a Dios que continúe mostrando su bondad por medio de nuevos beneficios: La tierra ha dado su fruto, que el Señor nos bendiga. Además, este salmo -cosa no frecuente- tiene una fuerte resonancia universal. El salmista, tanto cuando se refiere a la alabanza divina como a los beneficios de Dios, no piensa únicamente en su pueblo, sino también en las otras naciones: " Que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia, y gobiernas las naciones de la tierra".
Ya para el salmista, y mucho más para nosotros, que en el Nuevo Testamento conocemos el plan universal de salvación que Dios tiene previsto, el salmo debe significar un abrirse a los horizontes del mundo. Tanto nuestra acción de gracias como nuestras peticiones de bendición deben tener siempre un sentido universal: "conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación.".
VV. 2-3. Los orantes, israelitas, oran primero por sí mismos, adaptando las dos primeras peticiones de la bendición sacerdotal (Núm6,24) al plural. Pero con un espíritu universalista y misionero, para que se conozca en todas las naciones el camino de Dios, las obras y naturaleza del verdadero Dios.
V. 5. Los orantes desean que los pueblos, testigos del gobierno recto de Yahvé, participen del regocijo litúrgico de Israel.
VV. 7-8. Al fin viene la mención de la cosecha reciente, celebrada en el culto por la comunidad (cf. Lev 23,39ss), en que domina la oración colectiva: La tierra ha dado su fruto, en sentido propio y obvio. Algunos autores repiten también aquí el estribillo: que te alaben los pueblos, noble aspiración, que coincide con las esperanzas y prenuncios de los grandes profetas.
Así comenta San Juan Pablo II este salmo: " 1. Acaba de resonar la voz del antiguo salmista, que ha elevado al Señor un canto jubiloso de acción de gracias. Es un texto breve y esencial, pero que se abre a un inmenso horizonte, hasta abarcar idealmente a todos los pueblos de la tierra.
Esta apertura universalista refleja probablemente el espíritu profético de la época sucesiva al destierro babilónico, cuando se deseaba que incluso los extranjeros fueran llevados por Dios al monte santo para ser colmados de gozo. Sus sacrificios y holocaustos serían gratos, porque el templo del Señor se convertiría en «casa de oración para todos los pueblos» (Is 56,7).
También en nuestro salmo, el número 66, el coro universal de las naciones es invitado a unirse a la alabanza que Israel eleva en el templo de Sión. En efecto, se repite dos veces esta antífona: «Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben» (vv. 4 y 6).
2. Incluso los que no pertenecen a la comunidad elegida por Dios reciben de él una vocación: en efecto, están llamados a conocer el «camino» revelado a Israel. El «camino» es el plan divino de salvación, el reino de luz y de paz, en cuya realización se ven implicados también los paganos, invitados a escuchar la voz de Yahvé (cf. v. 3). Como resultado de esta escucha obediente temen al Señor «hasta los confines del orbe» (v. 8), expresión que no evoca el miedo, sino más bien el respeto, impregnado de adoración, del misterio trascendente y glorioso de Dios.
3. Al inicio y en la parte final del Salmo se expresa el deseo insistente de la bendición divina: «El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros (...). Nos bendice el Señor nuestro Dios. Que Dios nos bendiga» (vv. 2.7-8).
Es fácil percibir en estas palabras el eco de la famosa bendición sacerdotal que Moisés enseñó, en nombre de Dios, a Aarón y a los descendientes de la tribu sacerdotal: «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz» (Nm 6,24-26).
Pues bien, según el salmista, esta bendición derramada sobre Israel será como una semilla de gracia y salvación que se plantará en el terreno del mundo entero y de la historia, dispuesta a brotar y a convertirse en un árbol frondoso.
El pensamiento va también a la promesa hecha por el Señor a Abrahán en el día de su elección: «De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y serás tú una bendición. (...) Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra» (Gn 12,2-3).
4. En la tradición bíblica uno de los efectos comprobables de la bendición divina es el don de la vida, de la fecundidad y de la fertilidad.
En nuestro salmo se alude explícitamente a esta realidad concreta, valiosa para la existencia: «La tierra ha dado su fruto» (v. 7). Esta constatación ha impulsado a los estudiosos a unir el Salmo al rito de acción de gracias por una cosecha abundante, signo del favor divino y testimonio ante los demás pueblos de la cercanía del Señor a Israel.
La misma frase llamó la atención de los Padres de la Iglesia, que partiendo del ámbito agrícola pasaron al plano simbólico. Así, Orígenes aplicó ese versículo a la Virgen María y a la Eucaristía, es decir, a Cristo que procede de la flor de la Virgen y se transforma en fruto que puede comerse. Desde esta perspectiva «la tierra es santa María, la cual viene de nuestra tierra, de nuestro linaje, de este barro, de este fango, de Adán». Esta tierra ha dado su fruto: lo que perdió en el paraíso, lo recuperó en el Hijo. «La tierra ha dado su fruto: primero produjo una flor (...); luego esa flor se convirtió en fruto, para que pudiéramos comerlo, para que comiéramos su carne. ¿Queréis saber cuál es ese fruto? Es el Virgen que procede de la Virgen; el Señor, de la esclava; Dios, del hombre; el Hijo, de la Madre; el fruto, de la tierra» (74 Omelie sul libro dei Salmi, Milán 1993, p. 141).
5. Concluyamos con unas palabras de san Agustín en su comentario al Salmo. Identifica el fruto que ha germinado en la tierra con la novedad que se produce en los hombres gracias a la venida de Cristo, una novedad de conversión y un fruto de alabanza a Dios.
En efecto, «la tierra estaba llena de espinas», explica. Pero «se ha acercado la mano del escardador, se ha acercado la voz de su majestad y de su misericordia; y la tierra ha comenzado a alabar. La tierra ya da su fruto». Ciertamente, no daría su fruto «si antes no hubiera sido regada» por la lluvia, «si no hubiera venido antes de lo alto la misericordia de Dios». Pero ya tenemos un fruto maduro en la Iglesia gracias a la predicación de los Apóstoles: «Al enviar luego la lluvia mediante sus nubes, es decir, mediante los Apóstoles, que anunciaron la verdad, "la tierra ha dado su fruto" con más abundancia; y esta mies ya ha llenado el mundo entero» (Esposizioni sui Salmi, II, Roma 1970, p. 551)" . [Catequesis de San Juan pablo II. Todos los pueblos alaben a Dios Audiencia general del Miércoles 9 de octubre de 2002]

En la segunda lectura  fijémonos en las palabras de San Pablo hoy, nos recuerdan algo evidente, comienza hablando de la fragilidad del hombre enviado por Dios. Vasija de barro, un cacharro de tierra cocida es el vaso donde el Apóstol lleva el tesoro divino. Así se ve con claridad que la fuerza viene de Dios. Sí, aquellos primeros enviados eran hombres sencillos, lo mismo ocurrirá luego y siempre. En definitiva el mero hecho de ser un hombre conlleva la fragilidad y la torpeza, sobre todo de cara a la proclamación del mensaje evangélico, la Palabra de Dios que nos redime y nos salva.
" Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros". El tesoro al que se refiere san Pablo es el ministerio de la fe y de la predicación del evangelio de Jesús. Esta verdad la conocieron y la experimentaron en su vida todos los apóstoles y la han conocido a lo largo de sus vidas todos los santos y todos los cristianos fieles al evangelio. Los apóstoles, antes de Pentecostés, se comportaron muchas veces con miedo y cobardía. La fuerza y el valor les vinieron de lo alto, del Espíritu Santo que recibieron.
Todos nosotros somos débiles y frágiles, nuestro cuerpo es una vasija de barro; pero si nuestro cuerpo se llena del Espíritu de Dios, somos fuertes, porque es el Espíritu el que nos conforta. El valor cristiano siempre es un valor humilde, que atribuye a Dios la fuerza y el poder. Al admirar y alabar la fuerza y el valor del apóstol Santiago, lo que de verdad estamos alabando y celebrando es el Espíritu de Jesús, con el que actuó el valeroso apóstol Santiago.

El evangelio nos muestra a la madre de los hijos de Zebedeo que no había entendido nada. Creía también que el mesianismo de Jesús iba por el camino de los honores y de la autoridad. Tampoco habían entendido los demás discípulos, que se indignaron contra los dos hermanos porque les iban a quitar dos buenas "colocaciones". Hoy demasiadas veces vemos cómo en la Iglesia - nosotros mismos- no entendemos el mensaje de Jesús. Ni antes, ni ahora en la Iglesia, puede haber rivalidades por obtener los primeros puestos. La Iglesia de Jesucristo, es una Iglesia abierta a todos; donde todos son iguales, donde se acoge al pobre, se perdona al pecador.
Juan y Santiago entendieron muy bien la pregunta de Jesús. Sabían que no se trataba de beber un cáliz dulce y agradable, sino un cáliz de esfuerzo y dolor, de martirio.
Parece evidente que si el rey Herodes hizo del apóstol Santiago el primer mártir del cristianismo es porque lo consideraba un predicador destacadísimo de la fe en Cristo. El sumo sacerdote de los judíos, y el Sanedrín en pleno, querían matar a todos los apóstoles. Si el rey mandó decapitar sólo a uno es porque consideraba a este, en aquel momento, el más significativo de todos ellos. Por eso, creo que los españoles tenemos derecho a decir que nuestro apóstol Santiago, patrono de las Españas, fue un gran apóstol y merece todo nuestro respeto y nuestra veneración. El valor de los cristianos se mide por el valor en defender la fe en Cristo con palabras y con hechos. El valor cristiano debe ser siempre un valor humilde y generoso, exigente con uno mismo y comprensivo con los demás. Por eso, debemos decir que, dejando a un lado cuestiones históricas, el apóstol Santiago no puede ser considerado patrón de España por haber reconquistado tierras a golpe de espadas, sino por haber predicado con mucho valor la fe en Cristo a las personas que vivían en esas tierras. No queremos pensar en él como principal campeón militar de la reconquista, sino como principal campeón de la predicación de la fe cristiana. Hoy día ningún cristiano quiere recordar al apóstol Santiago como un guerrero que, al frente de las tropas españolas, avanzó invencible reconquistando tierras y animando a sus tropas a matar moros; no queremos atribuir al apóstol Santiago el injusto calificativo de Santiago <matamoros>. El valor del apóstol Santiago fue un valor auténticamente cristiano, que se manifestó en la predicación de la fe en Cristo y en la capacidad para beber todos los cálices amargos que el ejercicio de esta predicación le obligó a beber. Este es el valor del apóstol Santiago, protomártir entre los apóstoles, que hoy queremos nosotros admirar e imitar.
Santiago era un hombre valiente, al que no le iban las medias tintas. Aspiraba siempre a lo mejor, a ser el primero en el seguimiento del Maestro, a seguirle hasta donde él llegara, aunque fuera hasta el martirio. No hay duda de que el carácter valiente y decidido del apóstol Santiago le ayudó a ser lo que fue: el protomártir del cristianismo.
En este siglo XXI, en Europa, vivimos un cristianismo relativamente cómodo, sin graves riesgos, ni materiales, ni sociales, ni políticos,. Esto, en lugar de ser un privilegio para nosotros, puede convertirse en todo lo contrario: en que nos acostumbremos a vivir y a practicar un cristianismo anodino, - con un alto grado de relajamiento espiritual-, de medias tintas, que no fue, ciertamente, el cristianismo que predicó Jesús, porque no exige beber ningún cáliz martirial. Por esto mismo, el ejemplo hoy del apóstol Santiago, su valor y hasta su osadía, deben hacernos reflexionar sobre nuestra propia manera de vivir el Cristianismo. Los cristianos no debemos ser nunca locos, ni temerarios, ni intransigentes, pero sí debemos ser siempre valientes y decididos en la predicación de nuestra fe cristiana, tanto de palabra como de obra. Sólo así podremos celebrar con dignidad esta festividad del apóstol Santiago.
Meditemos las palabras de Jesús ante las peticiones de estos apóstoles: "No sabéis lo que pedís". "Sabéis que los que son jefes en este mundo gobiernan como dictadores y opresores, pero no ha de ser así entre vosotros, sino al revés". Todavía entonces los apóstoles no lo habían entendido. Todavía hoy nosotros quizá no lo hayamos entendido. Ser cristiano es amar. Y amar es servir. Y la autoridad en la Iglesia es para servir. Y cualquier otra autoridad no tiene la misión sino de servir. Pero es más fácil servirse, servirnos a nosotros mismos, poner a los demás a nuestro servicio. El Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir. ¿Será tan difícil seguirle?

Rafael Pla Calatayud.
rafael@betaniajerusalen.com



[1] (Maximiliano García Cordero, en la Biblia comentada de la BAC).

No hay comentarios:

Publicar un comentario