domingo, 14 de diciembre de 2025

Comentario a las lecturas del III Domingo de Adviento. 14 de diciembre 2025.

     Las lecturas de este tercer domingo tienen un hilo conductor que es el profetismo. Todas ellas nos hacen una gran reflexión sobre la presencia de Dios en nosotros y en nuestro mundo y la alegría que esto provoca en cada uno. Hoy es el domingo de la alegría por la proximidad del nacimiento de Jesús, porque Él es nuestra verdadera alegría. A este domingo  se le llama “domingo gaudete",

Hoy celebramos el Tercer Domingo de Adviento, “Domingo de Gaudete”
El Tercer Domingo de Adviento lleva el nombre de “Domingo de Gaudete”, o ‘Domingo de la Alegría’. Se denomina así porque la tercera semana de Adviento parece despertar naturalmente una sensación de ‘cercanía’, de que el más grande acontecimiento está ‘pronto’ a suceder. Es esa experiencia del ‘falta poco’, por la que los corazones se animan porque el trecho mayor ya está recorrido. Y la liturgia recoge este sentir: la primera palabra que se dice en la introducción de la Misa es precisamente Gaudete, es decir, “¡Regocíjense!”.
        En la celebración eucarística del día, el sacerdote se reviste con una casulla de color rosa, signo de gozo, y la Iglesia invita a los fieles a profundizar en el deseo de conversión, porque el Señor ha de llegar y todo debe estar bien dispuesto. De manera coincidente, tanto en los templos como en los hogares se enciende la tercera vela de la corona de Adviento, la única vela rosada.
            El color rosa -asociado a la belleza y a la serena alegría- produce un contraste en la liturgia, en la que ha venido primando el violeta (morado) como signo de austeridad (actitud propia de las semanas de preparación para la Navidad). El color violeta ha de volver para el cuarto domingo de Adviento. En ese sentido, el rosa podría entenderse como un “ya, pero todavía no”, muy propicio para renovar esfuerzos o tomar aliento en el camino de conversión personal.
            Hoy, vamos a encender la tercera vela de nuestra corona de Adviento. El Señor está más cerca de nosotros y su luz nos ilumina cada vez más. Abramos nuestro corazón, muchas veces oscurecido por las tinieblas del pecado, a la luz admirable del amor de Dios.
Acudamos ahora a Santa María, que colaborando con el Plan del Padre permitió que la luz del Señor ilumine a la humanidad, y pidámosle que siga intercediendo por nosotros en este tiempo de preparación. Rezamos un Padre nuestro y un Avemaría.
            La semana que empezamos es también la semana que inaugura las siete ferias mayores antes de Navidad: del 17 de diciembre al 23. Son días de una gran riqueza de textos bíblicos y eucológicos, fuente de meditación y alimento espiritual.

Aparecen tres profetas que anuncian la salvación, los tres animan a tener esperanza, los tres denuncian la injusticia, los tres son perseguidos por decir la verdad y a los tres les mueve el amor de Dios.

El profeta Isaías anuncia a los desterrados en Babilonia que llegará un día en que volverán a su tierra y "se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará".

Juan el Bautista es el segundo profeta que nos presenta la Palabra de Dios de este tercer domingo de Adviento. Manda una embajada para hablar con Jesús y éste le confirma como profeta y más que profeta, el mayor de los nacidos de mujer. La misión de Juan fue preparar el camino del Señor, ser el precursor del Salvador.

En la carta de Santiago también aparece el mensaje profético. Santiago  habla de la otra venida del señor al final de los tiempos, la parusía que creía ya cercana. Insta a tener paciencia como el labrador que espera el fruto de su cosecha, o los profetas que soportaron con paciencia todos los sufrimientos.

 

La primera lectura (Is 35,1-6a.10) forma parte de la primera parte del libro de Isaías.  Los cap 34-35 presentan una visión escatológica de dos escenas complementarias:

-a) Dios interviene en la historia humana trayendo la venganza sobre Edom (cap. 34). La cólera divina se ceba sobre la ciudad y sus habitantes, la espada "chorrea sangre", "su país se vuelve pez ardiente", los cardos y ortigas crecen en sus palacios que se convierten, de este modo, en guarida de chacales y crías de avestruz.

-b) Día de venganza sobre Edom, pero a la vez "año de desquite para la causa de Sión" (34, 8; cap. 35). El Señor en persona viene a liberar a su pueblo.

El tema del texto de hoy es la vuelta al Paraíso. La venida del Salvador transformará el desierto en Paraíso (vv. 1-2, 6-7;); todas las enfermedades serán curadas (vv. 5-6) porque el nuevo Reino no conocerá ya el mal: hasta la misma fatiga desaparecerá (v. 3).

Se anuncia la abolición próxima de las maldiciones que acompañaron la caída de Adán: la fatiga del trabajo (Gn 3. 19), el sufrimiento (Gn 3. 16), las zarzas y las espinas del desierto (Gn 3. 18) no serán ya más que un mal recuerdo.

La alegría es el "leit-motiv" de todo el texto: "regocijarse", "alegrarse", "gozo y alegría" (vs 1b.2.10), quedan excluidas toda pena y aflicción (v.10). Alegría que lo invade todo: la naturaleza como morada cósmica del hombre, la tierra árida ("desierto", "yermo", "páramo" "estepa" v.1) que recobra la lozanía, su vida ("florece" como las zonas fértiles del Carmelo, Sarión y Líbano, v.2;), al mismo ser humano.

-Este gozo y alegría se deben a la presencia divina que trae la liberación de los desterrados (vs. 2b, 4b). Las expresiones "manos débiles", "rodillas vacilantes", "cobardes de corazón" hacen alusión a todos aquellos seres que en sus manifestaciones externas (manos/rodillas) e internas (corazón) han dudado, tras el destierro, del poder divino. Todos ellos contemplan la manifestación liberadora del Señor, el miedo será desterrado y sus convicciones, externas e internas, adquirirán firmeza, madurez.

-Lo menos importante a los ojos humanos, como son la tierra árida (v. 1), los seres indecisos (vs. 3-4a), los mutilados (ciegos, sordos, cojos y mudos: vs. 6a) serán los primeros en participar del gozo y alegría traídos por el Dios liberador.

-Por el camino del desierto (v. 8) avanzan los liberados por el Señor (v. 10), el destierro ha terminado y la vuelta a Sión resulta alegre (v. 10) ya que han sido liberados, como sus padres, de la esclavitud.

 

El responsorial de hoy es el salmo 145 (Sal 145,6-10) "himno" del reinado de Dios. A partir del salmo 145, hasta el último, el 150, tenemos una serie que se llama el "último Hallel", porque cada uno de estos seis salmos comienza y termina por "aleluia". En esta forma el salterio termina en una especie de ramillete de alabanza. Recordemos que la palabra "hallélouia" significa, en hebreo "alabad a Yahveh", "alabad a Dios".

El salmista canta el amor de Dios.

Dios

-Que ha creado los cielos

-Que mantiene su fidelidad

-Que hace justicia a los oprimidos...

-Que da el pan a los hambrientos...

Yahvéh

-Que libera a los prisioneros...

Yahvéh

-Que abre los ojos a los ciegos...

-Que endereza a los encorvados...

Yahvéh

-Que ama a los justos...

Yahvéh

-Que guarda a los peregrinos...

-Que protege al huérfano y a la viuda...

La tradición litúrgica judía usó este himno como canto de alabanza por la mañana: alcanza su culmen en la proclamación de la soberanía de Dios sobre la historia humana.

Así, el hombre se encuentra ante una opción radical  entre dos  posibilidades opuestas:por un lado, está la tentación de "confiar en los poderosos" (cf. v. 3), adoptando sus criterios inspirados en la maldad, en el egoísmo y en el orgullo.

La otra posibilidad, la que pondera el salmista con una bienaventuranza:"Bienaventurado aquel a quien auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor su Dios" (v. 5). Es el camino de la confianza en el Dios eterno y fiel. El amén, que es el verbo hebreo de la fe, significa precisamente estar fundado en la solidez inquebrantable del Señor, en su eternidad, en su poder infinito.

De ello se sigue una verdad consoladora: no estamos abandonados a nosotros mismos; las vicisitudes de nuestra vida no se hallan bajo el dominio del caos o del hado; los acontecimientos no representan una mera sucesión de actos sin sentido ni meta. A partir de esta convicción se desarrolla una auténtica profesión de fe en Dios, celebrado con una especie de letanía, en la que se proclaman sus atributos de amor y bondad (cf. vv. 6-9).

Dios es creador del cielo y de la tierra; es custodio fiel del pacto que lo vincula a su pueblo. Él es quien hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos y liberta a los cautivos. Él es quien abre los ojos a los ciegos, quien endereza a los que ya se doblan, quien ama a los justos, quien guarda a los peregrinos, quien sustenta al huérfano y a la viuda. Él es quien trastorna el camino de los malvados y reina soberano sobre todos los seres y de edad en edad.

Son doce afirmaciones teológicas que, con su número perfecto, quieren expresar la plenitud y la perfección de la acción divina. El Señor no es un soberano alejado de sus criaturas, sino que está comprometido en su historia, como Aquel que propugna la justicia, actuando en favor de los últimos, de las víctimas, de los oprimidos, de los infelices.

En efecto, al final del salmo se declara: "El Señor reina eternamente" (v. 10).

 

Segunda Lectura : Sant 5,7-10 Este pasaje se sitúa en la parte última de la carta de Santiago sobre un horizonte escatológico. Dos grandes temas dominan esta perícopa: la paciencia y la parusía. Estos dos temas se condicionan mutuamente. La paciencia viene motivada por la parusía y la esperanza de la parusía pide la paciencia. El ejemplo perfecto, de esta actitud de espera, es Cristo como modelo de la paciencia de Dios con los hombres. Abrirse al prójimo exige paciencia y disponibilidad para la maduración de las relaciones.

La paciencia como capacidad de encajar la prueba y como firmeza de corazón en la actitud que conviene a este tiempo de anterioridad a la Parusía. La paciencia es saber situarse desde la fe en el mundo en que a uno le ha tocado vivir. Desear otra serie de situaciones inexistentes, de uno a otro signo, es vivir una vida cristiana irreal.

Respecto a la parusía, aquí la parusía es más la de Dios que la de Cristo. Santiago está en este punto más próximo a la mentalidad judía. Este horizonte escatológico se evoca en la carta bajo varias formas (los últimos días 5, 3; la salvación 1, 21; 2, 14; la corona de la vida 1, 12; el Reino 2, 5; el juicio 2, 12-13; la gehena 3, 6).

 

En el evangelio de hoy  (Mt 11,2-11) San  Mateo recoge una tradición sobre la perplejidad de Juan Bautista ante la actuación del Mesías. Este Evangelio se compone de dos partes muy distintas: el relato de la embajada de los discípulos de Juan Bautista (vv. 2-6) y el elogio de este último por el mismo Cristo (vv.7-10).

a) La embajada de los discípulos del Bautista lleva el encargo de investigar si Cristo es realmente "el que tiene que venir". Hay que comprender esta última expresión en el sentido que le da Juan Bautista. Está tomada de Is 40, 10 (pasaje que el Precursor conoce bien, puesto que cita ya el v. 3 en Mt 3, 3), en donde la venida del Mesías va acompañada de fuerza y de violencia. Ahora bien, para Juan Bautista no hay lugar a duda de que el Mesías que él anuncia será particularmente violento (Mt 3, 11). El Mesías, en efecto, debe hacer su aparición dentro del aparato terrible de un día de Yahvé.

Pues bien, Cristo desmiente esa espera poniendo de relieve que sus obras mesiánicas están todas ellas hechas de dulzura y de salvación: en lugar de juzgar y de condenar, cura y libera.

Aunque, por otro lado, en todo eso no hay nada que no esté previsto por la Escrituras y esté en conformidad igualmente con la esperanza mesiánica. Pero hay dos conceptos opuestos del mesianismo que en aquella época se repartían al pueblo elegido: los unos esperaban los últimos tiempos como tiempos de poder y de violencia; los otros, como tiempos de liberación y de felicidad. Oponiéndose a los discípulos de Juan, Cristo revela un estilo de vida que constituye un problema para ellos y que no dejará de producir escándalo hasta tanto no se penetre en el misterio del Hombre-Dios sobre la cruz. Eso es precisamente el alcance del v. 6 (cf. Mt 13, 54-57; 16, 20-23; 26, 31-33, y , sobre todo, 1 Cor 1, 17; 2, 5). Si se produce el escándalo a causa de Cristo, aun comprendiendo que da cumplimiento a tal o cual profecía, es porque en El se ha producido algo inesperado, algo que ninguna profecía podía prever: el misterio del Hombre-Dios.

b) La segunda parte del texto se centra en Juan y en su papel dentro de la historia de la salvación. La interpelación y la pregunta retórica dan a esta parte viveza y fuerza. El desierto del que se habla es la misma falla geológica del domingo pasado, paisaje árido y tórrido, salpicado en algunos lugares por matorrales, arbustos y cañaverales. Siguiendo la margen occidental del Mar Muerto, se llega a la altiplinicie rocosa, rodeada de barrancos. Su nombre actual es Masada, que significa fortaleza. Se trata, en efecto, de una fantástica fortaleza inexpugnable, donde, entre los años 37 a 31 a. de C., Herodes había construido un palacio dotado de todos los lujos y comodidades. Un palacio proverbial, del que todo el mundo contaba mil maravillas.

Para preparar a su auditorio a la idea de que el Bautista es un profeta, Jesús utiliza una serie de imágenes: el contraste entre gentes bien vestidas y el hombre vestido de pelos de camello (Mt 3, 4; 2 Re 1-8), entre el profeta que no tiembla y la caña frágil (Jer 1, 17-19). Juan es incluso más que un profeta: es el mayor de los profetas: citando Mal 3,1 y Ex 23, 20, Jesús define, en efecto, la misión del precursor como la de un servidor que conduce al pueblo de Dios hacia la tierra tanto tiempo prometida. Y, sin embargo (v. 11), Juan es el personaje más pequeño del reino. Esta observación es capital para la comprensión del verdadero alcance del Evangelio. Juan es el mayor del Antiguo Testamento, pero, en cuanto tal, se mueve aún dentro de una interpretación demasiado humana y demasiado específicamente judía de las profecías. Por eso es el más pequeño en el reino: le falta, en efecto, la inteligencia del estilo absolutamente inesperado que Cristo introduce con su existencia de Hombre-Dios.

 

Para nuestra vida.

El Adviento es un camino. De nuestras actitudes depende que lo llenemos de la esperanza y la alegría que nos propone la Palabra de Dios hoy. ¿Qué signos “vemos y oímos” hoy entre nosotros? ¿Somos capaces de descubrir signos de alegría y esperanza en medio de tanta crisis?.

Todas las lecturas nos han animado a reflexionar sobre nuestro caminar. ¡sigamos caminando y preparando los caminos al Señor! Y, si podemos, hagámoslo con alegría. El Reino de Dios es paz, amor, alegría. También alegría, aunque previamente haya que pasar por muchas contrariedades y sufrir mucho. Pero lo último no es el sufrimiento, sino el gozo indestructible.

El cristiano debe ser testigo de la alegría: en su talante, en su vida, en sus celebraciones. La cruz sólo es un medio, no un fin. Es blasfemo presentar a un Dios triste, enemigo de la vida.

El misterio de la alegría nace en Dios, es un don, no se compra en nuestros mercados, ni se encuentra en nuestras salas de fiesta. Brota de dentro y tiene su origen en el Espíritu.

¿Seremos capaces de ofrecerle a un Dios humillado y humanado, el regalo de nuestra alegría por tenerle entre nosotros?

Que nosotros, ya desde ahora, celebremos, gocemos, saboreemos y nos alegremos de la cercanía de Dios en un humilde portal.

Desde ahora, disfrutemos y gocemos con nuestra salvación. Y, como Juan, ojala que a esa gran alegría, por ser los amigos de Jesús, respondamos –más que con palabras- con nuestras obras. Es decir, con nuestra vida.

También observemos que metidos en el tiempo de Adviento, la Iglesia quiere que reavivemos la virtud de la esperanza. ¿Qué es eso de tener esperanza hoy?.

La esperanza cristiana es una esperanza global y trascendente. Se eleva por encima de todas las pequeñas esperanzas, para después centrarlas, purificarlas, integrarlas en una meta trascendente, único lugar donde cobran un sentido aceptable para el hombre.

En la primera lectura el profeta Isaías Canta las grandezas de los tiempos mesiánicos. En medio de las dificultades, en medio de las tinieblas que envuelven su época, brota su palabra luminosa, llenando los corazones de alegría, disipando miedos y colmando el alma de paz… Aquellos campos áridos, aquellos paisajes desnudos, aquella tierra seca, tierra mostrenca, estéril como la arena. Un día se obrará el prodigio. Florecerá, reverdecerá, dará copiosos frutos, ubérrimos frutos. Será un bosque de cedros altos como los del Líbano, brotarán flores, como en el valle del Sarón, como en el monte Carmelo.

El profeta insiste en animarnos. “¡Sed fuertes,  No temáis, he ahí a nuestro Dios. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará.”  Sin embargo tenemos las manos desfallecidas, las rodillas vacilantes, el corazón apocado. Miedo y timidez, aprietos del alma, angustia del corazón. Sentimientos indefinidos que a veces atenazan el espíritu, que ahogan hasta robar la tranquilidad. Siempre el hombre ha vivido entre peligros y apuros, entre riesgos y pesares, entre prisas e incertidumbres. Sin embargo, es un hecho irrefutable que el ritmo de la vida ha crecido notoriamente, es indudable que el bullicio del vivir, la vorágine de la existencia humana ha aumentado.

Las palabras de Isaias son  palabras de esperanza y fortaleza para nosotros cristianos del siglo XXI. Para nuestra vida, tan seca a veces, tan estéril, tan árida. Tierra nuestra, seca y pobre, un día Dios realizará, en nuestra vida un prodigioso florecer como en  una maravillosa primavera, un florecer prometedor de ricos frutos.

Los tiempos mesiánicos de que habla Isaías nos invitan y cuentan con nuestra colaboración. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará”. Estas son las obras que, según profetizó el profeta Isaías, hará el Mesías, cuando venga a instaurar el reino de Dios; estas son las obras que hizo el Mesías Jesús de Nazaret. Ahora es el tiempo de la Iglesia, el tiempo de los discípulos, el distintivo del auténtico discípulo de Jesús siempre tendrá que ser este: trabajar por la justicia, para que en este mundo nuestro puedan oír los sordos, hablar los mudos, y que podamos vivir todos con dignidad cristiana, en nuestro caminar.

 

El salmo 145, es una buena ocasión de meditar como es nuestra relación de confianza con los otros seres humanos y la que tenemos puesta en Dios. Constituye un canto de alabanza al Dios poderoso compuesto con intenciones didácticas. El motivo de la auténtica confianza unifica este poema antológico. No se debe confiar en los hombres, aunque sean poderosos, porque sus planes perecen lo mismo que ellos. Dios, que demuestra su poder con doce acciones dirigidas a los más oprimidos de la humanidad, suscita la auténtica confianza.

Si el salmo se considera como una alabanza, el verso final proclama su señorío universal; si es una lección en forma de oración, el salmo se cierra con un augurio de que Dios ejerza su reinado para que tenga vida plena cuantos confían en El. Formalmente se compone de una alabanza comunitaria, aunque se exprese en singular (vv. 1-2). La exhortación que sigue termina con una bendición (vv. 3-5). Continúa y finaliza con una confesión de fe colectiva a cargo de la asamblea (vv. 6-10).

 

De la segunda lectura resuenan dos afirmaciones importantes: “ paciencia” “cercanía del Señor” “Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca.”.

El Apóstol Santiago nos invita a tener paciencia (hasta cuatro veces lo repite). Ese tiempo de paciencia y espera nos ayudará a discernir sobre cómo actuar en cada momento, sin perder el norte y permaneciendo firmes. También nos ayudará a ver con más profundidad y descubrir las huellas de Dios, los signos de su presencia en nuestro mundo y en cada persona: “los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio”.

La confesión de fe que presenta el texto de Santiago resonaba entre los primeros cristianos como una liberación, una norma moral relativizada y una exigencia de rectitud ante el inminente juicio. El tiempo fue corrigiendo el error de la comunidad apostólica y situando con realismo al creyente ante la historia. La misma confesión ha adquirido así nuevas resonancias.

Por una parte el Señor está llegando continuamente. Por eso se pone esta perícopa en Adviento. Nos estamos encontrando cada vez más con Cristo en cada circunstancia de la vida. Y es lógico que vivamos conforme a lo que somos ya, hijos de Dios, para que esos encuentros sean coherentes con nuestro ser que, por otro lado, es el mismo del propio Señor, pues El nos lo ha comunicado. El Señor llega. No sólo litúrgicamente o simbólicamente. Mejor dicho, la liturgia es símbolo de la llegada continua de Cristo a nuestras vidas. De ahí que debamos vivir según El.

Por otro lado la muerte de cada uno es la llegada definitiva del Señor. O de nosotros a Él. Es lo mismo. Y eso no sabemos cuándo sucede. Hoy día tampoco hablamos mucho de ello. El pasado abusó del tema y la reacción ha sido en sentido contrario. Por eso no quita que siga siendo real. Y nos encontraremos con el Señor en cualquier momento. Vivamos también conforme a esa esperanza. No temor, sino deseo de encuentro anticipado en nuestra conducta concreta.

"Está cerca". Lo que de El nos separa no es la distancia del tiempo, ni la magnitud de su grandeza, ni la inaccesibilidad de su misterio, sino la pobreza de nuestra fe. La fe raquítica, los afanes del mundo y de la riqueza, junto con la inconsciencia, son velos que oscurecen la contemplación de la gloria del Señor. Estos obstáculos nos alejan de El, encerrándonos en el egoísmo, la mentira, la insolidaridad o la desesperación.

"Está cerca". En el pobre y en el que sufre. En los acontecimientos, cuando sabemos vivirlos como estímulos al crecimiento y al amor. En la naturaleza, huella y obra del Creador. En nuestro interior profundo que reclama acercarse a su origen divino por medio de experiencias positivas de paz, de crecimiento, de riesgo justificado, de amor, de gozo, de eficacia.

"Está cerca, pero misteriosamente. Sólo la fe dócil y confiada sabe leer sus mensajes y presencias, a veces tan raras y sorprendentes.

Hoy el evangelio nos vuelve a presentar la figura del Bautista. Lo vemos encarcelado por mandato del rey Herodes. Su vida disoluta y sobre todo sus amoríos con la mujer de su hermano habían provocado la denuncia abierta del Precursor. El rey al parecer le tenía cierto respeto, le escuchaba aunque luego no le hiciera caso alguno. Pero Heroidas no podía soportar que aquel hombre, surgido del pueblo, la insultara impunemente. Día llegará en que pueda vengarse y eliminarlo de una vez... Sólo la muerte pudo apagar la voz de Juan que decía la verdad.

Juan fue un testigo fiel, un signo claro de la verdad que proclamaba. Por eso Jesús elogia su fortaleza en el cumplimiento de su misión. Nada pudo doblegarlo, ante nadie se inclinó. Fue recto y consecuente, prefirió la persecución, la cárcel y la muerte, antes de claudicar. El Reino de los cielos, nos dice Jesús, sufre violencia y sólo los violentos podrán conseguirlo. A primera vista podría parecer que el Señor justifica y aconseja la violencia como tal. Pero no es ese el sentido de sus palabras. Por el contexto podemos decir que Juan es un ejemplo claro de lo que significan las palabras del Señor. La violencia del Precursor fue la de sus palabras, la que ejerció contra sí en una vida penitente y austera, la violencia de la persuasión y de la inmolación del propio egoísmo, la violencia de los signos que él no ocultaba.

Hoy también hay hombres y mujeres que son perseguidos y encarcelados por defender y pregonar la verdad. Hoy también hay sonrisas y palabras de burla ante los voceros de Dios, insultos descarados o encubiertos al paso de un sacerdote que no tiene reparo en aparecer como lo que es, un signo ostensible, incluso llamativo, que proclama con sólo su presencia un mensaje divino de perdón y de misericordia, que ofrece abiertamente el camino de la salvación eterna. En un mundo paganizado y desacralizado, viene a decir el Papa, es preciso dar relieve a cuanto significa un vestigio de lo sobrenatural.

No podemos avergonzaron de ser cristianos, El Evangelio es un mensaje que exige ser proclamado, que no es compatible con el silencio. Es cierto que no hay que provocar situaciones límites de tensiones inútiles, es verdad que nunca podemos ser fanáticos, pero también lo es que no podemos conformarnos con lo que contradice a nuestro Credo, ni aceptar como bueno, o como indiferente, lo que desdice de la Ley de Dios. Y hay que obrar así aunque se nos señale con el dedo, aunque vengamos a ser un signo molesto, o incluso chirriante y que crispa a quienes opinan lo contrario.

El Adviento es tiempo de esperanza. No se puede tener esperanza sino en la medida que uno se siente limitado. El hombre es un ser que necesita una promesa para poder existir. Se siente menesteroso, limitado, acosado, como un fuego artificial que se sabe lleno de una vitalidad pasajera. La muerte crece dentro de él al mismo compás que la vida misma. En ese contexto, del conjunto de fracasos, de limitaciones, de pequeños anhelos frustrados, surge un deseo global de un bien ilimitado y trascendente, que englobe y eleve toda nuestra menesterosidad. Sólo quien bucea profundamente en su existencia terrena es capaz de sentir la necesidad de la esperanza . Sólo ése -de alguna manera- es sujeto capaz de esperanza. De una esperanza global, trascendente y total que, como tal, ya es objeto de gracia, gratuita, y que necesita un tú absoluto en el que apoyarse: Dios.

Es preciso pues revisar, reflexionar, profundizar nuestra esperanza.

¿A quién esperamos?.  Tener esperanza cristiana es haber elegido a Jesús como futuro nuestro. Y si nos alejamos de esta esperanza, ¿a quién iremos?

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com

 

 

sábado, 22 de noviembre de 2025

Comentario a las lecturas del Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario Jesucristo Rey del Universo. 23 de noviembre de 2025.

Hoy celebramos  la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo.

Jesús nos  manifiesta que la única manera de ser un auténtico Rey es poniéndose al servicio de los demás.  Esto es una novedad absoluta , como también lo fue en los tiempos que Jesús. Y eso le llevó a la muerte en la cruz, que Él convirtió en trono de amor y de misericordia. Jesús , nos recuerda que cada uno de nosotros podemos convertirnos en verdaderos ciudadanos de su Reino, si nos ponemos al servicio del prójimo, sobre todo de aquellos más débiles y pobres.

Esta fiesta  de “Jesucristo Rey del Universo” fue instituida el 11 de diciembre  de 1925 por el  Papa Pío XI, lo hizo con la intención de que en este día todos los Estados de la tierra declarasen oficial y públicamente que Jesucristo era el verdadero rey del universo. Nosotros, los cristianos, hoy, al celebrar esta fiesta tenemos un propósito más humilde, tratamos de hacer todo lo posible para que Jesucristo sea realmente el verdadero rey de nuestros corazones . Queremos que el reino de Dios se establezca en nuestra tierra y queremos que este reino sea, con palabras del Prefacio de la misa, un reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz.

Las palabras del final del texto evangélico, cierran no sólo el texto de hoy, sino un ciclo litúrgico que ha tenido en Lucas al guía y al escritor.

El próximo domingo iniciamos el Adviento y con ello un nuevo ciclo y año litúrgico, el A. En el será San Mateo el evangelista de referencia.

 

La primera lectura  del segundo libro de Samuel  (2 Sm 5,1-3 ) nos cuenta como los judíos, ungían a sus Reyes en nombre del Señor. David es ungido como rey de Israel ante todo el pueblo y es un antecedente de la realeza de Jesús, el Cristo.

La historia nos narra cómo en combate con los filisteos mueren Saúl y tres hijos suyos (I Sam. 31). Al enterarse de la noticia, David no se alegra por la muerte del que le ha causado tantos sinsabores, sino que "agarró sus vestiduras y las rasgó", y sus acompañantes hicieron lo mismo. Hicieron duelo, lloraron y ayunaron por Saúl y por su hijo Jonatán, por el pueblo del Señor, por la casa de Israel..." (I Sam. 11, 11 ss).

-David ha sabido esperar pacientemente. En Hebrón, "los de Judá vinieron a ungir... a David, rey de Judá..." (2, 4); y tras el asesinato del único hijo superviviente de Saúl, Isbaal (cap. 4), David es nombrado también rey de Israel. Así llega a ser el soberano de toda la nación.

El texto nos narra como todas las tribus de Israel van a Hebrón (v. 1), sus representantes hacen un pacto con David y le ungen rey de Israel (v. 3).

En el v. 2 encontramos el motivo de la elección: Describe tres razones.

La primera es que son "hueso tuyo y carne tuya", es decir, son parientes.

La segunda es que ya había ido a la cabeza del ejército de Israel en tiempos del rey Saúl.

Y la tercera, que el mismo Señor le había escogido para ser rey de todo el pueblo.

La unión en un solo pueblo de todas las tribus descendientes de Jacob fue casi siempre un deseo más que una realidad. De hecho, prácticamente sólo podemos hablar de un solo pueblo durante los reinados de David y de su hijo Salomón.

Las palabras del Señor destacan dos elementos importantes: el pueblo es del Señor ("mi pueblo") y el soberano es su pastor, imagen frecuente para hablar de la función real. El rey, pues, no es el dueño y señor del pueblo, que sólo pertenece al Señor, sino que es un instrumento de Dios para que lo conduzca por el buen camino.

David y los ancianos de Israel establecen un pacto, una alianza. La unión sella el pacto y confiere a David la misión real sobre Israel (cf. 1 Samuel 16, 13). Así David se convierte en rey de todo el pueblo y símbolo de su unidad y pertenencia al Señor.

 

  El responsorial es el salmo 121  (Sal 121,1-5 ).  Salmo de "peregrinación" en ritmo gradual, con palabras claves que se repiten. Era el último salmo que los judíos entonaban en su peregrinación a Jerusalén, cuando la impresionante mole del Templo se hacía visible ante sus ojos. Muestra la alegría desbordante por llegar a la Casa del Señor. Igual tiene que ser para nosotros, hoy. Mostremos nuestra alegría por estar, juntos, en la Casa de Dios.

Los peregrinos, después de un largo viaje de acercamiento llegan finalmente ante Jerusalén. Uno de ellos exclama de alegría y admiración. La ciudad ¡qué bella es! Se siente la sorpresa de un pueblerino o de un nómada pasmado al mirar las construcciones que forman un todo compacto: casas, calles, palacios, el templo, todo rodeado de murallas y torres sólidas.

El tono principal es de alegría. En forma de "inclusión" al principio y al fin del salmo, la razón profunda de esta alegría: "la Casa del Señor"... Sí, Yahveh vive en esta ciudad. Junto al nombre de la ciudad repetido amorosamente, un conjunto de expresiones poéticas y aliteraciones.

Fijémonos en la expresión: "Invocad la paz sobre Jerusalén" : la palabra "paz" tiene las mismas consonantes de Jerusalén... Cuando no utiliza ni "shalom" ni "Ieruschalaim", dice "allí" adverbio que casualmente tiene dos de las consonantes de Jerusalén.

En cuanto a un sentido más profundo, es también de perfecta unidad: Jerusalén, la capital, hacia la cual convergen caminos de todas partes, de arquitectura compacta (ciudad construida en la cima de una montaña), ciudad cuyo nombre significa "paz", es también símbolo de unidad de las tribus dispersas... La fe en el único Dios cuya gloria habita en el Templo, es el fundamento de esta comunidad fraternal.

Jerusalén es el corazón del judaísmo, centro de su pensamiento y de sus cantos, a quien los grandes poetas hebreos de todos los tiempos han dedicado sus más inspirados poemas.

En todo tiempo Jerusalén ha sido la capital del mundo judío: en tiempo de David y de los reyes, en tiempo de Esdras y Nehemías después del exilio, en tiempo de los Macabeos y en la época del Nuevo Testamento. Y en los 2000 años de Diáspora, después de su destrucción en el año 70, Jerusalén ha sido siempre el centro espiritual de su vida, la capital de su destino, como lo es actualmente en el moderno estado de Israel.

El salmo 121 canta la emoción de la ida a Jerusalén y las excelencias de la ciudad. Tiene una estructura sencilla que se puede presentar así:

a) Anuncio de la ida a Jerusalén y alegría (vv. 1-2)

b) Elogio de la ciudad: de su templo e instituciones (3-5).

c) Augurios de paz y de felicidad (6-9).

a) Anuncio de la ida a Jerusalén y alegría (vv. 1-2)

La frase inicial expresa todo el júbilo y entusiasmo que produce el anuncio de la próxima subida a Jerusalén. Es una alegría desbordante de un deseo vivísimo que se ve cumplido: subir en peregrinación a la ciudad de Jerusalén, en compañía de otros muchos peregrinos con quienes se comparte la misma ilusión, el mismo sentir, la misma fe.

El salmista, en su imaginación, se ve en la ciudad santa, en la casa de Yahvé. La expresión "en tus puertas" es una frase poética en una figura literaria que se llama sinécdoque, y que consiste en decir una parte por el todo; aquí las puertas equivalen a la ciudad toda de Jerusalén, como si dijera: "Ya están nuestros pies en la ciudad". En Jerusalén está la casa del Señor, el templo de Salomón, luego reconstruido por Ageo y más tarde por el rey Herodes, y el templo era el orgullo del pueblo judío, el mismo corazón de su fe que encerraba tantos y tantos recuerdos de su historia y de su religión. Por esto, poder estar en Jerusalén y visitar el templo era una gracia que llenaba de alegría y gratitud.

b) Elogio de la ciudad: de su templo e instituciones (3-5)

Para los peregrinos el impacto de Jerusalén y de su templo era grande: venir de un pueblo insignificante o lejano y encontrarse con una ciudad grande, rodeada de murallas y de torres, con sus calles y plazas, con sus palacios, y descollando sobre todo ello, el gran templo donde palpitaba la fe y la religiosidad de Israel: todo ello producía una impresión inolvidable, reafirmaba la fe y hacía sentirse más hebreos a los hijos de Israel.

El salmista evoca todo esto, lo admira, se siente feliz de estar en Jerusalén, tan grande, tan hermosa, tan bien construida con sus edificaciones seculares llenas de recuerdos y de gloria.

Luego pondera las instituciones de la ciudad: los tribunales de justicia: de Jerusalén parte el orden, la paz, la rectitud. De Jerusalén vienen las leyes, las normas y ordenaciones para todo el pueblo, para que todos puedan gozar de paz y de prosperidad. En el mundo antiguo, donde imperaba tantas veces la ley del desierto, era confortante encontrar una garantía de justicia y de seguridad. Y todo esto lo daba Jerusalén, en el palacio de David estaba el recto juicio para todo, los sabios y los jueces del pueblo para ayudarlo y defenderlo.

Esta ciudad --recuerda san Gregorio Magno en las «Homilías sobre Ezequiel»-- «erige su gran edificio con las costumbres de los santos. En una casa una piedra sostiene la otra, pues se pone una piedra sobre otra, y quien sostiene a otro a su vez es sostenido por otro. De este modo, precisamente de este modo, en la santa Iglesia cada quien sostiene y es sostenido. Los más cercanos se sostienen mutuamente y a través de ellos se erige el edificio de la caridad. Por este motivo, Pablo advierte: "Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid así la ley de Cristo" (Gálatas 6, 2). Subrayando la fuerza de esta ley, dice: "La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud" (Romanos 13,10). Si no me esfuerzo por aceptaros como sois, y si vosotros no os esforzáis por aceptarme como soy, no se puede levantar el edificio de la caridad entre nosotros, que estamos ligados por amor recíproco y paciente». Y para completar la imagen, no hay que olvidar que «hay un cimiento que soporta todo el peso de la construcción, nuestro Redentor, quien por sí solo sostiene en su conjunto las costumbres de todos nosotros. El apóstol dice de él: "nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo" (1 Corintios 3, 11). El fundamento sostiene las piedras pero no es sostenido por las piedras; es decir, nuestro Redentor carga con el peso de nuestras culpas, pero en él no ha habido ninguna culpa que soportar» (2,1,5: «Obras de Gregorio Magno» --«Opere di Gregorio Magno»--, III/2, Roma 1993, pp. 27.29).

 

La segunda lectura  de la carta a los colosenses  (Col 1,12-20 ) .El himno de Colosenses ofrece una visión del Reino de Cristo más conforme con la profunda realidad de tal reino que cualquiera de las imaginaciones que puede sugerirnos el título de Cristo Rey, del cual se ha hecho tanto uso y abuso en tiempos antiguos como recientes.

Los colosenses tenían su filosofía (la gnosis): imaginaban la energía divina (la plenitud) extendiéndose gradualmente entre los ángeles, el hombre y la materia. Incluso concedía a Cristo un lugar dentro de esta jerarquía. Pero Pablo reacciona vivamente contra esta anexión de Cristo por una filosofía, y desde el propio vocabulario de la misma pone de relieve el puesto único de Cristo.

San Pablo resume en tres puntos la obra salvadora de Dios en Cristo:

Dios nos ha hecho participar graciosamente de la herencia que había preparado para su pueblo santo, nos ha sacado del dominio de las tinieblas y trasladado al reino de su Hijo, y nos ha concedido el perdón por la sangre de Cristo.

Por eso es justo y necesario dar gracias a Dios, al Padre, por medio de Jesucristo. Vale la pena hacer notar que San Pablo se sirve de categorías del éxodo cuando hace esta memoria de la salvación de Dios en Jesucristo: herencia (=tierra prometida), pueblo santo, dominio de las tinieblas o esclavitud, traslación al reino, redención por la sangre (del Cordero de Dios, Jesucristo es nuestra Pascua).

San Pablo anuncia el evangelio de la liberación de todos los pecados y de cuanto esclaviza al hombre interna y externamente.

San Pablo nos presenta aquí una síntesis de toda su cristología.

El "Dios invisible" es el Padre. Jesús es la "imagen del Padre"; por eso quien ve a Jesús, ve también al Padre (cfr. Jn 14, 9). Sólo por Jesús y en Jesús tenemos acceso al conocimiento del Dios invisible, del Dios vivo, que no es el Dios de la filosofía sino el Dios de la vida y de la historia, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob.

"Primogénito", pues no ha sido creado sino engendrado por el Padre:

 "Primogénito", porque es el heredero de todas las promesas y el primero entre muchos hermanos.

 "Primogénito" también porque es anterior a todo cuanto por él ha sido creado. Como Hijo de Dios, Jesús es de la misma naturaleza que el Padre.

Todo ha sido creado con la mediación del "Hijo querido del Padre". Lo visible y lo invisible, lo terrestre y lo celeste es por él y para él. Con estas afirmaciones, San Pablo sale al paso de algunas desviaciones doctrinales que disminuían la persona y la obra de Cristo en el universo. Uno de los errores principales que quiere combatir San Pablo, es una especie de culto que se tributaba a los elementos fundamentales del cosmos (el agua, la tierra, el fuego y el aire) que se creían animados por espíritus celestes e invisibles. San Pablo afirma claramente que nada ni nadie está por encima de Cristo, el Señor.

Cristo, por quien y para quien todo ha sido creado, es también el que todo lo conserva y lo salva.

El universo, alejado de Dios por el pecado del hombre, estaba a punto de perecer definitivamente ante la amenaza de la muerte. Pero el Hijo de Dios se hace hombre para llevar a cabo una restauración universal, mejor, una recreación. Para ello Cristo se ha constituido en cabeza de la Iglesia, que es su cuerpo y el sacramento eficaz o señal de esta segunda creación. De Cristo procede ahora la nueva vida, él es el principio supremo de un nuevo orden. El es el primero que ha resucitado de entre los muertos y el principio de toda regeneración.

"Residiera toda la plenitud", esto es, la plenitud divina. Toda la riqueza inestimable de la divinidad que los falsos maestros suponían repartida entre los espíritus y potestades celestes, Pablo la ve concentrada en Cristo, que es el único Señor. Sin Cristo no es posible la salvación de los hombres y del universo.

Pero en Cristo ha querido el Padre reconciliar consigo y salvar así todos los seres. Cristo ha muerto para que todos y todo tenga vida, en su sangre se alcanza aquella paz universal y aquella reconciliación sin la que es imposible la existencia. Judíos y gentiles son llamados en Cristo para formar un solo pueblo; el cielo y la tierra, todas las criaturas, están ahora en dolores de parto hasta que se manifieste la salvación universal operada por Dios en la sangre de Cristo.

 

San Juan Pablo II comenta así este texto: " En él sobresale la figura gloriosa de Cristo, corazón de la liturgia y centro de toda la vida eclesial. Ahora bien, muy pronto el horizonte del himno se amplía a toda la creación y a la redención, abarcando a todo ser creado y a toda la historia.

En este canto se puede percibir el ambiente de fe y de oración de la antigua comunidad cristiana y el apóstol recoge su voz y testimonio, imprimiendo al mismo tiempo al himno su impronta.

2. Después de una introducción en la que se da gracias al Padre por la redención (Cf- versículos 12-14), el cántico, que la Liturgia de las Vísperas presenta cada semana, se articula en dos estrofas. La primera celebra a Cristo como «primogénito de toda criatura», es decir, ha sido generado antes de todo ser, afirmando así su eternidad que trasciende el espacio y el tiempo (Cf. versículos 15-18a). Él es la «imagen», el «icono» de Dios que permanece invisible en su misterio. Ésta fue la experiencia de Moisés, quien en su ardiente deseo de contemplar la realidad personal de Dios, escuchó esta respuesta: «Mi rostro no podrás verlo, porque no puede verme el hombre y seguir viviendo» (Éxodo 33, 20; Cf. Juan 14, 8-9).

Por el contrario, el rostro del Padre creador del universo se hace accesible en Cristo, artífice de la realidad creada: «por medio de Él fueron creadas todas las cosas… y todo se mantiene en Él» (Colosenses 1, 16-17). Cristo, por tanto, por un lado es superior a las realidades creadas, pero por otro, está involucrado en su creación. Por este motivo, puede ser visto como «imagen del Dios invisible», cercano a nosotros a través del acto creativo.

3. La alabanza en honor de Cristo avanza, en la segunda estrofa (Cf. versículos 18b-20), hacia otro horizonte: el de la salvación, la redención, la regeneración de la humanidad creada por Él, pero que al pecar había caído en la muerte.

Ahora la «plenitud» de gracia y de Espíritu Santo que el Padre ha dado al Hijo permite el que, al morir y resucitar, pueda comunicarnos una nueva vida (Cf. versículos 19-20).

4. Él es celebrado, por tanto, como «el primogénito de entre los muertos» (1,18b). Con su «plenitud» divina, pero también con su sangre derramada en la cruz, Cristo «reconcilia» y «hace la paz» entre todas las realidades, celestes y terrestres. De este modo les restituye su situación originaria, recreando la armonía primigenia, querida por Dios según su proyecto de amor y de vida. Creación y redención están, por tanto, ligadas entre sí como etapas de una misma historia de salvación.

5. Como de costumbre, dejamos ahora espacio a la meditación de los grandes maestros de la fe, los Padres de la Iglesia. Uno de ellos nos guiará en la reflexión sobre la obra redentora realizada por Cristo con su sangre.

Al comentar nuestro himno, san Juan Damasceno, en el «Comentario a las cartas de san Pablo» que se le atribuye, escribe: «san Pablo habla de la “sangre por la que hemos recibido la redención” (Efesios 1, 7). Se nos da como rescate la sangre del Señor, que lleva a los prisioneros de la muerte a la vida. Los que estaban sometidos al reino de la muerte sólo podían liberarse a través de Aquél que se hizo partícipe con nosotros de la muerte… Con su venida, hemos conocido la naturaleza de Dios que existía antes de su venida. De hecho, es obra de Dios el haber extinguido la muerte, restituido la vida y reconducido a Dios al mundo. Por ello, dice: “Él es imagen de Dios invisible” (Colosenses 1, 15), para manifestar que es Dios, aunque no es el Padre, sino la imagen del Padre, y tiene su misma identidad, si bien no es Él» («Los libros de la Biblia interpretados por la gran tradición» --«I libri della Bibbia interpretati dalla grande tradizione»--, Bolonia 2000, pp. 18.23)". (San Juan Pablo II.  Cristo, «imagen del Dios invisible». Comentario al cántico de san Pablo del inicio de la carta a los Colosenses. Miércoles, 24 noviembre 2004).

 

El evangelio de san Lucas (Lc 23,35-43 ). Es un fragmento que nos narra la crucifixión de Jesús,  está lleno de símbolos de realeza. Es como si nos quisiera decir que la Cruz es el auténtico trono de Cristo Rey. El rótulo que puso Pilato habla del Rey de los judíos. una escena: tres malhechores ajusticiados. La cruz del centro es la de Jesús. El texto lo ha trabajado Lucas como una observación de la escena por distintos grupos de personas.

Es una secuencia de actitudes ante Jesús crucificado. En primer lugar está el pueblo (v. 35a). "El pueblo, en pie, presenciaba la escena".

Siguen las autoridades religiosas (v. 35b). Su actitud es calificada de comentario con sorna. Cuestionan a Jesús como el Enviado de Dios.

En tercer lugar Lucas hace pasar a los soldados romanos encargados de la ejecución (vv. 36-37). Su actitud es descrita como actuación burlona. Cuestionan a Jesús como rey.

San Lucas aprovecha este momento para dar cuenta del delito por el que Jesús ha sido condenado a muerte: "Este es el rey de los judíos" (v.38).            Por última y cerrando la serie de presencias, Lucas se fija en los propios malhechores que flanquean desde sus cruces a Jesús (vs. 39-43). Es la secuencia más larga. Inicialmente corre paralela a la de las autoridades y los soldados. La actitud del primero de los malhechores es calificada de insultante. Como las autoridades, también él cuestiona a Jesús como Mesías. Pero el signo de las actitudes se rompe con el segundo de los malhechores. Tras reconocer la justicia de su castigo y la injusticia del de Jesús, se dirige a éste solicitando un recuerdo cuando llegue a su reino. Las palabras de Jesús cierran el texto: Hoy estarás conmigo en el paraíso.

San Lucas,  nos ha ido llevando y haciendo descubrir a lo largo del año valores y actitudes del Reino de Dios. Lo ha hecho en gran parte desde los marginados, los desechados. Pastores, mujeres, hijos pródigos, publicanos, prostitutas, samaritanos. Ellos han sido artífices de los hechos que se han verificado entre nosotros (cfr. Lc. 1, 1). Un día cualquiera de su vida se encontraban con Jesús. Este no los enjuiciaba ni los sermoneaba. Sencillamente estaba al lado de ellos. Pero algo descubrían en él que los impulsaba al cambio. Y por propia iniciativa salían de su desafortunada vida para vivir la de Jesús, la de su reino.

En el texto vuelve a haber uno de esos encuentros, propiciado por  la Ley del Estado, la misma para ambos malhechores. Pero uno de los  malhechores junto a Jesús grita lo injusto de esa ley en el caso de Jesús: "Este no ha hecho nada censurable". Pero es sólo el grito de un malhechor. ¿Qué había descubierto realmente en Jesús? Tampoco esta vez nos lo dice San Lucas, pues, no es él un escritor de interioridades o de estudios psicológicos. Simplemente señala una situación que es una constante en su Evangelio: un desechado descubre a Jesús, algo en él que le impone, le impresiona, le cambia.

 

Para nuestra vida.

En este domingo acaba el Ciclo litúrgico C. El ciclo acaba con la Solemnidad de Cristo Rey. El Reino de Dios es : servicio, entrega, generosidad, comprensión. No siempre, el servicio a Cristo, pasa por el aplauso del mundo. Jesús Rey es una figura atípica: manda sirviendo y sirve orientando.

En esta fiesta de Cristo Rey se nos presenta a Cristo como el centro de la vida de la Iglesia. En Él, por Él y para Él van encaminados nuestros desvelos y –sobre todo- el esfuerzo evangelizador para que, su Evangelio, sea tomado en cuenta a la hora de reconducir este mundo un tanto despistado o perdido.

Para entender el señorío de Jesús, en este día de Cristo Rey, es necesario contemplarlo en  la cruz. Ella nos aclara las principales coordenadas de la forma de ser, pensar y actuar de Jesús: amor a su pueblo cumpliendo la voluntad de Dios.

San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, en el "episodio" del "Rey Temporal y el Rey Eternal" lo define muy bien. Viene a decir que si nosotros somos capaces de apoyo total a un rey de este mundo que quiere instituir lo que todos queremos y guardamos una relación de identidad con sus postulados, sus vestidos, sus trabajos, sus sufrimientos, etc.; mucho más tendríamos que apoyar a un Rey Eterno que busca nuestra salvación y nuestra felicidad, que constituyen –sin duda—uno de los mayores anhelos.

 

En la primera lectura aparece ya la realeza por elección divina en la persona de David. A la muerte del rey Saúl la guerra se enciende en los campos de las tribus de Jacob. Unos se inclinan por David, otros por Isbaal[1], el hijo de Saúl. Pero la suerte estaba echada desde hacía tiempo. Dios había ungido a David por medio de Samuel. Entonces era un chiquillo, pero ahora es un guerrero con experiencia, un hombre curtido por la lucha, prudente y temeroso de Yahveh. Después de algunas escaramuzas, triunfa la causa de David. Y todas las tribus vinieron a Hebrón para proclamar al nuevo rey del pueblo escogido. Aclamación unánime y entrega sin condiciones.

A David el Señor "lo sacó de los apriscos del rebaño..., lo llevó a pastorear a su pueblo..." (Sal. 78, 70 ss). Su misión no consistió en dominar por la fuerza, sino en orientar, cuidar, preocuparse y ser servidor de su pueblo.

 

El salmo de hoy, es uno de los graduales más conocidos y cantados: "Qué alegría cuando me dijeron...". Expresa la alegría y la emoción que llenaba el corazón de todo israelita cuando subía en peregrinación a la ciudad santa de Jerusalén y a su templo.

EL salmo nos hace comprender lo que representaba para los judíos ir a Jerusalén, contemplar su templo, estar unos días en la ciudad, capital de su nación.

Hermosa la referencia a la Paz. Aspiración universal a la paz, a la alegría, a la felicidad. También en el mundo actual, la humanidad entera toma conciencia cada vez más de su unidad profunda, de sus dependencias mutuas. Pero al mismo tiempo, los particularismos y las oposiciones se exacerban. Señor, que la humanidad entera llegue a ser "como una ciudad en que todo se sostiene..." que las tribus..., las razas, las culturas "suban y converjan" las unas hacia las otras... que la paz reine sobre la ¡tierra!.

Alegría: iremos a la ¡Casa del Señor! La experiencia de la peregrinación que entonces se hacía a pie, debía tener un profundo sentido simbólico: partir de casa, ponerse en marcha, afrontar los peligros y la fatiga de un largo viaje, contar los días, tener la mente fija en la meta lejana, que día a día se acerca... Mirar finalmente la colina, ¡largamente deseada! Es ésta la parábola de la condici6n humana, en marcha hacia la "Casa de Dios". ¿Estamos realmente en marcha hacia Dios? ¿Concebimos nuestra vida como algo que avanza, que avanza hacia una meta, hacia alguien?

Desde el salmo vemos la relación: ¡David! - ¡Jesucristo! - ¡Cristo Rey!. En el momento en que los judíos oraban con este salmo,  la "Casa de David" ya no estaba ya en el trono.¿ Cómo podían decir?: "en ella están los tribunales de justicia, los tribunales de la casa real de David". Estas palabras significaban la esperanza y el deseo de un "Mesías", descendiente de David según la promesa (2 Samuel 7,1-17). Sabemos que ya vino "el príncipe de la paz", Jesús. Podemos recitar este salmo pensando en aquel que vino a realizar la "Nueva Alianza".

 

  La segunda lectura nos presenta una vez más el himno de Colosenses. Las características de ese himno en relación con la fiesta de hoy es que la función descrita y comentada en estas líneas recibe el nombre de "reino de su Hijo querido". Es decir, en la visión de la tradición paulina, el Reino de Cristo no es exactamente el dominio que compete a Dios por su creación y conservación del mundo material y humano, sino la participación de Cristo en la misma realidad humana y cósmica para hacer que desde el comienzo sea algo divino.

Es un reino desde dentro de la realidad y no desde fuera. El Reino es el estado de la humanidad que Cristo le ha conferido para tomar parte en ella. En otras palabras, el que el hombre haya sido pensado y realizado como hijo de Dios y que el mundo también participe de esa condición y sea portador del Reino, lugar donde se realiza, porque toda la realidad ha sido tocada por Cristo.

Lo principal, pues, del Reino en esta visión es que el mundo, la historia, el hombre en todas sus circunstancias -menos el pecado- es revelación y presencia de Dios, porque es Reino de su Hijo, y es allí donde le podemos encontrar. No hay que buscarlo fuera de aquí, sino en su misma entraña.

"Él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz". Este es el destino de todos los discípulos de Cristo, de todos los cristianos: ser reconciliadores de todos los seres con los que vivimos, ser siempre sembradores de paz, aunque para conseguir esta paz tengamos muchas veces que dejar jirones de nuestra propia sangre en la lucha contra el desamor y contra el mal. No olvidemos que nuestro jefe, nuestro rey, murió en la batalla contra el pecado y contra la muerte, pero Dios lo resucitó y desde siempre y para siempre vive y vivirá junto al Padre. Este es también nuestro destino, un destino difícil, pero glorioso, como el de nuestro rey, Jesús.

Lo que nos dice lo hemos oído muchas veces, forman parte de un Himno habitual en la liturgia eucarística y en la de las horas. Nos llevan al Reino del Hijo querido de Dios.

 

  El evangelio , hoy describe el final,  la meta del camino de Jesús. La escena se desarrolla en el lugar llamado la Calavera, donde Jesús y dos criminales han sido crucificados. En la descripción de la escena San Lucas procede por acumulación de datos: el pueblo; a él se añaden las autoridades; a éstas, los soldados, y a éstos, por último, un letrero sobre la cabeza de Jesús. La traducción litúrgica no ha reflejado adecuadamente esta acumulación y gradación de datos. El conjunto resultante es un inmenso sarcasmo. ¡Valiente Mesías y Rey! La segunda parte del texto se desarrolla arriba, en las cruces. Tampoco allí reina el silencio, aunque en esta ocasión las palabras no sean irónicas, pues los dos criminales gritan desde su situación de condenados. Los dos, sin embargo, la vivencian de diferente manera: con despecho y amargura uno, con reconocimiento y esperanza el otro. Y así, en medio del griterío, surge el único diálogo sobre un malhechor y un rey. Por enésima vez en el Evangelio de Lucas un marginado (nadie lo es más que un condenado) se convierte en vehículo de enseñanza para el cristiano.

Desde la cruz, Cristo nos enseña que –el camino del servicio, del amor y de la entrega- es la mejor forma de ascender un día hasta su presencia. ¿Nos gusta ese trono en forma de cruz? ¿Queremos reinar con Él?

El Reino de Cristo es uno de  nuestros profundos anhelos . Para algunos, llevados de ciertas interpretaciones más parecidas a los anhelos de los antiguos judíos, creen que este reino es posible en este mundo. Para otros, quitándole fuerza, lo sitúan como una entelequia simbólica o abstracta de imposible concreción. Pero Jesús nos precisa que el Reino está cerca y además vive dentro de nosotros. Entonces, ese reino es una forma de vida, una fórmula de amor y una entrega a los hermanos, mientras que amamos a Dios sobre todas las cosas. Está claro que años, además, hemos aprendido que es un Reino de paz, misericordia y perdón.

Jesús resucitado nos ofrece una relación personal, una amistad personal, pero, al mismo tiempo, me invita a dar una respuesta personal. Él tiene para cada uno un proyecto personal, una misión concreta e intransferible con la que he de servir al Reino de Dios, a la construcción de una Iglesia y una sociedad fraternas. No hay verdadera respuesta a su amistad sin prestar la colaboración que él nos pide para el crecimiento de su Reino.

Reconocer el señorío significa, en primer lugar, estar dispuesto a realizar su voluntad sobre nosotros, sobre nuestra familia, sobre nuestra comunidad.

La voluntad del Señor Jesús no es algo negativo: "No hagas el mal"... Ni algo genérico: "Cumple con lo prescrito"... No. Se trata de poner todo nuestro ser y nuestro tiempo a disposición del Señor y al servicio de la misión que nos ha confiado. Esto es lo que hace Pablo al convertirse: "Señor, ¿qué quieres que haga?" (Hch 22,10). Es lo mismo que dirá Teresa de Jesús: "Vuestra soy, para Vos nací, ¿qué mandáis hacer de mi?". No sólo qué mandas hacer a todos, sino a mí específicamente. Es lo que hace todo empleado al comenzar la tarea de cada día. Espera las consignas del encargado; pregunta: ¿qué tengo que hacer hoy?, ¿cómo quieres que haga? Esto significa que no sólo unos ratos, ni sólo unos ritos, sino toda la vida ha de estar al servicio del Señor.

Queremos, que Jesucristo reine en el mundo, pero no al estilo de los reyes que gobiernan los Estados del mundo. Fue el mismo Jesucristo el que nos dijo que su reino no era de este mundo, porque él no había venido a gobernar la tierra al estilo de los reyes del mundo. En el prefacio de la misa de hoy se nos dice que el reino de Jesucristo es un reino de la verdad y de la vida, de la santidad y de la gracia, de la justicia, del amor y de la paz. Desgraciadamente, los reinos de este mundo no son así. En el mundo en el que nosotros vivimos triunfa muchas veces la injusticia, la mentira, la guerra y el desamor. Yo creo que el buen ladrón intuyó esto con claridad, cuando en el último momento, desde su cruz cercana, vio la mirada llena de amor y de perdón de aquel compañero al que llamaban Jesús. Este compañero, Jesús, estaba muriendo como víctima de la injusticia del mundo, pero era consciente de que moría por amor al mundo, para salvar al mundo de la injusticia. Este buen ladrón, arrepentido, quería abandonar el reino de pecado, desamor e injusticia en el que él había vivido hasta entonces, y quería de verdad morir en ese reino de amor, de santidad y de gracia que predicaba su compañero Jesús. Por eso, arrepentido y lleno de confianza, se atrevió a exclamar: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”.

Reconocer el señorío de Jesús no consiste sólo en hacer lo que Dios manda, sino lo que Dios quiere: dejar que Dios haga su voluntad en nuestra vida. Forma parte del Reino de Jesús, trabaja por él, quien tiene su espíritu y actúa "como él" actuaba. "Yo hago siempre lo que agrada a mi Padre" (Jn 8,29), testifica.

Aquí está el secreto para saber si somos hijos en la casa del Padre o criados egoístas e interesados. "Señor, ¿qué quieres que haga?" (Hch 22,10), pregunta Pablo en el momento de su conversión. No pregunta: "¿qué mandas?", sino ¿qué quieres?

Estar convertido, reconocer de verdad a Jesús como el Señor de nuestra vida personal, familiar y comunitaria, consiste en poner toda nuestra alegría en complacer a Dios, como tantas veces recomienda Pablo a los miembros de sus comunidades (1Ts 4,1). Este deseo de "complacer" o "agradar" al Señor ha de llevarnos a discernir su voluntad a través de las mediaciones de las que se sirve: la llamada de la comunidad a responsabilizarse de tareas o a colaborar en trabajos comunitarios, las necesidades apremiantes de nuestro entorno, el consejo de los compañeros del grupo cristiano, el ejemplo y la generosidad de otros seguidores de Jesús, los acontecimientos que suponen para nosotros una interpelación, la preparación y el carisma que cada uno tiene... Todos éstos pueden ser cauces para reconocer la voluntad del Señor sobre nosotros.

La disponibilidad para hacer siempre y en todo la voluntad de Dios es la que evita que se sirva a dos señores (Mt 6,24). "Tú sólo Señor, Jesucristo", recitamos en el Gloria. No se puede ser militante de dos partidos políticos y estar con dos líderes opuestos. No se puede servir y honrar a Dios en el templo y al ídolo de la comodidad, del consumo, de la presunción, del autoritarismo fuera del templo. Como dice certeramente el dicho castellano, "no se puede prender una vela a Dios y otra al diablo". Servir sólo al Señor significa que hacemos todo lo demás inspirados por la fe en Jesús y realizando su voluntad, trabajando por el Reino.

Ésta es la tragedia de muchos cristianos que, tal vez sin darse cuenta, reconocen teóricamente y confiesan a Jesús como el único Señor, pero tienen como verdadero "señor" de su corazón a algún o algunos ídolos.

Reconocer el señorío de Jesús, luchar por él, conlleva que sus discípulos realicemos de verdad su Reino, que creemos un espacio comunitario en el que de verdad se realice el proyecto de Dios en el que nos reconozcamos y vivamos como hermanos, hijos de un mismo Padre. Reconocer el señorío de Jesús, ser de verdad miembros de su Reino, es construir entre todos una sociedad de contraste en la que las personas sean respetadas como hijos de Dios, en la que todos seamos, de hecho, no sólo de derecho, iguales, en la que reine el amor mutuo, el servicio, el respecto a la libertad del otro, la corresponsabilidad, la preocupación preferencial por los más débiles, pobres y sufrientes. En definitiva, una sociedad distinta, en la que nadie es anónimo ni es instrumentalizado, sino ayudado a realizarse como persona y como creyente.

Reconocer el señorío de Jesús, pertenecer de verdad a su Reino, supone luchar para que la sociedad, el barrio, nuestro mundo del trabajo... se acerquen cada vez más al proyecto de Jesús, para que se desarrollen los valores humanos que constituyen el verdadero Reino, que es, como dice la liturgia, Reino de verdad, de vida, de justicia, de amor y de paz; en definitiva, que se asemeje lo más posible a ese espacio  celestial  que ha de ser la comunidad cristiana.

San Pedro hace veinte siglos confesó : "¿A quién vamos a ir, Señor? Sólo tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6,68).

Rafael Pla Calatayud.

rafael@betaniajerusalen.com



[1] Fue uno de los cuatro hijos del rey Saúl y su sucesor en el trono sobre una parte del reino de Israel.

Isbaal tomó el mando bajo la tutela del general Abn   fue uno de los cuatro hijos del rey Saúl y su sucesor en el trono sobre una parte del reino de Israel. Isbaal tomó el mando bajo la tutela del general Abner, después de la derrota y muerte de su padre y sus hermanos en la batalla del Monte Gilboa. Según 2 Samuel 2, 10, Isbaal tenía cuarenta años cuando comenzó a reinar (en torno al año 1000 a. C.) y reinó dos años desde Mahanaim en Transjordania, mientras que la tribu de Judá era gobernada por David desde Hebrón.

Después de la derrota y muerte de su padre y sus hermanos en la batalla del Monte Gilboa. Isbaal tenía cuarenta años cuando comenzó a reinar (en torno al año 1000 a. C.) y reinó dos años desde Mahanaim en Transbordaría, mientras que la tribu de Judá era gobernada por David desde Hebrón.