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viernes, 10 de agosto de 2018

Comentarios a las lecturas del XX Domingo del Tiempo Ordinario 19 de agosto de 2018

Comentarios a las lecturas del XX Domingo del Tiempo Ordinario 19 de agosto de 2018


En los domingos  durante el año la lectura del Antiguo Testamento prepara el mensaje del evangelio (no pasa lo mismo con la 2a lectura, que sigue su ritmo propio). Estos domingos pasados, por ejemplo, el discurso sobre el pan de la Vida era ya ambientado por lecturas que hablaban de comida en la historia de Eliseo, Moisés y Elías.
Las lecturas de los domingos anteriores apuntaban ya al misterio de Cristo hacia la Eucaristía. : El milagro de los panes; el maná nuevo; el Pan de vida que promete Jesús. Es el alimento nuevo. Alimento que es necesario tomar. Y hay que tomarlo como el se presenta: venido del Padre y muerto por nosotros. Necesaria la fe
Seguimos con el mismo tema. Sólo que con una tonalidad   nueva. Vamos a probar a representarlo bajo la imagen de "banquete". Al término comer, de los domingos pasados, se añade el de beber. Comer la carne y be­ber la sangre un auténtico banquete. El banquete evoca la compa­ñía:"coméis", "bebéis"; hay un plural significativo. La promesa "habitará en mí y yo en él" encaja satisfactoriamente. En ese banquete está la Vida: "Lo resucitaré en el último día". Así se da también cumplida respuesta a la más profunda aspiración humana, representada en el salmo: "¿Hay alguien que ame la vida?". Y la constante e imperiosa invitación a acercarse: "Gustad y ved que bueno es el Señor". Por otra parte, la Eucaristía nos introduce en una comunión inefable con Dios en Cristo: "Como el Padre vive y yo vivo por el Padre, el que come mi carne y bebe mi sangre vivirá por mí". Soberano y divino alimento la Eucaristía.

 

La primera Lectura es de Proverbios ( Pr 9, 1-6).  Los nueve primeros capítulos del libro de los Proverbios forman la introducción general de la obra. Son la parte más reciente del libro, obra del último redactor, en la época postexílica. Y constituyen una invitación al alumno-lector para que ponga atención a los contenidos de la obra. En esta introducción se entrecruzan una serie de temas: la necesidad de escuchar para adquirir entendimiento, la huida de las malas compañías y de las mujeres extrañas, la necesidad de disciplina para forjarse en la vida.
El tema de la mujer es típico en la literatura sapiencial, hasta el punto de que la misma Sabiduría divina se personifica en la mujer ideal (cf. Pr 31,10-31).
Nuestra pericopa es un ejemplo concreto. El capítulo 9 contrapone dos estilos de vida: la Sabiduría y la Necedad, y ambas invitan a los jóvenes a su banquete. El banquete de la primera consiste en pan y vino que proporcionan vida y sensatez. Mientras que la segunda ofrece las delicias de los manjares robados que conducen a la muerte y a la vergüenza. " Venid a comer mi pan y a beber el vino que he mezclado; dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la prudencia".
En la lectura proclamada hoy, la Sabiduría divina se muestra ansiosa por comunicarse a los hombres: en su trascendencia, Dios no cesa de animar a todas las cosas desde dentro y de preparar así su encarnación. Pero para poder recibirla, el hombre tiene que ser pobre de espíritu y reconocer su ignorancia (v. 4).
En el banquete es donde mejor se manifiesta la comunicación del huésped (v. 3) y la receptividad de los comensales (versículo 5), la riqueza y la abundancia del Dios que invita, la sencillez y la pobreza espiritual de los hambrientos de vida divina.
Así se comprende que haya sido fundamentalmente en el banquete donde Cristo ha comunicado a los pecadores la justicia de Dios (Lc 5, 29-32), donde ha revelado a los pobres el pan que viene del cielo (Jn 6, 56-59).
La "sabiduría" es un don divino, como lo es también la vida. Son inseparables. Quien camina en "sabiduría" alcanza la "vida" demuestra ser "sabio".
La contemplación de la naturaleza, la reflexión sobre la historia y la me­ditación de los vaivenes de la vida son el pábulo del sabio. hay muchos inte­rrogantes en la vida y muchos misterios en la creación y en la historia. La experiencia, propia y ajena, y la revelación de lo alto ayudan a ordenarlos y a comprenderlos de alguna forma. Sobre la creación y sobre el hombre, en particular, hay un ser que lo ordena y dirige todo. Orden y concierto en todo lo creado. ¿Cómo llegar a conocer el espíritu que los anima y la finalidad que lo orienta? Están, al mismo tiempo, sembrados de paradojas y contrastes. Cómo encontrar la clave de todo ello? El hombre es menguado de inteligencia y de corta duración. ¿Cómo conocer el propio destino y el camino práctico que a él conduce en medio de tanta encrucijada intelectual y afectiva? La Sabiduría, personificación de saber divino, "orden" y "providencia", le sale al encuentro y se le ofrece abiertamente. Es un don de Dios.
Un palacio suntuoso, un "banquete" espléndido, una invitación cordial a todos. Invita con sencillez, acoge benigna, sacia con prontitud. Reparte el pan de la vida y escancia el vino de la inmortalidad. Gratis, gustosa, atrac­tiva. A los hambrientos, a los sedientos, a los sencillos. Llama a los incautos, espolea a los inexpertos. Es el arte del "buen vivir". La vida está en el ca­mino de la "prudencia". La "inexperiencia", la falta de "juicio", llevan a la muerte. La "sabiduría" comienza por el temor de Dios. El "sabio" invita a caminar según los preceptos del Señor. En ellos encontraremos la vida. Pues Dios hizo la vida, no la muerte. Es un bien ofrecido a todos los hombres. ¡Venid: comed y bebed!
La Sabiduría, personificación, se revelará persona, Cristo, Sabiduría de Dios, Sabiduría nuestra.

El salmo responsorial es el 33 (Sal 33,2-3.10-11.12-13.14-I5 ). El Salmo responsorial  es el mismo del pasado domingo, pero ha cambiado el centro de atención: en consonancia con la lectura de Proverbios, nos presenta al Señor que satisface las necesidades de aquellos que le buscan y nos instruyen en el "temor del Señor", esto es, en la fe que llega a ser vida
El Salmo 33 es un canto de acción de gracias. Son muchos los beneficios que el salmista ha recibido del Señor y se ve en la necesidad de agradecérselos. En tantos momentos, especialmente en las pruebas de la vida, ha visto la mano bondadosa de Dios, su fidelidad, su solicitud, que ahora quiere expresar en un canto estupendo toda su gratitud al Dios providente de Israel.
Las pruebas que Dios permite no superan nunca las fuerzas del justo, de modo que las fuerzas del mal no parecen romper el equilibrio de la fidelidad.
El salmista tiene experiencia de esta protección y solicitud de Dios y por eso le agradece su bondad y al mismo tiempo comunica a los demás su vivencia, exhortándolos a la fidelidad y a la confianza, invitándoles incluso a que ellos mismos tengan esa experiencia de la providencia y de la cercanía de Dios.
Por esto este salmo tiene igualmente un cariz sapiencial y exhortativo. Como muchos salmos de tipo sapiencial, el salmo 33 tiene en su original hebreo forma acróstica o alfabética.
La estructura del salmo (dividido en dos partes en la Liturgia de las Horas) la podemos fijar así:
a) Introducción: el salmista se exhorta a sí mismo y a los demás a agradecer y bendecir al Señor: vv. 2-4.
b) Motivación: la bondad y la condescendencia de Dios: vv. 5-8.
c) Invitación a la confianza en Dios: vv. 9-21.
d) Conclusión: resumen de la enseñanza de todo el salmo.
Alabanza y agradecimiento sinceros: el salmista alaba incesantemente, en todo tiempo, al Señor; su alabanza está siempre en sus labios. En Dios tiene puesta su gloria: su orgullo y su felicidad es Yahvé, su todo. Este inicio nos recuerda el comienzo del Magníficat de María: también la Virgen se sentía dichosa y feliz viendo las maravillas del Señor. Salmo: "Bendigo al Señor en todo momento... mi alma se gloría en el Señor..."
Dios es inabarcable. Hay que repetir una y otra vez el in­tento de "gustar" y de "ver" que bueno es el Señor. Nuestra condición actual lo necesita. Nos limitan el espacio y el tiempo. La bondad del Señor se hace sentir de diversas formas y en distintos momentos. También nuestra actitud es diferente: pedimos, esperamos, agradecemos, contemplamos, reflexionamos, con­sideramos. Queremos bendecir al Señor en todo momento. Cuando llueve y cuando no llueve; cuando tenemos y cuando no tenemos; cuando estamos sa­nos y cuando estamos enfermos: Siempre.
Los versículos elegidos presentan un carácter marcadamente sapiencial. El salmista quiere darnos una instrucción para alcanzar la vida y días de prosperidad. La última estrofa señala el camino: Guarda tu lengua del mal… busca la paz y corre tras ella. El camino del Señor es el camino de la vida. El salmo nos invita a reflexionar. Reflexionemos y actuemos en conse­cuencia.

La segunda Lectura es de Efesios (Ef 5,15-20). La carta a los Efesios ha hecho una síntesis de la vida cristiana a partir del principio de que en Cristo todo ha adquirido un nuevo y definitivo sentido: el querer salvador de Dios ha llegado a plenitud en él. Esto lleva al creyente a celebrar la fe (caps 1-3) en comunidad, y a vivir un nuevo estilo de vida (cap. 4-6).
Esta segunda parte es donde se insertan esta serie de avisos que Pablo hace a los lectores; construir el triunfo de Jesús en nuestra vida exige una toma de posiciones claras: cuestión de generosidad.
v. 16: La expresión  "días malos" ha sido comprendida pensando en la época de la carta, o mejor como caracterizando el tiempo de la iglesia en general. El tema, conocido en la literatura sapiencial (Qo 9, 10), toma aquí un vuelo escatológico. El espíritu ha sido comprendido en la primera comunidad como la fuerza opuesta al vigor pasajero de la borrachera (cf. Hch 2). La normalidad y dureza de la vida diaria asumida son la prueba externa de la asistencia de ese poder de Dios que es el espíritu.
La fe cristiana no es un conjunto de cosas extrañas sino la vida vivida desde dentro con la fuerza del que cree en ella y con el cariño del que la ama de verdad.( v. 19). La vida cristiana se celebra también y se vive en el marco del gozo que produce el llegar a saber que se va captando lo esencial del mensaje y que se está poniendo el acento donde es su lugar. Esto produce gozo y alabanza al Dios bueno.
La celebración de la gracia de Dios es una de las notas dominantes de toda la carta desde la bendición inicial (1, 3-14) hasta las exhortaciones de la segunda parte (4, 7). Cuando la fe llega a tocar los puntos vitales de la vida, rápidamente se pasa a la alabanza. El creyente no puede callar, hacerse lenguas, prorrumpir en alabanzas.

El evangelio continua siendo de San Juan ( Jn  6, 51-59). Su comienzo recoge las afirmaciones finales del domingo pasado para cuestionarlas. el texto de hoy reasume los dos últimos versículos de la lectura del do­mingo pasado. Sirven de puente. Aquí encabezan la declaración de Jesús y enlazan el tema del "Pan de vida" con el de la "Carne" y "Sangre" que deben ser comida y bebida. Pasamos de un misterio a otro en la misma línea.
El cuestionamiento lo hacen también los maestros responsables de la formación del pueblo. Seguimos pues en el debate iniciado el domingo pasado. Los maestros insisten en cómo una persona física puede tener capacidad de ser alimento para los demás.
En su respuesta reafirma Jesús que él es el alimento de vida eterna en su calidad de Hijo del Hombre enviado por el Padre. Entre el Padre y él hay una comunión de vida que le constituye a él en el alimento y bebida verdaderos. En esa misma comunión de vida entra todo el que se alimenta de Jesús.
Puesto que la Ley procede y deriva de Dios, los maestros de Israel podían atribuirle las cualidades y virtualidades que se reflejan, por ejemplo, en el Salmo 19, 8-11: es perfecta, genera sosiego, instruye, ilumina, es más preciosa que el oro, más dulce que la miel. La consideraban fuente de libertad, bienestar y vida. Era sinónimo de sabiduría y amor.
El texto de hoy fundamenta la supremacía de Jesús sobre la Ley en algo que ésta no podía en absoluto poseer: la capacidad de comunión personal. Jesús es alguien, no algo. Alguien distinto del Padre y en comunión con El. Alguien que vive la misma vida del Padre y que por vivirla la puede transmitir a otros, haciéndoles capaces de ser hijos del Padre. A una persona no es una Ley, por divina que ésta sea, lo que de verdad puede saciar sus aspiraciones. Como personas creyentes vivimos la increíble sorpresa de poder comer el cuerpo de Cristo y beber su sangre, entrenándonos para la vida de Dios.
El fragmento de este domingo entra de lleno en la clave eucarística, tal como era entendida y vivida por la comunidad joánica. "Mi carne para la vida del mundo", en el fondo de esta expresión hay una fórmula aramea en la que "carne" sustituye a "cuerpo" para designar la realidad creatural de la persona humana. "Mundo" acentúa el sentido universalista de la salvación. Las murmuraciones de los judíos del v. 42 nos recuerdan las de sus antepasados ante Moisés en la travesía del desierto del Sinaí.
Cristo cumple las expectativas del Antiguo Testamento: es el verdadero Moisés que nos nutre con el maná de la Eucaristía, es la verdadera Sabiduría que nos ofrece el pan y el vino de su Palabra y de su Persona presente en el Sacramento. Esa vida de Cristo nos compromete a ponerla en obra en nuestra vida de cada día, como nos indicaba Pablo.
La Eucaristía proporciona una comunión real de vida y de destino con la persona de Jesús. Lo acentúa nuestro texto de varias maneras: el cuerpo de Jesús nos hace participar en la resurrección, nos hace vivir "por Cristo", que es vida "para siempre". Ello hay que entenderlo no de una manera mágica, sino como una comunión auténticamente personal. La clave de comunión es, además, típica de la teología joánica: comunión de Cristo con el Padre, del discípulo con Cristo, y del creyente con el Padre y con Cristo.

Para nuestra vida
Las lecturas inciden en el tema de la Sabiduría..  La Sabiduría, Cristo, según san Pablo se presenta bajo la figura de un banquete: una sala suntuosa, vino mezclado, pan, invitados. ¿No fue el deseo de ser "sabio" el que introdujo la muerte en el mundo?" Así fue en efecto; por envidia de la serpiente. De nuevo se presenta el mismo apetitoso fruto; pero con notable diferencia. La oferta viene de Dios, no del diablo; por amor a los hombres, no por envidia; no para romper con Dios, sino para vivir en él su misma vida. Es Cristo y sus dones. El Árbol de la Vida, la Cruz de Cristo, nos señala el camino: cumplir la voluntad de Dios. Y esta es creer en su Hijo, comer su carne y beber su sangre. Banquete que comunica la Sabiduría, banquete que da la Vida.
El Espíritu que se nos otorga en este banquete, ilumina, consuela, anima, ro­bustece, embriaga, sostiene y sublima la realidad. Es el Vino de Dios, el au­téntico vino que precisa el hombre. El don está vinculado al comer el cuerpo y beber la sangre de Cristo.
El Banquete eucarístico, prepara y anuncia el Gran Banquete del cielo. Es prenda segura y pregustación de aquella Gran Cena de Bodas que el Se­ñor tiene preparada para los que lo aman.

La primera lectura, en un contexto eucarístico de estos domingos nos mueve a fijarnos en el banquete de la Sabiduría como prototipo del banquete cristiano: el pan y el vino que nos presenta Cristo contienen la Vida y la Sabiduría de Dios, siempre y cuando nos comprometamos en nuestro proyecto de vida.
El libro de los Proverbios presenta la revelación del designio de Dios de manera verdaderamente "humanista". La importancia que el autor quiere darles viene subrayada al ponerlos bajo el patronazgo de un gran rey de la historia de Israel, Salomón. En este pasaje se personifica a la sabiduría de una forma singular: bajo el modelo de una mujer. La sabiduría inmanente en el mundo y en el hombre no sólo se limita a interpelar a este hombre, sino que también le ama. El cúmulo de tópicos del lenguaje amoroso se despliega en textos de Prov 1-9. Este ir más allá de la expresión externa de la sabiduría, este querer encontrar ese punto de arranque donde todo se comprende bajo la óptica del amor es la pregunta que el hombre plantea continuamente. Para el creyente habrá una respuesta en Jesús.
La presencia de columnas en la casa de "Doña Sabiduría" hace como una referencia a los palacios reales y a los templos. Según el valor simbólico de la cifra siete, se puede pensar que esta morada de muchas columnas quiere afirmar que la Sabiduría posee una dignidad real, ya afirmada en el cap. 8. Son maneras de "adornar" la figura de esta señora para hacerla más atractiva, más capaz de sugestionar al hombre para hacer pasar de un simple conocimiento externo a una experiencia de eso último que es la pregunta de todo hombre. Sólo a partir de la vida puede plantearse bien la pregunta y sólo desde la vida podrá darse bien la respuesta.
La sabiduría no es algo deliberadamente oculto, sino que llama al hombre. Y lo hace de una manera pública, incluso "enviando criados a llamar". No habla en el ámbito de lo sagrado, sino en los sitios públicos más profanos. La última pregunta del hombre no se responde desde un ámbito diferente al del hombre mismo, sino desde lo hondo de la vida. Desde esa vida aceptada y amada es desde donde Jesús ha tratado de esbozar una respuesta para el que le acepta (cf. evangelio).
La sabiduría  llama a los hombres y espera su respuesta. Por eso esta llamada solamente es comprensible desde una postura de gran honradez humana. Construir cualquier tipo de fe desde lejos de lo humano, es correr el riesgo de caer en la vaciedad de una ilusión.
La imagen del banquete como la del "vino mezclado" están empujando al lector hacia ese ámbito del amor desde el que la sabiduría, el saber ser hombre, alcanza toda su plenitud. De ahí que el autor haga, a lo largo del libro, una ferviente llamada a llegar a amar la sabiduría y a dejarse amar por ella (Pr. 4, 8: 7,9); ese tal puede considerarse dichoso (Pr 9, 34). Merece la plena esforzarse en llegar a estos contextos hondos de vida donde se resuelve el verdadero ser del hombre. La persona viva de Jesús es el camino histórico que ha llegado a hacer realidad esta aspiración del hombre. Este es el Jesús que da vida (cf 3. lectura).

Es el salmo 33 sencillo, reiterativo, pero de una lección grande, siempre actual y necesaria. Expresa la confianza en Dios, la fe perseverante y la confianza en el Dios de la salvación que nunca falta, y se obtiene de él más aún de lo que se le pide.
Si durante tres mil años este salmo ha ido dando su lección a los corazones de los fieles, tal vez en nuestro tiempo es cuando esta lección se hace más apremiante. El mundo moderno parece alejado de Dios, inmerso en la inquietud, en la angustia, en la inseguridad. La confianza parece ausente, y la paz como desterrada de un mundo lleno de convulsiones y de guerras.
Pues sobre este mundo resuena una palabra de esperanza, de confianza: es el salmo 33, magnífica lección que alimenta el corazón del hombre creyente,
Una corriente de opinión cada vez más fuerte se abre paso en las sociedades modernas. Se pide una mayor igualdad social en favor de los más pobres. Mediante toda clase de leyes se trata de ayudar a las clases menos favorecidas. Esta corriente aunque no sea lo suficientemente eficaz, es un "signo de los tiempos". Quienes en esta época no quieren escuchar el "grito de los pobres" se colocan abiertamente fuera del plan de Dios. "Un pobre ha gritado, y ¡Dios lo escucha!" Por decir eso lo acusan a uno de "hacer política". Esto es ignorar totalmente la revelación religiosa de la Escritura. Quien no está con los pobres, contra las injusticias y las desigualdades, no puede llamarse realmente un hombre religioso. Ante esta toma de posición global, no hay alternativa posible. Caben opciones diferentes únicamente en los "medios concretos", para realizar este fin, en la selección de tal o cual política. Y tratándose de estas cuestiones sociales candentes no olvidemos que el verdadero y gran problema del siglo XXI, no se sitúa solamente dentro de los sistemas occidentales, sino en todas las sociedades industrializadas (que han vencido el hambre), y los países del tercer mundo (¡que gritan de hambre!). Releyendo el salmo 33 en esta perspectiva, toma una fuerza extraordinaria de "oración en el corazón del mundo".
Invitación a la acción para "liberar", "salvar", "abolir el mal". ¿Cómo podríamos sin hipocresía decir: "óiganlo y alégrense hombres humildes" si al mismo tiempo no nos comprometemos de veras para que de alguna manera esto sea realidad?
Promesas de felicidad. Quien quiere ser feliz debe "huir del mal", "practicar el bien", "adorar a Dios", "buscar a Dios". ¡Ingenuidad! dirán ciertos espíritus fuertes. ¡Y si esto es verdad! ¡Si los únicos felices son aquellos de quienes habla el salmo! Hagamos la experiencia.
El autor invita a los humildes a que le escuchen y se alegren, y también ellos se sumen a su alabanza: "Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre": él se siente insuficiente para aclamar y agradecer al Señor, y por esto recurre a sus fieles para que le acompañen en su alabanza.
La vida interior intensa, la experiencia de Dios se traslucen siempre, se irradian espontáneamente, se comunican. Es como la lámpara que arde e ilumina.

Hace varios domingos que vamos leyendo, como segunda lectura,  la carta a los Efesios: podemos aludir al pasaje que hemos leído hoy, y que habla de vivir llenos del Espíritu, elevando a Dios salmos y cantos de alabanza, y "celebrando la Acción de Gracias por todos en nombre de Cristo", o sea, con la Eucaristía como centro y motor de nuestra vida cristiana personal y comunitaria.
"Mirad atentamente cómo vivís". La cosa no es tan simple. Hay fuerzas de dentro (2, 3) y fuerzas de fuera, que están operando para oscurecer la luz, turbar la mirada e impedir o dificultar la recta opción.
Y ya no deben vivir como "necios", puesto que han dejado de serlo al recibir en sí abundantemente la riqueza de la gracia de Dios como suma de toda sabiduría e inteligencia a través de la revelación del misterio de la voluntad de Dios (1,8s). Por el contrario, deben vivir como "sabios". Hay que estar atentos a esta vida, ya que en ella está la verdadera sabiduría. Ésta no consiste en una descuidada e irreflexiva improvisación al día, sino en un consciente "aprovechar el tiempo". La palabra griega kairos dice más que tiempo: se refiere al contenido de este tiempo, a la situación que este tiempo trae consigo, a las posibilidades que ofrece. Y "aprovechar el tiempo" quiere decir sacar ventaja de estas posibilidades con vistas al fin último, entresacando de cada situación lo mejor.
Esto es sabiduría, y sabiduría urgente, "...pues los días son malos". Luchas, tentaciones y peligros. Descubrir la voluntad de Dios en todas estas cosas no puede realizarse sin la ayuda de la sabiduría. De aquí la repetición: "no seáis insensatos". ¡Sólo la voluntad de Dios! Conocerla es lo contrario de la insensatez. La voluntad de Dios es decisiva para todo lo que hay que hacer, permitir o padecer.
No deja de ser sorprendente la exhortación a no embriagarse con vino. Cabría esperar que a la embriaguez se le opusiera la templanza; pero lo que se considera como su anverso es la "embriaguez en el Espíritu".
De la embriaguez se dice que hay en ella asotia, esto es, ausencia de salvación, perdición. La tentación del hombre es buscar en la embriaguez refugio y salvación en sus necesidades y angustias. Realmente, desaparecen así por un momento las preocupaciones de cada día, proyectándolas a la vida "en otro mundo". Esto es lo que ocurre verdaderamente en el mundo, del que el Espíritu nos arrebata en diversas maneras y grados, como primicias de la vida en Dios, a cuyo encuentro vamos.
La palabras de San Pablo evocan, en el fondo, el banquete cristiano, la Euca­ristía. No las comilonas, no el alcohol, no los cantares paganos, sucios y or­giásticos. No las drogas, no la embriagueces, no falsa euforia y huida de la realidad. Todo lo contrario: "la Acción de Gracias a Dios Padre en nuestro Señor Jesucristo". Cena del Señor, comunicación fraterna de bienes; cantos inspirados, himnos, acción de gracias; asistencia mutua, consuelo de los afli­gidos, amor entrañable; plenitud del Espíritu, dones espirituales.
Fijémonos en las instrucciones de  S. Pablo  en el tema de la vida nueva. Hoy la considera situada en el espacio  que media entre el bautismo que nos ha renovado y el momento de la llegada a la gloria. Y desea que saquemos partido al tiempo presente. Este tiempo intermedio tiene sus peligros, porque nuestros tiempos son malos. Los nuevos cristianos tenían que vivir en ambientes paganos con el consiguiente peligro de volver a caer insensiblemente en el paganismo.
Es también nuestra situación actual. Hay que reconocer que muchos de nuestros cristianos llevan una vida pagana, coloreada de ciertas prácticas de cristianismo, sin tener un mínimo de la sabiduría y penetración cristianas y sin intentar tenerlas. En medio de esta promiscuidad hay que trabajar por descubrir la voluntad de Dios. La oración en todas sus formas es el medio para conservarlas y reencontrarlas.
San Pablo delinea el marco de lo que seguramente serían las reuniones litúrgicas de aquel tiempo: los salmos, los himnos, los cánticos inspirados deben estar en boca de todos y todos deben celebrar al Señor poniendo en ello todo el corazón. La actitud de acción de gracias debe ser una dominante en la vida del cristiano: dar gracias a Dios Padre en nombre de nuestro Señor Jesucristo. S. Pablo enuncia luego el ideal de la oración constante: hay que orar en todo tiempo y circunstancia. Tenemos que adquirir un hábito y una técnica de oración que nos posibilite estar siempre en ese estado de unión con Dios y nos dé la posibilidad de vivir en ambiente pagano sin abandonar la penetración propia de nuestra vida nueva.
Así seremos capaces de captar la voluntad de Dios y de cumplirla, como lo pedimos en la oración del Padrenuestro: Que se haga tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.

El texto del evangelio nos sitúa ante un verdadero escándalo: los judíos están indignados ante lo que escuchan. "¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?". Nosotros ya no nos extrañamos apenas: ¡estamos tan habituados a estas palabras....! Sin embargo, el realismo de las palabras de Jesús tiene motivos para desconcertar. Se trata de pan, de carne dada como comida, de sangre vertida para apagar la sed. Se trata de comer e incluso, en el texto original, de "masticar". Nos hallamos muy lejos de ese alimento espiritual que no se podía tocar con los dientes, so pena de sacrilegio. Para nosotros ya no existe el escándalo, porque hemos des-encarnado la Eucaristía: una hostia inmaculada muy distinta del grosero pan de cada día.
Pero nuestras asambleas eucarísticas deberían constituir verdaderos escándalos públicos. "¿Cómo puede ser eso?". Sí: los hombres deberían extrañarse al vernos tomar el grosero pan de nuestras vidas, la vida de todos los hombres, con sus miserias y sus esperanzas, y atrevernos a pronunciar sobre esas humildes realidades las palabras del Señor: "Esto es mi cuerpo". Porque ahí está el escándalo: Dios toma sobre sí la vida del mundo y, si nosotros hemos hecho del "símbolo" del pan el símbolo del símbolo, es porque ¡hemos deshumanizado a Dios! "¿Cómo puede ser eso?". No tenemos más testimonio que dar que el desconcertante anuncio de un Dios que ha dejado su casa para habitar el mundo de los hombres.
Hasta ahora había hablado Jesús del pan de vida que baja del cielo, del pan con el que regala el Padre a los hombres enviándoles a su propio Hijo. Este es el pan de vida (v. 35, 48-51 a). Pero ahora habla Jesús del pan que él mismo les dará y se refiere expresamente a su carne y sangre, los dones eucarísticos.
El lugar paralelo a estas palabras "vida del mundo" lo encontramos en las que pronuncia Cristo sobre el pan en la Cena y precisamente en la forma que recoge la tradición paulina en 1 Cor 11, 24. La expresión "para la vida del mundo" significa lo mismo que "entregada para la vida del mundo" y es una alusión clara al sacrificio de su muerte en la cruz. Por lo tanto, el pan que da la vida es precisamente el cuerpo de Cristo entregado a la muerte para salvar al mundo. (cfr. Luc. 22, 19).
Los judíos entienden estas palabras literalmente, como verdadera comida de la carne de Jesús. Pero les parece un disparate, una locura. No obstante, Jesús no mitiga el escándalo que han producido sus palabras. Ahora, confirmando de nuevo el sentido, realista, añade que es también preciso beber su sangre, lo cual resultaba especialmente escandaloso para los judíos, a quienes les estaba prohibido el alimentarse de sangre (Lev. 17, 10 s.; Hech, 15, 20).
De la misma suerte que el alimento natural se une orgánicamente al hombre, así también el que come la carne y bebe la sangre de Cristo entra en una unión de vida con él. Esta unión es comparada a la que Jesús tiene con el Padre que le ha enviado al mundo. Así como el Hijo tiene vida por el Padre (cfr. 5, 26), así también el que coma la carne de Cristo tendrá vida por el Hijo, esto es, participará en aquella misma vida que el Hijo recibe del Padre.
Las palabras "vivirá por mí" son equivalentes a "vivirá por mi carne y sangre"; por lo tanto, esta última expresión debe entenderse de todo lo que Jesús es. El verdadero pan de vida bajado del cielo no es el "maná", sino el que da Cristo. Porque éste sí que viene verdaderamente del Padre y conduce a la vida eterna a todos los que lo reciben con fe y se unen de este modo a Cristo que se entrega para vida del mundo. Comulgar es entrar en unión de vida con Cristo para entregarse con él a todos los hombres y alcanzar así vida eterna.
Comer es incorporarse, fusionar. Tomar el cuerpo y la sangre de Cristo es entrar en comunión de amor y de destino.
Tomar el cuerpo y la sangre es, además, reconocer la vida del Espíritu en la carne y en la sangre de la humanidad de hoy. La humanidad que sufre, que busca, que da a luz al mundo con dolor; la humanidad que se regocija, que canta y que baila. Humanidad de ricos y de pobres, humanidad de pecadores y de santos.
Tenían razón para escandalizarse, porque en lo sucesivo, cuando unos hombres y mujeres, reunidos en el nombre del Señor, compartan el pan dando gracias, se producirá una y otra vez el advenimiento de la sorprendente novedad de Dios que toma carne viva, la carne de la existencia entera de los hombres.
¿Es así en nuestras eucaristías?.
Nos puede servir el comentario que San Agustín hace a este pasaje evangélico: " ¿Que palabras habéis oído de boca del Señor que nos invita?, ¿Quién nos invita? ¿A quiénes invitó y qué preparó? Fue el Señor quien invitó a sus siervos, y les preparó como alimento a sí mismo. ¿Quién se atreverá a comer a su Señor? Con todo, dice: Quien me come, vive por mí (Jn 6,58). Cuando se come a Cristo, se come la vida. No se le da muerte para comerlo; al contrario, él da la vida a los muertos. Cuando se le come, da fuerzas, pero él no mengua. Por tanto, hermanos, no temamos comer este pan por miedo a que se acabe y no encontremos después qué tomar. Comamos a Cristo: aunque comido, vive, puesto que habiendo muerto resucitó. Ni siquiera lo partimos en trozos cuando lo comemos. Así acontece, en efecto, en el sacramento.
Los fieles saben cómo comen la carne de Cristo: cada uno recibe su parte, razón por la que a esa gracia llamamos «partes». Se le come en porciones, pero permanece todo entero; en el sacramento se le come en porciones, pero permanece íntegro en el cielo, íntegro en tu corazón. Íntegro estaba junto al Padre cuando vino a la Virgen; la llenó, pero sin apartarse de él. Venía a la carne para que los hombres lo comieran, y, a la vez, permanecía íntegro en el Padre, para alimentar a los ángeles. Para que lo sepáis, hermanos -los que ya lo sabéis; y quienes no lo sabéis debéis saberlo-, cuando Cristo se hizo hombre, el hombre comió pan de los ángeles (Sal 77,25). ¿En base a qué, cómo, por qué camino, por mérito de quién, por qué dignidad iba a comer el hombre pan de los ángeles si no se hubiera hecho hombre el creador de los ángeles? Comámosle, pues, tranquilos; no se agota lo que comemos; comámoslo para no agotarnos nosotros. ¿En qué consiste comer a Cristo? No consiste sólo en comer su cuerpo en el sacramento, pues son muchos los que lo reciben indignamente. De ellos dice el Apóstol: Quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente, come y bebe su condenación (1 Cor 11,29).
Pero, ¿cómo ha de ser comido Cristo? Como él mismo lo indica: quien come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él (Jn 6,57). Así, pues, si él permanece en mí y yo en él, es entonces cuando me come y me bebe; quien, en cambio, no permanece en mí ni yo en él, aunque reciba el sacramento, lo que consigue es un gran tormento. Lo que él dice: Quien permanece en mí, lo repite en otro lugar: Quien cumple mis mandamientos, permanece en mí y yo en él (1 Jn 3,24). Ved. hermanos, que si los fieles os separáis del cuerpo del Señor, es de temer que os muráis de hambre. Él mismo dijo: Quien no come mi carne ni bebe mi sangre, no tendrá vida en sí (Jn 6,54). Si, pues, os separáis hasta el punto de no tomar el cuerpo ni la sangre del Señor, es de temer que muráis; en cambio, si lo recibís y bebéis indignamente, es de temer que comáis y bebáis vuestra condenación.
Os halláis en grandes estrecheces; vivid bien, y esas estrecheces se dilatarán. No os prometáis vida, si vivís mal; el hombre se engaña cuando se promete a sí mismo lo que no le promete Dios. Mal testigo, te prometes a ti mismo lo que la verdad te niega. Dice la Verdad: «Si vivís mal, moriréis por siempre», y ¿dices tú: «Viviré ahora mal, pero viviré por siempre con Cristo»? ¿Cómo puede ser posible que mienta la Verdad y digas tú verdad? Todo hombre es mentiroso (Sal 115,11). Por tanto, no podéis vivir bien si él no os ayuda, si él no os lo otorga, si él no os lo concede. Orad y comed de él. Orad y os libraréis de esas estrecheces: Al obrar el bien y al vivir bien, él os llenará. Examinad vuestra conciencia. Vuestra boca se llenará de alabanza y gozo de Dios, y, una vez liberados de tan grandes estrecheces le diréis: Libraste mis pasos bajo mí y no se han borrado mis huellas (Sal 17,37)." (San Agustín. Sermón 132 A.).


Rafael Pla Calatayud.
rafael@betaniajerusalen.com


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